CUENTOS Y MICROCUENTOS
Cuentos de extensión breve, para no dejar de leer. Microcuentos para los apresurados… Ficciones contra realidades, penurias contra abundancias, angustias y encrespamientos, vencedores con sus muertos... ¡Hay tanto! Cuentos y microcuentos
¡Aguas!
Por Alonso Marroquín Ibarra
La fila era de más de dos mil personas y llevaban horas de necesaria espera, incluyendo a los tempraneros, y, todos, muy por encima de su aburrimiento, estaban molestos, muy molestos.
Los que habían llevado a sus hijos eran los más desesperados, casi se daban de topes contra la pared. Los chamacos, a pleno rayo del sol, se habían agotado hacía rato y algunos, con penetrantes chillidos, presionaban sin dar tregua para irse a su casa.
Nadie, por nada del mundo, hubiera pensado siquiera en abandonar su lugar. ¡No, señor! El asunto exigía más que nunca del aguante, casi ilimitado, que es propio de los mexicanos.
–Y eso que nosotros somos los beneficiados, si no... ¡imagínese! – Le dijo un hombrón, Jacinto El Huapanguero, a su compadre, que estaba detrás de él.
–Somos los beneficiados–. Repitió como un eco el aludido, hombre flaco en extremo, antítesis corporal del otro, mientras se rascaba la sien derecha.
El solazo veracruzano había ido menguando las fuerzas de la formación y también, no podía ser de otra manera, exacerbando su paciencia. Algunos, forzados por la resequedad en la garganta, habían enviado a sus hijos por agua, matando así dos pájaros de un tiro: saciar la sed y entretener a los menores.
Hacía unos días mil familias habían sido notificadas de ser las beneficiarias de un programa del gobierno federal. Después, mil viviendas habían sido entregadas en aquel poblado. El júbilo se vio reflejado en las miradas y en el ánimo de los habitantes. Muchos vaciaron varias botellas de aguardiente, una vez más, en compañía de primos, tíos, compadres y vecinos. Si en días normales no se necesitaba gran cosa para beber, esta ocasión, por especial, merecía festejarse como nunca y así lo hicieron. Algunos anduvieron en la borrachera varios días.
–No sé si por la Revolución, pero al fin se nos hizo justicia, cabrones–. Gritó con un ayayay al final, Jacinto El Huapanguero. Era un romántico. La Revolución había quedado reducida a unas cuantas líneas en los libros de texto de las escuelas primarias. Ningún político la mencionaba más, para ellos era una bandera olvidada, las modas ahora eran otras.
37 grados, 38, 39... La temperatura no dejaba de subir y, aunque acostumbrados al rigor del calor, los paisanos se pasaban una y otra vez la mano por la frente quitándose los goterones de sudor. Una cosa era el calor y otra muy diferente estar en la fila al vivo rayo del sol.
El Huapanguero tenía agotado su buen humor. Aunque muchos, para hacer menos tediosa la espera, le pedían algunas coplas humorísticas. Él de a tiro había perdido la vena. No estaba para eso. Nadie estaba para eso.
–¡Qué coplas ni qué la progenitora! No sólo han pasado tantos meses desde que el huracán nos partió en dos, sino que ahora nos salen con esta vacilada. ¡Qué coplas ni que la rechintola!
–¿A qué horas empezarán el reparto? –le preguntó su compadre–, porque a este paso el día no va a alcanzar.
–Uhhhh, compa. Va pa" largo, así que déjese de quejas y, con todo respeto, no me hable, que estoy que trueno.
Las horas se hicieron largas, como si se hubieran puesto de acuerdo con el sol para castigarlos a todos. La escena bien podría haberse comparado con las caravanas de esclavos de la antigüedad. Todos estaban exangües y la visión, a la media tarde, se convirtió en patibularia. La comida que habían llevado las mujeres para ellos fue como un pequeño tentempié. Las tripas pedían más, pero, ¡bendito sea Dios!, ya comerían por la noche. Ahora lo importante era aguantar un poco más, sólo un poco más; media hora tal vez, quizás menos.
Finalmente Jacinto y su compadre llegaron frente al repartidor, hombre gordo, que sudaba a mares, malencarado y también harto de haber pasado el día bajo un alero que era más del infierno que de este mundo.
–¿Corona?–. Dijo el gordo, esperando una respuesta.
–No, señor, soy Valverde... Jacinto.
–¿No digas pendejadas... ¿Que tamaño de corona? Chica, mediana, grande...
Jacinto volteó con toda su humanidad a ver a su compadre, suplicándole con la mirada, su apoyo. El compadre, hombre de buena fe, opinó.
–Yo diría que mediana, ¿no, compadre?
–Mediana, señor.
–Tu vale–. Ordenó el gordo. Estiro la mano, revisó el papel y preguntó: –¿Cuántos son en tu casa?
–Cinco, señor–. Como el tipo no reaccionó, repitió: –Cinco, somos...
El repartidor, agresivo, lo cortó.
–Ya oí, no estoy sordo.
Sin prisa le quitó los flejes a una de las tantas cajas que estaban detrás de él y desembaló los artículos.
–Valverde, Valverde...–. Cotejando contra el vale, recorrió las listas. –Aquí estás. Firma. Te estoy entregando cinco bacinicas de "porcelana". Cuídalas porque son las únicas que se te van a dar.

Sudando como maldito, el repartidor cortó un tramo de mecate, pasándolo hábilmente por las orejas de aquellos imprescindibles artículos, hizo el nudo de remate y se los entregó. Apenas salio de la fila, Jacinto escuchó otra vez la pregunta:
–¿Corona?
El Huapanguero sonrió por primera vez en el día. Nunca se volvería a ver tanta gente en las calles cargando bacinicas. Se hizo consciente de estar viviendo algo único. Cuando su compadre lo alcanzó, le dijo preocupado:
–Ya la jodí compadre, no conté a mi suegra.
El compadre soltó una risita; luego, conteniéndose un poco, resolvió:
–Que haga en una de las cinco que le dieron, ¿no?
–Tiene razón. Aunque ella...
El compadre no dijo más, pero sin poderlo evitar volvió a reír, por lo bajo, y terminó contagiando a Jacinto.
No se contaron los treinta días del mes cuando en aquel poblado resucitó la expresión, propia de los tiempos de la Colonia, ¡Aguas!, que simplemente era el aviso de los que tiraban los contenidos de las bacinicas a la calle, para evitar que algún distraído se viera bañado por aquellos indeseables perfumes.
Los olores fétidos vistieron al pueblo y por más que sus pobladores trataron de acostumbrarse, aquello se volvió imposible. Las mujeres, todas, volvieron a usar rebozo. No tenía que ver con la preservación de ninguna costumbre, pero la prenda, además de su utilidad tradicional, les servía como filtro para aminorar la intensidad de los olores. Muchos de los varones, con pinta de aguantadores, dejaron de fumar, porque al darle el jalón al tabaco, la sensación de fumar ya no era igual, era: "un poquito diferente", decían.
El cuadro que ahora presentaba el lugar, siempre se pudo prever, con un mínimo de imaginación. El nuevo paisaje de olores era el resultado de las evacuaciones de un pueblo con sus males y costumbres, consumidor de comida saturada de condimentos, aceite y chile, con padecimientos frecuentes de enfermedades gastrointestinales, en una geografía de calores sofocantes.
El día de la entrega de las viviendas fue jubiloso. El día de la entrega de las bacinicas fue de alivio. Usarlas, ese fue otro cantar, se convirtió en un verdadero purgatorio. Todo sucedió porque el gobierno federal entregó mil viviendas sin baños. Una idea, probablemente, innovadora y genial del arquitecto que diseñó el conjunto. Una idea de primer mundo, quizás, para reducir costos... ¡Vaya usted a saber!
En el caso de Jacinto, para colmar sus males, Refugio, su suegra, mujer de abundantes y fofas carnes, a los pocos días de usar el artefacto, se quedó atorada haciendo su necesidad y no hubo forma de librarla sin romper la bacinica. Cuando hubiera un poco de dinero, ya irían al pueblo a comprar otra, pero en esta ocasión sería de corona extragrande y de peltre.
Convento de Culhuacán año 2008 y corriendo
Nota curiosa. El día 19 de mayo de 2008 en Río Blanco, Veracruz, el ejecutivo del gobierno federal mexicano entregó simbólicamente a los pobladores damnificados por el huracán Dean, mil viviendas sin baño.
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Maneje con dulzura - Cuento de Alonso Marroquìn Ibarra
Por Alonso Marroquín Ibarra
Cualquier tema -de hecho sólo se necesita darse cuenta-, puede ser el inicio de un escrito. El resultado: una divagación, una disertación profunda, un sarcasmo juguetón, un libelo, venenoso en serio, un cuento singular... Ray Bradbury hizo en la televisión una larga temporada con su programa "El Teatro de Ray Bradbury". Consistía en elegir una de las piezas, que se encontraban por decenas, en el escenario donde se iniciaba la presentación, y crear una historia relacionada con ella.
Era el caso, que todas las historias tenían algo de fantástico, una dosis de imposible, característica de toda la producción de Bradbury.
Los protagonistas lo mismo podían ser de este mundo o seres ultraterrenos. No hay que olvidar que Bradbury es el autor de Crónicas marcianas, Las doradas manzanas del sol, El vino del estío, Fahrenheit 451 y una lista que parece interminable de cuentos.
Con un letrero como el siguiente, podríamos imaginar uno o diez relatos. El asunto podría empezarse contestando una o varias preguntas.

¿Por qué se escribió el letrero? ¿Cómo es el personaje (femenino o masculino) que lo hizo? ¿Fue victima acaso de un conductor loco o, al revés, recibió las bondades de una anciana angelical que le pidió poner su granito de arena en la promoción de buenas acciones?
Al contestar las preguntas, se empieza a perfilar una historia. ¿Qué fue exactamente lo que sucedió? ¿Cuáles eran las circunstancias que rodeaban la vida del protagonista? ¿Era viejo, con achaques, inválido o un joven con un dinamismo extraordinario? ¿Quiénes más participan en el suceso y cómo son, qué hacen?
Maneje con dulzura - Cuento
Lisandro, nombre que siempre odió, abandonó el automovilismo profesional por problemas cardiacos. Su corazón, al contrario de un motor, no tenía reparación, a no ser que se animara a enfrentar un trasplante. ¡Nunca iba a correr ese riesgo! El solo pensar en la probabilidad de morir, era suficiente para aceptar, por supuesto que con mucha con amargura, su retiro prematuro de las pistas. No era lo mismo enfrentar a la muerte en cada competencia donde confiaba en sus habilidades para vencerla, que dejar todo en manos de los médicos o ¿de Dios? En un quirófano no podría esquivar nada de lo que se le presentara, y el corazón era un motor insustituible.
Su esplendorosa novia, sinónimo puro de glamour, lo abandonó de inmediato. A ella la atraían las premiaciones, el momento del triunfo. No hacía ronda ni con los segundos lugares. Ella era una hembra de calidad, perfecta para estar en el primer sitio del podium, entre los aplausos, mientras la champaña bañaba los cuerpos y su minifalda la convertía en una escultura soberbia. Luego, a disfrutar la celebración, viajar a otros países, pegarse y mezclarse con el Jet Set, comprar la moda de todo lo que apareciera ante sus ojos y lo que le dictaran sus caprichos, gastando, como su novio del primerísimo lugar: sin frenos, con el acelerador a fondo.
-Lo siento, darling-. Fue todo lo que le dijo al despedirse, juntando su mejilla a la de él, con un beso simultáneo que fue a perderse en el aire. Se alejó lentamente, con la cadencia de una pantera, volteando por última vez para pronunciar mecánicamente un –Ciao, darling-. Eso fue todo
Lisandro Podveresky, el Gran Lis, el piloto sobreviviente de la Carrera Panamericana, de los rallys africanos y de las carreras amistosas de alto riesgo, pronto se enfrentó -era inevitable-, a la insolvencia económica. No se apesadumbró. De manera realista decidió vender sus propiedades para saldar sus abultadas deudas. Como si hubiera recuperado alguno de sus sueños perdidos en la adolescencia, tomó una decisión. Le daría la vuelta completa a su vida, escogiendo, para empezar, un lugar del Caribe mexicano para establecer allí su nueva residencia. Convertidas todas sus posesiones en monedas fuertes inició su segunda gran aventura.
Una vez establecido, Lisandro no pudo desechar su molde de vida europea y se quedó perplejo con el desparpajo de los lugareños, que lo mismo lanzaban la basura en cualquier parte, que montaban un todo terreno en plena ciudad, haciendo alarde de ser "muy machos", transgrediendo todas las reglas y señales de transito, lo mismo que las normas mínimas de cortesía para con los peatones. En la pista, recordaba, a cada instante su vida estaba en juego. Cierto. Sin embargo en esas justas vertiginosas, donde los reflejos y los milagros se conjugaban, nunca se expuso a los espectadores ni a los ciudadanos. Pero aquí… ¡Caramba! ¡Les importaba… nada!
Quiso integrarse, y lo hizo, a grupos ciudadanos filantrópicos y altruistas, pero pasados varios años, el fruto de tanto esfuerzo invertido en campañas cívicas, para mejorar la conducta de cuantos manejaban, fue ridículo. Las cosas no sólo no habían cambiado, sino que se habían vuelto críticas. La gente estacionaba sus vehículos con más frecuencia que nunca en lugares prohibidos, daba la vuelta en U sin mostrar una mínima señal, los aparatos estereofónicos estallaban con la música de moda por todas partes y ni qué decir de las noches de los viernes… !Demasiados accidentes!
Lisandro, o Podveresky, como le llamaban los lugareños, decidió finalmente integrarse a un Club de Ajedrez y recibir en la emoción del juego la dosis de adrenalina que siempre sentía que le faltaba. Siguió viviendo de sus rentas, olvidándose de todo lo relacionado con los automóviles, convencido de que en esta su nueva patria nada iba a cambiar, al menos en muchos, muchos años. Hizo una cosa más, la última, por no dejar: en el estacionamiento de un céntrico edificio de su propiedad, puso un visible anuncio que, junto a un auto despedazado, decía:
MANEJE CON DULZURA
Año 2008 y corriendo
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Amanecer amargo
Por Constantino Pol
Hoy amanecí amargo, miré hacia atrás, luego adelante, con la imaginación. La boca se me resecó y en el estómago el vacío me provocó angustia. Tal vez fue algún sueño tortuoso que se borró al despertar el que trastocó mi humor cotidiano. ¡Como si fuera gran cosa! Hace mucho tiempo que mis ánimos son impredecibles, disminuidos, como si de haber sido manantiales se hubieran convertido en chorros minúsculos de agua que apenas brota. Tampoco amanecí con el pensamiento claro. Las ideas parecen estar peleando por ocupar el foco de mi atención; pero en su batalla, sólo pasan, degollándose unas a otras, aplastándose sin piedad, mientras mis ojos vagan buscando alguna imagen amable para afianzarse a ella. Tal vez si lo logro, mi mente se centre, recreándote. Amanecí con esa amargura que significa haber tenido y haber perdido todo, sin remedio. Así lo vivo, así lo siento. Porque tú eras todo para mí, mi centro, el resorte de mis piernas, el látigo fustigador de mis pretensiones… y te has fugado.
mes de enero sombrío
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Ataque inesperado - Cuento
Por Alonso Marroquín Ibarra
año 2008 y corriendo
Anoche me atacaron mis perros. Estuvieron un tiempo sin nombre y fue justo ayer que decidí llamarlos Philipe y Martha. Su furia fue inusual; me lanzaban verdaderas tarascadas; entre más los quería controlar, la intensidad de sus ladridos y sus intentos por liquidarme se volvían más incisivos.
-¡Philipe, no me muerdas! ¡Quítate! ¡Ay! -grité al sentir sus colmillos en la pantorrilla.
El trasformado can me recordó, en un flashazo, la película de Disney donde Golfo, defendiendo a Reina de una rata, muestra en la animación el extremo de su capacidad de furia y ataque. Tal cual se comportó Philipe conmigo. Estaba incontenible y tuve que refugiarme en la cocina, cerrando la puerta abatible en un movimiento relámpago. Me asomé por la mirilla y lo vi como un demonio. Ahí estaba, ladrando una y otra vez, como si tuviera una misión de exterminio donde yo era, sin dudarlo, el blanco.
-¡Pinche perro!
No puede evitar la exclamación al ver que la pierna derecha de mis pantalones estaba totalmente desgarrada. Un poco de piel levantada, nada más, y cuatro puntitos.
Fueron más de dos horas las que estuve refugiado en el laboratorio de los chimoles. No sabía cómo proceder, ni tenía modo de comunicarme con alguien que me ayudara a salir del apuro. Probé las órdenes a pleno grito para que se calmaran, pero se produjo el efecto contrarío, Philipe y Martha apenas escuchaban sus nombre, más ladraban y se enfurecían; ¡me atacaban!
Les hable con marcada seriedad, como si fueran personas, cosa que nunca había hecho con animal alguno, y si bien se apaciguaron momentáneamente, apenas los volví a nombrar, la pesadilla arrancó de nuevo: los dos pastores me mostraron, babeantes, el poder de sus mandíbulas y la capacidad de sus afilados colmillos, destrozando en un dos por tres uno de los cojines del sofá de la sala.
-¡Martha! ¡Philipe! ¡Deténganse perros cabrones!- Grité desesperado. Mi economía era precaria y faltaban muchos meses en la tarjeta de crédito para saldar el pago de los muebles que había adquirido.
Todo fue inútil. destrozaron sistemáticamente todo el conjunto. Sacudiendo sus cuellos con energía inaudita, despanzurraron el resto de los cojines; desflecaron el tapete español, adquirido con sudor y lágrimas; volcaron las mesitas esquineras y rompieron las lamparitas francesas de delicadas bombillas, único recuerdo de la mujer que más quise y que, con el genio tan disparejo que tengo, me aguantó por tantos años; las cortinas recién estrenadas, esas sí pagadas de contado, quedaron convertidas en hilachas, no habría manera de volverlas a coser. No podía verse con mayor claridad la capacidad destructiva de aquellos animales, los mejores amigos del hombre.
Ver el escenario de mi departamento en aquellas condiciones, hizo que sin ser consciente, empezara a suplicarles, a implorarles que no siguieran con su vandalismo perruno. Para ganármelos, saqué del refrigerador un paquete de bisteces de ternera y se los ofrecí, entreabriendo apenas la puerta.
-Ya, perritos, esténse quietecitos… Ya, ya, tranquilos… Coman, coman…
Viéndome directo a los ojos, Martha cambió su expresión, y después de un pequeño gimoteo, volvió a mostrar la mirada amable que le conocía. Philipe se acercó con ella y también dejó su actitud guerrera.
Siempre detrás de mi puerta, no me sentía nada confiado, les fui dosificando la carne. El paquete no duró gran cosa, así que seguí con el jamón, las tortillas de harina, y hasta los guisados que me preparaban para toda la semana. Al fin, los dos quedaron saciados y permanecieron por un buen rato sentados frente a la puerta haciendo guardia.
Más calmado, pero siempre atento, yo también me senté, recargándome en la estufa, con las piernas contra la puerta, reteniéndola. ¿Qué había sucedido? Intenté encontrar una respuesta analizando todo, desde que me los regalaron, hasta llegar al día de hoy y me metí en el mundo de los pensamientos. Cuando Philipe y Martha fueron al extremo de la sala y se echaron, descubrí lo que había hecho mal con ellos y, también, encontré la solución.
Con precaución, alcancé la puerta de la entrada, y salí, como un ratero que acaba de terminar su trabajo, rumbo a un hotel. No era seguro pasar la noche en compañía de Philipe y Martha. Al día siguiente todo estaría resuelto.
Me desperté tardísimo, mucho después de darme cuenta, semidormido, que el sol me pegaba de lleno en la cara; lo evité una hora o dos, no sé, arrebujándome en las cobijas; finalmente mi alarma biológica me impulsó e hizo que me sentará en la cama. Sentía, y tenía sin lugar a dudas, la cara hinchada; comprimí todos los músculos faciales y con los índices me froté los ojos para aclarar la mirada, quitándome de pasada las lagañas.
Cuando fui consciente de la hora, me vestí apresurado y al ver mis pantalones destrozados, a pesar de ser absurdo, les menté la madre a los canes, como si no existiera la distancia y ellos, además, pudieran recibir mis injurias y darse cuenta de mi molestia. Luego reconocí mi gran amor por ellos y los perdoné, convencido de que no tenían la culpa de lo que había sucedido. La razón de su conducta para mí había quedado clara desde el día anterior. Sólo me di una manita de gato con agua y un poco de jabón, y salí disparado rumbo a la casa de Armando, quien me había regalado aquellos esplendidos ejemplares.
Me subí a la camioneta y tomé la carretera rumbo a Toluca. Una hora después llegaba a la finca de mi amigo y respiraba el aire incomparable de la zona, que siempre tomaba con dificultad. Daba la impresión de ser un concentrado de pureza que cuando entraba en mis pulmones, se abría paso de manera despiadada y alteraba todos mis sistemas acostumbrados a la polución.
Armando estaba leyendo en el patio, sentado a un lado de la fuente estilo colonial que era su orgullo. Me recibió un tanto extrañado y, cerrando el libro, me condujo hasta el alero del fondo donde siempre departíamos. Nos sentamos en aquellas cómodas butacas de baqueta y le platiqué lo que había pasado la noche anterior. No paraba de reír, hasta el punto en que me contagió; luego los dos estábamos a las carcajadas.
-Es lógico lo que sucedió. Ja, ja, ja… -. No paraba de reír. -Para empezar… ¡qué nombres les pusiste!, como si fueran personas… Pero ése no es realmente el problema.
-Si, lo sé. Me di cuenta.
-El problema, ahí sí, como si fueran personas, es que no puedes separar a las parejas de enamorados o… ¿casados?, si se vale el término. No te llevaste el par adecuado. Alejaste a Martha de su macho. ¡Imagínate! Eso sí es dolor, no sólo para ella. Lo mismo le pasaría a una mujer. Y a…. Philipe… lo dejaste sin su amigo…
-Sí, tienes razón. El punto es: ¿me regalas también al mero mero o te regreso a Philipe y Martha?
Sabía que mi amigo le tenía un profundo cariño al otro pastor, un perro de crianza que había estado siempre con él. Pensé que a pesar de mi pasión por los perros tendría que regresarle los que ya consideraba muy míos. Armando se quedó pensando, me dijo salud con un ademán y le dio un gran trago a su cerveza. Después de mirar la lejanía por un buen rato, como buscando la respuesta adecuada, soltó una bocanada de aire y me dijo.
-Es tuyo. Llévatelo y cuídalo muy bien. Es un animal dócil, muy entendido; contigo se adaptará de inmediato; ya te conoce, y te quiere. Tal vez hasta le guste cómo hueles.-Soltó otra buena andanada de carcajadas.
Después de una generosa y suculenta comida, una larga sobremesa y tanto aire puro, la tarde me dijo a gritos que debía regresar a mi ciudad capital. Fuimos por el pastor, prodigándole Armando caricias casi infinitas para entregármelo finalmente. Apenas lo subimos a la camioneta el precioso ejemplar manifestó todo su dolor por la despedida de su amo, que intuía definitiva.
Han pasado algunos meses y nunca he vuelto a tener problemas con mis perros. Los tres me aman; son extraordinarios guardianes y aunque no me obedecen en todo, puedo decir que somos una familia feliz. La verdad es que así los considero y los quiero mucho; no puedo vivir sin ellos. Hacen que me sienta muy seguro y son mi compañía. El departamento, es cierto, parece campo de guerra pero no me importa. Olvidaba decir que al tercer pastor, al marido de Martha, amigo de Philipe, le puse por nombre Vincent.
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A bocajarro
El chamaquillo llegó gritando a todo pulmón. Sus nueve años no le permitían ocultar su angustia.
-¡Mi papa, mi papá esta muy malo…!
La madre y sus tíos salieron como alma que se lleva el diablo.
-¿Qué sonseras estás diciendo escuincle?
-Que mi papá está muy malo… ¡Se lo echaron a bocajarro!
Los hombres salieron con sus machetes y con los ánimos dispuestos a todo. Nadie podía tocarle un pelo a ninguno de los Morales y quedarse como si nada. Ese asunto tendría que saldarse en la justa medida. Para eso eran familia, y de las muy unidas.
La madre se quedó haciendo el santo y seña, con el niño pegado a sus faldas. Sus miradas se encontraron varias veces; las cejas caídas, y las lágrimas rodando.
-Virgen Purísima, te encomiendo a mi marido y a mis hermanos. Cuídalos madrecita, cúbrelos con tu manto para que nada grave les pase. Y, tú, ya deja de chillar que me pones los nervios de punta. Madre mía santísima hazme el milagro de regresármelos con vida.
El paso de las horas fue espaciando los rezos y las peticiones de aquella mujer abnegada y creyente, pero no se mitigaban sus angustias. Afinados por la situación, sus ojos y oídos estaban más abiertos que nunca, lo que le permitió captar a lo lejos un conjunto de voces que se acercaba.
-Son ellos, m"hijo, son tus tíos.
Madre e hijo salieron de inmediato, acercándose con prisa al conjunto. El niño empezó a llorar de nuevo y su madre se puso sería. Llenándose luego de ira, le dejó caer, con toda su alma, una lluvia interminable de golpes.
-¡Escuincle desgraciado! ¡Si eres la viva imagen del demonio! ¡Tu papá está bien! ¡Me las vas a pagar!
Los hombres que regresaban eran los tíos y el padre, todos cayéndose de borrachos.
-El cuñao nada más estaba tomándose sus pulques, hermana. No ha pasado nada y, pues, nos quedamos a acompañarlo. ¿De dónde sacaste tú, pingo, que se lo habían echado a bocajarro?
-Es que así le dijo mi padrino, tío: Nos lo echamos a bocajarro… Y luego se puso como loco.
-Ay, sobrino, si serás pendejo. Así se toma el pulque: a boca e" jarro.
Alonso Marroquin Ibarra año 2008 y corriendo
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El Mantel de la Abuela
Ni Juan ni Jimena conocían, a ciencia cierta, el método mediante el cual su abuela conservaba, en excelentes condiciones, aquel hermoso y fino mantel. Año con año, celebración tras celebración, ahí estaba de nuevo decorando la mesa, casi intacto, como si se acabara de comprar. Cuando eran niños, varias veces lo mancharon con diversas substancias: leche, agua de Jamaica, mole, salsa de tomate, mayonesa, merengue y demás La abuela nunca se enojó con ellos, es más, ellos dos eran los únicos autorizados para manchar aquella tela inmaculada, nadie más de la familia podía ni siquiera dejar caer la menor gota de cualquier cosa sobre él porque se ponía histérica y repartía bastonazos a diestra y siniestra; de hecho, estuvo a punto de desheredar a uno de sus hijos una noche en que, inmerso en la algarabía de la reunión, soltó, sin intención, una copa llena con vino tinto y ensució el preciado mantel.
Juan, el mayor de los nietos, taciturno e introspectivo, llegó a obsesionarse durante algún tiempo en el secreto de la blancura y buen estado del mantel de su abuela. Después de infinidad de deliberaciones, sacó las tres conclusiones que le parecieron más viables: a) existían varios manteles idénticos; b) la tela del único mantel existente tenía algún componente especial que ya no se fabrica hoy en día, y c) el mantel, de plano, era mágico.
Jimena, vivaracha y generalmente despreocupada, sólo le daba una explicación al asunto: la abuela engañaba a todo el mundo, les hacía creer que siempre era el mismo mantel, pero, en realidad, fue adquiriendo varios parecidos en el transcurso de los años. No podía ser de otra manera, porque el mantel, "según la leyenda", ya existía desde hacía más de 100 años y era absurdo pensar que pudiese continuar en las magníficas condiciones en la que se encontraba. Todos creían los relatos referentes a él, sin más, o le daban por su lado a la anciana para no hacerla enojar. Cosa más importante e interesante era encontrar la razón de su peculiar tolerancia, con respecto a sus nietos, que contrastaba con su radical irascibilidad con los hijos.
Juan y Jimena eran primos, pero se consideraban hermanos y adoraban a su abuela. Sus respectivos padres, siendo hermanos, apenas se dirigían la palabra, y ninguno de los dos recordaba una muestra de ternura por parte de su madre durante la infancia; la querían, claro está, pero no la amaban. Los afectos tenían una radical contradicción.
Jimena estaba muy preocupada últimamente porque estaba embarazada. Todos en la familia lo sabían, menos la abuela. Jimena, expresamente, les había dicho que no le mencionaran nada, quería ser ella quién le diese la noticia en la próxima cena navideña. Para Jimena, el maravilloso mantel podía irse al diablo, le tenía sin cuidado; lo verdaderamente esencial era saber cómo reaccionaría la voluble señora ante la llegada de una nueva generación con su sangre en las venas. ¿Tolerancia o intolerancia para los biznietos? ¿Una mezcla de ambos? ¿Una agudización de su cariño o de su desprecio? No había forma de saberlo mediante la reflexión…
Leonel Puente Noviembre del 2007
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Mujer perfecta
Me llené de sus ojos y su piel, de sus formas y deseos; todo el aire que respiraba era el de ella, y me aromaba cada mañana con sólo recordarla; estuve preso, hasta el aturdimiento, de tantas atenciones y complacencias; las noches se llenaban con la suavidad de sus curvas y la tersura de sus senos, mientras el sueño me invadía llevándome a un hermoso recoveco casi de vientre materno. Ella era perfecta… Macho y hembra: casábamos; hombre y mujer: crecíamos. ¡Me dio tanto miedo! Hoy me duele demasiado esta inútil y estúpida soltería.
Constantino Pol Letier
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La decisión de Loreto
Los cargadores terminaron de sacar todo: el departamento quedó vacío. El actuario le entregó el comprobante de la diligencia practicada puntualmente. Nadie le iba a reclamar que no hubiera cumplido con su deber de manera impecable. Loreto rompió con furia inusitada el maldito papelajo. Era lo último que podía pasarle: a sus cuarenta, como si mal naciera, estaba en el mundo desnudo y desposeído. De tres años para acá todo se había ido a pique; su vida se había convertido en una suma de pérdidas: trabajo, amigos, mujer, hijos, bienes… dignidad. Su ánimo, aplastado como cucaracha, no daba para más. Sólo había una salida: reunirse con el diablo, porque, de seguro, en el cielo no habría lugar para él, y aunque lo hubiera, eso no lo motivaba, quería otorgarse el derecho final de castigarse lo más posible. Todos, juraba, sin excepción, lo habían hecho ya.
Levantó la duela suelta de la esquina donde estuvo la cama matrimonial, nave de sus mejores recuerdos de pasión y amor. Sacó la bolsa plástica con cuidado y tomó la pistola con la mano izquierda, casi de manera amorosa. Aunque era ambidiestro, siempre confió más en la destreza de su lado chueco. Con el sólo hecho de pensar que dentro de pocos minutos emprendería el gran viaje, sintió que llegaba a un remanso, como si estuviera en una isla paradisíaca contemplando el horizonte lleno de sol, mar y brisa. «Es ahora. Ya no hay para más» Pensar en la continuidad de su vida, así como se habían ido encadenando las cosas, le dio pavor. «Es sólo un instante lo que necesito, un jaloncito al gatillo, y ya: estaré en el próximo escenario».
Cuando su índice se retraía en el metal, lo sobresaltó el fuerte revolotear de un par de palomas. Miró en la ventana al palomo haciéndole la corte a su pareja, escuchó los arrullos, que se amplificaron en su oído interno, y se percató, también, del vaivén de las flores multicolores, en las macetas del balcón, que se mecían con el viento. «!Qué ironía!», pensó. El fin al que se acercaba estaba sucediendo en una mañana esplendida. Loreto se puso extremadamente tenso y por fin, olvidándose de todo, procedió. «Es la decisión más difícil, pero no tengo otra salida: ¡otra vez enfrentaré la vida!».
La pistola cayó al suelo.
Alonso Marroquín Ibarra año 2007 y corriendo
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El espejo roto
La navaja del sol entró por la ventana de tu recámara y atravesó el corazón del espejo que, tras una relampagueante agonía, expiró sumergido en un charco de sangre.
Tú, suspendida en el miedo, rompiste a llorar ante el espejo roto y, tu imagen, hecha añicos, se perdió en un loco rayo de sol que quería ser un romántico reflejo de luna.
Juan Cervera Sanchís
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El prejuicio distraído
Utilizaba a Amelia cuando quería. Siempre me esperaba en el mismo lugar y yo la utilizaba sin remordimientos. ¡Como me gustaba beber el agua pura de su interior! ¡Lo hacía con tanto placer! Pero llegó Sonia y, entonces, hubo muchos problemas porque, aunque ambas sabían perfectamente que sólo las utilizaba, no por eso dejaban de sentirse algo mal.
Decidí dejar definitivamente a Amelia y la deposité con delicadeza en el desván de mi memoria, en dónde guardo los recuerdos tiernos.
Sonia era casi igual a Amelia, a excepción de unos cuantos poros rasposos en su parte mayor, pero me acostumbré pronto a ellos. La traía de un lado para otro y, a veces, me daba miedo que, por distracción u olvido, pudiese destrozarla.
No sucedió ninguna desgracia pero, entonces, llegó la Julia. Inmediatamente dejé a Sonia, y Amelia era apenas un recuerdo borroso.
La Julia tiene las proporciones exactas y no tengo ya duda de que a ella es a quien deseo por siempre para beber esa agua clara ¡con tanto placer! Y, si no es posible por siempre, al menos mientras su belleza resista el paso del tiempo.
A menudo me encuentro con las otras, pero ya no las utilizó como antes. Ya no podría. Ahora le soy fiel a la Julia.
Mi madre dice que soy un indeciso incurable pero, desde que sólo me importa la Julia, está feliz.
Mi hermano me dijo que iba a utilizar unas tardes a la Amelia.
-No, no me importa en lo más mínimo-, le respondí cuando me preguntó si me importaba. -Es más, te la regalo, si la quieres.
Lo mismo le respondí a mi padre, en relación a Sonia, y no entiendo porqué ese repentino parecido en nuestros gustos. De todas maneras de mis labios no saldrá ningún reproche.
A mi hermana le voy a adquirir un Gabriel o un Fernando, (dicen que son los mejores), para que también ella beba el agua pura de sus interiores ¡con tanto placer! También ella tiene derecho. ¿Por qué no?
Algo más. Fue extraño que la vez pasada en que comíamos juntos con todas ellas, todos nosotros estuviésemos algo ansiosos.
Me descuidé y mi hermano se llevó a Sonia. Mi padre tuvo que conformarse esa noche con Amelia.
Cuando al día siguiente regresó mi hermano, mi padre no le reprochó nada, pero yo le mencioné que se había extrañado mucho de que le quitara sus cosas sin previo aviso.
En fin, no íbamos a tener un percance familiar por unas hermosas tazas de barro, ideales para beber agua fresca, grabadas con nombres de personas, y que me fue comprando mi madre una a una. ¿Verdad?
Leonel Puente Colín
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Dónde caerse muerto - Microcuento
Según
decían era tan pobre aquel pobre que, el pobre, no tenía dónde caerse muerto.
La realidad vino a desmentirnos a todos cuando, de repente, un día, el pobre
hombre cayó muerto en plena calle sin pedirle permiso siquiera al policía de la
esquina y es que, si de caerse muerto se trata, no hay problema ni para el rico
ni para el pobre; el problema real radica, especialmente para el pobre, dónde
caerse vivo.
Juan Cervera
Sanchís
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Epigmenio
Juan Cervera Sanchís
En su cabeza avispeaba insistentemente una sola idea: asaltar, asaltar a quien fuera. No tenía otra posibilidad a su alcance para obtener lo que deseaba tanto y hacer que aquella noche fuera distinta para los suyos. La idea de asaltar la venía acariciando desde hacía varios días, pero desde aquella mañana, 24 de diciembre, le picaba como loca en la cabeza y el corazón.
Dejó su casa allá en Santa Julia. Tomó el Metro en la estación Normal y bajó en la del Zócalo. Caminó sin mirar el nombre de las calles, ¿para qué? Había demasiada gente que pasaba por todas partes. Llegó a la Alameda. En la Torre Latinoamericana el reloj marcaba las seis de la tarde. Era aún muy temprano para poder hacer lo que tenía en mente, consideró. Decidió sentarse un rato a pensar. Pensó en sus cinco escuincles. Vio los ojos vivos de Chabela, la más chiquita, con sus dos añitos de esperanza. Se dolió del gesto triste de Pedro, el mayor de sus hijos, que desde sus diez años le pedía lo que él no podía darle. Recordó a Lupita, a Marcela, a Epigmenio, el que se llama como él. Y se sintió con energías para realizar el asalto. Pensó en su mujer, en su madre. Al salir les había dicho:
-Regresaré con mil pesos y disfrutarán todos de una gran cena. Esta Navidad no se irán a la cama con el estómago vacío.
Epigmenio llevaba sin trabajar desde el viernes 5 de agosto del año anterior. Tenía bien clavada la fecha en su memoria. ¡Y bien que lo recordaba! Cada vez que pasaba frente al edificio donde había trabajado se dolía de ello. El edificio estaba allí mostrando su esqueleto y a la espera, pero, nada de nada, el dueño, ¡maldita globalización!, seguía sin lana para echar a andar la construcción.
Epigmenio, que se sentía un buen “mediocuchara”, buscó y buscó chamba, pero con la peor de las suertes. El chingado trabajo estaba harto difícil. Se le echó encima el año y de paso las necesidades y apenas si pudo hacer dos que tres trabajillos en su colonia por los que cobró cuatro centavos. Casi había vivido del esfuerzo de su mujer que trabajaba de limpiasuelos en el mercado. Y todo esto le dolía en la sangre al desesperado Epigmenio. Estaba consciente de la urgencia de encontrar chamba, pero todo se le torcía y se le retorcía y no veía cómo salir del hoyo negro en que las circunstancias lo habían metido. Epigmenio había visto a medio mundo y no hubo manera de que nadie le diera trabajo.
Era verdad que él le entraba a la bebida y luego se ponía fúrico y se peleaba con media humanidad. No había vuelto a beber desde aquel 5 d agosto del pasado año y, sin embargo, andaba más fúrico que nunca y con ganas de hacer mil barbaridades. Aquel día ya le explotaba la bilis y el hígado lo sentía hinchado.
Llevaba en la bolsa un boleto del Metro, y eso gracias a su mujer, y tres pesos por toda fortuna. No había probado bocado desde la mañana en que su mujer le dijo: -Ahí tienes un taquito de huitlacoche que tu mamá te ha traído.
Un taco de huitlacoche y un vaso con agua no iluminan a nadie y mucho menos traen consigo buenas y brillantes ideas. Sentía las dentelladas del hambre, aunque era lo de menos en aquellos momentos de espera. Lo que le dolía de a de veras era no poder cumplir su palabra, es decir, retornar a su casa sin los mil pesos prometidos y tirar el sombrero de la felicidad por la ventana. Soñaba con comprar ocho pollos y una caja de refrescos y ponerse a cantar con su familia aquello de: “Entren santos peregrinos”, y todas esas cosas que a los niños, en día tal, satisface cantar.
Epigmenio anduvo dándole vuelo a la hilacha de su imaginación. Los fotógrafos de “al minuto” se habían ido. Una gatita provinciana se dejaba picotear por un gavilán chilango en una de las bancas de la Alameda:
“En Oaxaca no besan como aquí, Juanita”, le decía el gavilán.
Lo oyó Epigmenio. Y exclamó para sí:
“¡Qué güey!”, aunque de inmediato volvió a pensar en el asalto.
La noche se le había echado encima y los arbolitos de navidad soltaban sus luces por doquiera. Caminó por la Avenida Hidalgo, Puente de Alvarado y llegó a San Cosme. Se internó en la colonia San Rafael por la calle de Altamirano. Al llegar a Francisco Pimentel vio una iglesia. Epigmenio decidió entrar. Pediría a “Diosito” su ayuda. Entró y dirigiéndose al Cristo pronunció apenas entre labios:
“Diosito” ayuda a tu hijo Epigmenio. Permítele a tu hijo Epigmenio llevar mil pesos a su casa. Allí lo esperan... Tú sabes...”
Rezó un rato. Y salió con su idea fija y los pies doloridos. No veía la manera de solucionar su problema. Serían ya como las ocho de la noche. Aquellas calles mal iluminadas eran propicias... Vio venir a un señor bien vestido y con corbata. Aquél, sí, aquél debería traer en la bolsa parte de su aguinaldo o por lo menos mil pesos. Al fin de cuentas, ¿qué eran mil pesos?
Lo espero escondido en un portal. El otro se acercaba lentamente. Pasó junto a él. Epigmenio lo vio alejarse. Sintió que no tenía valor para robar a nadie.¿Cómo era posible? Se insultó a sí mismo, se llamó todo lo peor que un hombre pueda llamarse. Y caminó hacia Santa Julia como ladrón frustrado. ¿Qué dirían de él los amigos de la colonia, aquellos amigos tan capaces, si supieran todo aquello? Estaba a punto de llorar. Sentía que él únicamente valía para trabajar. De pronto dos jóvenes lo cercaron:
-No te muevas, hijo de la chingada, o te picamos.
Epigmenio se quedó tieso como un palo y apenas pudo decir:
-¿Qué se traen?
Los jóvenes sólo le dijeron:
-Quietecito y suelta todo lo que traigas.
-No traigo nada.
Los jóvenes lo registraron:
-Apenas si trae smog este güey. Mira, mira, trae apenas un boleto del Metro y tres pesos, dijo el que lo registró. El otro, enfurecido exclamó:
-Pícalo, pica en la panza a este pinche güey.
Epigmenio sintió que le ardía el vientre y que se le salían las tripas. El sabor de la muerte le llenó la boca. Los dos jóvenes echaron a correr. Desparecieron.
———
Epigmenio vio a sus cinco hijos sonreír y cantar y a su mujer y a su mamá y a sus vecinos y a todo el mundo disfrutar en grande de la vida. Era una noche única. No mil pesos tenía entre sus manos. Miles de dólares y euros y hasta rutilantes centenarios. Dio pues una fiesta para toda la cuadra, para toda la calle, para toda la colonia. Todo era luz y dicha suprema. Se sintió el “mediocuchara” más feliz de México. Y gritó y gritó:
¡¡¡Viva la vida!!!
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La Casa de la Estupidez
Sólo tuve dos horas para recorrer aquella inmensa y compleja casa; para verla, sería más exacto. Apenas entré por una de sus tantas puertas, quedé inmerso en un mundo concebido para atrapar a cuanto visitante posara sus ojos en él. Luces, colores brillantes, cuartos resplandecientes, risas, mujeres… ¡Qué mujeres! ¡Fantásticas! De todos los tonos de piel, de curvas exuberantes, de movimientos sexuales, no sensuales, que me activaron el impulso de aparearme de inmediato.
Recordé, con dificultad, una de las tesis de Desmon Morris, el autor del Mono Desnudo, escrita hace muchos años: el sexo opuesto tiene sus olores, sus formas, sus colores para provocar la continuidad de la especie. Nada más real. Pero, más allá de las tetas perfectas, de las caderas ampliándose contundentes, del torneado impecable de sus piernas, de sus movimientos y porte regio, había en todas ellas una mirada vacía, una sonrisa postiza, una manera de responder mecánica. Eras mujeres irreales, muy lejanas de la vida… Sin embargo me tenían encandilado, y a todos, me percaté en ese momento, los que habían entrado antes y después de mí.
-Esta su casa nunca cierra, permanece abierta siempre, para todos ustedes -nos dijo con amabilidad extraña, un guía que hablaba con una impostura circense–. ¡Síganme! ¡Continuemos!
Sin pensarlo, me uní al grupo que se había formado y seguimos de manera automática al sujeto de apariencia virtual. Llamémosle Funny, para hacer justicia a cierta simpatía que emanaba. ¡Me lleva el diablo! ¿Por qué se me ocurrió un terminajo en inglés para bautizarlo? La verdad no lo sé, pero ese fue el que me vino a la mente. Funny nos llevó por aquí y por allá. Pasamos por habitaciones que parecían vacías, pero no era así, siempre había alguien, con un hacer o a punto de empezarlo. Lo mismo vimos payasos haciendo rutinas demasiado gastadas y dándose de golpes para provocar la risa a como diera lugar, que hombres trajeados repitiendo información de manera ininterrumpida, escenas familiares dolorosas, plenas de llantos, sufriendo las más ruines traiciones, infidelidades, acoso y toda clase de desventuras, accidentes donde los cuerpos mostraban en exceso las quebraduras, los tejidos rasgados, abiertos, los órganos saliéndose y sangre, mucha sangre, sangre por todas partes.
Mi mente se había quedado con los fabulosos cuerpos femeninos, otros que estaban junto a mí, seguían riéndose de las tonterías de los payasos, en un grupito de señoras comentaban el reflejo de la vida real en el cuadro presenciado y lloraban a moco tendido, producto de alguna extraña catarsis.
El recorrido continuó, vertiginoso, avasallador. Vi, -vimos, vieron, ven todos los visitantes, verán- personajes de todos los ámbitos, figurones del deporte; conductores de hablar ininterrumpido, con una capacidad de bombardeo verbal insospechada; más mujeres, maricones y lesbianas –gays y les, les dicen ahora-; políticos con su inevitable ego inflado al máximo; dibujantes y caricaturistas trabajando incesantes, casi con avidez; figuras públicas de escándalo, haciendo alarde de sus abyecciones; cínicos y bufones; madres de familia frustradas dando consejos de cómo llevar un hogar; yoghis, charlatanes visionarios; expertos en el mundo de ultratumba; cazadores de ovnis y extraterrestres…
-¿Cómo le está pareciendo nuestra casa?- me pregunto Funny.
-Este… bien, muy bien- contesté como un soberano imbécil. Por alguna razón no pude externar mi punto de vista. Esa sensación de impedimento me molestó, como tener un ladrillo en la cabeza que me hubiera aplastado el criterio.
-Nuestra casa es integral. Quiero decir, cubre todas las expectativas de lo que a ustedes les gusta y desean. ¡Síganme! ¡Vámonos!- Funny, como una locomotora, cabeza del desfile, nos jaló a todos, y fuimos con él, sin pensarlo.
Me sentí confundido, pero seguí. El grupo era inmenso –tampoco me había percatado- y los empujones, para satisfacer la ansiedad de ser los primeros, se multiplicaron. Lento, despacio, rápido, seguíamos a Funny, como las ratas hipnotizadas por la melodía del flautista de Hammelin. Concursos enfermizos hicieron la delicia de muchos; palabras dichas sin ton ni son, provocaron carcajadas de Santa Clós en otros tantos; la virulencia, el desparpajo y la grosería dichas por un "hombre respetable", ganaron las convicciones de muchos más; la actitud regañona de un líder político que desnudaba lo negro de su opositor, arrancó aplausos eufóricos y gritos compulsivos.
Me sentía aturdido, como si hubieran congelado mis sentidos. Por un lado, tenía la impresión de que no había pasado el tiempo, y por el otro, que ya había permanecido demasiado. Quería largarme de aquella casa y al mismo tiempo quería seguir viendo más. Izquierda, derecha, arriba, abajo… no sabía dónde estaba.
-¡Disfruten! ¡Vivan nuestra casa! ¡Nuestra pasión es servirlos!- Nos invitaba Funny, siempre Funny, con su sonrisa de ángel, con sus ademanes cordiales y su extraño magnetismo. ¡Hay mas, mucho más! ¡Déjense llevar! ¡Conmigo todos, allá vamos!
No había tregua. la casa parecía infinita, era un auténtico cuerno de la abundancia, fuente de recursos inagotables. Vimos peleas de todo tipo, más mujeres, más maricones, más lesbianas, más risas, cómicos, payasos y patiños, más comentarios, noticias y resúmenes, guerras, explosiones atómicas, "dictadores" latinoamericanos, a los buenos y a los malos, juegos de fútbol, béisbol, tenis, póquer, billar, más políticos poéticos de falsa sonrisa y bondad, más crímenes sangrientos, misterios y más chistes, más dramas, asesinatos y asaltos, despojos, violaciones, crueldad, misoginia, perversión, aberración… La multitud enajenada que seguía a Funny lindaba en el paroxismo y me arrastraba, me pisoteaba, me empujaba, me hacía mierda. Ya no podía pensar, me había convertido en parte de la turbamulta.
Algo dentro de mí, arrancó mi conciencia por un instante de aquel aquelarre de "diversión". Fue suficiente. No aguantaba más, no podía seguir, y haciendo de tripas corazón, hice un esfuerzo, un jalón, un empujón, otro esfuerzo, otro jalón, golpes, hasta que pude salir.
Me recargué en el respaldo del sillón mecedor, aflojando todos mis músculos. Me levanté como un rayo y apagué la televisión: auténtica casa de la estupidez.
Alonso Marroquín Ibarra año 2007 y corriendo
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El vaso
¡Malditas ansias de beber! El vaso me jala, trata de romper mi voluntad y ríe burlón, con carcajadas cristalinas. Me provoca. Se parece a las prostitutas elegantes, sin peros, perfectas, glamorosas, dueñas de una paciencia fabricada por las fuerzas del dinero, perseverantes y sabedoras de su belleza.
El esbelto cilindro de vidrio se ve esplendoroso. Me conoce bien y me observa con sus ojos de hielo caleidoscópico; me lanza sus brillos adictivos, sus destellos retadores. Espera romper mi voluntad, sabiéndome esclavo, espera mi mano, y más ufano se muestra, como un señor prepotente y jactancioso. Me llena la vista y el cerebro con los tonos sensuales de sus contenidos. El calor del día se convierte en su cínico cómplice. Siento la garganta seca. Me deshidrato.
¡No has de vencerme, maldito! ¿Me engaño? ¿Podré con él? Debo ignorarlo. No puede influir en mí. Lo romperé. ¡Sí, eso es!
Me armo de valor, paso la lengua ansiosa por mis labios, mi mano se acerca temblorosa a él, lo alcanzo. Está frío, sudado; siento un inmenso alivio, y lo paseo por mi rostro. ¡Ah… qué placer!
Un traguito nada más y te irás al mundo de la basura. No creas que… Tomo una segunda vez, juego con los hielos en mi boca y el ron va resbalando por mis caminos interiores. Mis nervios se calman, mi frenesí empieza a ceder. Escucho el alegre tintineo del conjunto que baila al compás de mis manos. Otro trago, otro más.
Esta fue la última vez que ganaste. He apurado lo que tenías. No habrá próxima ocasión. Se acabaron las tentaciones.
El vaso viaja con la curva furiosa de mi brazo estrellándose en la mesa de centro. Me irrito más que nunca. ¡Carajo! Me dejo caer en el sofá. Estoy sudando. El síndrome de abstinencia, pienso. La vista se me nubla, siento como si estuviera a las puertas de una gran borrachera. Intento levantarme, recuperarme… no puedo. ¡No me puedo mover! ¡No puedo gritar! ¡Ahhgggg… siento que me m…!
«Se lo advertí claramente –llora entre gritos la viuda-. Pensé que esta vez si dejaría de tomar. Tal vez no me creyó. Y, sí, señor ministerio público, le puse veneno al ron. Pensé que se daría cuenta».
Alonso Marroquín Ibarra año 2007 y corriendo
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Me quiere, no me quiere...
Con la superstición por un lado y la certeza por el otro, Juan deshojaba la margarita. Me quiere, no me quiere, me quiere… Con la misma blancura con que concebía su amor, caían los pétalos en el tapete verde del prado. Me quiere… Sonreía, y sus dedos, con suavidad desconocida, continuaban esa tarea de ilusiones, y los pétalos en la corola se hacían menos. Los sinsabores de sus pasados amores estaban sepultados. La ira, la decepción, el desengaño, todo se había ido. Inés era la causa, se había convertido en su centro. Su infausto pasado, así lo vivía, y sabía también que se engañaba, nunca había sucedido. No me quiere, me quiere… Llegó al último pétalo que confirmó, contra todo, que Inés lo amaba. Saltó con el júbilo de un muchacho. Había hecho bien en poner su vida, su fortuna y su esperanza de ella. La vería por la noche al llegar a casa. Caminó hacia la avenida y entonces la vio. Inés estaba fundida en un beso holliwoodesco con quien había sido el administrador de sus bienes.
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