Junio del 2013

No es negocio

Por Leócrates - 11 de Junio, 2013, 6:16, Categoría: NO SON CUENTOS

La verdad no es comercial, es decir: no llena las taquillas, no vende. Siempre, o casi siempre, elegimos la mentira y somos capaces de pagar hasta con la vida para mantenernos engañados.

César Lizardi Ramos (I). Entre los mayas y los meshicas.

Lizardi Ramos es uno de los grandes maestros de la arqueología mexicana, de fama internacional. Como hombre sabio es distraído para las cosas ordinarias de la vida. Él, vive rodeado de libros en un apartamento que es biblioteca y monasterio a un tiempo. Lizardi Ramos es un hombre que ha viajado casi por todo el mundo buscando el conocimiento de su ciencia. Hombre fácil y asequible. No tuvo inconveniente en recibirnos en su casa, a sabiendas de que éramos unos profanos, y platicar con nosotros largamente. Nuestra charla comenzó así:

         –¿Qué proyectos tiene usted por el momento?

         –Estoy tratando de averiguar por observación directa, a simple vista, si los primitivos admirantes de la América Media podían conocer la causa real de un eclipse de sol. Un libro jeroglífico de los mayas, llamado *Códice de Dresde, contiene tablas de sesenta y nueve lunaciones relativas a eclipses. Eran tablas equivalentes a poco menos de treinta y tres años, y dentro de ese plazo sirven para predecir eclipses. Los mesoamericanos creían en que el eclipse indicaba que un monstruo devoraba al astro eclipsado. Sin embargo los sacerdotes de aquel tiempo deben haber dado otra interpretación al fenómeno, y lo que se trata de saber es si sus observaciones podrían servirles para determinar la causa verdadera de dichos eclipses.

         – ¿Cuándo comenzó a estudiar arqueología?

         –Comencé a estudiar arqueología hace treinta y cinco años. Me especialicé en jeroglíficos, cronología y astronomía maya.

         –Usted ha viajado mucho. ¿Qué nos dice de su experiencia como viajero?

         –En Egipto, por ejemplo, visité tumbas, las pirámides. El agujero de la pirámide mayor de Keops me impresionó mucho, por este agujero era por donde hacían ellos sus observaciones acerca de la estrella polar de entonces. También he viajado por Estados Unidos de Norteamérica y las Antillas mayores. He viajado, en fin, por todo el mundo dando conferencias en las universidades en inglés, en castellano y alemán.

         – ¿Ha vivido siempre de la arqueología?

         –No. Fui periodista. Cuando había alguna dificultad en el campo de la antropología en México, entonces yo salía al frente a denunciar a los injustos y falsificadores. Razón por la cual he tenido muchos quebrantos: en 1958 tuve dos graves, consiste uno, en que un aficionado inepto, cuyas calumnias denuncié estuvo a punto de retarme a duelo, pero desistió porque habiendo consultado a unos amigos suyos le dijeron: "Déjate de esas cosas, ya te pusiste bastante en ridículo".     

         En el mismo año denuncié la falsificación hecha por un librero millonario quien editó como auténticas unas falsificaciones de figuras mayas y vendió cada ejemplar de su llamado Álbum en dos mil quinientos pesos mexicanos. El librero quedó muy descontento y prometió que el día que me encontrara me rompería la cara a bofetadas.

– ¿Y cumplió su promesa?

–Parece que no, pues tengo aún la cara entera.

–Sabemos que usted estuvo en las excavaciones de Tula. Háblenos de ello.

– Había una duda acerca de cual sería la Tula de que hablan las cronologías

 del siglo XVI; algunos creían que era Teotihuacan, y otros que era la Tula de Hidalgo. Hechas las excavaciones en esta última se comprobó que ésta era la Tula de los Toltecas. El estado Tolteca fue un imperio con enorme extensión territorial que llegó por el sureste hasta Yucatán, Guatemala y El Salvador, de donde acudían a veces los reyes para recibir la confirmación de sus nombramiento que consistía en introducirles en las alas de la nariz una "Tusi guía" de mando, es decir, una nariguera de oro y jade.

– ¿Hay palabras toltecas en Yucatán todavía?

–Si hay. Por ejemplo "mecate" que es una soga de unos veinte metros, aproximadamente de larga. Y también "guachi" que significa guerrero selecto. A Yucatán llegaron a finales del siglo X, unos guerreros toltecas y posteriormente llegaron individuos del centro de México y como no iban muy limpios les decían "Cuachique" o "cuáchie" en el sentido de sucios.

         Lizardi Ramos, que habla a veces un castellano antiguo muy sabroso, como cuando nos dice "para que los ayudaren", él nunca dice para que les ayudasen. Nos muestra ahora unos dibujos mixtecos y nos habla de un guerrero muy famoso en su tiempo.

         – ¿Y quién era ese Ocho Venados?

         –Hombre, Ocho Venados era un guerrero invencible y un político de mucho colmillo. Vencía al rey de un estado, lo mataba, mataba a los hijos, a los parientes varones y se casaba con las viudas o las hijas y aseguraba el derecho dinástico. Estos mixtecas eran muy cuidadosos del derecho dinástico.

         –Muy bien. Don César: Háblenos ahora del famoso calendario azteca.

         –El llamado calendario ritual consta de 260 días en toda Mesoamérica y al que nacía en un día de estos le ponían el nombre de ese día, aparte tenían dos o tres nombres más.

         Con ese calendario ritual se combinaba un ciclo que llamamos años y que se contaba de 365 días. La combinación es un ciclo de 18 899 fechas, o sea 58 años vagos, es decir, sin afinar; cada una de esas fechas se repetía a los 52 años y para distinguir las repeticiones se usaba un sistema llamado "Cuenta larga". Este sistema consta de dos partes: una inicial llamada "Fecha cero", que es la Era Maya, correspondiente, según la hipótesis más aceptable, al 6 de septiembre del año 3113, antes de Cristo. La otra parte era un sistema de períodos vigesimales que situaba cada fecha en relación con la Era de un modo inequívoco.       

         – ¿Cómo eran los sacerdotes de aquella Era? -se nos ocurre preguntarle.

         –Los sacerdotes de entonces eran muy adustos. Hacían frecuentes ayunos, se mortificaban sacándose sangre de los órganos más dolorosos. Ellos creían que de esas mortificaciones y de esa sangre vendría el favor de los dioses, quienes les daban vida, sustento y dicha. Esa era la dinámica del universo para los mesoamericanos. Equivalía a un trueque en que para recibir había que dar, y él que daba tenía derecho a recibir. Este es un principio de equidad profunda del maya y del mexicano, por esos hacían esos sacrificios. La sangre para ellos era el alimento necesario de los dioses. Por eso los dioses mayas crearon al hombre, tal como se cuenta en el libro de los Quichés: para que les dieren esas dos cosas; culto y alimento.

         Loa mesoamericanos tenían una noción clara del fenómeno que llamamos inercia o sea, que ningún cuerpo altera por sí mismo su estado de reposo o de movimiento. Creían que el dios solar, por ejemplo, no se movía por sí solo, sino que lo cargaba un perro mitológico, para llevarlo al ocaso. Así como los persas creían que el sol era transportado por un caballo blanco. El mito mexicano cuenta que cuando fue creado el sol que hoy vemos, mediante el sacrificio de un dios que se arrojó al fuego, el astro apareció arriba del horizonte, pálido y sin moverse. Los dioses deliberaron acerca de cómo harían para que se moviere y decidieron que había que darle alimento, esto es: sangre humana.

         Todos los pueblos que han pensado y que han tratado de explicarse el universo, han hecho inmolaciones de gentes.

         – ¿Cuál era la principal alimentación de los mayas?

         –El maíz, la calabaza, el pimiento o chile, la yuca, que es una raíz, la carne de venado, carne de roedores, carne de ciervo, pescado etc.

         – ¿Y cómo era la ceremonia de una boda entre los mayas?

         –La hacían ante el sacerdote en un día señalado. El padre del novio pedía a la novia y hacía presentes repetidas veces. Esos presentes eran una compensación anticipada de la merma que tenía el patrimonio de la familia de la novia cuando ella se separaba del hogar. Los sacerdotes hacían la ceremonia y purificación previa y luego los declaraban marido y mujer. Pero generalmente no se consumaba el matrimonio, esperaban unos días para consumarlo e iban a vivir a la casa del suegro y allí vivían un año trabajando, también como compensación a la familia de la novia.

         – ¿Cómo trataban a las adúlteras?

         –A las adúlteras las mataban a pedradas en la cabeza.

         – ¡Madre mía!

         –Sí, el adulterio en aquellos tiempos era algo muy trágico.

         –Ni que lo diga usted. Bueno, vamos a otra cosa. Díganos ¿qué expedición arqueológica de todas las suyas considera la más importante?

         –La de Tulancingo, Hidalgo. Uno de los montículos contenía cuatro pirámides, una dentro de la otra. Encontramos allí restos de templos chicos de la época Teotihuacana, un hacha de mano de hace siete mil años, huesos de bisonte, muchas figuritas de barro, pedazos de muro con pintura mural y otras muchas cosas de interés arqueológico.

         –Volviendo a las costumbres: ¿Cómo enterraban a sus muertos los mayas?

         Dependía de su situación social. Si eran encumbrados los enterraban en un sitio ceremonial y si no lo eran debajo del piso de su casa. Si era un rey, en la parte norte de Yucatán, le cortaban la cabeza después de muerto, le sacaban los sesos y todas las partes carnosas y después le aplicaban una pasta sobre la calavera para rehacer la apariencia del original y eso lo guardaban en un altar en su casa.

         –No quiero cansarlo más. Una última pregunta. ¿Qué queda de la lengua maya?

         –Bueno, hay más de veintiocho dialectos mayas, hablados por más de dos millones de individuos; muchos de ellos mestizos y también blancos. La lengua yucateca o maya es hablada actualmente por no menos de cuatrocientos mil individuos, y participa de una cualidad del náhuatl, o sea que se presta para expresar ideas filosóficas, por ser muy concisa y además tener manera de combinar muchos conceptos en una sola palabra.

         Y aquí pusimos fin a nuestra entrevista de niño ingenuo con nuestro sabio amigo, don César Lizardi Ramos.

*******

Suplemento Cultural, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, V Época, núm. 32, 3 de noviembre de 1968, pág. 5

******* REV. MOS.                     

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