25 de Abril, 2013

César Lizardi Ramos II. La arqueología, una verdadera pasión.

Eso de la arqueología, al parecer, vuelve locos a muchos. Esto no quiere decir que el hombre a quien vamos a ver y con quien queremos platicar ande "desgrillado". No, el hombre que nos espera es un sabio. Es de noche y Lizardi vive en una callejuela oscura de la colonia Roma Sur. Su casa, de vecindad, es también oscura como la boca de un lobo. Entramos y subimos una retorcida escalera, Lizardi nos abre la puerta de su departamento. Usa gafas y tiene una bata larga que le llega hasta los pies. La casa es un desastre. Orden y desorden, no sabemos, está repleta de libros, revistas y periódicos. Apenas si hay donde sentarse.

         –Le haré un poco de café -nos dice.

         –Bueno –le respondo-, pues nos gusta más el café que a un niño el biberón.

Lizardi nos ha dejado unos papeles que dicen que estudió arqueología maya y mexicana durante treinta y siete años; que ha publicado cerca de cuarenta disertaciones relativas a esa ciencia; que durante más de veinte años fue catedrático de arqueología maya y ciencias conexas en la Universidad Nacional Autónoma de México y la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Tiene además, cinco libros por aquí guardados, sin publicar aún. Ha recorrido no sé cuántos sitios arqueológicos de Egipto, Grecia, Inglaterra y América. En fin, es muy largo todo esto que cuentan estos papeles de Lizardi. Y el hombre vuelve con el café. Vive solito, y la ausencia de la mano femenina se hace notar en todo. Hay otro sillón, aunque rebosante de libros.

–Siéntese usted y así hablaremos mejor, ¿no le parece?

–No. Mejor le contesto como estoy. De este modo pienso mejor.

–Bien, lo que usted quiera.

Yo me he posesionado del sillón y no tengo ganas de ser cortés. Empezamos hablando de los mayas y yo le pregunto, para hacer más tétrico el ambiente: ¿Qué pensaban de la muerte los mesoamericanos?

–Circunscribiéndome a los mayas y aztecas, debo decir que algunos de sus monumentos y en varias crónicas, se ve que no creían en la muerte absoluta, sino que pensaban que había una vida más allá de la presente, y la que, inclusive, tenía raíces en el mundo de los muertos, desde el cual algunas deidades principales, como lo era la muerte, ejercían una acción bienhechora en la germinación de las semillas que habían de sustentar a los pueblos.

         Pregunta y respuesta me han sonado por dentro demasiado solemnes. Se me ocurre cambiar el tema y le pregunto:

         –Amigo Lizardi, volvamos al presente y dígame: En su concepto, ¿qué alcance histórico tendrá para México conocer la gran Tenochtitlan al través de las excavaciones que actualmente se hacen en la Plaza Mayor?

         –Conocer la distribución de algunas de las setenta y ocho construcciones que, según el dicho de los informantes de Bernardino de Sahagún, historiador del siglo XVI, que se adelantó a su época, existían en el recinto del Templo Mayor de los meshicas, cuya capital fue cabecera de una gran parte de lo que hoy es el territorio de los Estados Unidos Mexicanos.

         – ¿Está usted de acuerdo con los métodos que se están usando en dichas obras?

         –No los he visto ni he tenido noticias directas de ellos, pero sé que, cualesquiera que sean, tienen que ser adecuados, pues los arqueólogos tienen que someterse a las circunstancias, que son las que pueden esperarse en una serie de excavaciones dirigidas, no ha buscar vestigios arqueológicos, sino, primordialmente, a construir los socavones que se necesitan para abrir la vía del tren subterráneo que debió abrirse hace muchísimos años.

         – ¿Hasta qué punto cree usted que valdría la pena hacer una excavación específica para conocer el subsuelo del corazón de la ciudad?

         Sería valiosísima; pero es una utopía el pensar que podría llevarse al cabo, pues trastornaría la vida en el centro de la ciudad y perjudicaría a los propietarios de bienes inmuebles, entre los cuales, a lo que sospecho, debe haber uno que otro fenicio. Recuerde que en siglo XVIII hubo en esta ciudad quien propusiera que se cambiara de asiento la urbe, pues sus condiciones de vida y de ecología eran precarias, como lo siguen siendo hoy día, pero los propietarios de inmuebles no se resignaron a perder el valor de éstos, y la capital quedó en el sitio de siempre.

–Suponemos que la reconstrucción que se ha hecho del Templo Mayor en maquetas es una obra de la fantasía de los arqueólogos, ¿cree usted que estas excavaciones darán la verdadera imagen de la Gran Tenochtitlan?

         –La reconstrucción no es, como usted supone, ninguna fantasía, sino una obra fundada parcialmente en hechos más o menos conocidos, pero sin que sea fidedigna de todo a todo. Pero cierto que sería muy útil la topografía del por todos conceptos admirable recinto del Templo Mayor de los tenochcas.

         –Se ha dicho que el interés de México por reconstruir su pasado histórico se debe por entero a la Revolución. ¿Es cierto o ya antes hubo gobiernos interesados en ello?

         –La respuesta es ésta: la Revolución, como en otros muchos casos, aumentó ese interés; pero los principios arrancan desde la edad colonial, cuando Carlos III, o mejor dicho, su gobierno, dispuso que se hicieran estudios, propiamente de arqueología, en un sitio tan importante como Palenque, del hoy Estado de Chiapas. Muy posteriormente, el general Porfirio Díaz, cuya conducta como gobernante fue detestable en muchos aspectos para los que somos revolucionarios de nacimiento y por educación, proveyó a la iniciación de las excavaciones en tierra mexicana.

         –Cómo arqueólogo, ¿qué directrices aconsejaría usted para las excavaciones que se llevan a cabo en Cholula, ya que al parecer el plan del mismo nombre es muy ambicioso?

         –No cambiaría yo los métodos que se siguen, pues están siendo aplicados por gentes conocedoras bajo la dirección de un arqueólogo idóneo, como es el arquitecto Ignacio Marquina; lo que es de lamentar es que no se destinen varios millones más para la obra, que es de importancia suma en el campo de la arqueología mexicana.

         –En su concepto, ¿cuál es la misión del arqueólogo: descubrir por el puro placer de descubrir (la arqueología por la arqueología) o descubrir para historiar?

         –A mi juicio en treinta y siete años de estudio y de experiencia, la función primordial de la arqueología consiste en buscar los vestigios materiales para rehacer, idealmente, las culturas que los crearon, y esto es historiar en la acepción más alta y noble del vocablo. La herencia histórica de México, como todos sabemos es amplísima, pues tenemos entendido que hasta la fecha se conocen cuarenta mil zonas con vestigios precolombinos.

         –¿Qué problemas implica para el arqueólogo saber que hay tanto que hacer, que investigar, mientras que por otro lado es acosado por deficiencias económicas y profesionales que lo imposibilitan para realizar ese trabajo?

         –Le aclararé que no son cuarenta mil los sitios, que son zonas arqueológicas. Hace cuatro años, se calculaba que el total llegaba a once mil; pero hoy se cree, por algunos, que son dieciséis mil, aunque no pienso que este cálculo se funde en estadísticas fidedignas. No podría México, ni dedicando todos sus haberes ni a todos sus profesionales a la tarea, ingentísima, más que iniciar la colosal obra de excavar, custodiar y restaurar el legado que le dejaron sus antecesores, los indios de Mesoamérica.

         - ¿Podría decirnos cuál ha sido su aportación a la arqueología mesoamericana y que investigaciones importantes ha realizado hasta el presente?

         –Mi grano de arena, que no aportación importante, ha consistido en allegar unos cuantos datos para medio aclarar la relación exacta entre los calendarios maya y azteca, prodigios de precisión, y el europeo; aclarar algunos puntos de la astronomía de esos pueblos, y ocuparme de minucias, cuyo estudio llena unas cuarenta disertaciones que tengo publicadas. Cuando pienso en estos trabajillos míos recuerdo el reproche que a media voz hace Fausto a su criado y discípulo Wagner, quien le comunica a su juicio acerca de lo trabajoso que es buscar la verdad. El maestro comentaba que Wagner era superficial, que hacía un hoyito en la tierra, hallaba una lombriz y pensaba que había realizado un descubrimiento portentoso.

         –A propósito, amigo Lizardi. ¿Hasta qué punto los hallazgos arqueológicos son usados en nuestros pueblos para acrecentar el nacionalismo, que a la postre y en la hora de nuestro mundo tal vez resulte negativo, ya que, según creo ver, los hombres más evolucionados de este y de todos los tiempos siempre aspiraron a romper con todo tipo de fronteras, con el objeto de crear una humanidad más unida?

         –En mi opinión, la idea y la tendencia nacionalista son indispensables, sobre todo en los pueblos zagueros e invertebrados, quienes deben mejorar su condición de unidades enteras del género humano. No creo que pueda concebirse el todo coherente, allí donde los entes, o partes integrantes son nulidades o cuasi. Hay que pensar que el todo tiene que reflejar las cualidades, buenas o malas de sus componentes. No puede poseer una coherencia real como la que usted supone que anhelan esos evolucionistas, quienes si en verdad alientan el deseo que usted les adjudica, olvidan una observación profunda del viejo Sócrates: que no puede haber un todo aventajado, o podemos decir, perfecto, si las partes no son aventajadas y perfectas.

         –Vaya, vaya, amigo Lizardi. Y bien. ¿Hay muchos jóvenes en México interesados en la arqueología?

         –Sí hay muchos, pero no son los jóvenes, sino también viejos ilusos que trabajan por amor al arte, que viven fuera de la realidad, persiguiendo quimeras en el fondo de los bosques, en lo alto de las montañas y en las arenas de los desiertos, porque buscan vestigios de culturas antiguas, con esperanzas de añadir una palabra nueva a lo que se ha descubierto y estudiado ya. La arqueología seduce a individuos de todas las edades, porque es una novela que se realiza en la vida y que ejerce una seducción irresistible sobre la curiosidad del género humano.

         –Lleno de curiosidad estoy, amigo mío, y, volviendo al principio en que usted noveló sobre la muerte entre los mayas y meshicas, ahora siento el deseo de que usted me explique, ¿hasta qué punto habían observado y estudiado aquellos pueblos el fenómeno de la inercia?

         –Hombre, este fenómeno lo tenían bien conocido, es decir, que sabían que ningún cuerpo puede alterar su condición de movimiento, o reposo, por sí mismo. Pero iban más allá, puesto que aplicaban el principio aún a ciertas deidades, como la solar, pues creían que el Sol, con todo y ser dios, no tenía locomoción propia, sino que era llevado a cuestas al través del firmamento, ya fuera por un perro mitológico, ya por una águila. Creencia ésta paralela a la de aquellos persas antiguos que suponían que el Sol era cargado por un caballo.

         Aquí me entraron ganas de fumar y, como no tenía cerillas, pedí a Lizardi Ramos fuego. Este, que no fuma, me trajo de la cocina un trozo de cartón llameante, con el riesgo de hacer trabajar a los bomberos. Gracias a Alá, no pasó nada, y yo comencé a fumar con regusto, formulándole una nueva pregunta:

         – ¿Qué opinaban, o qué pensaban de la casualidad aquellos antiguos mexicanos?

         –Aquellos antiguos mexicanos que extendían su imperio inclusive hasta el mundo de los dioses, como parece indicarlo este hecho, pensaban que todos tenían un antecedente en escala, que iba ascendiendo, y que al llegar al último peldaño o nivel, ante la imposibilidad de continuar la serie, habían creado un dios dual, con principio de varón y principio de mujer, como si dijéramos, que él se creaba a sí mismo.

         Y aquí nos interrumpe una señorita alemana. No recuerdo su nombre. Creo que es arqueóloga. Ya son dos contra mí. Pero no, esta señorita es muy amable y calla.

         –Bueno, le haré la última pregunta, ¿Cuál era la relación que aquellos antepasados creían tener con sus deidades?

         –Una contractual en que los dioses daban vida, sustento y dicha, a cambio de alimento  y culto que daban los mortales. Si una parte cumplía, la otra estaba obligada fatalmente a cumplir la suya.

         Y aquí, nuestra relación contractual se cumplió. Buscamos el baño, y salimos pitando, como tren mañanero, por la escalera de la casa donde vive Lizardi, que es un túnel de un filme de terror. Al llegar a la calle, alguien habló de Las Chivas Rayadas del Guadalajara. Ah, sí, pensamos…Y buscamos la forma de llegar a casa.

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Suplemento Dominical de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 61, 29 de marzo de 1970, pág. 4 (con seudónimo de Antonio Herrera).

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Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Zonas_arqueol%C3%B3gicas_de_Reforma

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