Ignacio López Tarso. El actor

            No hay cosa más difícil que conversar con un actor en su camerino. Y nosotros, para nuestra desgracia, nos vimos obligados a platicar con Ignacio López López, mientras se disfrazaba de López Tarso, en uno de los camerinos del teatro Hidalgo.

         López Tarso es un hombre muy amable y accesible. Tiene la palabra fácil y el don de atender tres o cuatro conversaciones a un tiempo, al tiempo que se maquilla. Andaba en eso del maquillaje, es decir, con lápices y lápices frente al espejo. Como pudimos, entramos en conversación.

         –Y bien, creo que me toca a mí hablar.

         – ¿Cómo? -interrogó alguien.

         –Eso, y mirando a López Tarso le preguntamos:

– ¿Desde cuándo se dedica usted a la actuación? 

         –Yo descubrí mi vocación ya tarde.

         Alguien aquí nos interrumpe y le pregunta al actor por unas piernas negras.

         –Unas piernas negras, unas piernas negras –tartamudea López Tarso.

         –Sí, es que vamos a poner una obra para niños y…

         En fin, lo de las piernas negras parece que se ha arreglado. Un joven de aspecto nervioso se va. El camerino está lleno de gente. Dos muchachas extranjeras, un individuo corpulento y barbudo, una señora mexicana y los que entran, salen, se quedan y dejan el qué sé yo y el no se qué. Para colmo mi pluma no tiene tinta.

         –Vaya -nos dice López Tarso y nos ofrece unos cuarenta bolígrafos de a dos pesos. Tomamos uno y empezamos a escribir.

         –Usted nos decía que descubrió su vocación algo tarde.

         –Sí, sí, -nos responde el actor mientras se marca las líneas de la frente-. Empecé el año de 1950 en la Academia de Arte Dramático.

         –Y antes, ¿qué hizo usted?

         –Vagar y vagar. Vine, fui y no estuve, estando, en no sé cuántas partes.

         – ¿Como cuáles?

         –Hombre, en muchas. Durante un par de años fui bracero en los Estados Unidos y luego estuve en el ejército. Bueno, ya no me acuerdo de las cosas que no hice ni de las que hice. Pero hice y deshice mil y una cosas, buscándome a mí mismo, pues ahora sé que ese era el objetivo de todo aquel desorientado trajinar.

       Alguien llega con unos recibos. Suponemos que no son de la luz ni del teléfono. López Tarso los revisa y da soluciones. Las muchachas extranjeras están muy serias, tal como si estuviéramos en un velorio de una funeraria de quinta categoría.

         Para romper la solemnidad le pregunto a López Tarso:

         – ¿Cuánto cobró usted por su primera película?

         –Veinte mil pesillos.

         –Para ser la primera, no estuvo mal.

         López Tarso sonríe y sigue sonriendo astutamente cuando le volvemos a preguntar:

         – ¿Y cuánto ha cobrado por la última?

         –Por la última, por la última –finge tener mala memoria –. A ver, a ver –hace la cuenta de la vieja moviendo sus dedos –. Bueno, mi última película ha dado en tres semanas cuatro millones, y yo sólo cobré unos modestos miles de pesos.

         –“Ozú”, mi madre –exclamamos.

         – ¿Qué dice usted? -nos pregunta López López con cara de López Tarso diciendo un corrido.

         –Eso, que vaya tela, ¿eh?   

         Y López Tarso se ríe y nos pregunta de dónde somos. Cuando lo sabe dice:

–Ya, ya.

         –Bien, dejemos ahí el carro y vamos al trigal, es decir, al asunto que nos ha traído. ¿Cuáles son los problemas más serios que ha encontrado usted en su carrera artística?

         –Hasta este momento, en lo que respecta al teatro, los problemas más serios con los que me he encontrado han sido la falta de apoyo oficial y, en el cine, la falta de calidad. Si yo fuera un comediante de tantos no tendría esos problemas, pero aunque sea falta de modestia por mi parte, he de decir que no soy uno de esos, de ahí…

         –Entendido. Y ¿cómo ve usted el cine mexicano?

–Desgraciadamente cada vez más malo, pues cada día que pasa se hacen menos películas y de menos calidad. Pero es un problema que espero se solucione pronto, ya que desde el licenciado Emilio Rabasa para acá ha mejorado algo. No quiero decir que todo el cine mexicano sea malo, pero… Bueno se ha hecho una buena película, creo yo, cada dos años. Digo buena, aunque mejor sería decir digna de verse. Ahora espero, tengo mucha fe en que todo siga mejorando en bien del cine mexicano, pues Rodolfo Echeverría es un hombre que conoce a fondo los problemas de nuestro cine y sé que quiere hacer algo positivo.

– ¿Cuál cree usted que ha sido, hasta ahora, la mejor época del cine mexicano?

–La mejor fue aquella en que descollaron Emilio Fernández, Gabriel Figueroa, Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río… Entonces fue cuando tuvo proyección internacional, pero hoy… Bueno, ahí está lo que es y a la vista de todos.

– ¿Dónde le gusta a usted más actuar, en la escena o ante las cámaras?

–Me gusta actuar en todas partes, pero prefiero el teatro. Yo soy un actor eminentemente teatral, amo el teatro, aunque es un pésimo negocio.

– ¿Qué son para usted los corridos?

–Es una expresión popular por la que yo siento una especial predilección. Yo, antes de ser actor, ya gustaba de decirlos, pues como no sé cantar, al decirlos, era como si cantara las hazañas del pueblo. Me gustan, me gustan mucho.

– ¿Con cuál personaje se identifica usted mejor, con este Adriano VII en el que se está convirtiendo, o con Pito Pérez?

–Los dos son muy distintos e interesantes. Cada uno tiene su porqué y cada uno, por sí mismo, me gusta, aunque no tengan puntos de contacto. Aunque creo que cada uno de ellos lo mejor que tiene es lo que tiene de mí, lo que yo he puesto en ellos, la vida y la sangre que al representarlos les he dado.

– ¿Qué es para usted el teatro clásico?

–Para mí y para todo el mundo, es lo que es, algo que aún no ha sido superado por los autores modernos, por ninguno de ellos. Sófocles y Esquilo siguen siendo extraordinariamente actuales. Son autores vivos, cuando tantos autores que viven están de antemano muertos. Y como actor le diré que son la mejor escuela para el aprendizaje de la actuación. Sí, claro que sí, hay que tenerlos presente como el agua y el pan de cada día, y deberían ser representados con mucho, con mucho más –enfatiza López Tarso –frecuencia de lo que lo son.

– ¿Quién es López Tarso en la vida real?               

          –López Tarso, en la vida real, no existe, porque López Tarso es solamente en su vida pública, es decir, como actor, pues de otra manera yo no existo. No sé ser sino actor. Así fue cómo Ignacio López López murió un día para que sólo existiera López Tarso, aunque, claro está, también exista por ahí, y él sabe dónde, López López; pero eso, aquí y ahora, no importa, como tampoco quiero yo que le importe a nadie, ¿estamos?

         –Estamos. ¿Qué libro está leyendo López Tarso?

         –Estoy leyendo una estupenda adaptación de Madre Juana de los Ángeles.

         – ¿Quién es el autor de esa obra?  

         –Ujule, eso es muy difícil, tiene un nombre rarísimo y yo soy pésimo para los idiomas; sólo puedo decirle que es polaco.

         –Vaya, se juntó el hambre con las ganas de comer, porque un servidor, cuando dice alguna palabra en lengua foránea, no hay Dios que lo entienda.

         Las señoritas extranjeras que nos escuchan están muy serias. El resto del respetable se echa a reír. Nosotros, como el que oye llover, seguimos la retahíla.

         – ¿Qué odia López Tarso?

         –Odia el desorden, la anarquía.

– ¿Qué ama?

         –Todo lo opuesto al desorden y a la anarquía.

– ¿A qué aspira López Tarso?

         –López Tarso quisiera ser el mejor actor del universo.

– ¿Del universo?

          –Así es, mano.

         – ¿Y quién cree López Tarso que ha sido o es el mejor actor del mundo?

         –Para López Tarso, el mejor actor del mundo ha sido un ruso cuyo nombre  apenas si sabe pronunciar. Fue aquel actor que trabajó en Iván el terrible y Don Quijote. A ese actor es a quien yo admiro más entre todos los que han sido y son. Era maravilloso, increíble. No, no creo que haya tenido igual.

         – ¿Podría usted hablarnos de los defectos de López Tarso? 

         –Son muchos, demasiados quizá. Pero algunos le han sido muy provechosos, tales, por ejemplo, como la vanidad y el egoísmo.

         –Y las virtudes de López Tarso, si es que las tiene, ¿cuáles son?

         –Bueno, mano, mira, yo no creo conocerme a fondo para hablar de eso y, cuando ignoro algo, cuando se trata de algo que no conozco bien, prefiero cerrar el pico para no meter la pata. Así que dejemos eso ahí, y si tengo virtudes, que las pregonen otros que me conozcan mejor que yo en ese terreno.

         –De acuerdo. Ahí muere. Pero ahorita no se me eche para atrás y dígame sin que le estorbe la salivilla en la punta de la lengua, ¿cree López Tarso que López Tarso es el mejor actor que hay en México?

         –López Tarso está dispuesto a creerlo todo y a no creer nada. Y eso que usted me pregunta, pues, la verdad, no sé si creerlo o no. Pero tengo entendido que algunos lo dicen por ahí y eso no quiere decir que sea yo el que lo diga. Lo dicen los otros, y si lo dicen… ellos sabrán por qué lo dicen, ¿no?

         –Pues sí.

         –Pues eso, son rumores y la verdad sea dicha no me molestan esa clase de rumorcillos en torno y alrededor de López Tarso.

         –Pues que sigan. ¿No?

         –Sí, hombre, claro, que sigan y sigan y a ver a dónde llegan.

         –Eso es.

         – Olé ahí. Pero aclararemos que yo no digo nada y sólo soy un profesional que trata de ser consecuente con su trabajo, haciendo todo lo posible por mejorar cada día y en cada actuación.

         –Cómo debe ser.

–Exacto.

 – ¿Es López Tarso supersticioso?

–No.

–Entonces cabe la pregunta.    

– ¿Qué pregunta?

–Esta: ¿Qué piensa López Tarso de la muerte?

– ¡Jijo!…

–Alto ahí, manito, y responde a mi pregunta.

–Bueno, la contestaré diciendo que no me gusta pensar en esas cosas.

– ¿Y no que no…?

–Ande, ande y pregunte cualquier otra cosa.

–Bueno, si usted lo manda.

–No es que…   

–Ya entiendo. Bien, ¿qué me dice del amor?

         –Del amor… Bueno, depende de cómo uno entienda el amor. En realidad, lo que puedo decirle es que yo nunca he estado enamorado, a no ser, y eso sí, de mi profesión.

         – ¿Qué ideas políticas tiene López Tarso?

         –Bueno, yo tengo ideas políticas, porque soy hombre, y soy hombre antes que nada. Pero…

         – ¿Qué?

–Que ahí la dejamos. ¿Le parece?

–Hombre… En fin. Bueno. ¿Ideas religiosas?

–Ideas religiosas… Lo que tengo, en realidad, es una vida personal que quiero conservar así. Entiendo que un actor debe tener su vida privada; es un ser humano y hay cosas que uno no debe decir sino entre sus amigos y no en público, a no ser que llegue la ocasión y, como todo el mundo, se vea obligado a sacarlas por fuera a la calle.

–Vale. ¿Dónde nació usted?

–Aquí en el Distrito Federal.     

         ¿Quiénes era sus padres?

–Alfonso López e Ignacia López.

– ¿A qué se dedicaban?

–Mi madre a las labores propias de su casa, y mi padre ocupaba un puesto militar.

– ¿Está usted casado?

–Sí.

– ¿Cuántos hijos tiene?

–Tres, dos niñas, una de dieciocho y otra de doce, y un niño de ocho.

– ¿Descansó?    

– ¿De qué?

–De mi interrogatorio.

– ¿Cómo?

–Pues estas preguntas no eran difíciles.

López Tarso se ríe y mueve la cabeza como diciendo: “Vaya pelmazo que me ha caído”.

–Bueno -no lo quiero dejar que piense -. ¿Qué obras que no haya hecho le gustaría hacer?

Ricardo III, de Shakespeare, y Prometeo.

 –Me ha dicho usted que es muy aficionado a la poesía ¿Qué poetas mexicanos prefiere?

–Prefiero a Octavio Paz y a Carlos Pellicer. Y también a Xavier Villaurrutia. Este último fue mi maestro de teatro y aprendí mucho a su lado.

– ¿Hará próximamente una nueva película?

–Es posible que haga, junto a Dolores del Río, la obra de Sergio Magaña Los motivos del lobo; aún no hay nada seguro, pero por ahí anda la cosa, pues “arrieros somos y en el camino andamos”.

–Pues a caminar.

–Qué remedio.

Y aquí sonó el timbre, la tercera llamada, y López Tarso se cambia de pantalones a todo correr. Nosotros, disimuladamente, le robamos un par de bolígrafos, llamados plumas atómicas sin que se dé cuenta, por si las moscas, pues tenemos todavía qué entrevistar a otro personaje. Y pies para que os quiero.

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Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 96, 29 de noviembre de 1970, pág. 3

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