17 de Abril, 2013

Ignacio López Tarso. El actor

            No hay cosa más difícil que conversar con un actor en su camerino. Y nosotros, para nuestra desgracia, nos vimos obligados a platicar con Ignacio López López, mientras se disfrazaba de López Tarso, en uno de los camerinos del teatro Hidalgo.

         López Tarso es un hombre muy amable y accesible. Tiene la palabra fácil y el don de atender tres o cuatro conversaciones a un tiempo, al tiempo que se maquilla. Andaba en eso del maquillaje, es decir, con lápices y lápices frente al espejo. Como pudimos, entramos en conversación.

         –Y bien, creo que me toca a mí hablar.

         – ¿Cómo? -interrogó alguien.

         –Eso, y mirando a López Tarso le preguntamos:

– ¿Desde cuándo se dedica usted a la actuación? 

         –Yo descubrí mi vocación ya tarde.

         Alguien aquí nos interrumpe y le pregunta al actor por unas piernas negras.

         –Unas piernas negras, unas piernas negras –tartamudea López Tarso.

         –Sí, es que vamos a poner una obra para niños y…

         En fin, lo de las piernas negras parece que se ha arreglado. Un joven de aspecto nervioso se va. El camerino está lleno de gente. Dos muchachas extranjeras, un individuo corpulento y barbudo, una señora mexicana y los que entran, salen, se quedan y dejan el qué sé yo y el no se qué. Para colmo mi pluma no tiene tinta.

         –Vaya -nos dice López Tarso y nos ofrece unos cuarenta bolígrafos de a dos pesos. Tomamos uno y empezamos a escribir.

         –Usted nos decía que descubrió su vocación algo tarde.

         –Sí, sí, -nos responde el actor mientras se marca las líneas de la frente-. Empecé el año de 1950 en la Academia de Arte Dramático.

         –Y antes, ¿qué hizo usted?

         –Vagar y vagar. Vine, fui y no estuve, estando, en no sé cuántas partes.

         – ¿Como cuáles?

         –Hombre, en muchas. Durante un par de años fui bracero en los Estados Unidos y luego estuve en el ejército. Bueno, ya no me acuerdo de las cosas que no hice ni de las que hice. Pero hice y deshice mil y una cosas, buscándome a mí mismo, pues ahora sé que ese era el objetivo de todo aquel desorientado trajinar.

       Alguien llega con unos recibos. Suponemos que no son de la luz ni del teléfono. López Tarso los revisa y da soluciones. Las muchachas extranjeras están muy serias, tal como si estuviéramos en un velorio de una funeraria de quinta categoría.

         Para romper la solemnidad le pregunto a López Tarso:

         – ¿Cuánto cobró usted por su primera película?

         –Veinte mil pesillos.

         –Para ser la primera, no estuvo mal.

         López Tarso sonríe y sigue sonriendo astutamente cuando le volvemos a preguntar:

         – ¿Y cuánto ha cobrado por la última?

         –Por la última, por la última –finge tener mala memoria –. A ver, a ver –hace la cuenta de la vieja moviendo sus dedos –. Bueno, mi última película ha dado en tres semanas cuatro millones, y yo sólo cobré unos modestos miles de pesos.

         –“Ozú”, mi madre –exclamamos.

         – ¿Qué dice usted? -nos pregunta López López con cara de López Tarso diciendo un corrido.

         –Eso, que vaya tela, ¿eh?   

         Y López Tarso se ríe y nos pregunta de dónde somos. Cuando lo sabe dice:

–Ya, ya.

         –Bien, dejemos ahí el carro y vamos al trigal, es decir, al asunto que nos ha traído. ¿Cuáles son los problemas más serios que ha encontrado usted en su carrera artística?

         –Hasta este momento, en lo que respecta al teatro, los problemas más serios con los que me he encontrado han sido la falta de apoyo oficial y, en el cine, la falta de calidad. Si yo fuera un comediante de tantos no tendría esos problemas, pero aunque sea falta de modestia por mi parte, he de decir que no soy uno de esos, de ahí…

         –Entendido. Y ¿cómo ve usted el cine mexicano?

–Desgraciadamente cada vez más malo, pues cada día que pasa se hacen menos películas y de menos calidad. Pero es un problema que espero se solucione pronto, ya que desde el licenciado Emilio Rabasa para acá ha mejorado algo. No quiero decir que todo el cine mexicano sea malo, pero… Bueno se ha hecho una buena película, creo yo, cada dos años. Digo buena, aunque mejor sería decir digna de verse. Ahora espero, tengo mucha fe en que todo siga mejorando en bien del cine mexicano, pues Rodolfo Echeverría es un hombre que conoce a fondo los problemas de nuestro cine y sé que quiere hacer algo positivo.

– ¿Cuál cree usted que ha sido, hasta ahora, la mejor época del cine mexicano?

–La mejor fue aquella en que descollaron Emilio Fernández, Gabriel Figueroa, Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río… Entonces fue cuando tuvo proyección internacional, pero hoy… Bueno, ahí está lo que es y a la vista de todos.

– ¿Dónde le gusta a usted más actuar, en la escena o ante las cámaras?

–Me gusta actuar en todas partes, pero prefiero el teatro. Yo soy un actor eminentemente teatral, amo el teatro, aunque es un pésimo negocio.

– ¿Qué son para usted los corridos?

–Es una expresión popular por la que yo siento una especial predilección. Yo, antes de ser actor, ya gustaba de decirlos, pues como no sé cantar, al decirlos, era como si cantara las hazañas del pueblo. Me gustan, me gustan mucho.

– ¿Con cuál personaje se identifica usted mejor, con este Adriano VII en el que se está convirtiendo, o con Pito Pérez?

–Los dos son muy distintos e interesantes. Cada uno tiene su porqué y cada uno, por sí mismo, me gusta, aunque no tengan puntos de contacto. Aunque creo que cada uno de ellos lo mejor que tiene es lo que tiene de mí, lo que yo he puesto en ellos, la vida y la sangre que al representarlos les he dado.

– ¿Qué es para usted el teatro clásico?

–Para mí y para todo el mundo, es lo que es, algo que aún no ha sido superado por los autores modernos, por ninguno de ellos. Sófocles y Esquilo siguen siendo extraordinariamente actuales. Son autores vivos, cuando tantos autores que viven están de antemano muertos. Y como actor le diré que son la mejor escuela para el aprendizaje de la actuación. Sí, claro que sí, hay que tenerlos presente como el agua y el pan de cada día, y deberían ser representados con mucho, con mucho más –enfatiza López Tarso –frecuencia de lo que lo son.

– ¿Quién es López Tarso en la vida real?               

          –López Tarso, en la vida real, no existe, porque López Tarso es solamente en su vida pública, es decir, como actor, pues de otra manera yo no existo. No sé ser sino actor. Así fue cómo Ignacio López López murió un día para que sólo existiera López Tarso, aunque, claro está, también exista por ahí, y él sabe dónde, López López; pero eso, aquí y ahora, no importa, como tampoco quiero yo que le importe a nadie, ¿estamos?

         –Estamos. ¿Qué libro está leyendo López Tarso?

         –Estoy leyendo una estupenda adaptación de Madre Juana de los Ángeles.

         – ¿Quién es el autor de esa obra?  

         –Ujule, eso es muy difícil, tiene un nombre rarísimo y yo soy pésimo para los idiomas; sólo puedo decirle que es polaco.

         –Vaya, se juntó el hambre con las ganas de comer, porque un servidor, cuando dice alguna palabra en lengua foránea, no hay Dios que lo entienda.

         Las señoritas extranjeras que nos escuchan están muy serias. El resto del respetable se echa a reír. Nosotros, como el que oye llover, seguimos la retahíla.

         – ¿Qué odia López Tarso?

         –Odia el desorden, la anarquía.

– ¿Qué ama?

         –Todo lo opuesto al desorden y a la anarquía.

– ¿A qué aspira López Tarso?

         –López Tarso quisiera ser el mejor actor del universo.

– ¿Del universo?

          –Así es, mano.

         – ¿Y quién cree López Tarso que ha sido o es el mejor actor del mundo?

         –Para López Tarso, el mejor actor del mundo ha sido un ruso cuyo nombre  apenas si sabe pronunciar. Fue aquel actor que trabajó en Iván el terrible y Don Quijote. A ese actor es a quien yo admiro más entre todos los que han sido y son. Era maravilloso, increíble. No, no creo que haya tenido igual.

         – ¿Podría usted hablarnos de los defectos de López Tarso? 

         –Son muchos, demasiados quizá. Pero algunos le han sido muy provechosos, tales, por ejemplo, como la vanidad y el egoísmo.

         –Y las virtudes de López Tarso, si es que las tiene, ¿cuáles son?

         –Bueno, mano, mira, yo no creo conocerme a fondo para hablar de eso y, cuando ignoro algo, cuando se trata de algo que no conozco bien, prefiero cerrar el pico para no meter la pata. Así que dejemos eso ahí, y si tengo virtudes, que las pregonen otros que me conozcan mejor que yo en ese terreno.

         –De acuerdo. Ahí muere. Pero ahorita no se me eche para atrás y dígame sin que le estorbe la salivilla en la punta de la lengua, ¿cree López Tarso que López Tarso es el mejor actor que hay en México?

         –López Tarso está dispuesto a creerlo todo y a no creer nada. Y eso que usted me pregunta, pues, la verdad, no sé si creerlo o no. Pero tengo entendido que algunos lo dicen por ahí y eso no quiere decir que sea yo el que lo diga. Lo dicen los otros, y si lo dicen… ellos sabrán por qué lo dicen, ¿no?

         –Pues sí.

         –Pues eso, son rumores y la verdad sea dicha no me molestan esa clase de rumorcillos en torno y alrededor de López Tarso.

         –Pues que sigan. ¿No?

         –Sí, hombre, claro, que sigan y sigan y a ver a dónde llegan.

         –Eso es.

         – Olé ahí. Pero aclararemos que yo no digo nada y sólo soy un profesional que trata de ser consecuente con su trabajo, haciendo todo lo posible por mejorar cada día y en cada actuación.

         –Cómo debe ser.

–Exacto.

 – ¿Es López Tarso supersticioso?

–No.

–Entonces cabe la pregunta.    

– ¿Qué pregunta?

–Esta: ¿Qué piensa López Tarso de la muerte?

– ¡Jijo!…

–Alto ahí, manito, y responde a mi pregunta.

–Bueno, la contestaré diciendo que no me gusta pensar en esas cosas.

– ¿Y no que no…?

–Ande, ande y pregunte cualquier otra cosa.

–Bueno, si usted lo manda.

–No es que…   

–Ya entiendo. Bien, ¿qué me dice del amor?

         –Del amor… Bueno, depende de cómo uno entienda el amor. En realidad, lo que puedo decirle es que yo nunca he estado enamorado, a no ser, y eso sí, de mi profesión.

         – ¿Qué ideas políticas tiene López Tarso?

         –Bueno, yo tengo ideas políticas, porque soy hombre, y soy hombre antes que nada. Pero…

         – ¿Qué?

–Que ahí la dejamos. ¿Le parece?

–Hombre… En fin. Bueno. ¿Ideas religiosas?

–Ideas religiosas… Lo que tengo, en realidad, es una vida personal que quiero conservar así. Entiendo que un actor debe tener su vida privada; es un ser humano y hay cosas que uno no debe decir sino entre sus amigos y no en público, a no ser que llegue la ocasión y, como todo el mundo, se vea obligado a sacarlas por fuera a la calle.

–Vale. ¿Dónde nació usted?

–Aquí en el Distrito Federal.     

         ¿Quiénes era sus padres?

–Alfonso López e Ignacia López.

– ¿A qué se dedicaban?

–Mi madre a las labores propias de su casa, y mi padre ocupaba un puesto militar.

– ¿Está usted casado?

–Sí.

– ¿Cuántos hijos tiene?

–Tres, dos niñas, una de dieciocho y otra de doce, y un niño de ocho.

– ¿Descansó?    

– ¿De qué?

–De mi interrogatorio.

– ¿Cómo?

–Pues estas preguntas no eran difíciles.

López Tarso se ríe y mueve la cabeza como diciendo: “Vaya pelmazo que me ha caído”.

–Bueno -no lo quiero dejar que piense -. ¿Qué obras que no haya hecho le gustaría hacer?

Ricardo III, de Shakespeare, y Prometeo.

 –Me ha dicho usted que es muy aficionado a la poesía ¿Qué poetas mexicanos prefiere?

–Prefiero a Octavio Paz y a Carlos Pellicer. Y también a Xavier Villaurrutia. Este último fue mi maestro de teatro y aprendí mucho a su lado.

– ¿Hará próximamente una nueva película?

–Es posible que haga, junto a Dolores del Río, la obra de Sergio Magaña Los motivos del lobo; aún no hay nada seguro, pero por ahí anda la cosa, pues “arrieros somos y en el camino andamos”.

–Pues a caminar.

–Qué remedio.

Y aquí sonó el timbre, la tercera llamada, y López Tarso se cambia de pantalones a todo correr. Nosotros, disimuladamente, le robamos un par de bolígrafos, llamados plumas atómicas sin que se dé cuenta, por si las moscas, pues tenemos todavía qué entrevistar a otro personaje. Y pies para que os quiero.

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Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 96, 29 de noviembre de 1970, pág. 3

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Manuel Maples Ponce. Padre del estridentismo

* La mañana es soleada y cálida. Estamos en el sur de la ciudad de México, la puerta de la casa de Manuel Maples Arce, el padre del estridentismo, se nos abre de par en par.

         No percibimos la más mínima estridencia, por el contrario respiramos una serenidad poética en medio de un silencio acogedor.

         Las paredes de su casa nos dan la sensación de ser ventanas abiertas a los más variados mundos. Paisajes, retratos, lejanías, luz y color. Estamos en un amplio y bello patio. Vemos bajar al poeta lentamente la escalera. Una joven menudita nos ha llevado poco antes a la grata estancia.

         Manuel Maples Arce transpira cordialidad. En su pelo blanco entrevemos un cúmulo de recuerdos. Tras saludarlo nos invita a trasladarnos a otra estancia donde tomamos asiento e iniciamos nuestra conversación. El poeta está impecablemente vestido. Sus ojos grandes y redondos nos miran con esa inocencia que únicamente alienta en los corazones nobles y su bondad se percibe de inmediato.

         Nosotros nos acordamos de aquellas palabras suyas que dicen:

         “Yo nací en Papantla, tierra de la vainilla, cerca de las pirámides totonacas cubiertas de silencio”.

         De su nacimiento al día de hoy muy pronto se cumplirán los ochenta años de vida, Maples Arce nació pues el 1º, de  de mayo de 1900.

         – ¿Un café?, nos pregunta.

         –Claro que sí. El poeta se levanta de su asiento y hace sonar una campanita. Aparece una muchachita delgada y morena a la que ordena que nos traiga una taza de café, por cierto turco, humeante y olorosísimo, que de inmediato saboreamos con deleitación. El poeta mientras tanto nos dice:

–Desde niño yo tenía cierta afición por la literatura, pero no precisaba bien el sentido de la poesía. Me dominaba la emoción, pero no conseguía transcribirla por medio de la palabra. Seguramente debo haber sufrido un periodo bastante largo de inadaptación, pero es curioso que cuando entré en la pubertad mi visión poética se hizo más intensa y poco a poco centré la poesía en torno a la mujer y el amor.

– ¿Cómo fue esa experiencia?

–No creo que sea una experiencia excepcional, más bien es un fenómeno psicológico que han experimentado otros poetas. Creo que Bécquer decía: “Poesía eres tú”. Hay también un pasaje del artista adolescente de Joyce, que es obra autobiográfica en la cual explica esas inquietudes y tormentos por las que el adolescente pasa, para llegar a la objetividad del lenguaje de algo muy subjetivo, inquietador. Yo pasé por esa experiencia y sentí que la poesía era ante todo una experiencia personal y no una imitación de los modelos escritos.

Evidentemente que por medio de la lectura, en especial de los autores que más nos gustan, logramos movernos con más soltura en el lenguaje literario.

Tomamos otro sorbo de café. El sol entra filtrado y dulce en la estancia. Maples Arce nos dice:

–Durante los primeros años de mi juventud escribí como un corifeo del modernismo, lejos de las formas del romanticismo o neoclasicismo español y latinoamericano.

Los poemas de Rubén Darío, Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, y otros de menor nombre, pero de sensibilidad afín, me proporcionaban una lectura complaciente, como un regalo, a veces en sus propias obras o en florilegios o compilaciones, me iba formando cada vez más un juicio más estricto de la poesía y en general de la literatura latinoamericana posterior al 98 español que consideraba más originales y modernos, es decir, tenía cierto desden por la poesía española anterior a esta Generación, pero me gustaban Juan Ramón Jiménez y los hermanos Antonio y Manuel Machado; Antonio y Manuel, sobre todo este último en aquella época, por sus ritmos verlanianos, aunque después cambié de parecer y preferí a Antonio por la hondura y densidad de su poesía, por su concepto de humanidad y de tiempo. Antes de que yo leyera a Charles Baudelaire tuve la intuición de la calidad del poema unida a su brevedad. Recordará usted la teoría y los aciertos de su intuición por ser él; una de las más altas figuras de la vanguardia francesa: “Los poetas malditos”. En mi caso particular me cautivó la idea, acaso como reacción contra las larguísimas tiradas del hueco y vacío romanticismo de la época, pero no olvido la fina calidad de Gustavo Adolfo Bécquer y la doliente sensibilidad de Rosalía de Castro.

Volvemos al café, Manuel, con mejor sistema nervioso que yo, aún tiene su taza a medio llenar. En la mía apenas resta el posillo.

– ¿Otra taza de café?, me pregunta el estridentista mientras mira mi taza vacía.

–Naturalmente, le digo, aunque no sea, para nada natural, consumir tanto café. El poeta vuelve a levantarse haciendo sonar la campana. Como salida de las mágicas paredes, la silenciosa jovencita llena de nueva cuenta nuestra taza. Le recuerdo a Maples Arce una canción suya reciente y él nos comenta:

–Yo no sé cantar, pero mi mujer sí, y ella la canta muy bonito.

Le pido que me recite la letra. Amablemente así lo hace:

“Por el camino de Xalapa,

de Xalapa a Coatepec,

una tarde por el bosque

a tres niñas me encontré.

 

Una se llamaba Carmen,

la otra de gracia, Inés,       

         ¡Ay, que diablo de muchacho

         de la última me olvidé!”

         Flota en la atmósfera el sabor y el temblor de este verso popular de Manuel Maples Arce, que nos platica de sus días jóvenes en Xalapa, del bosque desaparecido… La añoranza es una ráfaga de luz cruzando la habitación. Los grandes ojos del poeta brillan. Le preguntamos de pronto:

         – ¿Qué ha sido la poesía para Manuel Maples Arce?

         –Mi concepto inicial de la poesía radica fundamentalmente en la metáfora. Tan riguroso era este concepto que excluía todo lo que estuviera contenido en la misma imagen, por eso mi poesía juvenil giraba en torno de una transcripción de términos que no se pudieran objetivar, entre más distantes y más difíciles fueran los términos de comparación, la poesía me parecía más intensa, pero a medida que pasó el tiempo y que mi visión de la vida, y los problemas que me afligían se hicieron más vivos comprendí que la poesía no radica exclusivamente en la imagen, sino en la intencionalidad que el poeta le imprime. No evolucioné bruscamente, sufrí una crisis de silencio y comencé a escribir de una manera distinta. En 1930 en París escribí algunos poemas muy breves de forma cuidada, que deberían llevarme más tarde a exploraciones de mi inquietud y vida interior nueva.

– ¿Recuerda alguno de aquellos poemas?

–Sí, este: “Sólo tú de rumores advertida / en la luz desnuda de problemas / la autoridad del ruiseñor desvanecida / ¡Puerto libre de estrofa de pañuelos! Mas el pétalo fijo te delata / si fingido, girando hacia la ausencia / en espiral recuerdo de su imagen / fulgor de la definición que expira / y eres al fin espectro de la rosa / Mi texto de belleza en las rodillas / delirante confín de nuestro éxtasis”

Aquí Maples Arce hace una pausa y yo paladeo un sorbo de café. Luego continúa.

–Durante mi estancia en Europa, donde viví nueve años consecutivos, escribí poemas más largos que constituyen la primera parte de mi libro Memorial de sangre, 1947. De estos poemas publiqué algunos en México y otros traducidos al francés en Bélgica y Francia. Entre los poemas publicados figuran dos inspirados en el vocablo sangre, sigue válido, me refiero a “inspirado” por la guerra de España y su dramatismo. En estos poemas de Memorial de sangre, María González de Mendoza veía el complemento de una vida, que comienza en el nacimiento y termina en la muerte.

– ¡La muerte!, exclamamos, y le preguntamos de inmediato:

¿Qué piensa Maples Arce de la muerte?

–Durante algún tiempo me preocupé por el problema de la muerte. Me llenaba de inquietudes. Sobre todo en los trances dolorosos. Tuve mi primera experiencia de la muerte siendo niño. Seguramente que no tenía más de ocho años. Es decir, en 1908. Un hermano menor, que sólo tenía cuatro años, se enfermó repentinamente de un mal, que no se sabía exactamente que era. Las visitas del facultativo y luego la de otro médico al que se recurrió en consulta se hacían más frecuentes, causaron en la familia la consiguiente inquietud, hasta el desenlace trágico. Quisieron alejarme de la casa con unos vecinos, pero yo regresé y mi angustia era tal que me vino una desesperación profunda de la que temí no volver a salir nunca. Sin embargo, cuando vi a mi hermano tendido en su ataúd mi llanto se hizo más sosegado y el tiempo, más tarde, se encargó de serenarme. Aunque nunca he podido olvidar la figura de aquel niño que fue compañero de mis juegos infantiles.

         Con el transcurso de los años la muerte me tocó lejos en parientes o amigos no tan íntimamente vinculados, pero en 1926, cuando vivía en Xalapa y disfrutaba de un espíritu alegre, feliz, tuve la pena de perder bruscamente a mi padre. Fue la misma madrugada en la que llegaba a Xalapa con la familia para radicar a mi lado. Esta circunstancia me causó una violenta sacudida interior que casi me aniquila y, por algún tiempo, tuve que realizar inauditos esfuerzos para salvarme de mi angustia. Entonces la poesía y la lectura me sirvieron de gran consuelo, la misma soledad, mis solitarios paseos por el parque de los Berros y las lomas del estadio y mis recorridos a pie, por el entonces hermoso *Bosque de Pancho, me ayudaron a recuperarme. A medida que el tiempo ha ido pasando siento cierto endurecimiento contra la muerte. Antes pensaba también sobre mi propia muerte y calculaba por ideas o prejuicios sobre la herencia, que podría vivir tantos años, más o menos, pero como mis experiencias y vaticinios no se cumplían, dejé de interesarme en estas cosas y volví a lo que siempre ha sido mi vida: la poesía.

– ¿Cómo nació y por qué el estridentismo y que ha significado, según Maples Arce, para la poesía mexicana?

Manuel está aún conmovido por lo antes recordado en torno a sus muertos entrañables y a la muerte misma. Aparece, por fortuna su esposa. Su presencia lo anima. Mira su reloj de pulsera y pide un aperitivo. Nos sirven un par de vermuts acompañados de un platillo de jamón.

– ¿Dónde íbamos?, nos dice. Nosotros simplemente repetimos la pregunta.

Las horas se nos han ido sin darnos cuenta. Maples Arce nos dice:

–Como le había referido al iniciar nuestra plática yo era un muchacho modernista cuando llegué a Veracruz. Salvador Rueda, por algún tiempo injustamente olvidado, pero que José Luis Cano, en su antología de poetas andaluces contemporáneos, reivindica con buen criterio, yo tuve el gusto de recibirlo, pronunciar una salutación en su honor y pasearlo por la ciudad, de la misma manera entré en relación con otro poeta andaluz: Francisco Villaespesa e instalamos una peña con otros jóvenes de Veracruz en el portal del café Diligencias. Todavía, cuando en 1920 vine a México, prevalecían en mí los gustos modernistas. De este tipo de poesía se publicaron algunas cosas en Revista de Revistas, que dirigía a la sazón mi paisano José de F. Núñez y Domínguez. Creí que por la imagen principalmente podría conseguir efectos de emoción superiores a los que habían logrado los poetas del modernismo. Esta verificación y comprobación de estética me produjo algo así como una crisis y sentí la necesidad de escribir de otra manera, aunque sin saber exactamente cómo. Una constante especulación de obras y una que otra realización de metáforas me ponía en camino de algo nuevo, cuando escribí uno de esos nuevos poemas, quise publicarlo en Revista de Revistas, que era la publicación que acogía entonces la poesía, pero mis amigos ahí estaban muy aferrados a sus viejos conceptos y me cerraron las puertas con toda diligencia, pero yo seguro de mi poema se lo despaché a Enrique Gómez Carrillo a Madrid, donde dirigía la revista Cosmópolis y ahí lo publicó con gran satisfacción mía, pues me convertía, en mi creer y sentir de entonces, en poeta internacional.

Estas preocupaciones y la misma publicación de poemas no implicaba un movimiento literario como los que comenzaban a surgir en España y se habían ya manifestado en Suiza, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia, pero el rechazo que había sufrido en Revista de Revistas me hizo pensar en la necesidad de la estrategia literaria, la publicidad, la divulgación, la conquista de adeptos, de amigos que se solidarizasen con las nuevas ideas. Ya por aquel tiempo estaba yo en relación con algunas revistas y publicaciones españolas y francesas, principalmente, y conocidas por haber visto sus obras en revistas y monografías, pinturas y esculturas de artistas de vanguardia. Estaba yo completamente solo por aquellos días y se me ocurrió publicar un llamamiento a los escritores, poetas, pintores y escultores de la nueva generación, de ahí surgió la idea de un manifiesto que, a última hora y al hacer el encabezado del mismo en la imprenta llamé estridentista. Luego como subtítulos venían frases de escritores extranjeros y lemas de mi cosecha. La parte medular del manifiesto exponía ideas que se me habían ocurrido al iniciar un nuevo género literario, así como paralelamente escultórico y pictórico. El aporte principal era el de la nueva imagen, pero en vez de que el poema se convirtiera en una simple sucesión de imágenes sin nexo alguno entre ellas, como en el creacionismo, se buscaba alguna relación que diere unidad al poema.

Nuestra conversación con Manuel Maples Arce continuaría substantivamente y ya para terminar sentenció:

–“Yo creo en la poesía porque creo en el hombre, pero en el hombre total, inmerso en la totalidad del mundo”.

Y así salimos de la casa del padre del estridentismo, aquella mañana soleada y cálida, más enamorados que nunca de la poesía y, por supuesto, amando a este poeta universal, tan de Papantla, luminosamente veracruzano y rebosante de humanidad.

¨*

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 14, 9 de marzo de 1980, pág. 5

*

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