Abril del 2013

César Lizardi Ramos II. La arqueología, una verdadera pasión.

Eso de la arqueología, al parecer, vuelve locos a muchos. Esto no quiere decir que el hombre a quien vamos a ver y con quien queremos platicar ande "desgrillado". No, el hombre que nos espera es un sabio. Es de noche y Lizardi vive en una callejuela oscura de la colonia Roma Sur. Su casa, de vecindad, es también oscura como la boca de un lobo. Entramos y subimos una retorcida escalera, Lizardi nos abre la puerta de su departamento. Usa gafas y tiene una bata larga que le llega hasta los pies. La casa es un desastre. Orden y desorden, no sabemos, está repleta de libros, revistas y periódicos. Apenas si hay donde sentarse.

         –Le haré un poco de café -nos dice.

         –Bueno –le respondo-, pues nos gusta más el café que a un niño el biberón.

Lizardi nos ha dejado unos papeles que dicen que estudió arqueología maya y mexicana durante treinta y siete años; que ha publicado cerca de cuarenta disertaciones relativas a esa ciencia; que durante más de veinte años fue catedrático de arqueología maya y ciencias conexas en la Universidad Nacional Autónoma de México y la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Tiene además, cinco libros por aquí guardados, sin publicar aún. Ha recorrido no sé cuántos sitios arqueológicos de Egipto, Grecia, Inglaterra y América. En fin, es muy largo todo esto que cuentan estos papeles de Lizardi. Y el hombre vuelve con el café. Vive solito, y la ausencia de la mano femenina se hace notar en todo. Hay otro sillón, aunque rebosante de libros.

–Siéntese usted y así hablaremos mejor, ¿no le parece?

–No. Mejor le contesto como estoy. De este modo pienso mejor.

–Bien, lo que usted quiera.

Yo me he posesionado del sillón y no tengo ganas de ser cortés. Empezamos hablando de los mayas y yo le pregunto, para hacer más tétrico el ambiente: ¿Qué pensaban de la muerte los mesoamericanos?

–Circunscribiéndome a los mayas y aztecas, debo decir que algunos de sus monumentos y en varias crónicas, se ve que no creían en la muerte absoluta, sino que pensaban que había una vida más allá de la presente, y la que, inclusive, tenía raíces en el mundo de los muertos, desde el cual algunas deidades principales, como lo era la muerte, ejercían una acción bienhechora en la germinación de las semillas que habían de sustentar a los pueblos.

         Pregunta y respuesta me han sonado por dentro demasiado solemnes. Se me ocurre cambiar el tema y le pregunto:

         –Amigo Lizardi, volvamos al presente y dígame: En su concepto, ¿qué alcance histórico tendrá para México conocer la gran Tenochtitlan al través de las excavaciones que actualmente se hacen en la Plaza Mayor?

         –Conocer la distribución de algunas de las setenta y ocho construcciones que, según el dicho de los informantes de Bernardino de Sahagún, historiador del siglo XVI, que se adelantó a su época, existían en el recinto del Templo Mayor de los meshicas, cuya capital fue cabecera de una gran parte de lo que hoy es el territorio de los Estados Unidos Mexicanos.

         – ¿Está usted de acuerdo con los métodos que se están usando en dichas obras?

         –No los he visto ni he tenido noticias directas de ellos, pero sé que, cualesquiera que sean, tienen que ser adecuados, pues los arqueólogos tienen que someterse a las circunstancias, que son las que pueden esperarse en una serie de excavaciones dirigidas, no ha buscar vestigios arqueológicos, sino, primordialmente, a construir los socavones que se necesitan para abrir la vía del tren subterráneo que debió abrirse hace muchísimos años.

         – ¿Hasta qué punto cree usted que valdría la pena hacer una excavación específica para conocer el subsuelo del corazón de la ciudad?

         Sería valiosísima; pero es una utopía el pensar que podría llevarse al cabo, pues trastornaría la vida en el centro de la ciudad y perjudicaría a los propietarios de bienes inmuebles, entre los cuales, a lo que sospecho, debe haber uno que otro fenicio. Recuerde que en siglo XVIII hubo en esta ciudad quien propusiera que se cambiara de asiento la urbe, pues sus condiciones de vida y de ecología eran precarias, como lo siguen siendo hoy día, pero los propietarios de inmuebles no se resignaron a perder el valor de éstos, y la capital quedó en el sitio de siempre.

–Suponemos que la reconstrucción que se ha hecho del Templo Mayor en maquetas es una obra de la fantasía de los arqueólogos, ¿cree usted que estas excavaciones darán la verdadera imagen de la Gran Tenochtitlan?

         –La reconstrucción no es, como usted supone, ninguna fantasía, sino una obra fundada parcialmente en hechos más o menos conocidos, pero sin que sea fidedigna de todo a todo. Pero cierto que sería muy útil la topografía del por todos conceptos admirable recinto del Templo Mayor de los tenochcas.

         –Se ha dicho que el interés de México por reconstruir su pasado histórico se debe por entero a la Revolución. ¿Es cierto o ya antes hubo gobiernos interesados en ello?

         –La respuesta es ésta: la Revolución, como en otros muchos casos, aumentó ese interés; pero los principios arrancan desde la edad colonial, cuando Carlos III, o mejor dicho, su gobierno, dispuso que se hicieran estudios, propiamente de arqueología, en un sitio tan importante como Palenque, del hoy Estado de Chiapas. Muy posteriormente, el general Porfirio Díaz, cuya conducta como gobernante fue detestable en muchos aspectos para los que somos revolucionarios de nacimiento y por educación, proveyó a la iniciación de las excavaciones en tierra mexicana.

         –Cómo arqueólogo, ¿qué directrices aconsejaría usted para las excavaciones que se llevan a cabo en Cholula, ya que al parecer el plan del mismo nombre es muy ambicioso?

         –No cambiaría yo los métodos que se siguen, pues están siendo aplicados por gentes conocedoras bajo la dirección de un arqueólogo idóneo, como es el arquitecto Ignacio Marquina; lo que es de lamentar es que no se destinen varios millones más para la obra, que es de importancia suma en el campo de la arqueología mexicana.

         –En su concepto, ¿cuál es la misión del arqueólogo: descubrir por el puro placer de descubrir (la arqueología por la arqueología) o descubrir para historiar?

         –A mi juicio en treinta y siete años de estudio y de experiencia, la función primordial de la arqueología consiste en buscar los vestigios materiales para rehacer, idealmente, las culturas que los crearon, y esto es historiar en la acepción más alta y noble del vocablo. La herencia histórica de México, como todos sabemos es amplísima, pues tenemos entendido que hasta la fecha se conocen cuarenta mil zonas con vestigios precolombinos.

         –¿Qué problemas implica para el arqueólogo saber que hay tanto que hacer, que investigar, mientras que por otro lado es acosado por deficiencias económicas y profesionales que lo imposibilitan para realizar ese trabajo?

         –Le aclararé que no son cuarenta mil los sitios, que son zonas arqueológicas. Hace cuatro años, se calculaba que el total llegaba a once mil; pero hoy se cree, por algunos, que son dieciséis mil, aunque no pienso que este cálculo se funde en estadísticas fidedignas. No podría México, ni dedicando todos sus haberes ni a todos sus profesionales a la tarea, ingentísima, más que iniciar la colosal obra de excavar, custodiar y restaurar el legado que le dejaron sus antecesores, los indios de Mesoamérica.

         - ¿Podría decirnos cuál ha sido su aportación a la arqueología mesoamericana y que investigaciones importantes ha realizado hasta el presente?

         –Mi grano de arena, que no aportación importante, ha consistido en allegar unos cuantos datos para medio aclarar la relación exacta entre los calendarios maya y azteca, prodigios de precisión, y el europeo; aclarar algunos puntos de la astronomía de esos pueblos, y ocuparme de minucias, cuyo estudio llena unas cuarenta disertaciones que tengo publicadas. Cuando pienso en estos trabajillos míos recuerdo el reproche que a media voz hace Fausto a su criado y discípulo Wagner, quien le comunica a su juicio acerca de lo trabajoso que es buscar la verdad. El maestro comentaba que Wagner era superficial, que hacía un hoyito en la tierra, hallaba una lombriz y pensaba que había realizado un descubrimiento portentoso.

         –A propósito, amigo Lizardi. ¿Hasta qué punto los hallazgos arqueológicos son usados en nuestros pueblos para acrecentar el nacionalismo, que a la postre y en la hora de nuestro mundo tal vez resulte negativo, ya que, según creo ver, los hombres más evolucionados de este y de todos los tiempos siempre aspiraron a romper con todo tipo de fronteras, con el objeto de crear una humanidad más unida?

         –En mi opinión, la idea y la tendencia nacionalista son indispensables, sobre todo en los pueblos zagueros e invertebrados, quienes deben mejorar su condición de unidades enteras del género humano. No creo que pueda concebirse el todo coherente, allí donde los entes, o partes integrantes son nulidades o cuasi. Hay que pensar que el todo tiene que reflejar las cualidades, buenas o malas de sus componentes. No puede poseer una coherencia real como la que usted supone que anhelan esos evolucionistas, quienes si en verdad alientan el deseo que usted les adjudica, olvidan una observación profunda del viejo Sócrates: que no puede haber un todo aventajado, o podemos decir, perfecto, si las partes no son aventajadas y perfectas.

         –Vaya, vaya, amigo Lizardi. Y bien. ¿Hay muchos jóvenes en México interesados en la arqueología?

         –Sí hay muchos, pero no son los jóvenes, sino también viejos ilusos que trabajan por amor al arte, que viven fuera de la realidad, persiguiendo quimeras en el fondo de los bosques, en lo alto de las montañas y en las arenas de los desiertos, porque buscan vestigios de culturas antiguas, con esperanzas de añadir una palabra nueva a lo que se ha descubierto y estudiado ya. La arqueología seduce a individuos de todas las edades, porque es una novela que se realiza en la vida y que ejerce una seducción irresistible sobre la curiosidad del género humano.

         –Lleno de curiosidad estoy, amigo mío, y, volviendo al principio en que usted noveló sobre la muerte entre los mayas y meshicas, ahora siento el deseo de que usted me explique, ¿hasta qué punto habían observado y estudiado aquellos pueblos el fenómeno de la inercia?

         –Hombre, este fenómeno lo tenían bien conocido, es decir, que sabían que ningún cuerpo puede alterar su condición de movimiento, o reposo, por sí mismo. Pero iban más allá, puesto que aplicaban el principio aún a ciertas deidades, como la solar, pues creían que el Sol, con todo y ser dios, no tenía locomoción propia, sino que era llevado a cuestas al través del firmamento, ya fuera por un perro mitológico, ya por una águila. Creencia ésta paralela a la de aquellos persas antiguos que suponían que el Sol era cargado por un caballo.

         Aquí me entraron ganas de fumar y, como no tenía cerillas, pedí a Lizardi Ramos fuego. Este, que no fuma, me trajo de la cocina un trozo de cartón llameante, con el riesgo de hacer trabajar a los bomberos. Gracias a Alá, no pasó nada, y yo comencé a fumar con regusto, formulándole una nueva pregunta:

         – ¿Qué opinaban, o qué pensaban de la casualidad aquellos antiguos mexicanos?

         –Aquellos antiguos mexicanos que extendían su imperio inclusive hasta el mundo de los dioses, como parece indicarlo este hecho, pensaban que todos tenían un antecedente en escala, que iba ascendiendo, y que al llegar al último peldaño o nivel, ante la imposibilidad de continuar la serie, habían creado un dios dual, con principio de varón y principio de mujer, como si dijéramos, que él se creaba a sí mismo.

         Y aquí nos interrumpe una señorita alemana. No recuerdo su nombre. Creo que es arqueóloga. Ya son dos contra mí. Pero no, esta señorita es muy amable y calla.

         –Bueno, le haré la última pregunta, ¿Cuál era la relación que aquellos antepasados creían tener con sus deidades?

         –Una contractual en que los dioses daban vida, sustento y dicha, a cambio de alimento  y culto que daban los mortales. Si una parte cumplía, la otra estaba obligada fatalmente a cumplir la suya.

         Y aquí, nuestra relación contractual se cumplió. Buscamos el baño, y salimos pitando, como tren mañanero, por la escalera de la casa donde vive Lizardi, que es un túnel de un filme de terror. Al llegar a la calle, alguien habló de Las Chivas Rayadas del Guadalajara. Ah, sí, pensamos…Y buscamos la forma de llegar a casa.

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Suplemento Dominical de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 61, 29 de marzo de 1970, pág. 4 (con seudónimo de Antonio Herrera).

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Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Zonas_arqueol%C3%B3gicas_de_Reforma

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Una mujer

Por Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda - 19 de Abril, 2013, 4:56, Categoría: Obituario

A Juan Cervera Rueda, mi padre.

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Una mujer gritaba,

jugándose la vida,

por las calles de Brenes,

pueblo de la provincia de Sevilla,

Andalucía:

"¡¡¡ Franquistas, asesinos!!!"

Una mujer gritaba como loca,

acababan de matar a su esposo,

el padre de sus pequeños hijos.

Una mujer gritaba sin que nadie la oyera,

aunque todos la oían en aquel triste pueblo.

Una mujer gritaba, y lloraba y gemía,

sin consuelo de nadie,

sola y desamparada, fatalmente viuda

y con su vida rota para siempre.

Una mujer, mi madre.

^

Por las calles de Brenes,

pueblo de la provincia de Sevilla:

"¡¡¡Franquistas, asesinos!!!"

El eco de su voz resuena todavía

por ese sur de España,

en que aún, ¡todavía!, claman en las barrancas,

 y en las hoscas cunetas de las viejas veredas,

esqueletos sin nombre.

Una mujer gritaba,

gritaba una mujer, ¡ay dolor!, ¡ay dolor!,

y seguirá gritando, aunque ella ya esté muerta,

pues hay gritos tan hondos y tan altos

que nunca, nunca, nunca,

¡nunca jamás se extinguen!

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Ignacio López Tarso. El actor

            No hay cosa más difícil que conversar con un actor en su camerino. Y nosotros, para nuestra desgracia, nos vimos obligados a platicar con Ignacio López López, mientras se disfrazaba de López Tarso, en uno de los camerinos del teatro Hidalgo.

         López Tarso es un hombre muy amable y accesible. Tiene la palabra fácil y el don de atender tres o cuatro conversaciones a un tiempo, al tiempo que se maquilla. Andaba en eso del maquillaje, es decir, con lápices y lápices frente al espejo. Como pudimos, entramos en conversación.

         –Y bien, creo que me toca a mí hablar.

         – ¿Cómo? -interrogó alguien.

         –Eso, y mirando a López Tarso le preguntamos:

– ¿Desde cuándo se dedica usted a la actuación? 

         –Yo descubrí mi vocación ya tarde.

         Alguien aquí nos interrumpe y le pregunta al actor por unas piernas negras.

         –Unas piernas negras, unas piernas negras –tartamudea López Tarso.

         –Sí, es que vamos a poner una obra para niños y…

         En fin, lo de las piernas negras parece que se ha arreglado. Un joven de aspecto nervioso se va. El camerino está lleno de gente. Dos muchachas extranjeras, un individuo corpulento y barbudo, una señora mexicana y los que entran, salen, se quedan y dejan el qué sé yo y el no se qué. Para colmo mi pluma no tiene tinta.

         –Vaya -nos dice López Tarso y nos ofrece unos cuarenta bolígrafos de a dos pesos. Tomamos uno y empezamos a escribir.

         –Usted nos decía que descubrió su vocación algo tarde.

         –Sí, sí, -nos responde el actor mientras se marca las líneas de la frente-. Empecé el año de 1950 en la Academia de Arte Dramático.

         –Y antes, ¿qué hizo usted?

         –Vagar y vagar. Vine, fui y no estuve, estando, en no sé cuántas partes.

         – ¿Como cuáles?

         –Hombre, en muchas. Durante un par de años fui bracero en los Estados Unidos y luego estuve en el ejército. Bueno, ya no me acuerdo de las cosas que no hice ni de las que hice. Pero hice y deshice mil y una cosas, buscándome a mí mismo, pues ahora sé que ese era el objetivo de todo aquel desorientado trajinar.

       Alguien llega con unos recibos. Suponemos que no son de la luz ni del teléfono. López Tarso los revisa y da soluciones. Las muchachas extranjeras están muy serias, tal como si estuviéramos en un velorio de una funeraria de quinta categoría.

         Para romper la solemnidad le pregunto a López Tarso:

         – ¿Cuánto cobró usted por su primera película?

         –Veinte mil pesillos.

         –Para ser la primera, no estuvo mal.

         López Tarso sonríe y sigue sonriendo astutamente cuando le volvemos a preguntar:

         – ¿Y cuánto ha cobrado por la última?

         –Por la última, por la última –finge tener mala memoria –. A ver, a ver –hace la cuenta de la vieja moviendo sus dedos –. Bueno, mi última película ha dado en tres semanas cuatro millones, y yo sólo cobré unos modestos miles de pesos.

         –“Ozú”, mi madre –exclamamos.

         – ¿Qué dice usted? -nos pregunta López López con cara de López Tarso diciendo un corrido.

         –Eso, que vaya tela, ¿eh?   

         Y López Tarso se ríe y nos pregunta de dónde somos. Cuando lo sabe dice:

–Ya, ya.

         –Bien, dejemos ahí el carro y vamos al trigal, es decir, al asunto que nos ha traído. ¿Cuáles son los problemas más serios que ha encontrado usted en su carrera artística?

         –Hasta este momento, en lo que respecta al teatro, los problemas más serios con los que me he encontrado han sido la falta de apoyo oficial y, en el cine, la falta de calidad. Si yo fuera un comediante de tantos no tendría esos problemas, pero aunque sea falta de modestia por mi parte, he de decir que no soy uno de esos, de ahí…

         –Entendido. Y ¿cómo ve usted el cine mexicano?

–Desgraciadamente cada vez más malo, pues cada día que pasa se hacen menos películas y de menos calidad. Pero es un problema que espero se solucione pronto, ya que desde el licenciado Emilio Rabasa para acá ha mejorado algo. No quiero decir que todo el cine mexicano sea malo, pero… Bueno se ha hecho una buena película, creo yo, cada dos años. Digo buena, aunque mejor sería decir digna de verse. Ahora espero, tengo mucha fe en que todo siga mejorando en bien del cine mexicano, pues Rodolfo Echeverría es un hombre que conoce a fondo los problemas de nuestro cine y sé que quiere hacer algo positivo.

– ¿Cuál cree usted que ha sido, hasta ahora, la mejor época del cine mexicano?

–La mejor fue aquella en que descollaron Emilio Fernández, Gabriel Figueroa, Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río… Entonces fue cuando tuvo proyección internacional, pero hoy… Bueno, ahí está lo que es y a la vista de todos.

– ¿Dónde le gusta a usted más actuar, en la escena o ante las cámaras?

–Me gusta actuar en todas partes, pero prefiero el teatro. Yo soy un actor eminentemente teatral, amo el teatro, aunque es un pésimo negocio.

– ¿Qué son para usted los corridos?

–Es una expresión popular por la que yo siento una especial predilección. Yo, antes de ser actor, ya gustaba de decirlos, pues como no sé cantar, al decirlos, era como si cantara las hazañas del pueblo. Me gustan, me gustan mucho.

– ¿Con cuál personaje se identifica usted mejor, con este Adriano VII en el que se está convirtiendo, o con Pito Pérez?

–Los dos son muy distintos e interesantes. Cada uno tiene su porqué y cada uno, por sí mismo, me gusta, aunque no tengan puntos de contacto. Aunque creo que cada uno de ellos lo mejor que tiene es lo que tiene de mí, lo que yo he puesto en ellos, la vida y la sangre que al representarlos les he dado.

– ¿Qué es para usted el teatro clásico?

–Para mí y para todo el mundo, es lo que es, algo que aún no ha sido superado por los autores modernos, por ninguno de ellos. Sófocles y Esquilo siguen siendo extraordinariamente actuales. Son autores vivos, cuando tantos autores que viven están de antemano muertos. Y como actor le diré que son la mejor escuela para el aprendizaje de la actuación. Sí, claro que sí, hay que tenerlos presente como el agua y el pan de cada día, y deberían ser representados con mucho, con mucho más –enfatiza López Tarso –frecuencia de lo que lo son.

– ¿Quién es López Tarso en la vida real?               

          –López Tarso, en la vida real, no existe, porque López Tarso es solamente en su vida pública, es decir, como actor, pues de otra manera yo no existo. No sé ser sino actor. Así fue cómo Ignacio López López murió un día para que sólo existiera López Tarso, aunque, claro está, también exista por ahí, y él sabe dónde, López López; pero eso, aquí y ahora, no importa, como tampoco quiero yo que le importe a nadie, ¿estamos?

         –Estamos. ¿Qué libro está leyendo López Tarso?

         –Estoy leyendo una estupenda adaptación de Madre Juana de los Ángeles.

         – ¿Quién es el autor de esa obra?  

         –Ujule, eso es muy difícil, tiene un nombre rarísimo y yo soy pésimo para los idiomas; sólo puedo decirle que es polaco.

         –Vaya, se juntó el hambre con las ganas de comer, porque un servidor, cuando dice alguna palabra en lengua foránea, no hay Dios que lo entienda.

         Las señoritas extranjeras que nos escuchan están muy serias. El resto del respetable se echa a reír. Nosotros, como el que oye llover, seguimos la retahíla.

         – ¿Qué odia López Tarso?

         –Odia el desorden, la anarquía.

– ¿Qué ama?

         –Todo lo opuesto al desorden y a la anarquía.

– ¿A qué aspira López Tarso?

         –López Tarso quisiera ser el mejor actor del universo.

– ¿Del universo?

          –Así es, mano.

         – ¿Y quién cree López Tarso que ha sido o es el mejor actor del mundo?

         –Para López Tarso, el mejor actor del mundo ha sido un ruso cuyo nombre  apenas si sabe pronunciar. Fue aquel actor que trabajó en Iván el terrible y Don Quijote. A ese actor es a quien yo admiro más entre todos los que han sido y son. Era maravilloso, increíble. No, no creo que haya tenido igual.

         – ¿Podría usted hablarnos de los defectos de López Tarso? 

         –Son muchos, demasiados quizá. Pero algunos le han sido muy provechosos, tales, por ejemplo, como la vanidad y el egoísmo.

         –Y las virtudes de López Tarso, si es que las tiene, ¿cuáles son?

         –Bueno, mano, mira, yo no creo conocerme a fondo para hablar de eso y, cuando ignoro algo, cuando se trata de algo que no conozco bien, prefiero cerrar el pico para no meter la pata. Así que dejemos eso ahí, y si tengo virtudes, que las pregonen otros que me conozcan mejor que yo en ese terreno.

         –De acuerdo. Ahí muere. Pero ahorita no se me eche para atrás y dígame sin que le estorbe la salivilla en la punta de la lengua, ¿cree López Tarso que López Tarso es el mejor actor que hay en México?

         –López Tarso está dispuesto a creerlo todo y a no creer nada. Y eso que usted me pregunta, pues, la verdad, no sé si creerlo o no. Pero tengo entendido que algunos lo dicen por ahí y eso no quiere decir que sea yo el que lo diga. Lo dicen los otros, y si lo dicen… ellos sabrán por qué lo dicen, ¿no?

         –Pues sí.

         –Pues eso, son rumores y la verdad sea dicha no me molestan esa clase de rumorcillos en torno y alrededor de López Tarso.

         –Pues que sigan. ¿No?

         –Sí, hombre, claro, que sigan y sigan y a ver a dónde llegan.

         –Eso es.

         – Olé ahí. Pero aclararemos que yo no digo nada y sólo soy un profesional que trata de ser consecuente con su trabajo, haciendo todo lo posible por mejorar cada día y en cada actuación.

         –Cómo debe ser.

–Exacto.

 – ¿Es López Tarso supersticioso?

–No.

–Entonces cabe la pregunta.    

– ¿Qué pregunta?

–Esta: ¿Qué piensa López Tarso de la muerte?

– ¡Jijo!…

–Alto ahí, manito, y responde a mi pregunta.

–Bueno, la contestaré diciendo que no me gusta pensar en esas cosas.

– ¿Y no que no…?

–Ande, ande y pregunte cualquier otra cosa.

–Bueno, si usted lo manda.

–No es que…   

–Ya entiendo. Bien, ¿qué me dice del amor?

         –Del amor… Bueno, depende de cómo uno entienda el amor. En realidad, lo que puedo decirle es que yo nunca he estado enamorado, a no ser, y eso sí, de mi profesión.

         – ¿Qué ideas políticas tiene López Tarso?

         –Bueno, yo tengo ideas políticas, porque soy hombre, y soy hombre antes que nada. Pero…

         – ¿Qué?

–Que ahí la dejamos. ¿Le parece?

–Hombre… En fin. Bueno. ¿Ideas religiosas?

–Ideas religiosas… Lo que tengo, en realidad, es una vida personal que quiero conservar así. Entiendo que un actor debe tener su vida privada; es un ser humano y hay cosas que uno no debe decir sino entre sus amigos y no en público, a no ser que llegue la ocasión y, como todo el mundo, se vea obligado a sacarlas por fuera a la calle.

–Vale. ¿Dónde nació usted?

–Aquí en el Distrito Federal.     

         ¿Quiénes era sus padres?

–Alfonso López e Ignacia López.

– ¿A qué se dedicaban?

–Mi madre a las labores propias de su casa, y mi padre ocupaba un puesto militar.

– ¿Está usted casado?

–Sí.

– ¿Cuántos hijos tiene?

–Tres, dos niñas, una de dieciocho y otra de doce, y un niño de ocho.

– ¿Descansó?    

– ¿De qué?

–De mi interrogatorio.

– ¿Cómo?

–Pues estas preguntas no eran difíciles.

López Tarso se ríe y mueve la cabeza como diciendo: “Vaya pelmazo que me ha caído”.

–Bueno -no lo quiero dejar que piense -. ¿Qué obras que no haya hecho le gustaría hacer?

Ricardo III, de Shakespeare, y Prometeo.

 –Me ha dicho usted que es muy aficionado a la poesía ¿Qué poetas mexicanos prefiere?

–Prefiero a Octavio Paz y a Carlos Pellicer. Y también a Xavier Villaurrutia. Este último fue mi maestro de teatro y aprendí mucho a su lado.

– ¿Hará próximamente una nueva película?

–Es posible que haga, junto a Dolores del Río, la obra de Sergio Magaña Los motivos del lobo; aún no hay nada seguro, pero por ahí anda la cosa, pues “arrieros somos y en el camino andamos”.

–Pues a caminar.

–Qué remedio.

Y aquí sonó el timbre, la tercera llamada, y López Tarso se cambia de pantalones a todo correr. Nosotros, disimuladamente, le robamos un par de bolígrafos, llamados plumas atómicas sin que se dé cuenta, por si las moscas, pues tenemos todavía qué entrevistar a otro personaje. Y pies para que os quiero.

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Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 96, 29 de noviembre de 1970, pág. 3

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Manuel Maples Ponce. Padre del estridentismo

* La mañana es soleada y cálida. Estamos en el sur de la ciudad de México, la puerta de la casa de Manuel Maples Arce, el padre del estridentismo, se nos abre de par en par.

         No percibimos la más mínima estridencia, por el contrario respiramos una serenidad poética en medio de un silencio acogedor.

         Las paredes de su casa nos dan la sensación de ser ventanas abiertas a los más variados mundos. Paisajes, retratos, lejanías, luz y color. Estamos en un amplio y bello patio. Vemos bajar al poeta lentamente la escalera. Una joven menudita nos ha llevado poco antes a la grata estancia.

         Manuel Maples Arce transpira cordialidad. En su pelo blanco entrevemos un cúmulo de recuerdos. Tras saludarlo nos invita a trasladarnos a otra estancia donde tomamos asiento e iniciamos nuestra conversación. El poeta está impecablemente vestido. Sus ojos grandes y redondos nos miran con esa inocencia que únicamente alienta en los corazones nobles y su bondad se percibe de inmediato.

         Nosotros nos acordamos de aquellas palabras suyas que dicen:

         “Yo nací en Papantla, tierra de la vainilla, cerca de las pirámides totonacas cubiertas de silencio”.

         De su nacimiento al día de hoy muy pronto se cumplirán los ochenta años de vida, Maples Arce nació pues el 1º, de  de mayo de 1900.

         – ¿Un café?, nos pregunta.

         –Claro que sí. El poeta se levanta de su asiento y hace sonar una campanita. Aparece una muchachita delgada y morena a la que ordena que nos traiga una taza de café, por cierto turco, humeante y olorosísimo, que de inmediato saboreamos con deleitación. El poeta mientras tanto nos dice:

–Desde niño yo tenía cierta afición por la literatura, pero no precisaba bien el sentido de la poesía. Me dominaba la emoción, pero no conseguía transcribirla por medio de la palabra. Seguramente debo haber sufrido un periodo bastante largo de inadaptación, pero es curioso que cuando entré en la pubertad mi visión poética se hizo más intensa y poco a poco centré la poesía en torno a la mujer y el amor.

– ¿Cómo fue esa experiencia?

–No creo que sea una experiencia excepcional, más bien es un fenómeno psicológico que han experimentado otros poetas. Creo que Bécquer decía: “Poesía eres tú”. Hay también un pasaje del artista adolescente de Joyce, que es obra autobiográfica en la cual explica esas inquietudes y tormentos por las que el adolescente pasa, para llegar a la objetividad del lenguaje de algo muy subjetivo, inquietador. Yo pasé por esa experiencia y sentí que la poesía era ante todo una experiencia personal y no una imitación de los modelos escritos.

Evidentemente que por medio de la lectura, en especial de los autores que más nos gustan, logramos movernos con más soltura en el lenguaje literario.

Tomamos otro sorbo de café. El sol entra filtrado y dulce en la estancia. Maples Arce nos dice:

–Durante los primeros años de mi juventud escribí como un corifeo del modernismo, lejos de las formas del romanticismo o neoclasicismo español y latinoamericano.

Los poemas de Rubén Darío, Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, y otros de menor nombre, pero de sensibilidad afín, me proporcionaban una lectura complaciente, como un regalo, a veces en sus propias obras o en florilegios o compilaciones, me iba formando cada vez más un juicio más estricto de la poesía y en general de la literatura latinoamericana posterior al 98 español que consideraba más originales y modernos, es decir, tenía cierto desden por la poesía española anterior a esta Generación, pero me gustaban Juan Ramón Jiménez y los hermanos Antonio y Manuel Machado; Antonio y Manuel, sobre todo este último en aquella época, por sus ritmos verlanianos, aunque después cambié de parecer y preferí a Antonio por la hondura y densidad de su poesía, por su concepto de humanidad y de tiempo. Antes de que yo leyera a Charles Baudelaire tuve la intuición de la calidad del poema unida a su brevedad. Recordará usted la teoría y los aciertos de su intuición por ser él; una de las más altas figuras de la vanguardia francesa: “Los poetas malditos”. En mi caso particular me cautivó la idea, acaso como reacción contra las larguísimas tiradas del hueco y vacío romanticismo de la época, pero no olvido la fina calidad de Gustavo Adolfo Bécquer y la doliente sensibilidad de Rosalía de Castro.

Volvemos al café, Manuel, con mejor sistema nervioso que yo, aún tiene su taza a medio llenar. En la mía apenas resta el posillo.

– ¿Otra taza de café?, me pregunta el estridentista mientras mira mi taza vacía.

–Naturalmente, le digo, aunque no sea, para nada natural, consumir tanto café. El poeta vuelve a levantarse haciendo sonar la campana. Como salida de las mágicas paredes, la silenciosa jovencita llena de nueva cuenta nuestra taza. Le recuerdo a Maples Arce una canción suya reciente y él nos comenta:

–Yo no sé cantar, pero mi mujer sí, y ella la canta muy bonito.

Le pido que me recite la letra. Amablemente así lo hace:

“Por el camino de Xalapa,

de Xalapa a Coatepec,

una tarde por el bosque

a tres niñas me encontré.

 

Una se llamaba Carmen,

la otra de gracia, Inés,       

         ¡Ay, que diablo de muchacho

         de la última me olvidé!”

         Flota en la atmósfera el sabor y el temblor de este verso popular de Manuel Maples Arce, que nos platica de sus días jóvenes en Xalapa, del bosque desaparecido… La añoranza es una ráfaga de luz cruzando la habitación. Los grandes ojos del poeta brillan. Le preguntamos de pronto:

         – ¿Qué ha sido la poesía para Manuel Maples Arce?

         –Mi concepto inicial de la poesía radica fundamentalmente en la metáfora. Tan riguroso era este concepto que excluía todo lo que estuviera contenido en la misma imagen, por eso mi poesía juvenil giraba en torno de una transcripción de términos que no se pudieran objetivar, entre más distantes y más difíciles fueran los términos de comparación, la poesía me parecía más intensa, pero a medida que pasó el tiempo y que mi visión de la vida, y los problemas que me afligían se hicieron más vivos comprendí que la poesía no radica exclusivamente en la imagen, sino en la intencionalidad que el poeta le imprime. No evolucioné bruscamente, sufrí una crisis de silencio y comencé a escribir de una manera distinta. En 1930 en París escribí algunos poemas muy breves de forma cuidada, que deberían llevarme más tarde a exploraciones de mi inquietud y vida interior nueva.

– ¿Recuerda alguno de aquellos poemas?

–Sí, este: “Sólo tú de rumores advertida / en la luz desnuda de problemas / la autoridad del ruiseñor desvanecida / ¡Puerto libre de estrofa de pañuelos! Mas el pétalo fijo te delata / si fingido, girando hacia la ausencia / en espiral recuerdo de su imagen / fulgor de la definición que expira / y eres al fin espectro de la rosa / Mi texto de belleza en las rodillas / delirante confín de nuestro éxtasis”

Aquí Maples Arce hace una pausa y yo paladeo un sorbo de café. Luego continúa.

–Durante mi estancia en Europa, donde viví nueve años consecutivos, escribí poemas más largos que constituyen la primera parte de mi libro Memorial de sangre, 1947. De estos poemas publiqué algunos en México y otros traducidos al francés en Bélgica y Francia. Entre los poemas publicados figuran dos inspirados en el vocablo sangre, sigue válido, me refiero a “inspirado” por la guerra de España y su dramatismo. En estos poemas de Memorial de sangre, María González de Mendoza veía el complemento de una vida, que comienza en el nacimiento y termina en la muerte.

– ¡La muerte!, exclamamos, y le preguntamos de inmediato:

¿Qué piensa Maples Arce de la muerte?

–Durante algún tiempo me preocupé por el problema de la muerte. Me llenaba de inquietudes. Sobre todo en los trances dolorosos. Tuve mi primera experiencia de la muerte siendo niño. Seguramente que no tenía más de ocho años. Es decir, en 1908. Un hermano menor, que sólo tenía cuatro años, se enfermó repentinamente de un mal, que no se sabía exactamente que era. Las visitas del facultativo y luego la de otro médico al que se recurrió en consulta se hacían más frecuentes, causaron en la familia la consiguiente inquietud, hasta el desenlace trágico. Quisieron alejarme de la casa con unos vecinos, pero yo regresé y mi angustia era tal que me vino una desesperación profunda de la que temí no volver a salir nunca. Sin embargo, cuando vi a mi hermano tendido en su ataúd mi llanto se hizo más sosegado y el tiempo, más tarde, se encargó de serenarme. Aunque nunca he podido olvidar la figura de aquel niño que fue compañero de mis juegos infantiles.

         Con el transcurso de los años la muerte me tocó lejos en parientes o amigos no tan íntimamente vinculados, pero en 1926, cuando vivía en Xalapa y disfrutaba de un espíritu alegre, feliz, tuve la pena de perder bruscamente a mi padre. Fue la misma madrugada en la que llegaba a Xalapa con la familia para radicar a mi lado. Esta circunstancia me causó una violenta sacudida interior que casi me aniquila y, por algún tiempo, tuve que realizar inauditos esfuerzos para salvarme de mi angustia. Entonces la poesía y la lectura me sirvieron de gran consuelo, la misma soledad, mis solitarios paseos por el parque de los Berros y las lomas del estadio y mis recorridos a pie, por el entonces hermoso *Bosque de Pancho, me ayudaron a recuperarme. A medida que el tiempo ha ido pasando siento cierto endurecimiento contra la muerte. Antes pensaba también sobre mi propia muerte y calculaba por ideas o prejuicios sobre la herencia, que podría vivir tantos años, más o menos, pero como mis experiencias y vaticinios no se cumplían, dejé de interesarme en estas cosas y volví a lo que siempre ha sido mi vida: la poesía.

– ¿Cómo nació y por qué el estridentismo y que ha significado, según Maples Arce, para la poesía mexicana?

Manuel está aún conmovido por lo antes recordado en torno a sus muertos entrañables y a la muerte misma. Aparece, por fortuna su esposa. Su presencia lo anima. Mira su reloj de pulsera y pide un aperitivo. Nos sirven un par de vermuts acompañados de un platillo de jamón.

– ¿Dónde íbamos?, nos dice. Nosotros simplemente repetimos la pregunta.

Las horas se nos han ido sin darnos cuenta. Maples Arce nos dice:

–Como le había referido al iniciar nuestra plática yo era un muchacho modernista cuando llegué a Veracruz. Salvador Rueda, por algún tiempo injustamente olvidado, pero que José Luis Cano, en su antología de poetas andaluces contemporáneos, reivindica con buen criterio, yo tuve el gusto de recibirlo, pronunciar una salutación en su honor y pasearlo por la ciudad, de la misma manera entré en relación con otro poeta andaluz: Francisco Villaespesa e instalamos una peña con otros jóvenes de Veracruz en el portal del café Diligencias. Todavía, cuando en 1920 vine a México, prevalecían en mí los gustos modernistas. De este tipo de poesía se publicaron algunas cosas en Revista de Revistas, que dirigía a la sazón mi paisano José de F. Núñez y Domínguez. Creí que por la imagen principalmente podría conseguir efectos de emoción superiores a los que habían logrado los poetas del modernismo. Esta verificación y comprobación de estética me produjo algo así como una crisis y sentí la necesidad de escribir de otra manera, aunque sin saber exactamente cómo. Una constante especulación de obras y una que otra realización de metáforas me ponía en camino de algo nuevo, cuando escribí uno de esos nuevos poemas, quise publicarlo en Revista de Revistas, que era la publicación que acogía entonces la poesía, pero mis amigos ahí estaban muy aferrados a sus viejos conceptos y me cerraron las puertas con toda diligencia, pero yo seguro de mi poema se lo despaché a Enrique Gómez Carrillo a Madrid, donde dirigía la revista Cosmópolis y ahí lo publicó con gran satisfacción mía, pues me convertía, en mi creer y sentir de entonces, en poeta internacional.

Estas preocupaciones y la misma publicación de poemas no implicaba un movimiento literario como los que comenzaban a surgir en España y se habían ya manifestado en Suiza, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia, pero el rechazo que había sufrido en Revista de Revistas me hizo pensar en la necesidad de la estrategia literaria, la publicidad, la divulgación, la conquista de adeptos, de amigos que se solidarizasen con las nuevas ideas. Ya por aquel tiempo estaba yo en relación con algunas revistas y publicaciones españolas y francesas, principalmente, y conocidas por haber visto sus obras en revistas y monografías, pinturas y esculturas de artistas de vanguardia. Estaba yo completamente solo por aquellos días y se me ocurrió publicar un llamamiento a los escritores, poetas, pintores y escultores de la nueva generación, de ahí surgió la idea de un manifiesto que, a última hora y al hacer el encabezado del mismo en la imprenta llamé estridentista. Luego como subtítulos venían frases de escritores extranjeros y lemas de mi cosecha. La parte medular del manifiesto exponía ideas que se me habían ocurrido al iniciar un nuevo género literario, así como paralelamente escultórico y pictórico. El aporte principal era el de la nueva imagen, pero en vez de que el poema se convirtiera en una simple sucesión de imágenes sin nexo alguno entre ellas, como en el creacionismo, se buscaba alguna relación que diere unidad al poema.

Nuestra conversación con Manuel Maples Arce continuaría substantivamente y ya para terminar sentenció:

–“Yo creo en la poesía porque creo en el hombre, pero en el hombre total, inmerso en la totalidad del mundo”.

Y así salimos de la casa del padre del estridentismo, aquella mañana soleada y cálida, más enamorados que nunca de la poesía y, por supuesto, amando a este poeta universal, tan de Papantla, luminosamente veracruzano y rebosante de humanidad.

¨*

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI Época, núm. 14, 9 de marzo de 1980, pág. 5

*

Fernando Marcos. Genio y figura.

         Voluntad del destino y destino de la voluntad. Predestinación. Azar. Genio para percibir la oportunidad y no dejarla ir. Trabajo, trabajo… y, por supuesto, claridad de inteligencia y orden en la claridad y la inteligencia. Voluntad, voluntad de ser y desear seguir siendo. Don Fernando Marcos González, como si fuese un joven reportero o artista que se inicia acepta ser entrevistado por nosotros y, con rigor castrense, llega a la cita en La Calesa del paseo de la Reforma donde, entre café y más café y humo y ceniza de cigarrillos nos cuenta su vida con pasión y emoción juvenil y la incansable luz de su verbo. Don Fernando tiene el admirable don de la palabra y, escuchándolo, se nos pasan las horas sin darnos cuenta… como si fueran relampagueantes segundos.

–Jamás elegí yo lo que iba a ser -nos afirma-. Nunca. Por ejemplo: Soy graduado de la Escuela Nacional de Maestros. Ahí llegué por casualidad.

Y recuerda:

–Procedo de una familia modesta en lo económico. Yo tuve que costearme mis estudios.

Y subraya:

–Yo, personalmente. Ellos no podían. No es que no quisieran.

– ¿Y recuerda su primer trabajo, don Fernando?

–Cómo no. Recuerdo que apenas tenía yo once años de edad cuando alguien me ofreció trabajar de mozo en una cantina. Llegaba, barría, lavaba los vasos y me iba a la escuela. Aquella cantina se llamaba La Veracruzana y estaba en la calzada de San Cosme esquina con la calle de Nogales. Yo vivía cerca, en las calles de Joaquín García Icazbalceta, en mi querida colonia San Rafael. Éramos seis hermanos.           

         Guarda silencio. Hay como un paréntesis de nostalgia en su voz. Luego añade:

         –El único que vive soy yo. Fui el menor. Vivíamos en una vecindad. Por cierto que en esa misma vecindad vivía también un niño menor que se llamaba Luis Spota.

         Nostalgia… tiempo pasado. Secundaria número 2, calzada México-Tacuba. Recuerdos y recuerdos. Reafirmación en la vida. Presencias del pasado:

         –Mi mamá vendía dulces en una esquina ahí en la colonia San Rafael. Lo dramático era que mi mamá había sido copropietaria de la Hacienda San José Vistahermosa. Eran tiempos de gran dificultad, de revolución… Mi padre era obregonista a morir… pero no había dinero…

         Y don Fernando, rinde homenaje a su primera maestra:

         –Mi primera maestra se llamaba Aurelita… Recuerdo su escuela. Era una simple habitación. Desde que aprendí a leer me convertí en un gran lector. No leía para aprender sino para comunicarme con alguien, pues siendo muy niño mi madre se enfermó y como nadie me contaba cuentos ni aventuras… Los libros desde entonces fueron mis grandes amigos…

         Nos platica de su estancia en el Colegio Francés, que estaba en la San Rafael también, de sus primeros dramas infantiles por aprender con demasiada facilidad y saber más que los niños de su edad. De sus aburridas en la escuela por conocer las lecciones con anterioridad e ir por delante del maestro. De una aula con los vidrios de las ventanas rotos y por donde descubrió la alegría del deporte: el béisbol y el fútbol… y de cómo saltaba por aquella ventana, en descuido del maestro, para irse a jugar con aquel equipo de chamacos de la San Rafael… allá en el llano de La Teja… que cubría lo que hoy es parte de la colonia Cuauhtémoc.

         Su relación con el equipo Germania y sus días en la Secundaria 2, donde fue el peor estudiante, el estudiante que pasó los exámenes “a título de suficiencia”. Estudio. Trabajo. Deporte. E inspector de camiones en la línea Circunvalación. Recuerdos de ayer… Y hoy… oliendo a café compartimos los embotellamientos de Reforma. Cruzan combis color pistache, camiones amarillos… y un río multicolor de autos particulares. Don Fernando recuerda sus días de maestro. Su sueldo de profesor y su sueldo de jugador de fútbol. Como profesor ganaba ciento ochenta pesos al mes y como futbolista cincuenta pesotes de entonces. El nombre del “Pirata” Fuentes salta a sus labios:

         –Éramos “delanteros”, pero nos pusieron de “interiores”. Ariete goleador. Sí, dieciocho goles en un solo partido, contra el Club de la Contraloría de la Federación. Mientras jugué, en todos los equipos que estuve fui campeón goleador, ya fuera en el Club Germania, en el Club España o en la Selección Nacional.

         Hace memoria de aquel España-Atlante en que ganaron ocho a seis en la inauguración del Parque España y en que se llevaría una medalla de oro a quien metiera el primer gol. Él metió el primero y se llevó la medalla, pero ¡qué injusticia!, clama un tanto sonriente:

–Ya que los cinco goles restantes del Club España los metió el “Pirata” Fuentes.

Hace memoria. Toma un sorbo de café y enciende un cigarrillo:

–Había gran afición al fútbol. Mira aquí en el Paseo de la Reforma, cerca del Monumento a Cuauhtémoc hubo un campo de juego. Muy cerca de la casa de don Venustiano Carranza.

Surge el tema del destino:

–Nunca he elegido. Nunca he solicitado trabajo… por timidez tal vez… Todo en mi vida ha sido fruto del viento del azar.

– ¿Y cree usted en el destino?

–Definitivamente sí. El destino es una realidad que se impone. Destino y oportunidad es lo mismo para mí. El destino es una oportunidad que se aprovecha. Mire, yo creo en la suerte, porque he comprobado que trabajando duro viene a mí. Cada vez que trabajo duro la suerte se me aparece.

Sonreímos

– ¿Y el dinero?-le pregunto a bocajarro.

El dinero es una mercancía o un instrumento que solo sirve cuando se gasta. Si lo guardas no sirve para nada. Únicamente tiene valor cuando se gasta.

– ¿El amor, don Fernando?

–Mi respuesta es muy sencilla: cumplo cuarenta y ocho años de casado y soy feliz. Tengo dos hijos y seis nietos. Pronto tendré bisnietos.

Y don Fernando nos habla de su esposa, de sus días de novios, de sus hijos, de sus nietos, de una nieta que tiene una preciosa voz y se prepara para ser una gran cantante. Pone énfasis en su hijo tirador de arco, que se prepara para representar a México en la olimpiada de Seúl… Se advierte su enorme amor a la familia y lo dichoso que ella lo hace.

– ¿Y le ha dejado mucho dinero el fútbol? -le preguntamos de repente.

–Todo. Absolutamente todo. Le diré algo. Cuando cobré mi primera paga como futbolista me hice el propósito de no tocar un solo centavo ganado con el fútbol y hasta la fecha lo he cumplido. De manera que ya tengo un capitalito. El propósito continúa en pie: lo que gano en relación con el juego ahora, ya sea en la televisión como comentarista o en prensa sigue incrementando esa cuenta.

–Oiga, eso es maravilloso. ¿Y cuándo ganó sus primeros centavos con el fútbol?

–En 1931. Fueron cincuenta pesos como ya dije… y estamos en 1987.

–Admirable e increíble, don Fernando.

–Bueno, el fútbol era mi actividad de fin de semana. Sin embargo, todo el mundo me conoce, me identifica con el fútbol. Pero tradicionalmente trabajaba yo de catorce a quince horas diarias, mientras que dedicaba al fútbol sólo unas horas a la semana.

Recordemos más de su vida de jugador, de arbitro, de entrenador… y de su llegada un poco al azar como apoderado de la Compañía de Grabación y Servicios Técnicos S. A. Y de su llegada no menos inesperada a la Cadena Radio Continental como locutor y de cómo por un error en las clavijas de teléfonos pasó de una radiodifusora a otra gustando su voz en transmisión desde Orizaba e iniciando su brillante carrera como locutor y comentarista. De sus miles de documentales hechos para el cine: seis mil cortos nada menos. De cómo, antes de que la TV llegara a México, él hizo televisión en Alemania en 1948… Hablamos o mejor dicho, habla y habla y me tiene encantado con la historia de su vida profesional. Radio y TV: -La radio es el arte de saber hablar –asegura-, pero en la televisión la voz debe servir a la imagen.

– ¿Y qué nos dice usted de la televisión en México hoy, es decir: de Televisa e Imevisión?

–Televisa hace una falsificación perfecta, en términos generales, hay sus excepciones, de la televisión. Imevisión hace precario lo que podría ser TV ideal, lo que podría ser el epitafio del cardenal Richelieu: “Aquí yace Richelieu. El bien que hizo lo hizo mal, el mal que hizo lo hizo bien”. Ambas instituciones son perfectibles.

–¿Cómo ve usted la participación de la mujer en las imágenes trasmisibles de hoy?

–Hoy hay un número mayor de mujeres en la pantalla que de hombres. Hablando de Imevisión mujeres valiosas como: Lucrecia Ostos, María Luisa Manso, Silvana Galván, Laura Gámiz, Adriana Pérez Cañedo… Pienso que las mujeres están desplazando hoy a los hombres.

– ¿Y quién cree usted que es don Fernando Marcos?

–Una especie de Moisés, que lo que hace le cae del cielo.

– ¿Cómo ve el periodismo de opinión en la estación televisora?

–No estoy de acuerdo en que haya personas que opinan al dictado en la televisión y hay comunicadores que debido a ello están fuera de cuadro. Lo que dicen esos comunicadores a cuadro, es lo que le dictan algunos que están fuera de cuadro. Yo no estoy de acuerdo con que me dicten lo que tengo que decir. Por eso, fundamentalmente, renuncié a Televisa, por no aceptarlo.

–Entonces ¿esa fue la razón de su llegada a Imevisión?

–Así es. Necesito lo que tengo en Imevisión: absoluta libertad para expresarme.

– ¿Quiere decir usted que en la televisión de Estado hay más libertad de expresión que en la televisión privada, don Fernando?

–En cincuenta y un años jamás he sido censurado por el Estado y muchas veces sí lo he sido por los propietarios del medio de comunicación. Y esto se explica por los objetivos que persigue el Gobierno de la Revolución Mexicana, que busca el perfeccionamiento de la democracia a través de la libertad y de la justicia y las empresas privadas buscan, y es legítimo, hacer su particular negocio. Claro que hay sus excepciones.

–Dígame con toda sinceridad, ¿en qué cree usted?

–Soy un seguidor del vate López Méndez: “México, creo en Ti”. De ahí mi despedida en cuatro palabras.                                

*

Publicada en Revista TELEGUÍA, 1987, sin fecha.

*

José Luis Martinez

José Luis Martínez nació en Atoyac, Jalisco, el 19 de enero de 1918. Hizo estudios en la Universidad de Guadalajara y la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

            Es catedrático de literatura mexicana y teoría y crítica literaria de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM, ha sustentado conferencias en universidades nacionales y extranjeras.

            Es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente a la española. Sus libros más importantes son estudios históricos sobre literatura mexicana y ensayos sobre problemas culturales y sociales.

            Ha sido representante de México en diversas reuniones internacionales. Fue secretario particular del secretario de Educación Pública; secretario administrador de El Colegio Nacional de México; subgerente de los Ferrocarriles Nacionales, entre otros importantes cargos. Actualmente es director general del Instituto Nacional de Bellas Artes y está considerado como uno de los más valiosos críticos de la literatura mexicana.

            – ¿Cómo ve el desenvolvimiento de las Bellas Artes en México?

            –En los últimos años se han ampliado considerablemente los horizontes y se ha multiplicado la actividad artística. Además, ha ocurrido un fenómeno importante: nuestro arte comienza a ser arte en el mundo y ya no sólo de consumo local. 

– ¿Podría decirnos, suscitantemente, cuáles son las funciones del Instituto Nacional de Bellas Artes de México?

            –Promover y estimular, dentro del margen que le permiten sus recursos, las actividades artísticas que la ley respectiva señala a esta Institución: artes plásticas, danza, música, teatro, arquitectura y literatura. Tiene también a su cargo la enseñanza en las cuatro primeras artes y, además, de estas escuelas sostiene conjuntos como la Orquesta Sinfónica Nacional, la Orquesta de la Opera, los Coros de Bellas Artes, la Orquesta de Cámara, el Ballet Clásico de México y las Compañías de Teatro del Instituto. Bellas Artes tiene, asimismo, a su cargo el Museo de Arte Moderno, el Museo San Carlos, la Pinacoteca Virreinal, las Galerías del Palacio, las del salón de la Plástica, Chapultepec y José María Velasco, para exposiciones de pintura; el Centro Nacional para la Restauración de Obras Artísticas y realiza actividades en la provincia, a través de treinta y un centros regionales.

– ¿Podría decirnos cómo ve la crítica en general en América Latina, incluyendo México, naturalmente?

–La novela es actualmente la "estrella" literaria en América Latina, pero creo que su florecimiento debe mucho a una excelente promoción de críticos, sobre todo uruguayos, chilenos, argentinos y mexicanos. Hay una nueva literatura latinoamericana porque hay una nueva crítica.

– ¿Cómo ve la literatura mexicana actual?

–Lo he explicado en un largo ensayo que se llama Nueva novela, nueva   sensibilidad, que apareció en la Revista de la Universidad de México.

Creo que vivimos un momento lleno de transformaciones y que hay escritores

tan originales como talentosos entre los jóvenes.

            – ¿Qué ayuda presta el Instituto a las nuevas generaciones de literatos, músicos, pintores, etc., mexicanos?

 –Toda la actividad del Instituto está dedicada a estimular y encauzar el trabajo artístico pero no sólo el de los jóvenes.

– ¿Cuáles son los frutos ya cosechados por el Instituto en sus promociones?

–Prefiero que lo conteste, en el futuro la opinión pública.

-¿Quién es José Luis Martínez, hombre y escritor?

–Esta pregunta suele responderse con un curriculum vitae. Podría añadir, sin embargo, que soy un escritor disminuido, en atención a los deberes que he aceptado.

– ¿Cuándo vio la luz su primer libro?

–Se llama La técnica en literatura y apareció en 1942.

– ¿Qué libro de entre todos los suyos tiene usted en más alto aprecio?

–La verdad, ninguno, aunque acaso podría salvar mis estudios sobre literatura del X1X, que se llama La expresión nacional.

– ¿Qué realiza usted actualmente?           

            –Un estudio sobre literatura latinoamericana, encargado por la UNESCO.

            – ¿Qué obra de literatura universal le hubiera gustado escribir?

            –Para ser modesto, La tumba sin sosiego, de Ciryl Connolly.  

            - ¿A qué autor mexicano vivo concedería usted el Premio Nobel?

            –A uno sólo, poeta y ensayista.

– ¿Qué aconsejaría a un joven artista mexicano en su preocupación por el arte?

–Que aprendiera a aprovechar sus defectos y a desconfiar de sus cualidades.

– ¿En su obra personal se han reflejado vivencias o es el producto de su disciplina cultural?

–He escrito solamente ensayos y crítica. De todas maneras, también la disciplina cultural es una vivencia o una experiencia.

– ¿Considera usted que las vivencias están por encima de los recursos adquiridos por la cultura?

            –Vale la respuesta anterior.

– ¿Qué novelistas mexicanos son más de su predilección?

–Luis G. Inclán en el pasado y entre los de hoy, Agustín Yáñez, Juan Rulfo y Carlos Fuentes.  

            – ¿Qué poetas mexicanos?

            –Ramón López Velarde, José Gorostiza y Octavio Paz.

            – ¿Qué pintores?

            –El Instituto que dirijo hace exposiciones de todos los buenos pintores. Mi gusto personal debo reservármelo.

            – ¿Qué dramaturgo?

            –Repito la anterior elusión.

            ¿Y qué músico?

            –Eludo otra vez la trampa.

            Defínanos el amor.

            –Lo primero que se me ocurre son versos ajenos. De todas maneras, mi respuesta sería literaria y no le serviría.

            - La muerte, y díganos, ¿le "teme"?

            –Vuelve a aparecer la literatura. Y, por supuesto, temo a la muerte y al dolor.

            ¿Qué defectos humanos son los que más detesta y que virtudes son las que más estima?

            –Detesto lo confuso y lo sórdido. Estimo sobre todo la claridad, la gracia y la generosidad.

            Al dejar su importante misión en el Instituto Nacional de Bellas Artes, ¿qué empresa emprenderá José Luis Martínez dentro de su vocación artística?

            –No tengo la menor idea de qué haré después de la dirección del Instituto Nacional de Bellas Artes, pero de todas maneras estoy seguro de que seguiré leyendo y escribiendo.

--Se dice que la tarea del Instituto Nacional de Bellas Artes se ha reducido a un grupo definido. ¿Podría decirnos hasta dónde hay verdad o confusión en estas apreciaciones?

            –A pesar de los propósitos de puerta abierta para todos, un equipo de trabajo como el actual del INBA tiene sus propios conceptos y normas que determinan fatalmente algunas predilecciones. ¿Es realmente posible hacerlo de otra manera? Pero nosotros pasaremos pronto y nuestros sucesores darán un nuevo tono a la actividad del Instituto.

– ¿Cree usted que la burocracia delimita las amplias funciones a las que está destinado el Instituto?

– ¿Qué es la burocracia? ¿Cuál es la buena y cuál es la mala? Todo trabajo, aun el de la promoción artística, necesita de burócratas que la hagan. Por otra parte, la mayoría de los empleados del Instituto son maestros, técnicos y profesionales de las diversas artes.

– ¿Hasta qué punto la influencia del Instituto Nacional de Bellas Artes de México ha contribuido en entidades afines en el resto de América?

–Cada país tiene diferentes instituciones para la promoción artística y, con algunas de ellas, hemos podido restablecer colaboraciones muy cordiales, que nos benefician mutuamente.

*

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI época, núm. 25, 20, julio de 1969, pág. 3 (bajo seudónimo de Miguel Sanchís).              

*

Foto: http://www.bing.com/images/search?q=imagenes+de+jose+luis+martinez&qpvt=imagenes+de+jose+luis+martinez&FORM=IGRE#view=detail&id=FE6F97E9A3A76797771F61E0D49410C14681D50B&selectedIndex=1

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