Germán Pardo García. Genuino Apolo Thermidor

         Germán Pardo García es uno de los grandes poetas de América, tal como lo anuncia Gabriela Mistral tras la lectura de su libro Júbilos Ilesos en una carta hoy histórica, fechada en Madrid el 25 de octubre de 1933. El día después del nacimiento del que esto escribe.

         La obra de Germán Pardo García es no solamente rica en calidad, sino en cantidad. Desde el año 1930 en que aparece su libro Voluntad, hasta el año de 1971 en que da a la luz pública su Apolo Thermidor, el poeta no ha dejado de crear. Ahí está su larga bibliografía: Los cánticos, Los sonetos del convite, Poderíos, Presencia, Claro abismo, Ángeles de vidrio y muchos títulos más, que dan fe de su fuerza creadora constante.

         Sí, Pardo García es un poeta de grandes alientos y sorprendentes perfecciones. Leopoldo de Luis ha dicho de él: “Germán Pardo García, voz al rojo vivo de América”. Y ha sido llamado “Voz última y profética”, “Voz de la tierra misma”. Con este poeta, con ese hombre singular, “voz al rojo vivo de América”, platicamos en su casa, en esa su casa que es también cueva de ermitaño, estancia de fructíferos partos y campo de elevación de su pensamiento joven. Porque Pardo García, aunque nacido en Colombia en 1902 y habitante de la ciudad de México desde 1931, sigue siendo un hombre joven, joven y fuerte, intelectual y físicamente.

         Delgado como el alambre, pero resistente como el acero, es este Germán Pardo García. Hay en él una fuerza que nos causa admiración, y una ligereza casi de ave en vuelo, que nos sorprende. Sí, el poeta Germán Pardo García parece haber hecho un pacto con el tiempo, pues el tiempo pasa por él sin destruirlo. Es todo vitalidad.

         Pero entremos en su casa, en esa ecuación indespejable donde el álgebra y la mística matrimoniados cantan, se transforman en altísimo vuelo poético. Ya dentro, no sabemos si hemos penetrado en el pasado o en el futuro, tal vez en ambos hemos puesto los pies, conjugándolos con misteriosos adverbios y con verbos mágicos.

         Y se rompe el silencio, para hacerse humanidad en el recuerdo y en la voz del poeta.

         –Háblenos de su arte -le decimos.

         Un aire como de cuarta dimensión invade la estancia. Nosotros, mientras Germán Pardo García piensa, recuerda, recitamos por dentro los dos últimos tercetos de un soneto suyo de Apolo Thermidor, que dice: “porque así es el instante en que la vida / regresa de galácticos desiertos / y cuando puede, al orbe sometida, / contemplar con los ojos aún abiertos, / la cuarta dimensión desconocida / donde cantan los pájaros ya muertos”. De pájaros “ya muertos” nos habla el poeta.

–Yo no conocí a mi madre, yo tenía dos años cuando ella murió. A su muerte, mi padre que a la sazón ocupaba el alto cargo de presidente de la Corte Suprema de Justicia en Colombia (1905), al quedar viudo y sin nadie que cuidara a mis hermanos prematuramente huérfanos, y a mí, nos puso bajo el cuidado de un ama y bajo su tutela nos trasladamos a unas pequeñas propiedades agrícolas que mi madre tenía en las estribaciones de los páramos andinos, en el centro de la gran cordillera oriental. Allí, en aquellas enormes soledades, se conformó mi espíritu de acuerdo con una vida en extremo dura y en un ambiente de profunda, maravillosa y en ocasiones agobiadora soledad. A más de tres mil quinientos metros de altura se desarrolló mi infancia y mi primera juventud, al contacto con los seres legítimos del mundo, los humildes agricultores colombianos. De ellos y a su arrimo, conservé para el resto de mi vida una capacidad íntima para el amor a la tierra. Todo lo que pueda existir en mi posterior trabajo poético, iniciado hacia 1915, lo debo a los jornaleros de la tierra colombiana. Yo mismo jamás he podido ser otra cosa que un agricultor que, en medio de las grandes metrópolis, Roma, París, Madrid, México, se siente extraño y no desea otra cosa que tornar a consumir sus postreros años en el agro colombiano    

         Germán Pardo García casi cierra los ojos para ver… Ah, los páramos andinos.

–Su primer libro, tenemos entendido, que fue Voluntad (1930). Pero díganos todo lo que recuerde de lo que escribió antes.

–En realidad mi primer libro fue Voluntad y apareció en Bogotá el año 1930. Pero con anterioridad había escrito más de doscientos poemas, ahora perdidos, porque no es posible recatarlos de tanto periódico y revistas en donde aparecieron. Lo primero que pude reunir fueron los pocos poemas coleccionados en Voluntad, trabajo inicial que se resintió de calidad consumada, “si bien aquí y allá, apuntaban”, como dijo Gabriela Mistral al referirse a ese libro, y al comentar el inmediato posterior, Los júbilos ilesos, “asomos de verdadera poesía”. Vuelvo a explicar a usted que comencé a escribir poesía en 1915, bajo la inspección severa de uno de los más grandes clásicos que Colombia y América han tenido: don Antonio Gómez Restrepo, figura cimera aún en España, en donde se le ha llamado “el Menéndez Pelayo de América”.   

         El resultado de aquella vigilancia del maestro Gómez Restrepo fue el aprendizaje, riguroso, hasta de los últimos secretos de la retórica. Por ello se ha observado que uno de los fenómenos fundamentales de mi trabajo poético es la adecuación a lo más claro del clasicismo, que, opinan, he sabido aligerar de lo que ya no es posible aceptarlo, para ser transformado por mí en poesía contemporánea, pero sujeta al rigor de la lucidez de los mayores clásicos de España.

         Precisamente en estos días, un crítico mexicano escribe un breve ensayo sobre la totalidad de mi poesía, y dice: “Germán Pardo García, el último de los clásicos”.

–Cambiando de asunto. ¿Qué sabe usted como hombre y poeta de la soledad, de esa soledad que aquí en su casa se respira, casi se palpa?

–Toda la razón física y mental de mi existencia se apoya en la soledad. El hombre que cuando niño toleró, como yo lo hiciera, los indecibles páramos colombianos, no podrá, para el resto de su vida, desalojarlos de su alma. La grandiosidad de los yermos páramos de América estructura una especie de hombre producto típico de este continente fantástico: el hombre de las cumbres andinas, reciamente solitario, cósmico por nacimiento y por atavismo, el ser ontológicamente solo sobre el mundo, sin más compañía que la montaña, la bruma y su habitante: la bestia. Esencialmente soy un producto físico y espiritual de los Andes colombianos. Detrás de toda mi obra  está la fuerza de esta naturaleza brava, hostil para el hombre que le es extraño, pero hospitalario, amante para sus hijos desamparados.

–Usted “por medir la oscuridad /gritó en la angustia”. ¿Qué sabe de la angustia?

 –La angustia ha sido otra de las constantes de mi obra. No es posible explicarlo con términos usuales, pero intentaré hacerlo: se nace angustiado como se nace blanco o negro. Extrañas confluencias, motivadas, como dice la ciencia, por los hereditarios genes, dotan al ser, lo predestinan a la angustia. Son complejos procesos anatómicos, viscerales, acaso, que dan como producto otro ser tan típico en la naturaleza, como el forjado por la congelación de los páramos: el hombre angustiado. El prodigioso siquiatra francés Dupré podrá ilustrarle a usted más que yo mismo sobre esas profundidades del hombre actuando en función de angustiado por génesis. Yo he dedicado muchos poemas, específicamente, al canto de la angustia. Pero en total, soy un sumando directo de la angustia, dentro de una cantidad absoluta de cifras abstractas.

Una angustia tremenda llena la casa y las paredes parece que van a estallar de angustia. El caballo del silencio cabalga con su jinete angustiado por mi imaginación. Germán Pardo García pierde sus ojos – ¿angustiados? –por los rincones. El pito del camotero que pasa por la calle nos hace volver al otro tiempo, al presente, pienso yo, sin angustia, o por lo menos con la angustia atemperada.

– ¿Qué canciones populares de su país y de su infancia recuerda en este momento? -le pregunto para aligerar la tensión angustial.            

         –En realidad, lo típicamente popular colombiano no está presente en mi vida ni, en consecuencia, en mi obra, por una razón fácil de ser explicada: la parte geográfica de Colombia donde nací, no es la que está decorada por los maravillantes colores tropicales, ni por la música de un pueblo que al contacto con el color, los grandes ríos, con la musicalidad de la fronda frutal, se convierte en pájaro poblador de esa misma floresta, canta como las alondras y se viste de color como las frutas. Mi zona geográfica es el páramo gris y sin otro sonido que el huracán nocturno, que arredra y empavorece. La niebla eternamente blanca lo envuelve a uno por completo, le aguza el oído, y por medio de este sentido que en cierto modo remplaza en la tiniebla a los ojos, oye uno la única música del páramo: un pajarillo gris, mimetizado por completo por la naturaleza, asimilado al color del esparto de la paja: el diostedé, que emite únicamente tres notas monocordes, que le dan al sombrío paisaje un encanto misterioso y desgarrador.

–Bien. Háblenos hoy, como en Los sueños corpóreos, de los colores y de cómo han evolucionado en y para usted.

Los sueños corpóreos es quizá el libro mío en donde la angustia se sublimó y alcanzó zonas extraterrestres. Un sagaz crítico colombiano llamó a este libro “la metafísica de la angustia”. Todo lo humano que esta sensación síquica tiene, sus enigmáticos trasfondos, se transformó en Los sueños corpóreos en una evasión hacia unas zonas que el gran Tito Lucrecio Caro fue el primero en llamar la “metacosmia”, es decir, una porción del universo intermedia entre nuestro cosmos más o menos tangible y las dimensiones donde comienza a operar la mentalidad de un Einstein, capaz de intuir hasta el más pequeño ruido de las esferas, ya escuchado por los insignes pitagóricos. En Los sueños corporales, el color existe como una transformación  ultraterrena de las evoluciones de la luz. Aquí se cumplen los fenómenos de la claridad desintegrándose o volviéndose extraña refracción, dentro de una gota de agua o en la franja de una nube distante, que de pronto en lapso de segundos, cambia de forma y coloración. Este es el único color que aparece en mi obra: el metafísico, no como concreción filosófica, sino como algo que está más allá –como la semántica de ese fenómeno lo dice –de la naturaleza. Para poder entrar en la verdad desnuda de este libro, se necesita, por desventura para mí, de una iniciación en ciertos misterios, como todos los grandes misterios esotéricos. Esto es algo que, repito, priva sobre toda mi obra: el que quiera penetrar en el núcleo de mi obra, debe estar dotado de un principio de esotéricos secretos.

–Por desgracia para nosotros, maestro, aún no estamos maduros ni lo suficientemente “iniciados” para ir tan dentro en su poesía. Pero algo entendemos. En uno de sus sonetos usted dice: “Así la gloria del amor fue mía”. Bien ¿Qué ha sido para usted el amor?

–El amor en mi vida y en mi obra han sido una penetración del ser en la naturaleza misma. En mi poema “Mujer naturaleza”, algo de lo menos deficiente que yo he logrado crear, está perfectamente explicado: una simbiosis de mujer-tierra. Vale decir: la mujer con las potencias terrígenas, y la Tierra siempre Madre, con los atributos de la mujer. El amor es para mí un portentoso panteísmo. Fijarlo en el sexo, en las formas, en los simples accidentes de la naturaleza en constante evolución, ya es un común detalle. El amor es una ley genésica universal. No solamente es amante el “hombre-macho” que se confía por entero a la mujer, sino el “macho-hombre” que se posesiona de la naturaleza.

“Viajero del espacio, entre la sombra / mis caudas llevan estupor de siglos”. Son dos versos del poema “Mujer-Naturaleza” de Germán Pardo García que se nos vienen en el breve hueco, sin muros, de una pausa a la memoria. Y volvemos a preguntar.

–Hemos hablado del amor, pero háblenos usted ahora de esas islas “islas con sed” en que habitó. Háblenos de esas “Islas de una amargura que el equinoccio escala”.            

–No es posible aplicarle a mi trabajo poético una explicación exacta de ubicación, de cosa determinada y luego olvidada y más: después recordada, para llegar aquí a la consecuencia, más científica que filosófica, de que nuestro conocimiento no es sino el resultado de un recuerdo, como dice Platón, es decir, un empirismo vital, como lo es el arte. Todo lo que aparece en las páginas de mis libros no es en suma sino la filtración de cosas remotísimas a través de las imágenes. Sus relaciones directas con determinadas fases del mundo, pudiera no ser otra cosa que una evolución de aquella angustia de la que ya hablé a usted, y que, en un hombre introverso como yo, busca necesariamente unos cauces evasivos.

– ¿Qué es la poesía para usted?

–Razón de ser de mi vida. No imagino qué otra cosa hubiera podido ser yo, fuera de ser poeta. Pero le ruego comprender que, para mí, ser poeta es sintomático de acción arrolladora. La semántica de poesía, en griego, es creación. Por este aspecto yo he sido un creador, en múltiples aspectos. He sido agricultor, y eso es creación. He sido atleta y eso es desarrollar la forma humana hasta lograr armonía. He sido amansador de caballos, y eso es dar a una criatura hermosa y brava, musicalidad de paso y elegancia de forma. He sido, y no se extrañe, agente de anuncios, y eso es acción, es decir, poesía. He fundado catorce revistas. Y eso es creación. En medio de ese brutal desbordamiento de actividad humana, un común denominador: La poesía. Ya en los umbrales de los setenta años, continúo siendo un hombre perfectamente afirmativo. Toda pasividad me causa desdén y tremendo desencanto. Yo suelo comprender inmediatamente la capacidad de un hombre para su acción cotidiana, por la energía de un paso. Caballo u hombre, es para mí lo mismo. Le mido su fortaleza por su desplazamiento hacia delante. Eso es para mí la poesía: La acción sin tregua.

– ¿Cree usted que habrá poesía, no mientras exista una mujer hermosa, como dijo Bécquer, sino mientras exista la humanidad?

–El hecho de afirmar que habrá poesía mientras exista una mujer hermosa, es un frágil concepto romántico. La mujer no es sino uno de los puntales de la creación, admirable, digno de la naturaleza, pero en torno a ella existe el universo, de la que ella misma forma parte. Yo diré que siempre habrá poesía mientras exista el universo.

– ¿Qué piensa usted de los poetas jóvenes y de su manera de enfrentarse a la poesía?

–Profundamente me inquieta este aspecto del mundo: El de la poesía escrita por los jóvenes. A pesar de que soy un anciano en poderosa actividad, eso sí, observo a diario con sumo interés la evolución de la poesía en la mente de los jóvenes.

Es algo extraordinariamente complejo poder definirlo con certidumbre. Alcanzo, lo digo con cierta inquietud, a intuir un vago alejamiento de los jóvenes de la poesía esencial. Quizá no sea únicamente de la poesía. Tal vez de la existencia misma. Acaso el hombre contemporáneo, con un excesivo peso de angustia sobre su espíritu, haya concluido por ver con hondo desencanto al hombre mismo y, por consecuencia, los poetas jóvenes, sin que ello sea un fenómeno en que generalizarse pueda, tienden a no encarar los problemas humanos y a darles absolución exacta por medio de la poesía. La juventud de ahora puede ser causa de análisis inmersos, de apasionante interés, como ninguna antes, porque corresponde a la evolución más desconcertante y grandiosa del mundo.

         Querer decir algo justo, preciso, sobre la juventud, es algo tan temerario como querer fijar en una fórmula matemática definitiva la identidad, de ciertos cuerpos remotísimos, a los que los físicos de hoy llaman los quasars.

– ¿Cree usted que la técnica puede ser un peligro para la actitud creadora del hombre? 

–Por el contrario: la técnica es una de las maravillas de nuestro mundo presente. Yo mismo he trabajado ya con la problemática de la técnica dentro de la problemática de la técnica. En mi más reciente libro encontrará usted poemas como “El poeta-El hombre”, “Ruiseñor”, “Secuestro”, y muchos más, que están creados por mí, bajo la poderosa sugestión de la técnica. Creo que Apolo Thermidor, ese libro, está inspirado casi todo por la técnica. El que lo lea con cuidado, eso encontrará en sus páginas: la poesía de la tecne.

“…el poeta es la estatura máxima del hombre enfrentado a la vida y a la muerte”.

– ¿Hacia dónde cree usted que va la poesía?         

         –Precursora de todos los descubrimientos contemporáneos, la poesía no va detrás de nada. Por el contrario, va adelante de todo, conducida por el genio más grande que el orbe ha producido: Albert Einstein. Pero advierta usted que, como consecuencia, el poeta de hoy tiene forzosamente que ser un iniciado en los inescrutables procesos físico-matemáticos que rigen hoy al cosmos mediato y al inmediato, al tangible e intangible. El gran poeta de hoy es una repercusión remota de los grandes presocráticos, de los que la filosofía y la ciencia, más ésta que aquélla, continúan alimentándose. Yo, sin comprenderlo porque de ello son muy pocos los hombres que existen, voy tras las huellas del más grande poeta de todos los siglos: Einstein. Algunas de sus ecuaciones, la nuclear, la primera, es todo un inmenso poema, lleno de magia, de poder, de asombro, de pavor.

–Usted es un poeta en continuo estado de creación. ¿A qué cree que obedece esa actitud?   

         –Los poetas cósmicos alemanes. Lo he declarado siempre. En poetas como Friedrich Hölderlin, Eduard Mörike, Friedrich Shiller, halló mi espíritu lo que más le placía y aquello hacia lo que más se orientaba: el cosmos, vuelto místico por obra de aquellos líricos grandes como otros no existen en el mundo. Ellos me dieron el sentido de la musicalidad lejana. Novalis, especialmente, que alguna vez exclamó, apoyándose, quizá, en Pitágoras: “Oigo el rodar de las esferas”.

– ¿Es la poesía un signo de juventud, de asombro ante la vida y sus misterios?

         –La poesía no es signo de juventud ni de ancianidad. La poesía es en sí misma, como lo es la luz. Pero no la luz abstracta. La luz es materia. Einstein logró pesarla. La luz pesa. La poesía es eso: la luz con densidad de materia pesable y transfundible.

– ¿Porqué cree usted que las masas viven ajenas a la poesía?

–Las masas siempre han sido ajenas, parcialmente, al hondo misterio poético. Les roza la epidermis la poesía simple, que no ha evolucionado hacia las supremas perfecciones. No es éste un negocio de las masas: los sentidos humanos tienen una limitación que asombra. Pero a medida que la neurona en los hombres superdotados logra una mayor sensibilidad, los acontecimientos de la belleza son cada vez más accesibles al hombre. Así como no es humano, ecuánime, pensar que el ser común entienda a los fisicomatemáticos, pero sí sepa los rudimentos de los números, asimismo es lógico admitir que la auténtica poesía, la profunda, sólo es accesible a los iniciados, como en Grecia los oráculos de Delfos al hierofante. Por lo común, los sentimientos de la bondad, del bien, de las llamadas virtudes cotidianas, están, en poesía, al alcance del hombre simple, sin iniciación alguna. Empero, recuerde usted que con los mejores sentimientos del hombre se ha escrito la peor poesía del mundo.    

         –¿Es la poesía un acto de origen  divino o humano?

–Lejos de mi suponerle a cualquier acto humano origen divino. Yo arranco, en lo modestamente científico que soy, del gran materialista Tales, hacia el año 600 antes de nuestra era. La poesía es un fenómeno material al que el super-hombre, porque el poeta es super-hombre, le insufla un soplo de misterio. De ahí a crecer en divinidades hay distancias imprevisibles. Soy agnóstico por completo. Voy tras las huellas duras, pero exactas, de Lucrecio, continuador de Epicuro, de todo cuanto es cierto en la gran naturaleza.

–“Ha vuelto la primavera /. Se sabe, porque es más diáfana / la plenitud de los ámbitos”. Ha dicho usted. ¿Es la poesía una primavera perenne?

–La poesía marcha al unísono con los procesos naturales. Es una consecuencia de ellos. Todo lo que se relaciona con la tierra, en suma, con el cosmos, afecta a la poesía, porque ésta es su máxima expresión. Volvemos a los presocráticos, y a Platón: el arte es una prodigiosa experiencia de los sentidos, el recuerdo que vimos más allá de otro recuerdo.

    Y aquí pusimos fin a nuestra plática con el poeta Germán Pardo García, hombre a quien todo le importa, hombre que sigue a sus años ocupándose en cosas increíbles. Desde los más rudos quehaceres domésticos, como barrer él mismo el suelo de su casa, hasta la aparición continua, en extremos, del universo detectable, de formas apenas sospechadas. Poeta, en suma, que acaba de publicar un libro que son dos – Apolo Thermidor y Gavilán al destierro –, de trescientas ochenta y cinco páginas y en el que se enfrenta poéticamente a todos y cada uno de los misterios. Este es, pues, el hombre, este es el poeta candidato al “Premio Nobel” por Colombia, una especie de alquimista, de místico, de físico y de matemático –dentro de la luz de la poesía –del siglo XX, señor de la escoba y la pluma y maestro en el difícil arte de escuchar la música de las esferas.  

**

***

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, V1 Época, Núm. 124, 13, junio de 1971, pág. 3

****

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)
Etiquetas:

El Blog

Creative Commons License
Esta obra está bajo una
Licencia de Creative Commons.

Calendario

<<   Febrero 2013  >>
LMMiJVSD
        1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28    
 
Proyecto Cultura Chobojos - Chobojos
 
 Proyecto Cultura Chobojos - Vida sin fin
 
Proyecto Cultura Chobojos – Fotografía 366
 
Proyecto Cultura Chobojos – El círculo azul
 
Proyecto Cultura Chobojos – La Jauría
 
Proyecto Cultura Chobojos – Toma Todo
 
Proyecto Cultura Chobojos - Chistes x Kilos
 
 

Baja gratis el PDF de:

Baja la versión digital de Toma Todo

Suscríbete a CHOBOJOS


Suscribir con Bloglines

Archivos

Sindicación RSS

Add to Technorati Favorites

BloGalaxia

Directorio de Weblogs

Culture Blogs - Blog Catalog Blog Directory

The House Of Blogs, directorio de blogs

blog search directory

Directory of General Blogs

Casinos

blog rating and reviews

BlogESfera Directorio de Blogs Hispanos - Agrega tu Blog

Blogarama - The Blog Directory

TopOfBlogs

terrenos

Blog Ping

Alojado en
ZoomBlog