Carmen Montejo. La mujer, la actriz

I

I

Bodas de Sangre, Federico García Lorca, Teatro Hidalgo. Primera Actriz: Carmen Montejo, hoy 11 de febrero de 1976. La obra llega a su final; "Madre- Pero ¿Qué me importa a mí tu honradez? ¿Qué me importa a mí nada de nada? Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que nos tiene juntos para descansar".

Y Carmen Montejo se agiganta, madre cósmica crecida en río de tragedia universal: "Girasol de tu madre, espejo de la tierra. Que te pongan al pecho, cruz de amargas adelfas…"

Y Carmen Montejo, madre de enormidades, se descuaja desentrañada en la "…oscura raíz del grito, de esas" Bodas… fronterizas entre Granada y Jaén y con olor a principios de siglo -horizontes de acechantes navajas -en aquella Andalucía que de tanto contenerse, cuando explotaba, salpicaba de sangre a los leñadores de la Luna.

El público aplaude en comunión emocionada. Y cae, finalmente, el telón.

II

Puerta de emergencia. Entramos. Dédalo de bambalinas. Aún envuelta en lutos, Carmen Montejo, platica con Aurora Molina. Me acerco a su noche vertical y me presento. La tragedia ha desaparecido y una mujer de apariencia dulce me da su mano pequeña y sonríe todavía desde una distancia cuyo nombre no alcanzo. Se me adelanta y la sigo conversando con Aurora de poesía. Llegamos al camerino. El drama está remoto. Toda la compañía se ha congregado allí y la genial Alicia Palacios rueda por el suelo jolgoriosa haciendo bromas a la primera actriz. Hablan de una fiesta de la que ya celebran vísperas y de un perro en forma de restaurante que me recuerda a Luis Buñuel y a una venta cercana a la ciudad de Carmona allá en la remota Al-Andalus y a menos de media legua  de la ganadería de Don Eduardo Mihura. Risas, bromas… Los mozos  ensangrentados parecen no haber existido jamás y la madre ya no es la madre. Cada quien es quien: Carmen Montejo, Alicia Palacios, Jorge Condal, Raquel Olmedo, Gonzalo Vega… Así es la vida del teatro y el teatro de la vida.

        

III                            

Las despedidas. El camerino, poco a poco, empieza a tener sabor de cenobio. Todo se va haciendo más íntimo. Podemos hablar. Siento -el escribano al margen- que están los cabales. Hay una mujer silenciosa como agua mansa -Chris- y Alicia, la torrencialmente humana, Alicia Palacios, siempre mirando al mundo desde sus ojos grandes con enamorados asombros. Aún de prisa Doña Carmen Montejo, señora de altos dones, me dice a vuela lengua de su dulzura galaica y su entereza vasca. Su madre era de la tierra de Rosalía de Castro y su padre de la de Miguel de Unamuno. Y todo ello pasado por la olla alquímica de Cuba y entre los tabacaleros vientos de Pinar del Río dio como resultado a esta magia-mujer llamada Carmen de indescriptibles ojos grises.

Me habla de su origen a dulce y tierna vuela lengua mientras se mira en el espejo y fuma un cigarrillo.

Le digo que necesito un poco de más tiempo que el que aquí pueda darme para nuestra conversación-encuentro. Con generosidad martiana (refiérese al poeta, escritor dramaturgo y Mayor General, cubano *José Martí) me dice que la espere fuera del camerino y que me invita a cenar para que el tiempo de mi deseo tenga todo su espacio. La espero contento.

IV

IV

Bajamos la escalera. No tiene el escribano coche. Carmen, que maneja a rueda de sedas, nos lleva a cenar. Alicia, Chris… Y hablamos cruzando –milagro de la noche- unas calles de Bucareli desiertas. No sé porqué surgen los regímenes totalitarios en la conversación y la unánime condena. Alicia habla de España y un olor intenso a cárcel se adivina en sus labios.

Doña Carmen que calla pone luz en la noche y nos habla de uno de sus grandes amores -José Martí-. Y Doña Carmen es Doña Carmen y pone de súbito amor en las cosas. La escucho por dentro y de corazón todos oímos: "Cultivo una rosa blanca, / en julio como en enero, / para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo, / cardo ni ortiga cultivo: cultivo una rosa blanca".

V

Hemos llegado suavemente a un restaurante Noche y Día. Nos sentamos en un rincón. Gran espejo. Un baladista susurra canciones para nostálgicos y enamorados. Yo apenas si las oigo. Quiero hablar -ya- con Doña Carmen de teatro. El teatro de las Américas Unidas. La Montejo, ante éstas palabras, piensa y como viniendo de muy lejos, pone un calor desconocido en sus labios: "Cuando yo hablo del Teatro de las Américas no estoy hablando de las culturas precolombinas. Yo pienso en España, Portugal, Italia, Francia…y todos esos emigrantes venidos de distintas partes de Europa y que formaron este crisol que es ahora la América Latina y donde se habla la hermosa lengua castellana, con excepción de Brasil. Pienso en mucha gente de ayer y de hoy, en sangres que vienen y van…"

–Pero, ¿cómo se le ocurrió a usted la idea de esta gran empresa continental?

–Pienso en Lima, Perú -nos dice tras respirar despacio-. Cierto, fue en Lima donde esta idea se apoderó de mi mente y de mi corazón. Verá usted. Recuerdo que habíamos puesto allá Rosalía y los llaveros de Emilio Carballido, que trabajamos para el Canal 13, que regenteaban los hermanos Delgado Parque. Era algo curioso: lunes, martes, miércoles y viernes pasábamos una obra por televisión sin dar el desenlace. Picábamos al público y luego el sábado dábamos la obra completa en el teatro Nacional. Los llenos eran enormes. Esto dio un óptimo resultado. Y es algo que nunca se ha hecho en México. No sé por qué. El caso fue que trabajamos un elenco internacional, formado por actrices y actores de todos nuestros países, incluida España, más de ocho meses en Lima y estrechamente unidos, entre los que vienen a mi mente en este instante Amalia Sánchez Ariño, ya fallecida, Fernando Larrañaga, la "China" Zorrilla, uruguaya…Y para no hacer largo el relato: nos despedimos llorando y entre promesas de volvernos a juntar alguna vez. Esto fue en 1962. Todo ello me hizo pensar en fundar una compañía a nivel continental y desde entonces he venido soñando aquel sueño que, gracias al Presidente Echeverría, hoy es ya una jubilosa realidad.

–¿Cómo fue eso?

–Bueno, hace aproximadamente unos tres o cuatro meses fui en compañía de Dolores del Río a visitar al Presidente Luis Echeverría; le hablamos de mi proyecto del  Teatro de las Américas Unidas y se entusiasmó tanto como yo. De ahí se nos dio luz verde y… ¡un milagro me parece todavía!

–Pienso, doña Carmen, que en aras de una necesarísima continuidad, el Teatro de las Américas Unidas debería tener su propio teatro ¿no? 

–Pues claro que sí, claro, de eso se trata -y sonríe como acariciando una idea en marcha y cerca de una realidad, pero como que aún no quiere dar primicias de esto. Nosotros le decimos que esta empresa en marcha es un orgullo para México, doña Carmen, sólo nos dice un "claro" muy claro.

Y aquí, Chris y Alicia que hablan por su lado en un entrecruce de diálogos parecen interesadas en la conversación y se citan diez países. Cierto: el Teatro de las Américas saldrá muy pronto a recorrer su América: Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Argentina, Brasil, Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba.

Se habla de nuevas obras. Hugo Carrillo, autor guatemalteco, está trabajando en una adaptación de la novela de Asturias El señor Presidente, y también doña Carmen, tiene en cartera montar la obra original de Carrillo El corazón del espantapájaros. La Montejo nos habla de que desea montar obras nuevas de autores mexicanos, claro está: "Nuestros autores consagrados escriben poco. No sé que les pasa." Y exclama: "¡Que me entregue una obra nueva Carballido y la monto inmediatamente!".

VI

Una mesera nos atiende. La carta y esas cosas. Doña Carmen toma un jugo de tomate, por lo pronto. Alicia una cerveza. Chris un licor muy dulce que me dio a probar y que yo pido también. Pollo asado. Yo no tengo ganas de comer. Prefiero la conversación.

–Voy a tratar de traer obras de los países que vamos a visitar y también, naturalmente, llevar obras mexicanas para que se pongan allí…

Bodas de Sangre -digo

–Si se fija usted bien, Bodas de Sangre es más que una obra teatral una ópera. Sí, está concebida como ópera y así lo dejó dicho el propio García Lorca.

Pero rompe la noche en luna y Chris, que es sobrina-nieta de Juan de Dios Peza nos habla de la escenografía de la obra y de la luna, su luna, que a mí, me recuerda a las lunas crepusculares de la campiña andaluza. Medias sandías siderales. Y hablamos sin brújula ni norte de la memoria biológica con un fondo de "Fusiles y Muñecas". Sí, sí, parecemos pensar al unísono con el temblor de Peza a flor de lengua: "Inocencia, niñez dichosos nombres" Y yo, en los ojos de doña Carmen Montejo adivino los grandes secaderos de tabaco de Chirigota, aquel paraíso terrenal donde sus días niños lo tuvieran todo. Y Pinar del Río. Y otro Río sin pinar que yo me sé entre tarayes.

Una cosa me llega al corazón: estoy entre seres humanos, eso cada día más difícil y miro con afecto a mis tres amigas, súbitamente de siglos: Carmen, Alicia, Chris…

–Carmen, su gran amor- así lo sentimos- es el teatro. ¿Qué es el teatro para usted? ¿Cómo empezó su carrera? Virginia Fábregas… ¿Qué asociaciones revuelan por su mente?

–Ay -exclama doña Carmen -doña Virginia, hombre, esa es mi madre en el teatro. Sí, mi madre. Ella me enseñó a amar y a respetar el teatro. Sí, sí doy las gracias a la vida por habérmela puesto delante, y también a María Tereza* (sic) Montoya. Porque le digo a usted que eran dos grandes señoras que me enseñaron a amar el teatro con locura y a respetarlo con religiosidad.

Carmen Montejo se pasea sus finos dedos por las sienes, como cazando invisibles -para mí- recuerdos. Respira el aire de la alta noche -son más de las doce- casi rítmicamente y prosigue: "No me acuerdo de otra vida que no haya sido el teatro. Me contaba mi madre que a los tres años me quise subir a un escenario".

Y tratamos de rastrear antecedentes familiares en relación con su vocación teatral. Un nombre: "Mi tía Pinta actuaba por afición. Pero… no, nadie, en una familia como la mía hubiera tomado en serio la actuación. Bueno, yo, pero para poder ser actriz me tuve que salir de Cuba. En mi familia nadie quería que yo fuera actriz. Estaba muy mal visto por la "gente bien" que una hija de familia honorable eligiera esta profesión. Me acuerdo que Teté Collazo, una amiga de la familia, construyó un teatro para que yo actuara, pero nada más que para la gente de alcurnia. Usted se imagina… Y luego otra cuestión: como yo era una persona que económicamente no tenía problemas resulta que trabajaba pero no sabía pedir dinero y, por lo tanto, cobraba muy poco mientras que otros se hacían ricos con mis actuaciones. Y le confieso que todavía no aprendo a pedir por mi trabajo. Yo no sé pedir. Soy muy tonta, o quizá he vivido demasiado tiempo en el reino de la inconsciencia. Llegan algunas actrices y actores a cenar a Noche y Día. Entre ellos un director o algo así de fotonovela. Saludos y demás protocolos. Esto me lleva a preguntarle a doña Carmen Montejo su opinión sobre las fotonovelas. Como picada por una víbora casi salta de su asiento. Me cuenta una anécdota antes que nada:

–Mire usted, Raquel Olmedo trabajó con un muchacho muy guapo en una fotonovela, pero al querer hablar con él descubrió que era sordomudo. Esto nos dice muchísimo acerca de esa seudo profesión que nada tiene que ver con la de actor, aunque sí prostituye a ésta. Yo me digo una y otra vez: ¿Cómo es posible que se prostituya esta profesión (la de actor) que es la imagen viva de los pueblos hasta el grado de llamar actuar a eso que hacen una chica o un chico en una fotonovela? Y más: ¿Cómo es posible que le paguen por  "eso" quince o veinte mil pesos. Es indignante y denigrante.

Y aquí le sale a doña Carmen Montejo su furia vasca. Pero pronto vuelve a su rostro la dulzura gallega de su origen materno.

En el entrecruce de diálogos Alicia y Chris hablan con un papel amarillo de por medio. Una palabra, "Cádiz", llama mi atención. Huele a emoción el aire.

Carmen Montejo y Alicia hablan. Me llama la atención el papel. Voy a leerlo. Alicia nos dice: "Mejor lo leo yo". Y nos lee algo horrible. Tenía Alicia veintitrés años y tras andar en una cuerda de presos políticos de la guerra civil española, entre piojos y hambres conoce los campos de concentración. Ello ocurre en Cádiz, la llamada "Tacita de Plata" andaluza. Y en el papel se habla de libertad de una muchacha "debidamente desinfectada". Los horrores de la posguerra española nos humedecen los ojos y nos enrabian la sangre. La imagen de  Alicia crece. Y Carmen Montejo, dice: "Yo no he sufrido. Yo no he sufrido" Mi sufrimiento más grande, en toda mi vida, fue en 1960 cuando se murió mi madre".

Silencio: Por el rincón abierto a la magia del espejo los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan otra vez. ¡Oh Alicia Palacios!  Tan niña y diáfana de alma. Lo increíble es tan real de pronto.

VII

–El actor debe ser bueno. Cuanto más bueno sea como persona mejor será como actor -dice Alicia Palacios.

–Estoy completamente de acuerdo -Carmen Montejo.

Y añade: El artista tiene que ser muy verdad consigo mismo.

–¿No le gustaría a usted transmitir su experiencia a las nuevas generaciones?

–Naturalmente. Quiero crear la Academia de las Artes Dramáticas. Deseo de ese modo ayudar a los que tienen verdadera vocación y no a aquellos que antes que nada piensan ser actores para ganar dinero y nada más que dinero. El verdadero actor de teatro es el ser que mejor se sabe morir de hambre, si es preciso. No es fácil esta carrera cuando se elige como una vocación, pero es bella y yo no sabría ser otra cosa. Yo la amo y me moriré amándola. El teatro -recordando nuevamente a Martí -es el alma de los pueblos y un pueblo sin teatro no es nada.

Llegan más actores al restaurante: Kitty de Hoyo, Juan Ferrara, entre otros. El hombre de la guitarra canta un viejo bolero… Doña Carmen nos dice: "La gente de teatro somos muy unidas. Y eso es bonito y me gusta mucho que así sea".

–Y es cierto -doña Carmen- ¿que el actor actúa siempre?

–No, no es verdad. Yo actúo al subirme a un escenario, frente a una cámara, ante un micrófono…pero ahora no estoy actuando. Yo le he dicho a usted cosas que jamás diría en una entrevista por televisión o radio.

–¿De no haber sido actriz?

–Hubiera sido algo para servir a los demás. Tengo vocación de servicio. Yo soy enfermera. En 1939 se convocó a un concurso en el Vedado Tenis Club para que las hijas de los socios aprendieran primeros auxilios e higiene y yo lo tomé tan en serio que desde entonces inyecto a mis amigas y soy capaz de auxiliar a un herido con eficacia.

Y nos habla de inyecciones y primeros auxilios. Alicia Palacios, sin embargo, se queja de que le puso una que aún le está doliendo. Carmen nos explica que ello se debió a defectos de las agujas desechables.

VIII

El hombre de la guitarra canta una canción cursi. Hablamos de lo cursi, Carmen Montejo, Alicia Palacios y Chris se declaran cursis y amigas de lo cursi, claro que no siempre. Lo cursi para ellas es algo así como una nostalgia.

–¿Y el amor?

–Una vez en Guadalajara había un señor que se decía grafólogo. Me dijo que escribiera algo y yo escribí parte de un soneto de Sor Juana: "Al que ingrato me deja, busco amante…" El hombre hizo el análisis de mi letra y tras cavilar un rato me dijo: "Usted es una mística" En el amor yo espero más cariño y ternura que sexo. Eso que llaman la "pasión de la carne" no la he conocido y no creo que ya a mi edad vaya a conocerla. Yo he sentido pasión por mi madre, por el teatro…

Y hablamos de Santa Teresa y de Sor Juana, mujeres a las que Carmen Montejo se siente muy próxima. Las ama, las admira. No hay más que oír la pasión con la que habla de la poesía mística de la santa de Ávila o de la Décima Musa mexicana, la poetiza Juana Inés de Asbaje que al tomar la investidura religiosa de la orden de las Jerónimas se hizo llamar Sor Juana Inés de la Cruz. Admira la fortaleza de aquellas dos grandes mujeres y sentimos que Carmen Montejo desearía parecérseles.

–¿Cuál es su filosofía de la vida?

–Yo soy una persona nacida del amor, mi madre era puro amor. A mi me aterra pensar que alguien junto a mí no esta a gusto. Mi filosofía de la vida es dar amor, es decir, la de Jesús. Soy cristiana. Creo en el amor sobre todas las cosas.

Y me habla de poesía "Escribo poesía desde niña. La escribo para mí. Y no la publico porque es muy mala. Pero necesito escribir poesía. Es una especie de alimento para mi espíritu. La poesía es una manera de orar". Nos habla del libro Plenitud de Amado Nervo, de los Versos Sencillos de José Martí y de repente nos recita: "Porque los bellos seres que transitan/ por el sopor añoso de la tierra/ -trasgos de sangre, libres,/ en la pantalla de su sueño impuro  -todos se dan a un frenesí de muerte…"/ ¿Lo conoce usted? -No, no lo recordamos: - Es de José Gorostiza. El es para mí el más grande poeta del México contemporáneo. Y recordamos Muerte sin fin, aunque en la madrugada de Noche y Día, el olor del jugo de tomate nos traicionara nuestra memoria. Y le recomendamos otro gran libro de un gran poeta mexicano actual: La Flama en el Espejo de Rubén Bonifaz Nuño. Le hablamos de este poema y Carmen Montejo se entusiasma y nos pide la pluma para apuntar el título y el nombre del autor: "Lo compraré mañana mismo". Ella está interesada en determinada línea. Y de pronto hablamos del Amadís de Gaula y sus ermitaños. Y Chris nos recuerda un breve poema de Mevlana Mohamed Jalaludin Rumi: Las Dos Cañas. Dice así: "Dos cañas beben en un río. Una es hueca, la otra, caña de azúcar". "El que pueda entender que entienda" dice Alicia Palacios.

IX

–¿Qué odia Carmen Montejo?

–La injusticia, amigo mío, la injusticia, pero el odio es injusto. Los ojos de Alicia Palacios brillan de verdes y de azules los de Chris. Entiendo. Aunque a veces no basta entender.

–¿Qué piensa de la muerte Carmen Montejo?

–"Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, /que muero porque no muero."

Pensamos en Santa Teresa de Jesús, en San Juan de la Cruz… Y "En mí yo no vivo ya…" Y "Esta divina prisión…"

–¿Qué es lo fundamental en la vida de Carmen Montejo?

–Cumplir conmigo misma, con mi hija, con los demás. Cumplir, cumplir a rajatabla. Mire usted, si no cumplo me muero. Yo no sé deber.

Son las tres de la mañana. Doña Carmen Montejo mira su reloj. Yo pensaba que era la una, pero…lástima. Hubiéramos amanecido. Y amanecía. Los gallos cantaban.

****

Publicada en Revista TELEGUÍA, sin fecha, sin año.

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