Febrero del 2013

A PUNTO

Por Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda - 13 de Febrero, 2013, 5:45, Categoría: VERSOS LIBRES

*

A punto de romperme,

como un viejo juguete,

me acuesto y me levanto cada día.

Dios y yo lo sabemos.

No hay hilo de esperanza

al que poder asirse y, sin embargo,

ensayas tu sonrisa ante el espejo

y finges que todo va muy bien,

aunque de golpe toses

y te duele la espalda

y tu piel se enfebrece

y, ¡bueno!, continúas

tu actuación como si nada,

aunque crujen tus huesos

y tu alma, en secreto, es un quejido

e invocas a tu madre

y sueñas con tus amigos muertos.

En fin, no ves por dónde

y mucho menos cómo.

No obstante, de veras estás loco

hasta las viejas suelas de tus tristes zapatos,

sigues, igual que aquel muchacho

que fuiste alguna vez,

creyendo en la poesía,

y escribes un poema y te consuelas

y cantas entre dientes una antigua canción,

una canción de aquellas

canciones que cantabas siendo niño:

"¡Jardinero,  tú que entraste

en el jardín del amor..."

Y vives otro día

y enfrentas otra noche

a punto de romperte

como un viejo juguete,

como un juguete viejo

solo y arrinconado en el viejo rincón

de tu ya vieja vida,

donde a pesar a todo y de todos

la poesía, tu poesía, renace cada instante

y tu vida es un bosque

donde gorjea y gorjea

el niño ruiseñor de la belleza

irradiando esperanza y alegría.

*******

JUAN CERVERA SANCHIS JIMÉNEZ Y RUEDA

Colonia San Rafael. México D. F. 12 Febrero 2013.

*

Visita:

 Proyecto Cultura Chobojos - Vida sin fin

Carmen Montejo. La mujer, la actriz

I

I

Bodas de Sangre, Federico García Lorca, Teatro Hidalgo. Primera Actriz: Carmen Montejo, hoy 11 de febrero de 1976. La obra llega a su final; "Madre- Pero ¿Qué me importa a mí tu honradez? ¿Qué me importa a mí nada de nada? Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que nos tiene juntos para descansar".

Y Carmen Montejo se agiganta, madre cósmica crecida en río de tragedia universal: "Girasol de tu madre, espejo de la tierra. Que te pongan al pecho, cruz de amargas adelfas…"

Y Carmen Montejo, madre de enormidades, se descuaja desentrañada en la "…oscura raíz del grito, de esas" Bodas… fronterizas entre Granada y Jaén y con olor a principios de siglo -horizontes de acechantes navajas -en aquella Andalucía que de tanto contenerse, cuando explotaba, salpicaba de sangre a los leñadores de la Luna.

El público aplaude en comunión emocionada. Y cae, finalmente, el telón.

II

Puerta de emergencia. Entramos. Dédalo de bambalinas. Aún envuelta en lutos, Carmen Montejo, platica con Aurora Molina. Me acerco a su noche vertical y me presento. La tragedia ha desaparecido y una mujer de apariencia dulce me da su mano pequeña y sonríe todavía desde una distancia cuyo nombre no alcanzo. Se me adelanta y la sigo conversando con Aurora de poesía. Llegamos al camerino. El drama está remoto. Toda la compañía se ha congregado allí y la genial Alicia Palacios rueda por el suelo jolgoriosa haciendo bromas a la primera actriz. Hablan de una fiesta de la que ya celebran vísperas y de un perro en forma de restaurante que me recuerda a Luis Buñuel y a una venta cercana a la ciudad de Carmona allá en la remota Al-Andalus y a menos de media legua  de la ganadería de Don Eduardo Mihura. Risas, bromas… Los mozos  ensangrentados parecen no haber existido jamás y la madre ya no es la madre. Cada quien es quien: Carmen Montejo, Alicia Palacios, Jorge Condal, Raquel Olmedo, Gonzalo Vega… Así es la vida del teatro y el teatro de la vida.

        

III                            

Las despedidas. El camerino, poco a poco, empieza a tener sabor de cenobio. Todo se va haciendo más íntimo. Podemos hablar. Siento -el escribano al margen- que están los cabales. Hay una mujer silenciosa como agua mansa -Chris- y Alicia, la torrencialmente humana, Alicia Palacios, siempre mirando al mundo desde sus ojos grandes con enamorados asombros. Aún de prisa Doña Carmen Montejo, señora de altos dones, me dice a vuela lengua de su dulzura galaica y su entereza vasca. Su madre era de la tierra de Rosalía de Castro y su padre de la de Miguel de Unamuno. Y todo ello pasado por la olla alquímica de Cuba y entre los tabacaleros vientos de Pinar del Río dio como resultado a esta magia-mujer llamada Carmen de indescriptibles ojos grises.

Me habla de su origen a dulce y tierna vuela lengua mientras se mira en el espejo y fuma un cigarrillo.

Le digo que necesito un poco de más tiempo que el que aquí pueda darme para nuestra conversación-encuentro. Con generosidad martiana (refiérese al poeta, escritor dramaturgo y Mayor General, cubano *José Martí) me dice que la espere fuera del camerino y que me invita a cenar para que el tiempo de mi deseo tenga todo su espacio. La espero contento.

IV

IV

Bajamos la escalera. No tiene el escribano coche. Carmen, que maneja a rueda de sedas, nos lleva a cenar. Alicia, Chris… Y hablamos cruzando –milagro de la noche- unas calles de Bucareli desiertas. No sé porqué surgen los regímenes totalitarios en la conversación y la unánime condena. Alicia habla de España y un olor intenso a cárcel se adivina en sus labios.

Doña Carmen que calla pone luz en la noche y nos habla de uno de sus grandes amores -José Martí-. Y Doña Carmen es Doña Carmen y pone de súbito amor en las cosas. La escucho por dentro y de corazón todos oímos: "Cultivo una rosa blanca, / en julio como en enero, / para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo, / cardo ni ortiga cultivo: cultivo una rosa blanca".

V

Hemos llegado suavemente a un restaurante Noche y Día. Nos sentamos en un rincón. Gran espejo. Un baladista susurra canciones para nostálgicos y enamorados. Yo apenas si las oigo. Quiero hablar -ya- con Doña Carmen de teatro. El teatro de las Américas Unidas. La Montejo, ante éstas palabras, piensa y como viniendo de muy lejos, pone un calor desconocido en sus labios: "Cuando yo hablo del Teatro de las Américas no estoy hablando de las culturas precolombinas. Yo pienso en España, Portugal, Italia, Francia…y todos esos emigrantes venidos de distintas partes de Europa y que formaron este crisol que es ahora la América Latina y donde se habla la hermosa lengua castellana, con excepción de Brasil. Pienso en mucha gente de ayer y de hoy, en sangres que vienen y van…"

–Pero, ¿cómo se le ocurrió a usted la idea de esta gran empresa continental?

–Pienso en Lima, Perú -nos dice tras respirar despacio-. Cierto, fue en Lima donde esta idea se apoderó de mi mente y de mi corazón. Verá usted. Recuerdo que habíamos puesto allá Rosalía y los llaveros de Emilio Carballido, que trabajamos para el Canal 13, que regenteaban los hermanos Delgado Parque. Era algo curioso: lunes, martes, miércoles y viernes pasábamos una obra por televisión sin dar el desenlace. Picábamos al público y luego el sábado dábamos la obra completa en el teatro Nacional. Los llenos eran enormes. Esto dio un óptimo resultado. Y es algo que nunca se ha hecho en México. No sé por qué. El caso fue que trabajamos un elenco internacional, formado por actrices y actores de todos nuestros países, incluida España, más de ocho meses en Lima y estrechamente unidos, entre los que vienen a mi mente en este instante Amalia Sánchez Ariño, ya fallecida, Fernando Larrañaga, la "China" Zorrilla, uruguaya…Y para no hacer largo el relato: nos despedimos llorando y entre promesas de volvernos a juntar alguna vez. Esto fue en 1962. Todo ello me hizo pensar en fundar una compañía a nivel continental y desde entonces he venido soñando aquel sueño que, gracias al Presidente Echeverría, hoy es ya una jubilosa realidad.

–¿Cómo fue eso?

–Bueno, hace aproximadamente unos tres o cuatro meses fui en compañía de Dolores del Río a visitar al Presidente Luis Echeverría; le hablamos de mi proyecto del  Teatro de las Américas Unidas y se entusiasmó tanto como yo. De ahí se nos dio luz verde y… ¡un milagro me parece todavía!

–Pienso, doña Carmen, que en aras de una necesarísima continuidad, el Teatro de las Américas Unidas debería tener su propio teatro ¿no? 

–Pues claro que sí, claro, de eso se trata -y sonríe como acariciando una idea en marcha y cerca de una realidad, pero como que aún no quiere dar primicias de esto. Nosotros le decimos que esta empresa en marcha es un orgullo para México, doña Carmen, sólo nos dice un "claro" muy claro.

Y aquí, Chris y Alicia que hablan por su lado en un entrecruce de diálogos parecen interesadas en la conversación y se citan diez países. Cierto: el Teatro de las Américas saldrá muy pronto a recorrer su América: Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Argentina, Brasil, Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba.

Se habla de nuevas obras. Hugo Carrillo, autor guatemalteco, está trabajando en una adaptación de la novela de Asturias El señor Presidente, y también doña Carmen, tiene en cartera montar la obra original de Carrillo El corazón del espantapájaros. La Montejo nos habla de que desea montar obras nuevas de autores mexicanos, claro está: "Nuestros autores consagrados escriben poco. No sé que les pasa." Y exclama: "¡Que me entregue una obra nueva Carballido y la monto inmediatamente!".

VI

Una mesera nos atiende. La carta y esas cosas. Doña Carmen toma un jugo de tomate, por lo pronto. Alicia una cerveza. Chris un licor muy dulce que me dio a probar y que yo pido también. Pollo asado. Yo no tengo ganas de comer. Prefiero la conversación.

–Voy a tratar de traer obras de los países que vamos a visitar y también, naturalmente, llevar obras mexicanas para que se pongan allí…

Bodas de Sangre -digo

–Si se fija usted bien, Bodas de Sangre es más que una obra teatral una ópera. Sí, está concebida como ópera y así lo dejó dicho el propio García Lorca.

Pero rompe la noche en luna y Chris, que es sobrina-nieta de Juan de Dios Peza nos habla de la escenografía de la obra y de la luna, su luna, que a mí, me recuerda a las lunas crepusculares de la campiña andaluza. Medias sandías siderales. Y hablamos sin brújula ni norte de la memoria biológica con un fondo de "Fusiles y Muñecas". Sí, sí, parecemos pensar al unísono con el temblor de Peza a flor de lengua: "Inocencia, niñez dichosos nombres" Y yo, en los ojos de doña Carmen Montejo adivino los grandes secaderos de tabaco de Chirigota, aquel paraíso terrenal donde sus días niños lo tuvieran todo. Y Pinar del Río. Y otro Río sin pinar que yo me sé entre tarayes.

Una cosa me llega al corazón: estoy entre seres humanos, eso cada día más difícil y miro con afecto a mis tres amigas, súbitamente de siglos: Carmen, Alicia, Chris…

–Carmen, su gran amor- así lo sentimos- es el teatro. ¿Qué es el teatro para usted? ¿Cómo empezó su carrera? Virginia Fábregas… ¿Qué asociaciones revuelan por su mente?

–Ay -exclama doña Carmen -doña Virginia, hombre, esa es mi madre en el teatro. Sí, mi madre. Ella me enseñó a amar y a respetar el teatro. Sí, sí doy las gracias a la vida por habérmela puesto delante, y también a María Tereza* (sic) Montoya. Porque le digo a usted que eran dos grandes señoras que me enseñaron a amar el teatro con locura y a respetarlo con religiosidad.

Carmen Montejo se pasea sus finos dedos por las sienes, como cazando invisibles -para mí- recuerdos. Respira el aire de la alta noche -son más de las doce- casi rítmicamente y prosigue: "No me acuerdo de otra vida que no haya sido el teatro. Me contaba mi madre que a los tres años me quise subir a un escenario".

Y tratamos de rastrear antecedentes familiares en relación con su vocación teatral. Un nombre: "Mi tía Pinta actuaba por afición. Pero… no, nadie, en una familia como la mía hubiera tomado en serio la actuación. Bueno, yo, pero para poder ser actriz me tuve que salir de Cuba. En mi familia nadie quería que yo fuera actriz. Estaba muy mal visto por la "gente bien" que una hija de familia honorable eligiera esta profesión. Me acuerdo que Teté Collazo, una amiga de la familia, construyó un teatro para que yo actuara, pero nada más que para la gente de alcurnia. Usted se imagina… Y luego otra cuestión: como yo era una persona que económicamente no tenía problemas resulta que trabajaba pero no sabía pedir dinero y, por lo tanto, cobraba muy poco mientras que otros se hacían ricos con mis actuaciones. Y le confieso que todavía no aprendo a pedir por mi trabajo. Yo no sé pedir. Soy muy tonta, o quizá he vivido demasiado tiempo en el reino de la inconsciencia. Llegan algunas actrices y actores a cenar a Noche y Día. Entre ellos un director o algo así de fotonovela. Saludos y demás protocolos. Esto me lleva a preguntarle a doña Carmen Montejo su opinión sobre las fotonovelas. Como picada por una víbora casi salta de su asiento. Me cuenta una anécdota antes que nada:

–Mire usted, Raquel Olmedo trabajó con un muchacho muy guapo en una fotonovela, pero al querer hablar con él descubrió que era sordomudo. Esto nos dice muchísimo acerca de esa seudo profesión que nada tiene que ver con la de actor, aunque sí prostituye a ésta. Yo me digo una y otra vez: ¿Cómo es posible que se prostituya esta profesión (la de actor) que es la imagen viva de los pueblos hasta el grado de llamar actuar a eso que hacen una chica o un chico en una fotonovela? Y más: ¿Cómo es posible que le paguen por  "eso" quince o veinte mil pesos. Es indignante y denigrante.

Y aquí le sale a doña Carmen Montejo su furia vasca. Pero pronto vuelve a su rostro la dulzura gallega de su origen materno.

En el entrecruce de diálogos Alicia y Chris hablan con un papel amarillo de por medio. Una palabra, "Cádiz", llama mi atención. Huele a emoción el aire.

Carmen Montejo y Alicia hablan. Me llama la atención el papel. Voy a leerlo. Alicia nos dice: "Mejor lo leo yo". Y nos lee algo horrible. Tenía Alicia veintitrés años y tras andar en una cuerda de presos políticos de la guerra civil española, entre piojos y hambres conoce los campos de concentración. Ello ocurre en Cádiz, la llamada "Tacita de Plata" andaluza. Y en el papel se habla de libertad de una muchacha "debidamente desinfectada". Los horrores de la posguerra española nos humedecen los ojos y nos enrabian la sangre. La imagen de  Alicia crece. Y Carmen Montejo, dice: "Yo no he sufrido. Yo no he sufrido" Mi sufrimiento más grande, en toda mi vida, fue en 1960 cuando se murió mi madre".

Silencio: Por el rincón abierto a la magia del espejo los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan otra vez. ¡Oh Alicia Palacios!  Tan niña y diáfana de alma. Lo increíble es tan real de pronto.

VII

–El actor debe ser bueno. Cuanto más bueno sea como persona mejor será como actor -dice Alicia Palacios.

–Estoy completamente de acuerdo -Carmen Montejo.

Y añade: El artista tiene que ser muy verdad consigo mismo.

–¿No le gustaría a usted transmitir su experiencia a las nuevas generaciones?

–Naturalmente. Quiero crear la Academia de las Artes Dramáticas. Deseo de ese modo ayudar a los que tienen verdadera vocación y no a aquellos que antes que nada piensan ser actores para ganar dinero y nada más que dinero. El verdadero actor de teatro es el ser que mejor se sabe morir de hambre, si es preciso. No es fácil esta carrera cuando se elige como una vocación, pero es bella y yo no sabría ser otra cosa. Yo la amo y me moriré amándola. El teatro -recordando nuevamente a Martí -es el alma de los pueblos y un pueblo sin teatro no es nada.

Llegan más actores al restaurante: Kitty de Hoyo, Juan Ferrara, entre otros. El hombre de la guitarra canta un viejo bolero… Doña Carmen nos dice: "La gente de teatro somos muy unidas. Y eso es bonito y me gusta mucho que así sea".

–Y es cierto -doña Carmen- ¿que el actor actúa siempre?

–No, no es verdad. Yo actúo al subirme a un escenario, frente a una cámara, ante un micrófono…pero ahora no estoy actuando. Yo le he dicho a usted cosas que jamás diría en una entrevista por televisión o radio.

–¿De no haber sido actriz?

–Hubiera sido algo para servir a los demás. Tengo vocación de servicio. Yo soy enfermera. En 1939 se convocó a un concurso en el Vedado Tenis Club para que las hijas de los socios aprendieran primeros auxilios e higiene y yo lo tomé tan en serio que desde entonces inyecto a mis amigas y soy capaz de auxiliar a un herido con eficacia.

Y nos habla de inyecciones y primeros auxilios. Alicia Palacios, sin embargo, se queja de que le puso una que aún le está doliendo. Carmen nos explica que ello se debió a defectos de las agujas desechables.

VIII

El hombre de la guitarra canta una canción cursi. Hablamos de lo cursi, Carmen Montejo, Alicia Palacios y Chris se declaran cursis y amigas de lo cursi, claro que no siempre. Lo cursi para ellas es algo así como una nostalgia.

–¿Y el amor?

–Una vez en Guadalajara había un señor que se decía grafólogo. Me dijo que escribiera algo y yo escribí parte de un soneto de Sor Juana: "Al que ingrato me deja, busco amante…" El hombre hizo el análisis de mi letra y tras cavilar un rato me dijo: "Usted es una mística" En el amor yo espero más cariño y ternura que sexo. Eso que llaman la "pasión de la carne" no la he conocido y no creo que ya a mi edad vaya a conocerla. Yo he sentido pasión por mi madre, por el teatro…

Y hablamos de Santa Teresa y de Sor Juana, mujeres a las que Carmen Montejo se siente muy próxima. Las ama, las admira. No hay más que oír la pasión con la que habla de la poesía mística de la santa de Ávila o de la Décima Musa mexicana, la poetiza Juana Inés de Asbaje que al tomar la investidura religiosa de la orden de las Jerónimas se hizo llamar Sor Juana Inés de la Cruz. Admira la fortaleza de aquellas dos grandes mujeres y sentimos que Carmen Montejo desearía parecérseles.

–¿Cuál es su filosofía de la vida?

–Yo soy una persona nacida del amor, mi madre era puro amor. A mi me aterra pensar que alguien junto a mí no esta a gusto. Mi filosofía de la vida es dar amor, es decir, la de Jesús. Soy cristiana. Creo en el amor sobre todas las cosas.

Y me habla de poesía "Escribo poesía desde niña. La escribo para mí. Y no la publico porque es muy mala. Pero necesito escribir poesía. Es una especie de alimento para mi espíritu. La poesía es una manera de orar". Nos habla del libro Plenitud de Amado Nervo, de los Versos Sencillos de José Martí y de repente nos recita: "Porque los bellos seres que transitan/ por el sopor añoso de la tierra/ -trasgos de sangre, libres,/ en la pantalla de su sueño impuro  -todos se dan a un frenesí de muerte…"/ ¿Lo conoce usted? -No, no lo recordamos: - Es de José Gorostiza. El es para mí el más grande poeta del México contemporáneo. Y recordamos Muerte sin fin, aunque en la madrugada de Noche y Día, el olor del jugo de tomate nos traicionara nuestra memoria. Y le recomendamos otro gran libro de un gran poeta mexicano actual: La Flama en el Espejo de Rubén Bonifaz Nuño. Le hablamos de este poema y Carmen Montejo se entusiasma y nos pide la pluma para apuntar el título y el nombre del autor: "Lo compraré mañana mismo". Ella está interesada en determinada línea. Y de pronto hablamos del Amadís de Gaula y sus ermitaños. Y Chris nos recuerda un breve poema de Mevlana Mohamed Jalaludin Rumi: Las Dos Cañas. Dice así: "Dos cañas beben en un río. Una es hueca, la otra, caña de azúcar". "El que pueda entender que entienda" dice Alicia Palacios.

IX

–¿Qué odia Carmen Montejo?

–La injusticia, amigo mío, la injusticia, pero el odio es injusto. Los ojos de Alicia Palacios brillan de verdes y de azules los de Chris. Entiendo. Aunque a veces no basta entender.

–¿Qué piensa de la muerte Carmen Montejo?

–"Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, /que muero porque no muero."

Pensamos en Santa Teresa de Jesús, en San Juan de la Cruz… Y "En mí yo no vivo ya…" Y "Esta divina prisión…"

–¿Qué es lo fundamental en la vida de Carmen Montejo?

–Cumplir conmigo misma, con mi hija, con los demás. Cumplir, cumplir a rajatabla. Mire usted, si no cumplo me muero. Yo no sé deber.

Son las tres de la mañana. Doña Carmen Montejo mira su reloj. Yo pensaba que era la una, pero…lástima. Hubiéramos amanecido. Y amanecía. Los gallos cantaban.

****

Publicada en Revista TELEGUÍA, sin fecha, sin año.

Francisco Monterde (I). Fija, limpia y da esplendor,,,

Por Leonel Puente Colin - 5 de Febrero, 2013, 4:51, Categoría: México Siglo XX: Mosaico de personalidades

“Fija, limpia y da esplendor”. Estamos pues, en la Academia Mexicana de la Lengua. Su director, don Francisco Monterde, nos está esperando. Monterde es un hombre de clara inteligencia y de una amabilidad y sencillez extraordinaria. En tal noble casa y en compañía de tan grata personalidad nos sentimos sumamente a gusto.

         El tiempo se nos fue, como barca a favor de la corriente, sin percatarnos de que transcurriría. Fueron dos largas horas lo que duró nuestra plática, sin embargo, al final de la misma, y ya en la calle, nos sorprendimos al consultar nuestro reloj. Todo aquel tiempo, tal vez por fructífero, nos había parecido de lo más fugaz. “Dos horas, pensamos, y parece que hace dos minutos que traspasamos esos umbrales”. Así fue.

         No creemos que nuestros lectores necesiten datos biográficos de Francisco Monterde. En México es sobradamente conocido. Sería superfluo hacer hincapié en estos detalles. Vamos, por tanto, a entrar de lleno en el ángel y el duende del dialogo.

         – ¿Desde cuándo usted dirige la Academia Mexicana de la Lengua?

         –Desde hace ocho años, que se cumplieron el doce de este mes de noviembre. Acabo de ser reelecto por otros cuatro años, según los estatutos. Cada vez que se ha presentado esta situación de la reelección pido a mis colegas que me dejen ser excepcionalmente el primer director que salga por sus pies de la Academia, aunque no, de hecho, es un cargo vitalicio.

         – ¿Cuál es la función y la relación de la Academia Mexicana con la Española?

         –Nuestra relación con la Academia Española es la misma que con el resto de las Academias de habla española. Gracias a la iniciativa, que partió de México, de celebrar periódicamente congresos de Academias (hemos celebrado cinco congresos, en 1951 fue el primero, y en diez y siete años hemos celebrado otros cuatro en Madrid, Bogotá, Buenos Aíres y Quito). Todas las Academias trabajamos como hermanas, desapareciendo de hecho la tutela que ejercía la española. Aunque eso sí, reconocemos a la Academia Española como centro coordinador de actividades a través de una comisión integrada por miembros de las distintas Academias que va renovándose.

         – ¿Encuentran ustedes muchas dificultades con la Academia Española para que les autoricen nuevas formas idiomáticas?

         –Ninguna. Puedo afirmar que nunca la Academia Española rehusó nuestras proposiciones acerca de la introducción o aceptación de nuevas voces o acepciones. El único requisito es que los neologismos no resulten superfluos. Esta fue la norma que yo propuse en el último congreso de Quito a este respecto.

         –Todos sabemos ya que la Academia Española, al fin, ha aceptado la famosa equis de México. ¿Desde cuándo y por qué se usa esta forma?

         –En realidad la proposición presentada en el último congreso     

  Consistió en pedir que se conserve la equis en las voces indígenas, que por su etimología, o por su origen, las lleven, tanto en los substantivos como en las voces afines. La equis se usó en el siglo XV1 para representar un sonido equivalente a SH. En algunos casos, porque los españoles oían pronunciar MESXICO y MESXICA, y en vez de esas dos letras ponían ellos la equis. Después cambió la pronunciación a JOTA, pero nosotros la seguimos escribiendo con equis por su origen y por respeto a la forma inicial que se escribió. En general se ha conservado la equis.

         – ¿Qué hace la Academia para pulir nuestra lengua y defenderla de los modismos anglosajones, como reporte por ejemplo?

         –Procedemos desde luego en dos maneras. Primero, si tiene una voz equivalente para expresar la misma idea en nuestro idioma, lo rechazamos. Segundo, si carece de esa voz lo aceptamos castellanizándola, como es el caso de reporte. Pero lo que nos importa a la diversidad de Academias es que se uniforme la lengua y se llame a un objeto en todas partes de la misma manera. Pero algo es evidente: siempre al fin de cuentas, el uso es el que acaba por imponer las palabras.

         – ¿Qué trámites debería seguir cualquier mexicano para convertirse en Académico de la Lengua?

         –Ninguno. La Academia Mexicana no funciona como la francesa. Es  decir: No admite la autopostulación. Aquí, el candidato a académico, en los casos de sillones vacantes, se elige en vista alas proposiciones presentadas por un número de tres miembros de número, que previamente consultan a la directiva. Si esta de su aquiescencia, la propuesta se discute en sesión reglamentaria, y un mes después se lleva a votación. Si reúne mayoría de votos el propuesto es capacitado, aunque siempre se consulta a éste antes de llevar su votación a candidatura. El número de individuos que integran la Academia es de treinta y seis de número y treinta y seis correspondientes, que son, estos últimos, los que radican fuera del Distrito Federal o en el extranjero.

         –Muy bien. Díganos: ¿cómo ve usted el panorama literario actual de México (novela, teatro, poesía)?

         –Lo  veo muy interesante, agitado, en efervescencia, en ebullición…Veo en los novelistas jóvenes una cierta proclividad que los hace ir por una pendiente hacia la pornografía que, naturalmente, es muy solicitada, sea o no de calidad literaria, pero confío que ellos mismos sean los que se definan como literatos cuando en realidad lo sean. El teatro me parece mejor orientado por la novela, aunque a veces atrae a novelistas que amplían en él, recursos análogos al que usan en sus novelas. En la poesía veo que hay dos caminos: el que la acerca más a la prosa por la libertad del verso y el que vuelve a los cauces y moldes clásicos.

         – ¿A qué autores destacaría usted por la pulcritud y perfección de su idioma?

         –Son muchos, pero yo diría un solo ejemplo de cada género. Novela: Juan José Arreola. Teatro: Rodolfo Usigli. Poesía: Carlos Pellicer.

         –Volvamos a la Academia. ¿Desde cuándo data su fundación?

         La Academia Mexicana de la Lengua fue fundada el años de 1875. Desde entonces no ha cesado de trabajar.

         –Son ustedes los que proponen a un escritor para el Premio Novel, ¿no es verdad?

         –Así es.

–Bien. ¿A qué autor actual de México concedería usted el Premio Nobel si este evento estuviera en sus manos?

–Nosotros propusimos ya una vez a Alfonso Reyes, nada más que no supimos conducir bien la propuesta. Actualmente estamos pensando en otro candidato, ya se verá en su oportunidad. Por ahora no puedo decirle más.

         –Lástima, lo sentimos por nuestros lectores. Ellos como nosotros querrían…

         –No sea usted impaciente, ya se verá y se sabrá en su oportunidad, amigo mío.

         –Bueno, usted gana y que me perdonen mis lectores. Va otra pregunta ¿Qué aconsejaría usted como director de la Academia de la Lengua a un joven con vocación literaria?

         –Que comience por aprender su lengua, que es la base. Lo demás le será dado por añadidura.

         –Cierto. Y nuestra última pregunta. ¿Qué libro sobre el idioma escrito en los últimos tiempos considera usted fundamental para el conocimiento de nuestra lengua?

         La Historia de la Lengua Española, por Don Rafael Lapesa.

–Gracias, Don Francisco.

**

***

Suplemento Cultural, El Nacional, (Valores Literarios de México) Diario al servicio de México), V época, núm. 40, 28, dic. 1968, p. 1

****       

Francisco Monterde (II). La humildad y la sabiduría

Ha incursionado en casi todos los géneros literarios.  Sí, Francisco Monterde, nacido en la ciudad de México el 9 de agosto de 1894, ha escrito dramas, novelas, ensayos, poesías; ha ejercido la crítica y ha publicado valiosos trabajos históricos. Sus ochenta y un años apenas si parecen sesenta, pues Francisco Monterde continúa trabajando día con noche y noche con día con energía que, sinceramente, nos asombra y admira.

         Con este hombre de mente vivaz y cuerpo ágil conversamos hoy en una casa, su casa, donde se respira equilibrio y poesía.

         Conversar con él, para  nosotros, es un gozo y, las horas fluyen escuchándolo, cual corriente cantarina y sabia, de repente de regato silvestre, sin que nos demos cuenta de que transcurren.

         Don Francisco, como nosotros lo llamamos, y aquí el don no es en absoluto gratuito, es un archivo viviente donde se sintetiza toda una época de la vida intelectual de México. Pero entremos, sin alargar más el preámbulo, en el pan y la sal de la plática, con él tan rica y amena.

         –Eche usted las redes de la memoria al mar del recuerdo y háblenos largo y tendido de aquel grupo al que usted perteneció y que fue bautizado por algunos como el de los “colonialistas”.

         –Realmente, amigo Cervera, aquel grupo que algunos llamaron “colonialistas” no se formó como grupo, se fue poco a poco integrando. Reconocemos en don Luis González Obregón, quien fue cronista de la Ciudad en los tiempos modernos, al patriarca del virreinalismo. A mí no me agrada la palabra “colonial”, que ahora se emplea con frecuencia de modo peyorativo, pues la Nueva España fue un virreinato, como lo fue Nápoles, con muy dignos gobernantes, como don Antonio Mendoza, don Luis de Velasco, don Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, Conde de Revillagigedo, para no citar más que tres de nuestros esclarecidos virreyes.

         Pero retomando el tema: Reconozco a Don Luis González Obregón como el patriarca, quien, a su vez, aceptaba la ascendencia de Ricardo Palma en quien veía el iniciador del género en nuestra América Hispánica.

         Después de González Obregón, otros escritores siguieron ese rumbo de modo intermitente. Entre ellos Mariano Silva y Julio Torri. Más tarde nos unimos Artemio del Valle Arizpe, también Cronista de la Ciudad con su novela Exemplo, yo con un par de novelas cortas, Manuel Horta con sus prosas poéticas intituladas Vitrales de capilla. Julio Jiménez Rueda con obras de teatro y novelas y algunos otros más.

         –¿Qué nos dice de la historiocrítica en México?

         –Opino que está muy bien representada por Edmundo O’ Gorman, director de la Academia de la Historia, y quienes lo han secundado en ella, como Ernesto de la Torre, y hasta hace poco tiempo Arnáiz y Freg, quien está bastante delicado de salud actualmente.

         –¿Cuál es la historia de su libro El madrigal de Cetina, -tenemos entendido que la primera versión se quemó?

         –Le aclararé esto, pues no fue precisamente el libro mío que despareció entre las llamas. Yo como casi todos los escritores hispanoamericanos, principié por escribir versos desde la infancia. Incurrí hasta en el pecado de ganarme un premio en unos juegos florales de primavera con un elogio de los jardines virreinales precisamente y que recité un 12 de octubre. Era un largo poema sobre Colón y el descubrimiento de América. Duraba más de media hora y no sé cómo tuvieron paciencia para oírlo. Después de esto reuní varios poemas con el título de Arca de la Nueva España, lo ilustró un excelente dibujante desgraciadamente ignorado; Jesús Chavarría Dávila, y a medida que podía yo costear el importe de un pliego se iba imprimiendo. Un sábado, lo recuerdo como si fuera ayer, se presentó en mi oficina el regente de la imprenta Victoria, Don Juan Quero, y me dijo: “Ya acabamos con tu libro”. Yo ingenuamente, le pregunté cuánto le debía y, entonces me contó que las vísperas para pagar el dinero de los salarios, un ladrón, no sólo se llevó la nómina sino que roció gasolina y prendió fuego para no dejar rastros de su fechoría. Por fortuna no logró del todo su propósito pues la estación de bomberos estaba a unas cuadras de la imprenta y llegó a tiempo para sofocar el incendio. No obstante mi libro no pudo ser salvado, por fortuna, por lo que le estoy muy agradecido a aquel desconocido ladrón con manías de pirómano, pues de haberme publicado mi libro muy contadas líneas se hubieran salvado. Como compensación, la imprenta, me imprimió dos novelas cortas virreinales, de las cuales, la primera fue El madrigal de Cetina y, la segunda “El secreto de la escala”. Y fue así como yo entré en el virreinalismo.

         –¿Cómo director que fue, y ahora decano de la Academia de la Lengua en México, podría usted decirnos cuáles fueron las mayores dificultades que encontró al frente de aquella casa?

         –Fueron desde luego de carácter económico, porque durante los doce años en que estuve al frente de la Academia –fui dos veces reelecto por cuatro años – la Institución se sostenía únicamente con los réditos de su fideicomiso y una subvención análoga a la que reciben otras instituciones de cultura por parte de la Secretaría de Educación Pública. Apenas alcanzaba para pagar al personal de las oficinas y dar un humilde estipendio a los académicos, que antes de mí sólo recibían veinte pesos por sesión y lo logré duplicar.

         ¿Cuáles son las virtudes -en  su opinión -, así como los defectos, del español de cada día que se habla en México por las nuevas generaciones?

         –Siempre, en todas las épocas, los adolescentes y jóvenes, tratan de que no comprendan sus diálogos los mayores. Con ese fin inventan expresiones que no persisten en el idioma, pues pasan con las generaciones que las crean, como cualquier caló. Pero del español que se habla en México, ante la opinión de escritores de España e Hispanoamérica, nos sentimos orgullosos, pues dichos escritores afirman que México es uno de los países donde mejor se habla castellano. Yo he oído esto a eminentes escritores españoles e hispanoamericanos, como Arturo Capdevila lo afirma en su libro Babel y el castellano.

         –Usted, muy acertadamente, ha propuesto un premio para los esforzados hombres que laboran de una u otra manera en las artes gráficas. ¿Nos podría relatar en síntesis la historia y el desarrollo de las citadas artes en México?

         –Por lo que se refiere a los comienzos de la imprenta novohispana en el segundo tercio del siglo XV1, la obra de mi ilustre tío abuelo don Joaquín García Icazbalceta-Biografía mexicana del siglo XV1, que debe reeditar el Fondo de Cultura Económica, que la reimprimió con ediciones de don Agustín Millares Carlo en 1954 -, contiene todos los elementos para seguir su evolución hasta fines de este siglo. Los siglos siguientes han sido estudiados por otros historiadores de la tipología en México, entre los que debe recordarse con gratitud a Enrique Fernández Ledezma, y que llegan hasta el presente con los trabajos de Francisco Díaz de León, maestro de tipógrafos, que fue director de la Escuela de Artes del Libro, y que es quien más sabe sobre la materia.

          En lo que se refiere a premiar a ilustradores tipográficos y editores, yo creo que se debe premiar no sólo al autor sino al editor de un buen libro y así lo sugerí al recibir el premio Nacional de Letras.

         –¿A qué cree usted que obedezca que hoy los jóvenes no se interesen por autores como J. Wolfgang Goethe, autor que tanto interesó a los jóvenes de su generación y a quien usted hasta dedicó un libro?

         –Yo creo que Goethe sigue teniendo lectores. A mí me correspondió reaccionar tras la pasada Guerra Mundial en que el nazismo hizo que se olvidaran a algunos escritores alemanes, como sucedió con Thomas Mann. Ahora, por ejemplo, Mann está de moda y quizá mañana lo esté de nuevo Goethe entre nosotros. Aunque es muy significativo que en México exista un instituto cultural que lleva su nombre.

         –Disculpe mi curiosidad. ¿Es cierto don Francisco que usted aprendió alemán en un año para leer a Goethe en su lengua original?

          –No es exactamente cierto: aprendí lo suficiente para entender con trabajo y diccionario. No la obra de Goethe.

         –Usted escribió un libro, por cierto muy interesante, para conmemorar los cien años del natalicio de don Marcelino Menéndez y Pelayo, que tituló La literatura mexicana en la obra de don Marcelino Menéndez y Pelayo, ¿qué autores mexicanos fueron los que interesaron al gran polígrafo santanderino?

         –Sor Juana Inés de la Cruz, fray Manuel Navarrete, Andrés Quintana Roo, el dramaturgo Manuel Eduardo de Gorostiza y Cepeda, Francisco Ortega, Ignacio Rodríguez Galván, José Joaquín Pesado, Manuel Carpio, Alejandro Arango y Escandón, Ramón Isaac Alcaraz, Francisco de P. Guzmán, Juan Valle, el poeta ciego; José Rosas Moreno, el fabulista y autor dramático; Manuel Acuña y Manuel M. Flores, ambos rivales en el amor de Rosario, aunque ella prefería a Flores.

         –¿Y fue cierto que Acuña se suicidó por el amor de Rosario?

         –Nada de eso. Acuña se suicidó por cuestiones económicas. El era hombre de varias mujeres. Tenía su mujer y aparte amoríos con una lavandera que le dio un hijo, y alguna que otra aventurilla más. Pero es bien sabido que su economía andaba muy mal y hasta tenía que hacer uso de un pase para poder comer él y su mujer en un comedor de caridad.

         –Sigamos con don Marcelino, pues la economía precaria me aterroriza.

–Bien. Él sostuvo correspondencia -don Marcelino Menéndez y Pelayo -con otro grupo de contemporáneos, como Joaquín Arcadio Pagaza, y el gran poeta bucólico mexicano: Rafael Ángel de la Peña, Joaquín García Icazbalceta, a quien llamó “gran maestro de toda erudición mexicana”; Luis González Obregón, Vicente Riva Palacio, Francisco A. de Icaza, Francisco Sosa y Amado Nervo.

–¿Cree usted imprescindible la lectura del Quijote para un escritor de nuestro idioma?

–Me parece imprescindible su conocimiento puesto que el Quijote es el punto de partida de la novela moderna.

–Volviendo a las imprentas, Don Francisco, ¿podría usted decirnos qué imprentas desaparecidas de nuestra ciudad recuerda con nostalgia?

–Varias de ellas, y yo las evoqué en conjunto tomando elementos de unas y otras, en una narración que tuvo fortuna y que María Enriqueta Camarillo de Pereira, consideró como un arquetipo nuevo de novela. Ella opinó que había yo creado una nueva forma de novela. Se llamó Dantón. Es una serie de retratos y personajes tomados de las imprentas que yo conocí y donde se hacía la composición a mano. Recuerdo entre otras, además de la imprenta Victoria, que era de ese tipo, la antigua imprenta de la Casa Lacaud; los antiguos Talleres de la Nación en la calle de Filomeno Mata. Precisamente la iniciación de mi relato describe la entrada de esa imprenta, como el final del mismo evoca un rincón de la oficina impresora de la Secretaría de Hacienda en Palacio Nacional. Allí había una guillotina gigantesca tal como la describo en mi relato. También recuerdo una imprenta que había en el salón más amplio de la planta baja del Museo Nacional de Arqueología e Historia de la calle de Moneda. En esta imprenta pasé yo algunas noches íntegras para formar la revista México de la que era secretario de redacción. Allí fue donde hice mi aprendizaje tipográfico.

–Y bien, don Francisco, ¿cuál ha sido el destino de su novela Dantón?

–Se publicó por primera vez como suplemento de la revista El Ilustrado, que dirigía Carlos Noriega Hope. Más tarde quedó incluida al frente de mi logro Galería de espejos, últimamente en mi libro Páginas escogidas que, según tengo entendido, se está vendiendo mucho estos días en la librería Zaplana.

–De sus haikai ¿recuerda alguno en este momento?

–Pues si, algunos se han quedado en mi mente, como este: “Lenta se mece / la rama: ¿voló un ave? /¿Es brisa leve?”. / Y este otro: “Lago sereno; /si lo inquietaba una ánade, / ya emprende el vuelo”.

–Y todavía con música de haikais preguntamos a don Francisco: -¿Qué aconseja a un joven escritor?

–Que lean de preferencia a los clásicos antes de conocer a sus contemporáneos, para que no piense que el mundo literario comienza en nuestros días.

–¿Tiene usted algún libro de cabecera?

–No tengo predilección por determinado autor. Sí he sentido una gran devoción por los místicos: Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y los dos Luises: Fray Luis de León y Fray Luis de Granada. Una de las mayores satisfacciones de mi vida consiste en que en uno de mis viajes a España se me invitó a hablar sobre los místicos en el aula de Salamanca donde enseñaba Fray Luis de León.

–Qué representa para usted el Premio Nacional de Letras?

–Uno de los mayores dones después del que representa la compañera de mi vida, y ya usted dirá por qué.

Unos momentos antes acaba de llegar la esposa de don Francisco, bella mujer de carácter dulce como la miel de Hibla y bondadosa como el pan candeal. Sus manos finas de artista hacen maravillas con los libros y los de don Francisco son, sin duda, los más poéticamente encuadernados que hayamos visto en nuestra vida.

– ¿Tuvo usted antes de serle confirmado el premio alguna noticia extraoficial de que se lo iban a dar?

–Sólo rumores basados en el hecho de que el año anterior había figurado en la terna final.

–De haber sido usted jurado ¿a quién le hubiera concedido el premio?

–A alguno de los escritores mexicanos recientemente fallecidos.

– ¿Qué es para usted la muerte?

–Para mí la vida es un viaje y la muerte es el término de ese viaje con destino ignorado. Yo le hice un soneto a mi mujer que comienza así: “Compañera del viaje, camarada /en más de medio siglo confidente…”

–Por último don Francisco: ¿Qué cree usted haber aprendido esencialmente de la vida?

–Que es una gran lección y que nosotros no acabamos de aprender sus enseñanzas.

**

***

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, V1 Época, núm. 359, 21 de diciembre de 1975, pág. 2

Elías Nandino. "Mi poesía soy yo y yo soy mi poesía"

 

            Elías Nandino, nacido en Cocula, Jalisco, el 19 de abril de 1903, es además de un gran poeta, un excelente médico cirujano. Está, pues, muy cerca del dolor humano. Su poesía -el mismo lo dice -nace de ese contacto directo con el hombre que sufre. Puede que sea por eso por lo que con tanta frecuencia se asoma a toda ella la muerte.

            Mucho se ha escrito sobre su obra. Recordamos unas líneas de Raimundo Lazo: “Puede escogerse como tipo representativo de los poetas independientes que, entregándose a lo personal, viven y crean un tanto al margen de la actualidad literaria dominante”. Cierto: Nandino ha escrito y escribe al margen en las modas del momento. De ahí que su poesía no envejezca. Le ocurre, por el contrario, lo que a los buenos vinos: con el tiempo ganan calidad.

–¿Sus sonetos y sus décimas, maestro Nandino nos dan la sensación (tal como ocurre con Juan de la Cruz) de la intemporalidad.

            –Significa mi propia vida. Sin ella me imagino que yo no hubiera sido yo. El impulso ardiente de buscar, de creer, de dudar, de saber, de amar, de ser bueno, de luchar, de pecar y de vivir plenamente, me nació de ella.

Con este gran poeta, que actualmente vive en Guadalajara, platicamos hoy desde la sencillez y la humildad que lo caracterizan.

–¿Por qué comenzó usted a escribir? Sabemos que empezó a los diecisiete años. ¿Es cierto?

–Sí. Empecé a escribir a esa edad y sin que mediara mi voluntad. Sólo recuerdo que en ese tiempo murió una hermana mía, dos años menor que yo. Esto me produjo un intenso y desconocido dolor que hasta entonces no había sufrido. Fue el ciego dolor de descubrir la muerte, de sentirme herido al perder a un ser vinculado a mi existencia y a mi sangre y el que me enseñó a temer y a rebelarme contra la mano misteriosa que me la arrebataba. Desesperado en los días que siguieron a su entierro, instintivamente busqué lápiz y papel y, sin pensar que pensaba, escribí mi pequeño primogénito poema. Ya lo olvidé. Lo que tengo aún presente es que fue interrogativo y en el le pedía a mi difunta hermana que, durante mi sueño, me hiciera conocer como era “el más allá” adonde se la habían llevado.

–¿Qué significado tiene en su vida la poesía?

–Significa mi propia vida. Sin ella me imagino que yo no hubiera sido yo. El impulso ardiente de buscar, de creer, de dudar, de saber, de amar, de ser bueno, de luchar, de pecar y de vivir plenamente, me nació de ella. Si estudié medicina fue por vocación, pero, al mismo tiempo, esperanzado en que al ejercerla me facilitara ganar con qué sostenerme, para así disfrutar de cierto desahogo y que, al robarle tiempo a mi falta de tiempo, de media noche a la madrugada, me permitiera escribir cansado y descansadamente, en medio de la tranquilidad que produce el apoyo de la seguridad económica, los poemas que detrás de mis párpados, durante las fatigas del día, apuntara amorosamente. Debo decir que casi toda mi poesía fue pensada y repensada entre el agobio de las preocupaciones, amarguras y satisfacciones, derivadas de mi azarosa práctica profesional, pero, hecha letras, solamente en las altas horas de la noche. Es por esto que mis poemas tienen, casi siempre, un desolado aliento nocturno y un penumbroso mortal estremecimiento. Lo que sí afirmo con orgullo es que toda mi poesía ha dimanado de la verdad de mis vivencias y no de invenciones, farsas o pretextos. Cada éxito médico o quirúrgico aumentaba mi torrente de vida y cada fracaso me mataba un poco. Cuando en mis poemas hablo de la muerte, repito, no la tomo como pretexto, sino como texto. Yo la palpé con mi tacto sin manos cuando asesinaba a mis pacientes. Yo la vi sin mis ojos, descender sembrando espasmos en el aire, cuando cortaba la respiración de mis agónicos. Matando a mis vidas ajenas me fue matando a mí, sin dejarme morir.

–¿Quién es usted -para usted -realmente? 

 –Para mí soy un poeta insaciable, inconsolable, angustiado e irremediable. Sin que me importe que lo reconozcan o no los demás, yo soy poeta desde mi cuerpo y alma, hasta el horizonte donde se proyecta mi esperanza y le he pertenecido a la poesía, íntegramente, sin escatimarle, en lo absoluto, ningún significado de los hechos de mi existencia: mi poesía soy yo y yo soy mi poesía. Durante cincuenta y siete años he trabajado, con verdadera pasión, por ella y para ella y la seguiré amando y buscando todo lo que me reste de vida. Sin ella, quizá, ahora en mi senectud, tal vez ya hubiera recurrido a una puerta falsa para consumar mi huída; pero, adivinándola y sintiéndola cerca de mí, me agarro más de la vida, tratando aún de encontrar el poema en el que logre que se me entregue totalmente, así como se entrega la cósmica energía vital al secreto y germinante corazón de la semilla.

–¿Qué poetas -de todo el mundo -son los que ha sentido más?

–Desde luego Gustavo Adolfo Becquer. Su poesía me gusto en mi niñez, en mi juventud, en mi madurez y todavía ahora en mi edad senil. En seguida sentí también, cuando ya pude leerlos con la penetración necesaria, a San Juan de la Cruz, Francisco de Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, López Velarde, José Juan Tablada y más tarde, a los que también se me han hecho inolvidables: Edgar Allan Poe, Walt Whitman, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, T. S. Eliot, Stéphane Mallarmé, Paúl Valery, Rainer M. Rilke, Jorge Federico F. de Hordenberg Novalis, César Vallejo y Pablo Neruda.  

–¿Qué poetas han influido en su poesía? Algunos críticos señalan a Xavier Villaurrutia. ¿Qué opina usted?

–Yo no tengo influencia particular de ningún poeta. A mí me ha influido la total poesía en su constante evolución, en sus aparentes cambios, en su secreta conservación íntima y, principalmente, en su invulnerable pureza. Ella en los flujos y reflujos, no es la misma y es la misma en esencia. Envejecen los poemas, pero no la poesía. De la misma manera como el agua, a pesar de sufrir los diferentes estados físicos, el castigo de las temperaturas y la agresión de las contaminaciones, al final vuelve a ser agua, agua límpida, transparente y apta para apagar la sed o nutrir los instantes de las rosas, así también la poesía, retorna a ser la poesía de siempre. A semejanza del poder de la luz, ella me ha permitido mirar a través de su inmenso alumbramiento y a descubrirla inmaculada donde no se denuncia, a presentirla donde apenas se insinúa y a resignarme a estar sólo cuando no la encuentro.           

En cuanto a la influencia de Villaurrutia en mi poesía debo explicar que si yo la tuve, él también la recibió de mi parte. Fuimos amigos veintiséis años y, por lo mismo, lo que ambos tuvimos fue un verdadero contagio mental. Ya no necesitábamos hablar para hacer comentarios de lo que veíamos; era bastante un intercambio de miradas. Muchas veces nos arrebatábamos las imágenes, las metáforas, los proyectos y, después, en lo particular, nos acusábamos de robo. Fuimos amigos inseparables, irremediables, cómplices y más aún, nos anudamos con un fraterno apego que nos hizo convivir diariamente, sin intermitencias (excepto cuando el se fue becado a los Estados Unidos o cuando yo me fui cinco meses a Tepic) más de un cuarto de siglo y, desde 1930, comíamos juntos todos los días, ya en mi casa o en la suya, o en donde éramos invitados; cenábamos todos los días después de mi consulta, también en mi casa o en algún restorán, para después ir al teatro, al cine, al teatro frívolo, a las exposiciones de pintura, a las conferencias, a las parrandas, o a matar el tiempo caminado a pie y platicando de éxitos, decepciones, de los signos reales de la muerte, del paro cardiaco, de las agonías dolorosas, de todo el acontecer, el pasear, el gozar y el sufrir de nuestras existencias o de las ajenas. Así corría la vida: viajes a Veracruz, a Guanajuato, a Puebla, a San Miguel Allende, a Manzanillo y siempre amigos, confidentes, por leves instantes enemigos, consejeros mutuos, hacedores de epigramas sangrientos e incansables conversadores. Cuando él me acusaba de romántico, yo lo acusaba de artificial y alguna vez que le dije que envidiaba su inteligencia, él me contestó, quizás por generosidad: y yo te envidio tu sensibilidad. Semana a semana me acompañaba en mis guardias médicas en el Hospital Juárez; ahí comía y le gustaba presenciar mis operaciones ante las cuales se impresionaba intensamente al ver la sangre y seguía mis movimientos, adivinando mis apuros y mi satisfacción cuando al fin podía ligar algún vaso sangrante que me ponía en dificultades. Ahí, conmigo, se humanizó, perdió la falsa cáscara burguesa y aprendió a sufrir el dolor ajeno: ahí a mi lado, pudo contemplar el trágico momento de la muerte, la muerte real, no la literaria y sintió el dolor, no el dolor propio sino el dolor en otro cuerpo y sentirlo como si fuera suyo. Yo lo vi, con mis ojos admirados, deslizar monedas debajo de las almohadas donde se quejaban mis enfermos… De este Xavier Villaurrutia nacieron sus mejores nocturnos. Esta fue mi influencia y mi contagio mental y de él mi aprendizaje de rigor y mi autocrítica.

–¿Cree usted que seguirá habiendo poetas en el año 2500, por ejemplo?

–Mientras el hombre exista, tendrá la necesidad de crear poesía. El es su creador exclusivo. Le nace como a la flor el aroma. Sin la poesía, la vida humana me parece inconcebible.

–¿Le hace al poeta -a su juicio -bien la provincia? (Lo cual no es ser en absoluto provinciano).

 –No creo que a un poeta en formación le haga bien radicar en la provincia. Su medio de desarrollo está en el dinamismo de las grandes ciudades en las que, al complicarse su existencia, se multipliquen sus problemas en todos los ordenes y aprenda a solucionarlos, así como también, en donde puede relacionarse íntimamente con la cultura y con el arte en todas sus manifestaciones. El medio provinciano ayuda a pensar, a soñar pero no a escribir lo que se piensa y se sueña. Por esto, lo aconsejable es que el poeta nacido en la capital continué en ella o ingrese a una mayor que en la que vive y que, el nacido en provincia, abandone la quietud y se refugie en la urbe cercana y, cuando le sea posible a otra mucho más grande, hasta que llegue a la suprema de su país o del extranjero. El artista necesita vivir en la efervescente profusión de un bosque humano, en la intensidad de un bullicio de miradas, en el infierno palpitante de la lucha entre el bien y el mal y en esa soledad angustiada que se sufre en medio de la indiferencia de millones de seres, que se mueven en distintas direcciones y llegan a las mismas desesperaciones; para saturar de estremecimientos su sensibilidad y aumentar la actividad de su propio mundo creador. En cuanto al poeta que tuvo la suerte de nacer en provincia y poseer un innato modo de sentir, al haber gozado del diario contacto con la naturaleza y la tradición viva; que ingrese cuanto antes a las enormes ciudades y se contamine del vital desasosiego, aprovechando la avidez de sus sentidos, para que forme y transforme su candidez emocional en vivencias electrizadas por la sorpresa y el deslumbramiento. Ya, cuando el combustible falle y comience a parpadear la vida, que cada quien escoja, después de lo poco o lo mucho conquistado, el sitio donde realizar el encuentro con su muerte.

–¿Piensa usted que se deben seguir cultivando las formas clásicas o ya no?

–Yo creo que practicando las formas clásicas, el poeta aprende a dominar las palabras, a infundir los ritmos, a colocar los acentos y a conocer los secretos de la estructuración del poema y así evitar que sus versos resulten cruda prosa. Es un error quererse apoyar en el verso libre. El verso libre no existe, lo que existe es el verso exacto. Ahora me pregunto: ¿por qué ese afán de privar al verso de sus atributos si éstos son los que lo hacen no ser prosa? o, ¿por qué no hacer de una vez prosa poética? Y conste que yo no pido que se vuelva a las formas clásicas; pero sí que se recurra o se intente que el verso se realice sin confundirse con la prosa. De tal manera que, si el verso ya no sirve para el oficio que se le ha conferido, se omita por inútil y se haga exclusivamente prosa, sin que a ésta se le quiera hacer pasar como versos. Nunca he podido olvidar las palabras que escribió Valéry: “La poesía es a la danza lo que la prosa es a la marcha”. Esto me hace pensar que, si la palabra no es trascendida por el encantamiento de la danza, no es apta para el poema. En resumen, si yo aconsejo la práctica de las formas clásicas, es porque ese ejercicio, hace adquirir la facultad de infundir a las palabras la agilidad del vuelo y la percepción del ritmo, que les permitirá oficiar con exactitud en el poema; así como las olas ofician en el semblante del mar, ya en la pausada armonía de su ir y venir, o en la desesperación iracunda de sus tempestades. El poeta que conoce la ejecución de los trabajos de los autores clásicos se gana el derecho de violar las reglas y de hacer uso de las maneras que él invente o de las que se le antoje probar en la estructuración de sus propios poemas.

–Los jóvenes, en gran parte, no leen a los clásicos. ¿Esto es perjudicial?

–Tan perjudicial, que esta omisión se hará notable en la pobreza de la ejecución y la falta de oficio de lo que escriben.

–¿Qué libro suyo quiere más?

–Son dos: Sonetos de 1937 y Nocturna palabra.

 –Algunos poetas han dicho que la poesía no interesa ya a nadie. ¿Está usted de acuerdo?

–No interesa porque ahora, por lo general, se tiene preferencia por escribir poemas literarios que, debido a esto, carecen de poesía. Pero los poemas que la contienen, la expresan y la comunican, interesan y deberían interesar siempre. ¿Cómo se puede prescindir de la poesía, si ella es, en síntesis, la razón de vivir?

–La poesía, como alquimia clásica, ¿debería transformar al poeta o, por el contrario el poeta y el hombre son dos cosas distintas?

–El poeta es hombre, a pesar de ser poeta y el hombre es poeta, a pesar de ser hombre. Es la unión trascendida por la creación poética que de ellos dimana. Son como el fuego y el calor, inseparables. Ni el poeta podrá existir sin el hombre, ni el hombre sin el poeta y esta simbiosis, maldición o bendición ingénita y congénita, la deberán gozar o sufrir juntos y confundidos hasta su muerte.

–¿Qué piensa usted de la poesía joven?

–Qué es joven, pero será grande.

–¿Qué libros prepara usted?

–Uno de poemas y una Antología del poeta colombiano; Porfirio Barba Jacob que ya tengo casi terminados; y en prosa, uno que titulo Juntando mis pasos, y otro que llamo Los contemporáneos y yo. Este último será un real testimonio, porque, si se me excluye del grupo sin grupo de la Antología y la revista Contemporáneos, no lo podrán hacer del grupo de los “Contemporáneos” con quien conviví, compartí ideas, participé en discusiones, en lecturas, en vicisitudes, en complicidades y estrechas amistades. Los más representativos de ellos: Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, fueron mis mejores amigos y yo el mejor amigo de ellos, toda su vida, con excepción del último de quien me distancié tres años antes de su muerte.

**

***

Suplemento Cultural, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, V1 Época, núm. 294, 15 de septiembre de 1974, pág. 4

****

Salvador Novo. Lleno de estrellas políglotas e innumerables

“Lleno de estrellas políglotas e innumerables” nos encontramos a Salvador Novo en el florido patio de su restorán La Capilla. Por una inexplicable asociación de ideas, nosotros, nos acordamos de La Alhambra, y nuestra imaginación voló hacia el Generalife tocada por un eco de trinos, casi inaudibles, de ocultos, no sabíamos dónde, ruiseñores. El patio del restorán de Novo estaba como arropado por un vaho de paz y poesía.

         Era una media mañana en que “crecía el tiempo en silencio” allá en el mágico encanto de Coyoacán. “Alguno que otro árbol que creía dar clase de filología; los magueyes hacían gimnasia sueca y los nopales nos sacaban la lengua”. De súbito no sabemos por qué arte, el tiempo y su espacio se pusieron Novo y Novo, nos ofreció su tiempo y su espacio con ese señorío innato con que él y solamente él sabe hacerlo.

         El encuentro con Novo es siempre sorprendente, pues Novo aparte de ser, como dice don Antonio Castro Leal, “uno de los escritores más inteligentes y versátiles de Hispanoamérica” posee una personalidad tan magnética que acapara toda nuestra atención por sí mismo.

         Sus ademanes son aristocráticos, su palabra es fácil y jugosa y su mente es agilísima. Le sobra a Novo, eso que tanto falta a muchas: genio e ingenio. Conversar con él es, por lo tanto un verdadero deleite.

         Eso es Novo, cuya ascendencia es gallega. Su padre era oriundo de la dulce tierra de Rosalía de Castro. Sin embargo, a nosotros nos pareció uno de esos grandes tipos que de raro en raro se dan en Andalucía.        

         También fue una sorpresa, con Novo siempre se va de sorpresa en sorpresa, cuando supimos que el ilustre cronista de la ciudad de México había nacido el 30 de julio de 1904, ya que Novo, representa mucho menos edad de la que realmente tiene. Aparenta el autor de Nuevo amor ser un hombre todavía bastante joven física y mentalmente. De ahí que nosotros pensemos con fe que, no obstante lo profuso de su obra, aun podemos esperar muchísimo de su brillante e inigualable pluma. Creemos que Novo cualquier día puede, si quiere, sorprendernos con otra gran obra suya. La fama de Novo sigue en línea ascendente. Nadie piense o crea que su prestigio se reduce al área americana. Novo es un escritor universal. Un escritor universal que habla por México y de México al mundo entero. Su libro México acaba de ver la luz en Barcelona con un éxito sin precedente. Y, como consecuencia de ello, México y Novo han entrado en España por la puerta grande. Es este libro de Novo un exponente de la vida e historia mexicanas. Y como todos sabemos, por encima de tirios y troyanos, México y España se quieren entrañablemente. Y Novo con su libro se ha convertido en el embajador máximo entre nuestros dos pueblos. Dan ganas, cómo no, de gritar “¡Viva Novo!” Y, “¡Viva Novo”! gritamos nosotros hondamente agradecidos por la primicia de este libro suyo que es un balcón, de par en par abierto, allá en España para, desde él, mirar hacia México para amarlo más y más, pues México, se merece, como Novo y yo sabemos y sentimos, todo el amor del mundo.

         Se inició, pues nuestra plática, tras el protocolo de un cigarrillo que tan grata hace siempre la conversación, en el patio de La Capilla mientras que el tiempo crecía, ya sin silencio, acompasado por su voz.

–¿Cómo ve usted el panorama de la literatura mexicana actual?

–Mire usted, hay los “monstruos” como decimos acá y algunos muchachos intermedios como Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y José Carlos Becerra entre otros. Luego, entre los dramaturgos, hay uno sobresaliente: Emilio Carballido. También tenemos otro muy bueno, excelente, pero muy perezoso. Es Sergio Magaña. Escribió una obra magnífica, Los argonautas. Es una verdadera lástima que Magaña no trabaje más, pues posee un gran talento. Aparte existe una enormidad de muchachos desconocidos en los que yo veo una gran esperanza.

–¿Hacia dónde cree usted que va la literatura mexicana?

–No va así como un batallón que se dirige a un punto. Va hacia una madurez de sentido universal que entraña una vocación de numerosas vocaciones.

–¿Qué opinión tiene usted de los nuevos poetas mexicanos?

–Son buenos. Pero acabo de tener hace unos días una experiencia con un muchacho de la que voy hablarle. Un chico me trajo un libro de poemas, me lo dejó, lo leí, me gustó. Volvió días después con un soneto, de tal manera defectuoso, que me dio esta convicción: Estos muchachos se lanzan a hacer poesía en verso libre sin un conocimiento previo de la preceptiva. Y yo creo que uno puede hacer esto o aquello, pero a estos muchachos les falta totalmente un conocimiento técnico de métrica. Así puede ser el caso de muchos poetas de verso libre: no es que hayan superado las formas clásicas, sino que no las conocen ni jamás las han dominado.

–¿A quién considera el más grande poeta mexicano actual?

–A Carlos Pellicer.

–¿Y prosista?

–A Juan José Arreola.

–¿Cómo ve el panorama general de la literatura hispanoamericana?

–Bueno, por las noticias que nos llegan de vez en vez, creo que es bueno. Pero estoy muy desvinculado. Es decir, poco informado de lo que se está haciendo. De repente nos llegan cosas como Cien años de soledad. Pero ya está.

–Por favor, ¿podría usted decirnos qué escritor mexicano contemporáneo, a su juicio, es merecedor del Premio Nobel?

–Jaime Torres Bodet.

–Muy bien. Pero ya es hora de que hablemos de su obra ¿Cuál fue su primer libro?

Ensayos. Era un libro mitad prosa, mitad verso. Fue un libro que tuvo una influencia enorme en la prosa y poesía mexicanas.

–¿En qué fecha vio la luz?

–Lo publiqué el año 1925.

–¿Qué libro de entre todos los suyos tiene en más alto aprecio?

–De poemas Nuevo amor y de prosa Return Ticket. Pero el que más dinero me ha dado ha sido Nueva Grandeza Mexicana.

–¿Por qué su poesía es tan clásica?

–Porque tengo una disciplina clásica.

–¿Qué aconsejaría a los jóvenes poetas?

–Comenzar su disciplina por la lectura del Mio Cid, culminarla en Góngora y, luego de llegar a este punto, echarse a volar.

–¿Y a los jóvenes prosistas?

–A los jóvenes prosistas les aconsejaría que leyeran durante tres años El Quijote, de Miguel de Cervantes después a Francisco de Quevedo, y luego ya escribir.

–¿Qué libro de literatura universal, de ser posible, le hubiera gustado a usted escribir?

En busca del tiempo perdido de Marcel Prouss.

–¿Sería usted tan amable de hablarnos de aquel viaje que, según tenemos nosotros entendido, hizo con García Lorca a Buenos Aíres?

–Bueno, yo no hice el viaje con Federico a Buenos Aíres. Nos encontramos allá cuando él gozaba de un éxito triunfal en la capital bonaerense. Federico me pareció una persona muy simpática. Nos hicimos íntimos amigos. Yo entonces acababa de escribir un poemario en el barco titulado: Slamen Rhymes. Este libro fue publicado por Colombo en Buenos Aíres en 1934 y fue ilustrado con dibujos de Federico. Recuerdo también que Federico tenía muchos deseos de venir a México. Le pregunté que por qué no lo había hecho. Me dijo: “Nadie me ha invitado”. Entonces yo lo invité a que viniera y en eso quedamos, pero él no pudo venir, pues poco después estalló la guerra civil española y…

Quedó nuestra conversación interrumpida por unos minutos. Salvador Novo perdió sus ojos nostálgicos por entre las flores. Nosotros recordamos otra vez Granada y aquellos versos de Federico que dicen: “Viva moneda que nunca / se volverá a repetir”   

     Al fin iniciamos de nuevo nuestra plática tratando de recordar cosas más gratas. Preguntamos a Novo.

–¿Y qué nos dice usted de su viaje a Hawai?

Novo nos mira con una alegría extraña en los ojos y nos dice:

–Mi viaje a Hawai… Ah, podríamos hablar tanto de ello. Y he hablado de ello sin duda alguna. Fue un viaje tan precioso. Precisamente este viaje fue el móvil para que yo escribiera ese libro que tanto quiero y que se llama Return Ticket.

De nuevo nos absorbe el silencio mientras crece el tiempo. Volvemos a encender otro cigarrillo “que lanzan unos dolorosos suspiros”. Sentimos que Novo acaricia sus recuerdos de Hawai mientras “vaga por el teclado de los días”, y su alma de nuevo “tiene prisa de viajero como si fuera a despedir a su  pasado a la estación”. Por eso le preguntamos de repente.

–¿De no haber sido escritor que le hubiera gustado ser?

–Me hubiera gustado ser actor.

–¿Por qué?

–Porque me parece una forma muy satisfactoria de no ser quien se es, sino quien uno elige ser. Esta idea está en una obra mía que se llama Yocasta o Casi.

–Todos sabemos que es usted un hijo ejemplar, ¿qué es para usted su madre?

–Ha sido a la vez un ancla y una quilla. Me ha retenido, pero también me ha impulsado.

Una última pregunta:

–Tenemos entendido que es usted un gran conocedor de la gastronomía mexicana, y, es ya hora de almorzar, ¿sería usted tan amable de recomendarnos un platillo de excepción?

Novo sonríe, piensa un momento y sin que la sonrisa se apague en sus labios nos dice así:

–Como estamos en mi restorán le recomiendo “El filete a la pimienta”.

–Muchas gracias don Salvador.

**

***

Publicada por la revista NORTE. Revista Hispano-Americana, núm. 223, mayo-junio de 1968, págs 18-20.

En México, 19 de junio de 1968.

****

Germán Pardo García. Genuino Apolo Thermidor

         Germán Pardo García es uno de los grandes poetas de América, tal como lo anuncia Gabriela Mistral tras la lectura de su libro Júbilos Ilesos en una carta hoy histórica, fechada en Madrid el 25 de octubre de 1933. El día después del nacimiento del que esto escribe.

         La obra de Germán Pardo García es no solamente rica en calidad, sino en cantidad. Desde el año 1930 en que aparece su libro Voluntad, hasta el año de 1971 en que da a la luz pública su Apolo Thermidor, el poeta no ha dejado de crear. Ahí está su larga bibliografía: Los cánticos, Los sonetos del convite, Poderíos, Presencia, Claro abismo, Ángeles de vidrio y muchos títulos más, que dan fe de su fuerza creadora constante.

         Sí, Pardo García es un poeta de grandes alientos y sorprendentes perfecciones. Leopoldo de Luis ha dicho de él: “Germán Pardo García, voz al rojo vivo de América”. Y ha sido llamado “Voz última y profética”, “Voz de la tierra misma”. Con este poeta, con ese hombre singular, “voz al rojo vivo de América”, platicamos en su casa, en esa su casa que es también cueva de ermitaño, estancia de fructíferos partos y campo de elevación de su pensamiento joven. Porque Pardo García, aunque nacido en Colombia en 1902 y habitante de la ciudad de México desde 1931, sigue siendo un hombre joven, joven y fuerte, intelectual y físicamente.

         Delgado como el alambre, pero resistente como el acero, es este Germán Pardo García. Hay en él una fuerza que nos causa admiración, y una ligereza casi de ave en vuelo, que nos sorprende. Sí, el poeta Germán Pardo García parece haber hecho un pacto con el tiempo, pues el tiempo pasa por él sin destruirlo. Es todo vitalidad.

         Pero entremos en su casa, en esa ecuación indespejable donde el álgebra y la mística matrimoniados cantan, se transforman en altísimo vuelo poético. Ya dentro, no sabemos si hemos penetrado en el pasado o en el futuro, tal vez en ambos hemos puesto los pies, conjugándolos con misteriosos adverbios y con verbos mágicos.

         Y se rompe el silencio, para hacerse humanidad en el recuerdo y en la voz del poeta.

         –Háblenos de su arte -le decimos.

         Un aire como de cuarta dimensión invade la estancia. Nosotros, mientras Germán Pardo García piensa, recuerda, recitamos por dentro los dos últimos tercetos de un soneto suyo de Apolo Thermidor, que dice: “porque así es el instante en que la vida / regresa de galácticos desiertos / y cuando puede, al orbe sometida, / contemplar con los ojos aún abiertos, / la cuarta dimensión desconocida / donde cantan los pájaros ya muertos”. De pájaros “ya muertos” nos habla el poeta.

–Yo no conocí a mi madre, yo tenía dos años cuando ella murió. A su muerte, mi padre que a la sazón ocupaba el alto cargo de presidente de la Corte Suprema de Justicia en Colombia (1905), al quedar viudo y sin nadie que cuidara a mis hermanos prematuramente huérfanos, y a mí, nos puso bajo el cuidado de un ama y bajo su tutela nos trasladamos a unas pequeñas propiedades agrícolas que mi madre tenía en las estribaciones de los páramos andinos, en el centro de la gran cordillera oriental. Allí, en aquellas enormes soledades, se conformó mi espíritu de acuerdo con una vida en extremo dura y en un ambiente de profunda, maravillosa y en ocasiones agobiadora soledad. A más de tres mil quinientos metros de altura se desarrolló mi infancia y mi primera juventud, al contacto con los seres legítimos del mundo, los humildes agricultores colombianos. De ellos y a su arrimo, conservé para el resto de mi vida una capacidad íntima para el amor a la tierra. Todo lo que pueda existir en mi posterior trabajo poético, iniciado hacia 1915, lo debo a los jornaleros de la tierra colombiana. Yo mismo jamás he podido ser otra cosa que un agricultor que, en medio de las grandes metrópolis, Roma, París, Madrid, México, se siente extraño y no desea otra cosa que tornar a consumir sus postreros años en el agro colombiano    

         Germán Pardo García casi cierra los ojos para ver… Ah, los páramos andinos.

–Su primer libro, tenemos entendido, que fue Voluntad (1930). Pero díganos todo lo que recuerde de lo que escribió antes.

–En realidad mi primer libro fue Voluntad y apareció en Bogotá el año 1930. Pero con anterioridad había escrito más de doscientos poemas, ahora perdidos, porque no es posible recatarlos de tanto periódico y revistas en donde aparecieron. Lo primero que pude reunir fueron los pocos poemas coleccionados en Voluntad, trabajo inicial que se resintió de calidad consumada, “si bien aquí y allá, apuntaban”, como dijo Gabriela Mistral al referirse a ese libro, y al comentar el inmediato posterior, Los júbilos ilesos, “asomos de verdadera poesía”. Vuelvo a explicar a usted que comencé a escribir poesía en 1915, bajo la inspección severa de uno de los más grandes clásicos que Colombia y América han tenido: don Antonio Gómez Restrepo, figura cimera aún en España, en donde se le ha llamado “el Menéndez Pelayo de América”.   

         El resultado de aquella vigilancia del maestro Gómez Restrepo fue el aprendizaje, riguroso, hasta de los últimos secretos de la retórica. Por ello se ha observado que uno de los fenómenos fundamentales de mi trabajo poético es la adecuación a lo más claro del clasicismo, que, opinan, he sabido aligerar de lo que ya no es posible aceptarlo, para ser transformado por mí en poesía contemporánea, pero sujeta al rigor de la lucidez de los mayores clásicos de España.

         Precisamente en estos días, un crítico mexicano escribe un breve ensayo sobre la totalidad de mi poesía, y dice: “Germán Pardo García, el último de los clásicos”.

–Cambiando de asunto. ¿Qué sabe usted como hombre y poeta de la soledad, de esa soledad que aquí en su casa se respira, casi se palpa?

–Toda la razón física y mental de mi existencia se apoya en la soledad. El hombre que cuando niño toleró, como yo lo hiciera, los indecibles páramos colombianos, no podrá, para el resto de su vida, desalojarlos de su alma. La grandiosidad de los yermos páramos de América estructura una especie de hombre producto típico de este continente fantástico: el hombre de las cumbres andinas, reciamente solitario, cósmico por nacimiento y por atavismo, el ser ontológicamente solo sobre el mundo, sin más compañía que la montaña, la bruma y su habitante: la bestia. Esencialmente soy un producto físico y espiritual de los Andes colombianos. Detrás de toda mi obra  está la fuerza de esta naturaleza brava, hostil para el hombre que le es extraño, pero hospitalario, amante para sus hijos desamparados.

–Usted “por medir la oscuridad /gritó en la angustia”. ¿Qué sabe de la angustia?

 –La angustia ha sido otra de las constantes de mi obra. No es posible explicarlo con términos usuales, pero intentaré hacerlo: se nace angustiado como se nace blanco o negro. Extrañas confluencias, motivadas, como dice la ciencia, por los hereditarios genes, dotan al ser, lo predestinan a la angustia. Son complejos procesos anatómicos, viscerales, acaso, que dan como producto otro ser tan típico en la naturaleza, como el forjado por la congelación de los páramos: el hombre angustiado. El prodigioso siquiatra francés Dupré podrá ilustrarle a usted más que yo mismo sobre esas profundidades del hombre actuando en función de angustiado por génesis. Yo he dedicado muchos poemas, específicamente, al canto de la angustia. Pero en total, soy un sumando directo de la angustia, dentro de una cantidad absoluta de cifras abstractas.

Una angustia tremenda llena la casa y las paredes parece que van a estallar de angustia. El caballo del silencio cabalga con su jinete angustiado por mi imaginación. Germán Pardo García pierde sus ojos – ¿angustiados? –por los rincones. El pito del camotero que pasa por la calle nos hace volver al otro tiempo, al presente, pienso yo, sin angustia, o por lo menos con la angustia atemperada.

– ¿Qué canciones populares de su país y de su infancia recuerda en este momento? -le pregunto para aligerar la tensión angustial.            

         –En realidad, lo típicamente popular colombiano no está presente en mi vida ni, en consecuencia, en mi obra, por una razón fácil de ser explicada: la parte geográfica de Colombia donde nací, no es la que está decorada por los maravillantes colores tropicales, ni por la música de un pueblo que al contacto con el color, los grandes ríos, con la musicalidad de la fronda frutal, se convierte en pájaro poblador de esa misma floresta, canta como las alondras y se viste de color como las frutas. Mi zona geográfica es el páramo gris y sin otro sonido que el huracán nocturno, que arredra y empavorece. La niebla eternamente blanca lo envuelve a uno por completo, le aguza el oído, y por medio de este sentido que en cierto modo remplaza en la tiniebla a los ojos, oye uno la única música del páramo: un pajarillo gris, mimetizado por completo por la naturaleza, asimilado al color del esparto de la paja: el diostedé, que emite únicamente tres notas monocordes, que le dan al sombrío paisaje un encanto misterioso y desgarrador.

–Bien. Háblenos hoy, como en Los sueños corpóreos, de los colores y de cómo han evolucionado en y para usted.

Los sueños corpóreos es quizá el libro mío en donde la angustia se sublimó y alcanzó zonas extraterrestres. Un sagaz crítico colombiano llamó a este libro “la metafísica de la angustia”. Todo lo humano que esta sensación síquica tiene, sus enigmáticos trasfondos, se transformó en Los sueños corpóreos en una evasión hacia unas zonas que el gran Tito Lucrecio Caro fue el primero en llamar la “metacosmia”, es decir, una porción del universo intermedia entre nuestro cosmos más o menos tangible y las dimensiones donde comienza a operar la mentalidad de un Einstein, capaz de intuir hasta el más pequeño ruido de las esferas, ya escuchado por los insignes pitagóricos. En Los sueños corporales, el color existe como una transformación  ultraterrena de las evoluciones de la luz. Aquí se cumplen los fenómenos de la claridad desintegrándose o volviéndose extraña refracción, dentro de una gota de agua o en la franja de una nube distante, que de pronto en lapso de segundos, cambia de forma y coloración. Este es el único color que aparece en mi obra: el metafísico, no como concreción filosófica, sino como algo que está más allá –como la semántica de ese fenómeno lo dice –de la naturaleza. Para poder entrar en la verdad desnuda de este libro, se necesita, por desventura para mí, de una iniciación en ciertos misterios, como todos los grandes misterios esotéricos. Esto es algo que, repito, priva sobre toda mi obra: el que quiera penetrar en el núcleo de mi obra, debe estar dotado de un principio de esotéricos secretos.

–Por desgracia para nosotros, maestro, aún no estamos maduros ni lo suficientemente “iniciados” para ir tan dentro en su poesía. Pero algo entendemos. En uno de sus sonetos usted dice: “Así la gloria del amor fue mía”. Bien ¿Qué ha sido para usted el amor?

–El amor en mi vida y en mi obra han sido una penetración del ser en la naturaleza misma. En mi poema “Mujer naturaleza”, algo de lo menos deficiente que yo he logrado crear, está perfectamente explicado: una simbiosis de mujer-tierra. Vale decir: la mujer con las potencias terrígenas, y la Tierra siempre Madre, con los atributos de la mujer. El amor es para mí un portentoso panteísmo. Fijarlo en el sexo, en las formas, en los simples accidentes de la naturaleza en constante evolución, ya es un común detalle. El amor es una ley genésica universal. No solamente es amante el “hombre-macho” que se confía por entero a la mujer, sino el “macho-hombre” que se posesiona de la naturaleza.

“Viajero del espacio, entre la sombra / mis caudas llevan estupor de siglos”. Son dos versos del poema “Mujer-Naturaleza” de Germán Pardo García que se nos vienen en el breve hueco, sin muros, de una pausa a la memoria. Y volvemos a preguntar.

–Hemos hablado del amor, pero háblenos usted ahora de esas islas “islas con sed” en que habitó. Háblenos de esas “Islas de una amargura que el equinoccio escala”.            

–No es posible aplicarle a mi trabajo poético una explicación exacta de ubicación, de cosa determinada y luego olvidada y más: después recordada, para llegar aquí a la consecuencia, más científica que filosófica, de que nuestro conocimiento no es sino el resultado de un recuerdo, como dice Platón, es decir, un empirismo vital, como lo es el arte. Todo lo que aparece en las páginas de mis libros no es en suma sino la filtración de cosas remotísimas a través de las imágenes. Sus relaciones directas con determinadas fases del mundo, pudiera no ser otra cosa que una evolución de aquella angustia de la que ya hablé a usted, y que, en un hombre introverso como yo, busca necesariamente unos cauces evasivos.

– ¿Qué es la poesía para usted?

–Razón de ser de mi vida. No imagino qué otra cosa hubiera podido ser yo, fuera de ser poeta. Pero le ruego comprender que, para mí, ser poeta es sintomático de acción arrolladora. La semántica de poesía, en griego, es creación. Por este aspecto yo he sido un creador, en múltiples aspectos. He sido agricultor, y eso es creación. He sido atleta y eso es desarrollar la forma humana hasta lograr armonía. He sido amansador de caballos, y eso es dar a una criatura hermosa y brava, musicalidad de paso y elegancia de forma. He sido, y no se extrañe, agente de anuncios, y eso es acción, es decir, poesía. He fundado catorce revistas. Y eso es creación. En medio de ese brutal desbordamiento de actividad humana, un común denominador: La poesía. Ya en los umbrales de los setenta años, continúo siendo un hombre perfectamente afirmativo. Toda pasividad me causa desdén y tremendo desencanto. Yo suelo comprender inmediatamente la capacidad de un hombre para su acción cotidiana, por la energía de un paso. Caballo u hombre, es para mí lo mismo. Le mido su fortaleza por su desplazamiento hacia delante. Eso es para mí la poesía: La acción sin tregua.

– ¿Cree usted que habrá poesía, no mientras exista una mujer hermosa, como dijo Bécquer, sino mientras exista la humanidad?

–El hecho de afirmar que habrá poesía mientras exista una mujer hermosa, es un frágil concepto romántico. La mujer no es sino uno de los puntales de la creación, admirable, digno de la naturaleza, pero en torno a ella existe el universo, de la que ella misma forma parte. Yo diré que siempre habrá poesía mientras exista el universo.

– ¿Qué piensa usted de los poetas jóvenes y de su manera de enfrentarse a la poesía?

–Profundamente me inquieta este aspecto del mundo: El de la poesía escrita por los jóvenes. A pesar de que soy un anciano en poderosa actividad, eso sí, observo a diario con sumo interés la evolución de la poesía en la mente de los jóvenes.

Es algo extraordinariamente complejo poder definirlo con certidumbre. Alcanzo, lo digo con cierta inquietud, a intuir un vago alejamiento de los jóvenes de la poesía esencial. Quizá no sea únicamente de la poesía. Tal vez de la existencia misma. Acaso el hombre contemporáneo, con un excesivo peso de angustia sobre su espíritu, haya concluido por ver con hondo desencanto al hombre mismo y, por consecuencia, los poetas jóvenes, sin que ello sea un fenómeno en que generalizarse pueda, tienden a no encarar los problemas humanos y a darles absolución exacta por medio de la poesía. La juventud de ahora puede ser causa de análisis inmersos, de apasionante interés, como ninguna antes, porque corresponde a la evolución más desconcertante y grandiosa del mundo.

         Querer decir algo justo, preciso, sobre la juventud, es algo tan temerario como querer fijar en una fórmula matemática definitiva la identidad, de ciertos cuerpos remotísimos, a los que los físicos de hoy llaman los quasars.

– ¿Cree usted que la técnica puede ser un peligro para la actitud creadora del hombre? 

–Por el contrario: la técnica es una de las maravillas de nuestro mundo presente. Yo mismo he trabajado ya con la problemática de la técnica dentro de la problemática de la técnica. En mi más reciente libro encontrará usted poemas como “El poeta-El hombre”, “Ruiseñor”, “Secuestro”, y muchos más, que están creados por mí, bajo la poderosa sugestión de la técnica. Creo que Apolo Thermidor, ese libro, está inspirado casi todo por la técnica. El que lo lea con cuidado, eso encontrará en sus páginas: la poesía de la tecne.

“…el poeta es la estatura máxima del hombre enfrentado a la vida y a la muerte”.

– ¿Hacia dónde cree usted que va la poesía?         

         –Precursora de todos los descubrimientos contemporáneos, la poesía no va detrás de nada. Por el contrario, va adelante de todo, conducida por el genio más grande que el orbe ha producido: Albert Einstein. Pero advierta usted que, como consecuencia, el poeta de hoy tiene forzosamente que ser un iniciado en los inescrutables procesos físico-matemáticos que rigen hoy al cosmos mediato y al inmediato, al tangible e intangible. El gran poeta de hoy es una repercusión remota de los grandes presocráticos, de los que la filosofía y la ciencia, más ésta que aquélla, continúan alimentándose. Yo, sin comprenderlo porque de ello son muy pocos los hombres que existen, voy tras las huellas del más grande poeta de todos los siglos: Einstein. Algunas de sus ecuaciones, la nuclear, la primera, es todo un inmenso poema, lleno de magia, de poder, de asombro, de pavor.

–Usted es un poeta en continuo estado de creación. ¿A qué cree que obedece esa actitud?   

         –Los poetas cósmicos alemanes. Lo he declarado siempre. En poetas como Friedrich Hölderlin, Eduard Mörike, Friedrich Shiller, halló mi espíritu lo que más le placía y aquello hacia lo que más se orientaba: el cosmos, vuelto místico por obra de aquellos líricos grandes como otros no existen en el mundo. Ellos me dieron el sentido de la musicalidad lejana. Novalis, especialmente, que alguna vez exclamó, apoyándose, quizá, en Pitágoras: “Oigo el rodar de las esferas”.

– ¿Es la poesía un signo de juventud, de asombro ante la vida y sus misterios?

         –La poesía no es signo de juventud ni de ancianidad. La poesía es en sí misma, como lo es la luz. Pero no la luz abstracta. La luz es materia. Einstein logró pesarla. La luz pesa. La poesía es eso: la luz con densidad de materia pesable y transfundible.

– ¿Porqué cree usted que las masas viven ajenas a la poesía?

–Las masas siempre han sido ajenas, parcialmente, al hondo misterio poético. Les roza la epidermis la poesía simple, que no ha evolucionado hacia las supremas perfecciones. No es éste un negocio de las masas: los sentidos humanos tienen una limitación que asombra. Pero a medida que la neurona en los hombres superdotados logra una mayor sensibilidad, los acontecimientos de la belleza son cada vez más accesibles al hombre. Así como no es humano, ecuánime, pensar que el ser común entienda a los fisicomatemáticos, pero sí sepa los rudimentos de los números, asimismo es lógico admitir que la auténtica poesía, la profunda, sólo es accesible a los iniciados, como en Grecia los oráculos de Delfos al hierofante. Por lo común, los sentimientos de la bondad, del bien, de las llamadas virtudes cotidianas, están, en poesía, al alcance del hombre simple, sin iniciación alguna. Empero, recuerde usted que con los mejores sentimientos del hombre se ha escrito la peor poesía del mundo.    

         –¿Es la poesía un acto de origen  divino o humano?

–Lejos de mi suponerle a cualquier acto humano origen divino. Yo arranco, en lo modestamente científico que soy, del gran materialista Tales, hacia el año 600 antes de nuestra era. La poesía es un fenómeno material al que el super-hombre, porque el poeta es super-hombre, le insufla un soplo de misterio. De ahí a crecer en divinidades hay distancias imprevisibles. Soy agnóstico por completo. Voy tras las huellas duras, pero exactas, de Lucrecio, continuador de Epicuro, de todo cuanto es cierto en la gran naturaleza.

–“Ha vuelto la primavera /. Se sabe, porque es más diáfana / la plenitud de los ámbitos”. Ha dicho usted. ¿Es la poesía una primavera perenne?

–La poesía marcha al unísono con los procesos naturales. Es una consecuencia de ellos. Todo lo que se relaciona con la tierra, en suma, con el cosmos, afecta a la poesía, porque ésta es su máxima expresión. Volvemos a los presocráticos, y a Platón: el arte es una prodigiosa experiencia de los sentidos, el recuerdo que vimos más allá de otro recuerdo.

    Y aquí pusimos fin a nuestra plática con el poeta Germán Pardo García, hombre a quien todo le importa, hombre que sigue a sus años ocupándose en cosas increíbles. Desde los más rudos quehaceres domésticos, como barrer él mismo el suelo de su casa, hasta la aparición continua, en extremos, del universo detectable, de formas apenas sospechadas. Poeta, en suma, que acaba de publicar un libro que son dos – Apolo Thermidor y Gavilán al destierro –, de trescientas ochenta y cinco páginas y en el que se enfrenta poéticamente a todos y cada uno de los misterios. Este es, pues, el hombre, este es el poeta candidato al “Premio Nobel” por Colombia, una especie de alquimista, de místico, de físico y de matemático –dentro de la luz de la poesía –del siglo XX, señor de la escoba y la pluma y maestro en el difícil arte de escuchar la música de las esferas.  

**

***

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, V1 Época, Núm. 124, 13, junio de 1971, pág. 3

****

Carlos Pellicer. Alma grande de América.

Carlos Pellicer nació en Villahermosa, Tabasco, el 4 de noviembre de 1899. Ha viajado por Europa, Asia y América. Diplomático, director de enseñanza extraescolar y estética de Bellas Artes, profesor de literatura y arqueólogo. Castro Leal dice de él: “Le dio voz a la sorpresa de las cosas”. Gabriela Mistral lo llamó “Carlos de América”.

Al entrar en la casa de Pellicer, que es como una isla en el mar de México, nosotros pensamos y sentimos que estábamos en una de las islas del tesoro, recordando al Emilio Salgari de nuestra adolescencia. Y, ciertamente, la casa del gran poeta es un verdadero tesoro de finura y buen gusto. Nada más atravesar el umbral nos dimos de cara con un emporio multicolor de conchas y estrellas de mar.

Apareció Pellicer ligero de pierna y pie como un muchacho pescador, aunque con su cabeza rapada como un rey olmeca.

Pellicer inspira confianza, al rato nos hablábamos de tú.

– ¿Cómo ve Carlos Pellicer el panorama de la joven poesía en México?

–Me parece que el grupo de poetas jóvenes es verdaderamente importante. Pongo siempre a la cabeza a Jaime Sabines, al que siguen Guillermo Fernández, José Carlos Becerra, Alejandro Aura, Homero Aridjis, Leopoldo Ayala, a quien mucho estimo, y Raúl Garduño. Yo creo que este grupo de jóvenes, y hay otros más, ya empezó a darnos frutos, frutos valiosos,  pues creo que todos ellos trabajan en la libertad sin límites con que trabajan todos los jóvenes poetas de América. Suprimen el verso, aunque ellos dicen que escriben en versículos. Yo, como escritor de otro tiempo, considero que eso es una forma de “antiversificación”. Ellos escriben prosa en columna.

 – ¿Hacia dónde cree usted que va esta joven poesía?

–Yo encuentro que en la mayor parte de los casos hay una tendencia declarada hacia el prosaísmo. Y más allá todavía: a algo que ya no es confusión, sino el uso y abuso de la grosería. El concepto que yo califico de eterno, por lo que hace a la belleza, parece haber entrado en un horizonte de olvido, y más que de olvido, de rechazo.

– ¿Qué es la poesía para Carlos Pellicer?

–No creo que exista alguien en este mundo capaz de responder a esta pregunta. Tal vez en el otro, por la influencia de los ángeles, sea posible hacer una definición de la poesía. Yo estoy seguro de que casi nunca he hecho la Poesía.

– ¿Qué función debe cumplir la poesía en la sociedad?

–En primer lugar crear belleza, y en segundo lugar, cuando sea necesario, escribir el poema de protesta, que nunca es ni será, ni ha sido Poesía. Yo hago la diferencia entre lo que pienso que es Poesía y el poema de protesta.

– ¿Cree Carlos Pellicer que la Poesía es una función sagrada?

-Sí, yo creo que toda manifestación de Arte representa una actitud sagrada, y es sagrada porque es la comunicación de cierta forma de misterio con el gran público.

-¿Cómo definirías al hombre poeta?

-Es que no se hasta qué punto podemos asegurar que ser poeta es una forma de vivir. El oficio de vivir no permite ser poeta las veinticuatro horas del día, pues está de por medio lo más difícil que existe: el trato humano. El hombre poeta no puede vivir poéticamente, sino en aquellos momentos en que se siente tocado, o más bien herido, por aquello que lo hace sentirse poeta.

-¿Cuál es, a juicio de Carlos Pellicer, la diferencia fundamental entre su poética y la de Octavio Paz?

-Que la obra de Paz es fundamentalmente poética, y la obra de Pellicer es una obra dispersa. Yo he invadido, o asaltado, todos los terrenos de la poesía. Ahora bien, yo me pregunto: ¿Habré de verdad alguna vez habitado esos terrenos?

-¿Cuál es, a juicio de Carlos Pellicer, el sitio que tiene en nuestra historia poética la poesía del ínclito poeta José Gorostiza?

-Gorostiza es el más grande poeta vivo que tiene México ahora. Es el poeta de unos cuantos poemas breves y de un poema largo y no sabemos que haya escrito más. El extraordinario poeta de Muerte sin fin constituye una cifra mayor en la historia de la poesía universal.

– ¿Cuáles han sido los poetas preferidos de Carlos Pellicer?

–Todo el mundo clásico; Quevedo, Góngora. Aunque considero que hay una superpoesía que en cuatrocientos años no se ha repetido, y además carece de antecedentes, esta poesía es la de Juan Yépez, San Juan de la Cruz. Los poetas de América han influido en mi manera de expresar la poesía naturalmente. Yo tengo la influencia de Rubén Darío, Leopoldo Lugones y José Santos Chocano.

–Hablemos de las flores, Carlos amigo. Dinos sin pensarlo el nombre de una flor.

–De entre todas las flores, señoras y señores, es el lirio morado la que más me fascina. Sí, el lirio morado es, de entre todas las flores, la que yo más amo, y considero que las flores son el objeto de la creación.

– ¿El nombre de una ave?

–El quetzal. Su belleza impar…Yo imagino su canto, porque es mudo.

– ¿El nombre de una mujer?

–Esperanza, Esperanza. Es la única mujer que amé en mi vida.

– ¿El nombre de un pueblo?

– Tepoztlán. Representa para mí muchas cosas. Tepoztlán es un pueblo indígena y hermoso y está rodeado por uno de los panoramas rocosos más audaces del mundo.

–Carlos Pellicer, ¿dinos tus tres palabras preferidas?

–Dios, Poesía, Amor.

– ¿Qué libro de la literatura universal te hubiera gustado escribir?

–Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío.

–Qué consejo daría Carlos Pellicer a un poeta joven?

–Que a pesar del amor por la poesía se le guarde el más grande respeto a la Poesía. Yo creo además que es un privilegio leer la poesía clásica. Yo diría que se leyera lo clásico, no para imitarlo, sino para tener la sensación de lo mejor que se ha escrito poéticamente hablando.

Y por aquí andaba nuestra plática cuando apareció un joven poeta mexicano: Leopoldo Ayala. Después de ser presentados ambos por Pellicer, yo para dar por finalizada mi entrevista, interrogo al muchacho.

–Leopoldo Ayala, tú como poeta joven de México ¿qué tienes que decirnos de la poesía de Carlos Pellicer?

–Yo pienso que Carlos Pellicer es uno de los poetas pilares fundamentales de la poesía mexicana actual. Podemos remontarnos a su origen en este siglo y el índice sería Carlos Pellicer. Nosotros, los poetas jóvenes, hemos preparado ya un homenaje a Carlos Pellicer, no solamente los poetas, sino también los pintores.

Cuando esta plática llegue a tus manos- y vamos a hablarnos de tú también nosotros, amigo lector- el homenaje a Carlos Pellicer, de los artistas jóvenes de México, ya se habrá celebrado. Pero nosotros sabemos que el homenaje no terminará con el acto en sí, sino que mientras exista en México un alma capaz de saborear un verso, viejos y jóvenes estarán homenajeando a este gran Carlos de México y de América que es Carlos Pellicer, muchacho pescador y rey tolteca a un tiempo y, sobre todo, hombre cabal y bueno de pies a cabeza.

*****

Suplemento Cultural, El Nacional, (Valores Literarios de México Actual), V época, núm. 35, 24 de noviembre de 1968, pág. 1 (Con pseudónimo de Juan de Sevilla).

*****

Artículos anteriores en Febrero del 2013

El Blog

Creative Commons License
Esta obra está bajo una
Licencia de Creative Commons.

Calendario

<<   Febrero 2013  >>
LMMiJVSD
        1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28    
 
Proyecto Cultura Chobojos - Chobojos
 
 Proyecto Cultura Chobojos - Vida sin fin
 
Proyecto Cultura Chobojos – Fotografía 366
 
Proyecto Cultura Chobojos – El círculo azul
 
Proyecto Cultura Chobojos – La Jauría
 
Proyecto Cultura Chobojos – Toma Todo
 
Proyecto Cultura Chobojos - Chistes x Kilos
 
 

Baja gratis el PDF de:

Baja la versión digital de Toma Todo

Suscríbete a CHOBOJOS


Suscribir con Bloglines

Archivos

Sindicación RSS

Add to Technorati Favorites

BloGalaxia

Directorio de Weblogs

Culture Blogs - Blog Catalog Blog Directory

The House Of Blogs, directorio de blogs

blog search directory

Directory of General Blogs

Casinos

blog rating and reviews

BlogESfera Directorio de Blogs Hispanos - Agrega tu Blog

Blogarama - The Blog Directory

TopOfBlogs

terrenos

Blog Ping

Alojado en
ZoomBlog