Noviembre del 2012

Elena Poniatowska. La entrevistadora entrevistada.

La cerrada del Pedregal está solitaria. Son las cinco de la tarde. Unos gorriones picotean el corazón mordido de una manzana que un niño arrojó al arroyo. Al vernos llegar, huyen y se esconden en las espesas ramas de un tilo. Aquí, en esta calle sin salida, vive la escritora Elena Poniatowska. Ella que, siempre, tiene una feliz salida para todo. Tocamos el timbre de su casa. Una cabeza de mujer se asoma por el balcón. Es Cata, que sin embargo, dice llamarse Laura Rosa. Nos anunciamos. Un minuto después, las puertas se nos han abierto y Cata o Laura Rosa, la *“gatita”, o mejor, la Jesusa tapatía, aparece ante nosotros con un niño de no más de un año, como una espiga madura, entre sus brazos morenos. Es nada más y nada menos que el gran Felipe, el benjamín por ahora, de Elena y de Guillermo Haro. Felipe tiene mal genio y lloriquea. Yo, que soy tío de siete diablos por el estilo, entro en plática o, más bien, en juego de señales con Felipe, auxiliado por Cata. Y dos minutos después, el gran Felipe ríe en nuestros brazos, mientras que ambos coqueteamos con Cata. Así esperamos que se haga presente Elena Poniatowska, que por cierto no se hace esperar y baja la escalera orondamente, anunciándonos que muy pronto Felipe dejará de ser el benjamín de la casa. Con esa sonrisa suya, de niña entre pícara e ingenua, Elena nos alarga su mano. Aquí desaparecen de nuestra historia por unas horas Cata y Felipe. Elena nos conduce a un estudio con sillones rojos y anchas cristaleras, con vistas a un gramado no balompédico. Nos sentamos el uno frente al otro.

         –Ahora nos traerán café -nos dice Elena-. Y casi a renglón seguido nos traen unas cafeteras  y unas tazas blancas. Y entre el humo del café damos comienzo a nuestra plática. Cosa rara: el entrevistador es quien hace uso de la palabra y la entrevistada escucha en silencio. Hablamos de España y de Andalucía. Elena nos dice que una vez estuvo en Bilbao y que su padre luchó en la guerra civil. Y al fin hablamos de Jesusa, el personaje de su último libro: Hasta no verte Jesús mío.

         – ¿Y qué tiene que ver Jesusa Palancares con Elena Poniatowska? –le preguntamos.

         –Mucho, muchísimo. En primer lugar –nos dice-, que yo la quiero a ella enormemente, como persona que es y vive, y, en segundo lugar, que ella me ha dado una gran parte de su vida al revelármela. Claro que si ella leyera mi libro, del cual, dicho sea de paso, no quiere saber nada porque asegura que es una “chin…”, diría que nada de lo que ahí se lee es cierto y que nada tiene que ver con ella. Yo pienso que todos tenemos muchas vidas y si nos pidieran que relatáramos un mismo episodio dos veces, no lo podríamos contar igual. Esto depende de nuestro humor, de la persona a quien se lo platicamos y de muchas cosas más. Por eso creo que Jesusa, en caso de ponerse a leer mi libro, negaría su autenticidad.

         –Entonces, Jesusa Palancares existe realmente. ¿Es cierto?

         –Sí, hombre, existe. Y ahora tiene alrededor de setenta años.

         –Dígame cómo la conoció.

         –La conocí hace tiempo, siendo ella lavandera en un edificio que yo frecuentaba. Pero empecemos por el principio. Yo fui mucho a Lecumberri durante el período presidencial de Adolfo López Mateos y me quedaba allí horas enteras platicando con Demetrio Vallejo, David Alfaro Siqueiros, Filomeno Mata…Ellos me contaban sus vidas. Me gustaba mucho ir a la cárcel, porque los presos siempre están allí y además dispuestos a hablar, pues como están muy heridos tienen su sensibilidad a flor de piel. Una vez yo oí que esta lavandera había estado en la cárcel y decidí buscarla para que me contara su vida. La primera vez que la vi, no aceptó, pero poco a poco nos hicimos amigas y nació el libro. Tenía yo entonces una grabadora prestada, que era mastodóntica. Tan grande era que hasta los policías se apiadaban de mí y me ayudaban a llevarla hasta las celdas de los presos cuando visitaba la cárcel. A Jesusa no le gustaba nada esta grabadora, pues decía que le robaba la luz; tampoco le gustaba que yo tomara notas, pues lo hacía muy despacio, como lo está haciendo usted, y me decía que si yo no sabía escribir, para qué había ido entonces a la escuela… Bueno, se reía de mí y pensaba que yo era una inepta para lo que trataba de hacer. Finalmente, opté por hablar con ella de miércoles a miércoles, sin llevar grabadora ni pluma ni papel, y luego reconstruía en mi casa lo que habíamos hablado. Por eso, mi libro es una transcripción de lo que ella me contaba, y no pretende ser un documento antropológico. Allí se hacía lo que a ella se le pegaba en gana: ponía la radio para oír comedias y, mientras duraban éstas, apenas si hablábamos unas cuantas palabras de comercial a comercial.

         –Yo había pensado…

         – ¿Qué había pensado usted?

         –Si no fue alguna vez “gatita”

         –No, pero siempre me he sentido muy cercana a ellas. Sobre todo, cuando era niña. Ahora, lo que es ahora, me siento menos, pues tengo una casa y me veo obligada a mandarlas a planchar o a que hagan esto, aquello o lo demás allá, por lo que me he vuelto más dura.

         –Cambiando de tema. Usted tiene fama como entrevistadora. ¿Podría decirnos cuál ha sido el personaje más estúpido que ha entrevistado?

         Elena Poniatowska se echa a reír y, seguidamente, se toma un sorbo de café. Luego parece pensar.

         –Eso es muy difícil de poderlo decir ahorita. Tendría que acordarme de todas las personas que he entrevistado, y creo que usted sabrá que son muchas. Pero le diré que, para mí, siempre el más estúpido es el más vanidoso: el que habla y habla de sí mismo hasta por los codos.

         –Bueno, díganos entonces ¿cuál ha sido el más inteligente?

         –Guillermo Haro -responde sin titubear-. Pero me trató muy mal. Era muy displicente y lanzaba unas miradas de gran desprecio. No quería ser entrevistado, y recuerdo que me dijo: “Señorita, le voy a dar una conferencia que tengo por ahí, y usted saca de ella las respuestas”. Me pareció muy inteligente, pero también chocante y medio. Otro de los personajes que he entrevistado y que me pareció muy inteligente es Luis Buñuel; éste me pareció encantador; pero, al igual que Guillermo, es un enemigo acérrimo de las entrevistas. Y otro caso es Juan Rulfo, a quien no le saca uno nada, ni con tirabuzón. Sin embargo, siento por él una gran simpatía también.

         – ¿Qué es para usted una buena entrevista?

         –A mí me parece que una buena entrevista es un relato en el que se combinan tres cosas.

         – ¿Qué cosas son esas?

         –Primero, un buen retrato del entrevistado; segundo, una noticia en la que él diga algo importante, y tercero, que sea atractiva para el lector en su totalidad. En suma, que no sea un ladrillo.

         –Y como si estuvieran de acuerdo madre e hijo, vemos pasar a Felipe tras los cristales del ventanal con un trozo de ladrillo en la mano. Cata lo toma en brazos y Felipe pone una cara de la “chin…” Elena sonríe conmigo, contemplando la secuencia.

         –Es un diablillo delicioso.

          –Lo es. No hay más que verlo. Y además es muy simpático.

         Pero tenemos que ir a lo nuestro. Yo enciendo un cigarro y Elena pierde sus ojos maternales por el techo. Felipe y Cata desaparecen de nuevo.

         –Y bien, ¿qué me aconsejaría usted para ser un buen entrevistador?

         –Yo nunca he sentido que pueda dar consejos a nadie. Pero, en todo caso, le diría que siga su instinto.

         – ¿Qué opina usted sobre la llamada Mafia, a la que dicen que pertenece?

         –Bueno, lo que yo puedo decirle con respecto a esta pregunta es que la propia Mafia nunca me ha dicho que yo pertenezco a ella. Yo pertenezco a mi familia. A mí no me gustan las fiestas y casi nunca voy a reuniones, sean o no de mafiosos. Más bien creo que la periodista que pertenece a la Mafia es la “China” Mendoza, y no yo. Además, ella es mucho más representativa; yo la quiero y admiro y es mi gran amiga.

         –Bien, bien -Elena se ha quedado muda de pronto-. Siga hablándonos de la Mafia o de la “aifam”, o lo que sea eso.

         –Vale. Yo creo que la Mafia está compuesta por Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Luis Guillermo Piazza; este último creo que ya no pertenece. Pero Carlos Fuentes, no, aunque se haya dicho que sí, ya que cuando empezó la tal Mafia a funcionar él se encontraba en Europa.

         Elena Poniatowska, como amenazada por “la mano negra”, renuncia a seguir hablando del tema. Un moscardón ha entrado en la pieza. Es verde como la cáscara de una sandia. Elena lo mira absorta. Yo la saco de sus abstracciones.

         – ¿Se siente usted más periodista que escritora o más escritora que periodista?

         – ¿Eh?

         – ¿Qué si se siente usted…?

–Ah, sí. Miraba a ese insecto y se me estaba ocurriendo un cuento. Bueno, yo quisiera ser escritora, pero… Siento un gran respeto por los buenos periodistas y también me gusta ser una buena periodista.

         – ¿A quiénes considera los grandes periodistas del México actual?

         –A Francisco Martínez de la Vega, a José Alvarado, a Abel Quezada, en primerísimo lugar; a Eduardo del Río “Rius” el caricaturista, a Fernando Benítez, que es un caso aparte de escritor y periodista; a Guillermo Ochoa, cuyas últimos reportajes sobre la gira de Luis Echeverría, Presidente Constitucional de la República Mexicana, me parecen formidables; a Enrique Ramírez y Ramírez, que es un gran director de periódicos que sabe su oficio; a Luis Suárez, a Alberto Domingo y muchos más.

         Durante unos minutos hablamos informalmente mientras nos serviámos una nueva taza de café.

         – ¿Qué opina sobre Hasta no verte Jesús mío?

         –No esperaba a estas alturas su pregunta. Pero le voy a dar la opinión de mi marido, porque la comparto. A él le gusta el libro, pero dice que si sale una segunda edición deberán cortarle alrededor de cincuenta páginas. Sobre todo, lo que se refiere a la obra espiritual. A él la obra espiritual que a mí sí me gusta, le parece una mariguanada. Aunque debemos tener en cuenta que este Guillermo Haro es un crítico terrible. ¡Ah!, León Felipe le dedicó una vez un poema. Mire, de noche, suelo darle un libro y a los dos capítulos, en el caso de gustarle, lo tira con todas sus fuerzas contra el techo.

         – ¿Qué libros de escritores mexicanos ha visto usted tirar contra el techo a su marido?

         –Algunos.

         – ¿Cuáles?  

–Bueno, dejemos esto, ¿no?

Y aquí entre Elena Poniatowska y Juan Cervera Sanchís se establece un pacto de silencio. El moscardón verde se ha ido. Ah, sí nos percatamos de ello. El sol amarillea las tapias tras los cristales. Elena se va un momento a las estrellas, creemos que con su esposo, pues es astrónomo… Y de las estrellas la arrancamos preguntándole:

         – ¿Qué escritores mexicanos le interesan?

         –Carlos Fuentes. Creo que es el maestro de una generación. Luego, José Agustín, Gustavo Sáinz. Y hay una mujer Carmen Rozensweig, que es muy hermética y escribió un libro muy hermoso sobre la muerte de su padre: México 1956. Ah, y también Juan Manuel Torres.

         – ¿Qué escritores la hacen reír?

         –José Agustín en Amor del bueno; María Lombardo de Caso, autora de Una luz en la otra orilla, novela ésta muy poco conocida, y María Luisa Mendoza, “La China” Mendoza.

         – ¿A qué escritor mexicano concedería el Premio Nobel?

         –A Octavio Paz, a Carlos Fuentes y a Julio Torri, que es un viejito maravilloso.

         – ¿Qué es para usted el amor?

         –Ujule. El amor… Bueno, ahorita el amor, para mí, es mi vida con Guillermo. Guillermo cree, como Antonio Machado, que todo lo inventamos, que el amor también lo inventamos. Hay una frase de Esquilo, que dice: “Dios liberó a los hombres del temor a la muerte, dándoles quiméricas esperanzas…” Pero yo estoy un poco en desacuerdo con él, porque creo que no se puede inventar a un ser humano… Yo no puedo inventar a Guillermo. Lo que importa de a de veras es lo que el amor le aporta a uno o lo que uno hace con el amor. Yo he escrito muchos cuentos de amor y, recuerdo uno en que digo que el amor es “un grito que lo hace pedazos todo, incluso, incluso esto, esto que creemos nuestro amor, nuestro pobre amor de a tres centavos que zarandeamos por aquí y por allá; que traemos de la mano sacudiéndolo alegres y que, un día, llevaremos a cuestas como una carga insostenible y que quizás compartiremos, ya no más, por no dejar, por no decir: Cárgalo tú nomás”.

         – ¿Y se ha enamorado muchas veces?

         –Qué más da. Me he enamorado miles, ¿pero qué significa? Lo que importa, ya se lo he dicho, es lo que el amor le aporta a uno, lo que uno hace con el amor… ¿No cree?

–Creo en el amor sobre todas las cosas. Pero salgamos de este atajo. ¿Qué piensa usted del llamado “machismo” mexicano?

         –Que existe, pero opino que la culpa de que exista es más de las mujeres que de los hombres, porque como dice la Jesusa: “la mujer es una dejada, se deja, y hace lo que quiera el hombre”.

         – ¿Usted, en lo particular, es o no una dejada?

–En mi caso particular, manda Guillermo también, y además casi siempre tiene razón, porque él dice que en él, cada seis meses, hace crisis la inteligencia, y que en mí, cada seis meses hace crisis la imbecilidad, y entre ambas crisis es preferible la intelectual. Naturalmente, con este argumento, él gana.

– ¿Qué proyectos literarios y humanos tiene en estos momentos?

–Humanos, ya se nota: voy a tener otro hijo, dentro de dos meses. Literarios, trabajo en otra novela alrededor del tema de los herederos.

–Hablando de ese nuevo hijo, ¿prefiere niña o niño?

–Yo, lo que sea, pero Guillermo quiere un hombre.

– ¿El machismo?

–Puede ser. Y Elena Poniatowska se ríe. Yo me pregunto: ¿qué sentirán los niños por nacer cuando las madres ríen? Y formula otra pregunta.

         – ¿A quién le gustaría entrevistar?

         –A Bertrand Russell, y me hubiera gustado mucho haber entrevistado a Ho-Chi-Minh, por quien sentía y siento una profunda admiración y un enorme respeto.

         Y aquí entran otra vez en escena el gran Felipe y Cata. Yo solicito unas fotografías a Elena. Ella busca y busca. Murmura: “No tengo ni una buena. Todas están mal. Mire ésta, no está mal, pero se ve muy oscura”. Felipe y Cata nos observan a través de los cristales. Yo saludo a Felipe, y éste ríe con su boquita sin dientes. De repente, Elena me dice. “Falta algo. Me gustaría hacerle a usted una minientrevista”. “Como usted desee”. Y me dice:

–Usted me puso en un aprieto cuando me preguntó sobre el amor. Dígame, ¿cuál es su opinión sobre el amor?

         –Es algo que digo en una copla. Dice así: “Trabajo de enamorado: /darse por entero, darse / sin esperar nada a cambio.

         Elena Poniatowska se queda pensando. Al fin dice: “Oiga, ya es tarde y tengo que ir a una junta. Vámonos. Lo llevaré hasta un punto donde pueda irse para su casa”. Ella sube la escalera por la que bajó. Una parvada de gorriones cruza el ya pardo cielo. El gran Felipe y Cata aparecen ahora junto a mí. Abrimos la puerta por donde saldrá el carro. En la casa de enfrente, alguien, con una manguera, lava su auto. Felipe me ha echado sus brazos. Lo tomo en los míos y lo oigo decir: “Agua, agua”. Luego, lo enseño a decir “guapa”, aprovechando la ocasión para de forma indirecta piropear a Cata, Jesusa joven, que, coqueta, me mira con sus ojos negros felices. Aparece Elena y me dice, ya en el coche: “Cata se vuelve loca nada más de ver un hilo de pantalón”. Y poco después dejamos la cerrada del Pedregal, que se aprieta en sombras. Yo pienso: Aquí estaría sabroso tener una novia. Elena Poniatowska me habla de las maravillas del gran Felipe…En mi memoria revuelan mis sobrinos, de repente. Luego, nos asaltan los semáforos. Estamos ya en una avenida concurridísima. Y hasta aquí llegamos al sanseacabó con Elena Poniatowska. Un camión lleno de gente hasta los topes, nos espera en la esquina.

*****             

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI época, núm. 55, 15 de febrero de 1970, pág.3

*****

Imagen: http://grupolipo.blogspot.mx/2012/08/elena-poniatowska-una-princesa-que.html

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