Pilar Rioja o la levedad clarividente

*Imagen: http://www.nytimes.com/2007/08/23/arts/dance/23pila.html

            En los anaqueles, donde los libros aguardan ansiosos unos ojos para echarse a vivir, cuelgan, sin afanes escenográficos, una bata de cola, verde y negra, un traje de gitana, morado, como los lirios de Sierra Morena, y otro de sevillanísimos lunares rojos y blancos.

            En mitad de todo se respira un aire de ordenado descuido. Las cosas parecen no estar en su sitio. Están, empero, en su sitio exacto.

            En un rincón, bajo un ala de sombra, unos dibujos reflejan el tiempo perdido y ganado, paradójico hito, de unos braceados hipnóticos.

            Pilar Rioja nos recibe con esa ligereza de pierna y pie que nos trae a la memoria el andar ligero y postinoso de los pescadores adolescentes de los puertos andaluces. Sonríe lejana y próxima.

            Por allá lejos, distancias sin medida, alguien canta unas sevillanas corraleras. Un estremecimiento de bailes alados me trae al alma los agostos dorados y tórridos de otro tiempo, sudados al pie del búcaro y cautivos de las mecedoras de mimbre. Los enamorados de aquella otra edad cuentan de nuevo estrellas en la alta noche de mi imaginación.

            Pilar Rioja, lo quiera o no, y aunque nacida en Torreón Coahuila, tiene porte de mujer andaluza del pueblo, de aquellas que nacen con la cultura y la gracia en la sangre. Uno se confunde y vuelve a escribir los versos de Luis Rius:

            “Viendo a Pilar Rioja, desconfía,

            duda el geógrafo y se desengaña

            de su sabiduría:

            ya piensa si, en estricta geografía

            no es Torreón la capital de España”.

Mas después de Pilar bien podría serlo, pienso yo. Pero estas cuestiones aparte, dejadas en un ¡que más da!, tras las primeras impresiones nos sentamos frente a frente, y rompiendo nuestras timideces, hablamos. Al fin somos del mismo barro.

–El baile es algo que se trae en la sangre -le digo - ¿Qué antecedentes hay en Pilar Rioja por esas trochas del devenir y culminar en una gran artista del baile como ella?

            Pilar Rioja sonríe, abre sus ojos glaucos con curiosidad ladrona y mordiéndose las uñas comienza  a cazar recuerdos en los campos de su imaginación.

            –De que yo sepa no tengo ningún pariente que haya sido bailador. Pero… Bueno, a mis padres les gustaba mucho la danza. Ellos eran, él de la Rioja y ella de Burgos. Y mi papá fue un gran aficionado al toreo. Fue lo que se dice en España maletilla y dio sus naturales en alguna que otra tienta. Tan era así que le decían por sobrenombre “Belmontes”. Fue un fanático del gran Juan Belmontes.  Pero volviendo al baile, tanto mi madre como mi padre bailaban bastante bien la jota y, en las fiestas, había que verlos poner su alegría con aquel gran entusiasmo por la vida que tuvieron. Y ellos fueron los que me enseñaron a mí bailar lo que sabían antes de que yo echara los dientes.

            – ¿Ya desde entonces querían que fueras bailaora?

            –Tal vez, pues hay una cosa muy curiosa con respecto a mis padres. La mayoría de los padres quieren, mientras sus niñas son chiquitas, que estas hagan gracias y bailen o canten, pero nada más son mayores buscan segarle por completo este tipo de inclinaciones artísticas, sobre todo el baile, por una serie de prejuicios, que por lo menos en mi tiempo eran muy habituales. Como te digo, con respecto a mis padres, eran todo lo contrario, en lugar de desviar mi vocación, mientras yo crecía, más y más me la incrementaban. Ni qué decir tiene que el baile desde entonces era para mí la vida misma y, aparte, ellos, hermosa coincidencia, insistían ayudándome en todo a que continuara desarrollando mi vocación por él. Tan fue así que te voy a decir algo muy interesante: mi padre tenía un pequeño rancho allá en Torreón y un día, para que yo me pudiera ir a estudiar a España, lo vendió. Te lo digo todavía con emoción.

            Pilar Rioja guarda silencio. Las sevillanas corraleras llegan más intensamente a mis oídos. El traje de gitana, el de los lunares rojos y blancos… Me acuerdo de una novia lejana. Y los recuerdos a ratos pesan y hay que aligerarlos. Le pregunto para salir del ensimismamiento:

            –Y allá en España, ¿Quiénes fueron tus maestros?

            –Estudié en Madrid y tuve en el baile “jondo” un maestro extraordinario.

            – ¿Cuál?

            – Ná menos que al “Estampío”.

            El Estampío, pensamos y recordamos. Otra vez los recuerdos: “Memorable” y único, como un blasón ejemplar, casi olvidado de él mismo a fuerza de sentirse solo, y que fue en su tiempo el más cabal y permanente conservador de toda nuestra tradicional pureza “jonda”: Así hablaba del “Estampío” hace algunos años el poeta Caballero Bonal, cuando el gran viejo ya no era más que una sombra de cuanto había sido ese gran bailaor, que fue uno de los maestros de Pilar Rioja. Al verla bailar se entienden muchas cosas, que aquello de la ciencia infusa no es más que cuento.

            –Sí, con El “Estampío” estudié el baile “jondo”… Luego estudié la danza bolera del siglo XVIII con el maestro Ángel Pericet, con el padre, pues tiene un hijo del mismo nombre que anduvo por la Argentina. Los Pericet representan una antigua y sabia tradición familiar en esto del baile de mucho tronío. Allí en Madrid pasé dos años estudiando con pasión enamorada. Regresé a México y tras pasar aquí un poco tiempo retorné a España y estudié con Regla Ortega. Aquí en México también he tenido estupendos maestros como son Oscar Tarriba y Manolo Vargas.

            – ¿Y todas estas innovaciones hechas con la música barroca cómo se te ocurrieron?

–Esas ideas no fueron mías. Todo esto de la música barroca que yo hago se lo debo a un arquitecto español, ya fallecido, y que fue muy amigo de León Felipe: José Domingo Samperio, un hombre que podía dar cátedra de baile español, el más pintado. Según me contó Samperio él tenía estas ideas desde antes de la guerra civil española, pues él era muy amigo de Federico García Lorca y del maestro Manuel de Falla y tenía interés en la música y el baile. Quiso hacer lo que hizo conmigo con la Argentinita, la guerra se lo impidió. Aquí en México yo tuve la suerte de conocerlo, hablamos y logré ejecutar su idea, esto que él denominó exactamente “El arte del Danzado a la Española con Castañuelas en Concierto”, que ahora tanto gusta. Era como revivir juntos con Domenico Scarlatti, Arcangelo Corelli, Soler, Casanova, Gallets, gentes de la música, ballet, danza y ópera.

–A propósito de Samperio, murió en Málaga ¿verdad?

            –Sí, y yo acababa de estar con él. Recuerdo que la noticia de su muerte me estremeció en Madrid. Murió el 10 de octubre de 1968.

            –Creo que fue José Greco quien dijo algo así: “Y después que no me vengan a mí con el cuento de la suerte”. Se refería a la enorme entrega que el baile le exigía.

– ¿Aparte de traer “eso” –duende, ángel o como se le quiera llamar –cuántas horas dedica Pilar Rioja a su arte?

            –Todas. Realmente así podría decir -y sonríe-. Mira, yo hago hora y media de barra, o sea, danza clásica, pues creo que la danza clásica es básica para bailar luego lo que sea. Con ella se aprende a hacer piruetas, a tener equilibrio, a saltar… Hablo de la danza clásica de media punta. Esto lo hago en la mañana temprano y me sirve de calentamiento. Después de esto estudio con la pianista las sonatas: el vito, las jotas… todo lo que sea piano. Y ya son tres horas de vivir para el baile. Más tarde otra hora y media de guitarra… Y siguen ejercicios de castañuelas… Descanso el domingo.

            En esto del baile, como en todo lo importante de la vida, hay que estar siempre estudiando. Yo sigo tomando clases. Ahora, mi maestro Manolo Vargas, me ha puesto unas “soleares” y unos “mirabrás”.

            – ¿Pero también das clases?

            –Sí, tengo algunas alumnas. Para alcanzar la perfección, o por lo menos acercarse a ella, hay que enseñar y aprender, pues de todos aprendemos. El maestro aprende del discípulo, no se crea que nada más es el discípulo el que aprende del maestro.

            – ¿Hay muchas jóvenes interesadas en el baile español en México?

            –Bastantes. Y de ello podría hablarte, mejor que yo, mi hermana Milagros que es una excelente maestra y es quien está entregada al alumnado. Yo tengo que andar saliendo y…

            Llega Milagros, que es muy joven, y nos saluda. Luego desaparece. Allá en el estudio siguen cantando y bailando Sevillanas corraleras. Dos jóvenes con vocación por el baile entran en nuestro círculo de libros, bata de cola y trajes de gitana. Son Pilar Medina, con el perfil agitanado y Matilde Souto, nieta del pintor Souto e hija del escritor Arturo Souto. Curiosas nos escuchan y yo, andaluz parlanchín, les pido que me echen una manita en el trabajo de conversar con Pilar Rioja, ellas deben conocerla muy bien y deberán tener preguntas inteligentes que hacerle. La chica con aíre agitanado -Pilar Medina -le plantea esta pregunta:

            – ¿Yo le preguntaría qué es ella misma dentro de la danza?

            –Sin la danza Pilar Rioja no sería nada -responde la señora del duende y dueña y señora de la levedad clarividente.

            Y hablamos de que los planetas danzan al ritmo de la noche y del día; de que danzan las aves; de que danzan los peces, los insectos… de que el universo es una danza cambiante y mágica.

            Matilde Souto, que apenas tiene dieciséis años, está interesada en saber  si Pilar Rioja en cada danza expresa un sentimiento distinto.

            –Sin duda -responde la maestra con una sonrisa comprensiva.

            Pilar Medina, de repente nos dice: 

–Yo le digo un secreto: A Pilar hay que verla poco a poco y luego…

Matilde Souto nos dice:

–Al verla bailar yo me siento seducida por su mano, por su tobillo. Y a veces un gesto, una sonrisa suya, su mirada...

Y nos acordamos de aquello que se decía de Antonia Mercé: que bailaba con los ojos “centrando en ellos toda la penetración femenina y sugestión de su movimiento corporal”.

Pilar Medina añade:

–Aquí es tímida, pero cuando sube a un escenario se desenvuelve de tal manera que es la Pilar integral que es ella.

            Por nuestra memoria revuelan los versos de Rius:

            “Podría bailar

            en un tablado de agua

            sin que su pie la turbase,

            sin que lastimara al agua”

            Cae un silencio sobre nosotros, Pilar Rioja lo rompe al decirnos:

–Siento que mi casa es el escenario. Me siento mucho mejor allá arriba que acá abajo.

            Y hablamos del artista, donde nos ha llevado Pilar Medina, y parecemos estar de acuerdo en que el artista puede no ser padre, no ser esposa o esposo, no ser amigo; no puede ser esto o aquello, pero por nada del mundo puede dejar de ser artista, porque entonces no sería absolutamente nada. Nada sería Pilar Rioja si no fuera bailarina, pensamos nosotros.

            Pilar y Matilde se despiden. La hora de clase es sagrada y ellas quieren ser lo que ya sueñan, lo que admiran en la maestra.

            El baile, el baile. Pilar Rioja nos contesta:

–En mis programas yo bailo de todo. Si no bailo de todo no me siento completa. Empiezo con sonatas. Ya sabes, el fandango de Boccherini, sigue el vito de infantes. Las sevillanas boleras del siglo XVIII, los tangos del Piyayo, pero, de corazón te lo digo, con el flamenco, con el “jondo” es, de pura ley, cuando llego al clímax. Yo necesito bailar “jondo”, ahí pasa algo que no pasa con ninguno de los otros bailes. Se acerca una al no sé qué y como que se orillan y casi se palpan todos los misterios.

            –Y bien: Es cierto lo que aseguran los “cabales” -hablo de lo “jondo”- ¿que el baile se baila desde dentro, para uno mismo y para exteriorizar algo que nos martiriza o deleita?

            –Principalmente yo bailo para mí. Y sucede algo: si de verdad está una bailando para una eso trasmite algo muy profundo y entonces el pueblo está con una. Se da la comunión.

            Un aíre inesperado mueve la bata de cola verdinegra. Pilar se pierde en bailes imaginarios. Sonríe desde lejos como a veces leemos en sus labios, cual si estando junto a nosotros ya no estuviera. Y le preguntamos:

– ¿Estás de acuerdo con nosotros en que la verdad del baile no se puede aprender en ninguna academia?

            –Totalmente. La técnica no es más que el medio para expresar algo muy interior, muy de una. Pienso que hay que olvidarla, en cierta manera, para bailar de verdad, de lo contrario… Sí, es cierto el genio no se aprende.

            – ¿Qué es lo más difícil para ti cuando sales a un escenario?

            –Sabes que pienso yo qué es lo más difícil que hay en un escenario: caminar, plantarse, levantar los brazos.

            – ¿Qué pasa dentro del que baila, allá arriba?

            –Hay una transformación. Y si no se llega a esa transformación es que no ha pasado nada. Hubo pantomima, gimnasia, pero baile no. Pero esa transformación, ese éxtasis, desgraciadamente no siempre es posible, es algo así como si no dependiera del todo de nuestra voluntad. Y aquí nos acercamos y topamos con el misterio. El baile es un misterio, como la misma vida.

            – ¿Es, en esos momentos, como el descubrimiento del amor?

            –Sí, creo que sí, y también, para mí, como la muerte. Me preocupa mucho la muerte. Hay veces que me obsesiona. Le tengo un miedo enorme. Los momentos más importantes de mi vida están relacionados con la muerte, en especial la de mi padre, que fue algo sin nombre. Ahora mismo que te hablo de ella me vuelvo a estremecer. Recuerdo que llegué a sentir aquello que decía Miguel Hernández de escarbar la tierra para reencontrarme con mi muerto. Y aquella impotencia frente al hecho… Es terrible, es terrible. La muerte de mi padre me dio rabia, me llenó de desesperación. Fue una muerte repentina. Con mi madre fue distinto. Ella padeció una larga enfermedad y cuando sentí su muerte me dio ternura. La muerte es una constante en mí, y pienso en ella siempre. No entiendo y no entender es angustioso. Quizá por eso crea en lo mágico, y, de repente sea supersticiosa, pienso que todo eso -magia y superstición- me aclaran algo del misterio, aunque la realidad sea que la confunden más a una todavía. ¡En fin!

            Busco cambiar de tema. Pilar Rioja está nerviosa. Le hablo de bailes antiguos: la zarabanda, la chacona, el escarramán. Ella me dice que le gustaría bailar, si consiguiera la música, la zarabanda y que bailó la chacona. Y de aquí pasamos a los bailaores y bailaoras que a Pilar Rioja le han hecho temblar:

–Son varios –nos dice- El “Estampío” era imponente. Y Manolo Vargas, a quien vi antes de salir de México, me impresionó de tal manera que aquella primera vez que lo vi ya no le he podido olvidar. También Antonio Gades me impresiona. Y no se diga Carmen Amaya, que es cosa aparte, pues como ella nada más que ella ha podido bailar. No es posible imitarla. También recuerdo a Regla Ortega, cuando tomaba clases con ella, no la vi bailar en público, pero le vi cosas extraordinarias en su estudio. Era una mujer con un duende increíble.

            – ¿Qué cree que ha aportado al baile Pilar Rioja?

            –Hombre, te contaré. Cuando vino Samperio a decirme lo de las castañuelas con la música barroca a mí me pareció muy bien, pero le dije que aparte de tocarlas yo quería bailar. A él le pareció muy bien. Pienso que esto fue una aportación. Yo tomo pasos de la escuela bolera y también le pongo el braceo de la escuela bolera y flamenco. Los pasos, por ejemplo, de la escuela bolera son pasos de ballet, pero no hay que bailarlos exactamente como lo hacen los bailarines clásicos, sino con el toque español, cual debe ser, pues no está una bailando ballet clásico sino español.

            –Y a propósito, ¿cómo definiría Pilar Rioja el baile?

            Pilar Rioja sonríe, silba, se muerde las uñas y exclama:

– ¡Ay! ¿Qué será? Ya me pusiste en un gran apuro. Yo no sé definirlo, la verdad, pero hay gentes que si saben decir cosas muy bonitas sobre lo que es la danza, por ejemplo recuerdo que Marcelle Vourgart decía: “La danza es la más humana de las artes, pues en ella se unen el espíritu y el cuerpo al servicio de la belleza”, pero… Y Pilar Rioja nos sonríe y nos mira con asombro desde sus ojos glaucos.

            Finalmente me cuenta que acaba de llegar de Rusia donde actuó en numerosas ciudades, en donde filmó un programa de televisión, donde bailó y bailó. También nos habla de cuando estuvo en España, en Canadá, en Estados Unidos, en Centro América y que piensa ir pronto a Sudamérica, que ya ha estado en Colombia. De repente, nos manifiesta que la televisión rusa es estupenda. Hacen unas tomas extraordinarias, nos dice que en eso son maestros.

            – ¿Y qué teatros son los que más impresionan a Pilar Rioja? 

            –Bellas Artes, La Zarzuela y las grandes salas de conciertos de Leningrado y Moscú. Me ponen muy nerviosa, pero siento que es bueno, porque eso me ayuda a superarme.

            Se escuchan ahora de nuevo Las sevillanas corraleras y Pilar nos ilustra:

Las sevillanas son un baile básico para la danza española. El braceo de las sevillanas es muy rico y muy bello. A mí me encantan.

            Y escuchando sevillanas corraleras nos despedimos de Pilar Rioja, intérprete a la altura del que más de la danza española, del baile “jondo”, y mujer clara y sencilla que nos recuerda, por es su estampa, a las mujeres -del pueblo -que acuñaron nuestra infancia andaluza.

*

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI época, núm. 377, 25, Abril de 1976, pág. 4

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