Manuel Rodríguez Lozano. Genio de su siglo y de su raza.

                                                       
                                            

"Manuel Rodríguez Lozano, alza la cabeza, como las llamas, por sobre las dos o tres canalladas serias que le ha hecho la vida, y domina con los ojos las puntas de la hierbas". Así se expresaba Alfonso Reyes al referirse a Rodríguez Lozano.

Andrés Salomón, francés universal, dijo de él: "Rodríguez Lozano, apasionado, pero lúcido. Ferviente inventor de signos plásticos; de cifras que fijarán en constelaciones espirituales el genio de su siglo y de su raza".

Con Rodríguez Lozano, que a los veinte años ya era famoso y que quizás por eso, más que por otra cosa, muchos no lo han sabido perdonar, platicamos hoy, en unión de su amigo Gilberto Rivera Jiménez, de profesión plomero. Los amigos del gran pintor son en su mayoría gentes sencillas, pues entre las gentes del pueblo, es donde él se siente más a gusto, aunque tenga amigos en todas las esferas sociales. Tras consumir varios cigarrillos en charla informal, dimos comienzo a nuestra conversación, no menos informal, porque entre amigos no es posible hablar de otro modo. La formalidad es como un guiso sin sal, y eso se queda para aquellos que gusten de las cenas que sirven en los homenajes, y aquí, nosotros, estábamos gozando de una merienda de cabreros en mitad de la sierra. Esto es, pues, otra cosa.

–Bueno, voy a empezar a escribir, Manuel. Hábleme de su pintura, de lo que quiera y como quiera.

–Yo soy el mismo siempre como pintor, como escritor, como educador y como hombre: vertical. Mi pintura es la única pintura mexicana que hay. Vamos a ver, ¿usted cree que sus glándulas pueden estar segregando constantemente? Pues bien, Diego Rivera se pasaba la vida pintando kilómetros y kilómetros sin detenerse siquiera a respirar. ¿Cree usted que uno puede expresar un sentimiento sin parar? La vida en cualquier orden, al recibir una impresión, necesita un proceso de gestación interior para luego devolverla como obra de arte. Y Orozco, que es el mejor de ese disparate llamado "Los tres grandes" –cuando en arte no hay grandes ni chicos, solamente hay arte –, cuando no era académico y dejaba de hacer caricatura, imitaba a Toulouse Lautrec, auque sin llegar nunca a la finura y la gracia de éste. Va a Europa y se vuelve, ¡hágame usted el favor!, expresionista. ¡Expresionista un pueblo introvertido como el nuestro! Eso es más que imposible. De ahí que ni uno ni otro sean México, porque el pintor, así lo entiendo yo porque así debe ser, es la voz viva de su pueblo, y debe cantar, llorar, injuriar poéticamente con él y por él, porque la pintura es un lenguaje poético o no es nada.

–Y bien ¿cómo ve usted el panorama pictórico mexicano?

–Yo tengo un cuadro que está en el INBA y que se llama Los rebeldes con causa. La causa es la siguiente: cuando yo era chico mi familia me decía: "Hay que estudiar, hay que hacerse un porvenir". Al terminar la primera guerra mundial, se decía: "Hay que pensar en el mañana". Finalizada la segunda: "Hay que pensar en el instante", y como la juventud no sabe cuándo nos va a llevar el "Diablón", piensa, y con justa razón, que para qué estudiar y para qué hacer nada, si ignoramos a qué hora nos vamos a ir al abismo. Además, si los valores actuales son el Ratón Macías, el Alacrán Torres, etc., ¿para qué hacer nada que valga la pena, si a bofetadas y a trancazos es como se gana el honor y el dinero? Mire usted al cantante Raphael se le van a pagar seiscientos mil pesos; Ana Luisa Pelufo gana cien mil mensuales… La reflexión tiene que ser por fuerza: ¿Para qué me ocupo de hacer obras de arte, si ello no cuenta en lo más mínimo? Por eso, entre otras cosas, yo veo que nuestro panorama pictórico está perdido. Y es lógico, hoy día se pinta con las orejas, con la boca y hasta con las nalgas. Y en este caos en que vivimos es natural que no pueda hacerse lo que verdaderamente es pintura.

–¿Y hacia dónde cree usted que va la pintura mexicana?

–Hacia el drenaje. Mire usted, la pintura española es universal por ser española; la italiana por ser italiana; la francesa, no la de París, por ser francesa. ¿Cómo, pues, es posible hacer pintura mexicana imitando los "ismos" de Europa?

– ¿Cómo definiría usted el arte?

–Te voy a contar una anécdota que le sucedió a mi amigo Pablo Picasso. Pues bien, resulta que un día llegó a la casa de Picasso, estando yo allí, Elena Errazuri y, al ver un cuadro de Pablo, le dijo: "Ay Pablo, me gusta ese cuadro que tienes ahí, pero la verdad no lo comprendo".

Pablo Picasso me miró y, tras sonreírse, se dirigió a Elena para decirle: "¿Te gustan las ostras, Elena". "Me encantan". "¿Las entiendes?" Esta es la anécdota, amigo mío. Pero me resta decirte algo más: El arte es universal porque el verdadero artista trabaja sobre los invariables humanos. Hijos de p… hay en China, en Norteamérica, en Rusia, en España, en México…En todas partes hay gentes crueles, mezquinas, generosas, buenas, en fin, en cualquier parte del globo se encuentran todos los defectos y todas las virtudes humanas en potencia y, cuando el artista trabaja sobre esos elementos sinceramente es cuando de verdad da en el clavo.

– ¿Cree usted que la pintura moderna ha superado a la antigua?

–Categóricamente, no. Porque no es pintura lo que se hace hoy. Yo, en un ataque que le hice a mi gran amigo Picasso, le dije: "No sé por qué impotencia este mundo moderno, cuya cultura maravillosa ha realizado las más grandes obras, los escritores no inventan un nuevo abecedario para escribir bla, bla, bla, que sería el equivalente de sus abstracciones".

–Nadie hasta ahora nos lo ha dicho, de entre los pintores a quienes se lo hemos preguntado: ¿Cómo conserva usted sus pinturas?

–Colgadas en la pared.

–Bueno, seguimos en las mismas. Vamos a otra cosa, ¿podría usted decirnos dentro de qué corriente está su quehacer pictórico?

–Me consideran en todas partes del mundo cómo el clásico impar. Dicen que Goya viene de Jacobo Robusti "Tintoretto", Rafael y Miguel Ángel, de Piero de la Francesca… Yo no vengo de nadie, yo sólo vengo de mi pueblo.

–De no ser pintor ¿qué le gustaría a usted ser?

–Amigo mío, yo soy lo que nací y nada más, y nadie puede ser otra cosa que lo que es. Yo soy, y es bastante.

– ¿Qué color prefiere usted?

–Yo inventé mi paleta: negros que son negros, blancos que son blancos, rojos que son rojos…

–Cambiando de tema, ¿puede decirnos usted que es el amor?

–El amor es como todo: pasajero, pero mientras dura, y cuando es verdadero, es una entrega completa.

 – ¿Se ha enamorado usted muchas veces?

–Sí, varias; pero yo nunca vivo de recuerdos; lo que viví, ya lo viví, y lo que me interesa siempre es lo que estoy viviendo. Pero hablamos del amor y quiero contarte algo que cierta vez le dije al doctor Gregorio Marañón. Es un cuento que yo titulo "La paloma y el pescado". Un día, hablando con el mentado doctor, muy amigo mío, le plantee este problema diciéndole: "Don Gregorio, ¿cree usted que una paloma y un pescado podrían amarse y realizar su amor? ¿Cree usted que la paloma no se ahogaría si bajase a las entrañas del río o que el pescado no se asfixiaría si intentase salir del agua en busca de la paloma? Y si dos seres perfectamente constituidos sólo se aman en una mínima parte, ¿cree usted que dos seres que no son realmente iguales lograran de veras amarse?" Espero que usted me entienda, amigo mío. Piense, piense y verá que la angustia del hombre es precisamente la soledad.

–Lo entiendo y espero que mis inteligentes lectores también lo hayan entendido. Hábleme ahora de la vida, ¿qué piensa usted de la vida?

–La vida… Yo tenía diecisiete o dieciocho años y estaba en París. Trataba a Joyce, el autor de Ulises y a todos los genios de Europa. Ellos hablaban y hablaban de los libros que leían; yo siempre estaba callado porque no había leído ninguno de aquellos libros que allí se comentaban. Un día me dije: Leeré todos esos libros y los leí, y supe que en ningún libro podía aprender lo que yo quería saber. Por eso me pregunté: ¿si no me entiendo con mi familia cómo me voy a entender con los libros? Y dejé la lectura. Luego reflexionando más y más, me volví a preguntar: ¿Qué es lo que me interesa de verdad? La respuesta fue esta: La vida, que es lo único que tengo. Y me dediqué a vivir la vida, que es como un río donde se reflejan los árboles, los pájaros, hasta que llega al mar, que es el morir. Por eso creo que el que pierde el tiempo, pierde la vida. Y, sin embargo, hay gentes que no tienen para unos calcetines y están soñando con un coche de lujo. Esto es un derroche inútil y absurdo de tiempo, es decir, de vida.

– ¿Qué opina usted de la agresividad?

–Mire usted, las gentes llaman agresivo a todo aquel que dice la verdad; porque todo el mundo suele enmascararse.

–Usted, que es un gran aficionado a los toros, díganos, ¿qué es el temple?

–Templar es ajustar la velocidad de la bestia al ritmo que van marcando el capote o la muleta. Templar es dibujar. Dibujar es templar las formas: la sensibilidad hecha inteligencia.

– ¿Y qué es para usted el arte de torear?

–Torear es pensar con la sensibilidad: el más leve error ocasiona la muerte.

– ¿Qué piensa usted del torero?

–El verdadero torero torea para las estrellas: el público no cuenta.

– ¿Y cómo ve usted, aficionado viejo, actualmente la fiesta?

–La fiesta está perdida.

–Bueno, ahora yo deseo que Gilberto Rivera Jiménez, plomero de profesión, aquí presente, sea el que siga interrogándolo. ¿Lo permite?

–Cómo no, es un gran amigo.

–Pero, hombre –dice Gilberto –, yo qué sé de estas cosas.

–Estamos aquí en plan de amigos, Gilberto, olvide usted que voy a escribir lo que usted pregunte, y pregunte.

–Bueno, le haré una pregunta o dos, como más, al maestro Manuel, ¿por qué le gusta a usted vivir así?

–Porque soy consecuente con mi manera de vivir y de pensar, Gilberto.

Luego, Manuel Rodríguez Lozano se dirige a nosotros y nos dice:

–Gilberto es un gran amigo, y además un obrero extraordinario; en él confirmo a cada rato esa maravilla que tiene nuestro pueblo para realizar todo lo que hace con unas manos de prodigio. 

–Bien, Gilberto, déme usted ahora su opinión sobre el maestro, olvidando, claro está, que él está aquí presente.

–A mi entender, Manuel es muy buena gente; es un hombre sencillo que acepta y da su amistad a cualquier clase de gentes y primordialmente al pueblo que es de donde yo vengo, como usted ve.

Y aquí encendemos otro cigarrillo. Gilberto, amable, nos da fuego a Manuel y a mí. Rodríguez Lozano nos cuenta ahora un cuentecillo andaluz:

–Os voy a contar un cuento muy gracioso:

Una vez, un gitano venía por un camino con un burro robado. En una vuelta del camino, se encontró con un pintor que estaba pintando un paisaje. Al ver aquello, se olvidó de que los guardias podían salirle al paso y se acercó al artista. Lo miró de arriba a bajo y, sin saber lo que allí pasaba –el pintor apenas si había dado comienzo a su pintura, dijo acercando a su burro: "Josú lo que inventan los hombres "pa" no trabajar. Yo al menos me juego el tipo".            

  Gilberto y yo nos reímos. Pero se ha hecho tarde. Se nos ha ido el día volando. Son las cuatro de una tarde soleadísima y polvorienta. Manuel Rodríguez Lozano vive cerca del Puente de Alvarado. El polverío es tremendo, con las obras del * "Metro". Nos despedimos de él, le decimos hasta luego, pero antes, como si el polvo que entra por la ventana refrescara nuestra memoria, le recitamos a Rodríguez Lozano una décima de las que Alfonso Reyes le hizo:

"Insobornable pincel,

certero como florete,

y que nunca se somete

ni al oro ni al oropel:

tal ha sido y tal es él,

Manuel Rodríguez Lozano,

buen pintor y buen hermano

en su arisca soledad,

porque lleva la verdad

en el pulso de la mano".

 

–No se imagina usted lo que me ha hecho sentir con esa décima –nos dice con los ojos nublados –. Yo no pinto desde que Alfonso murió en 1960.

Los tres guardamos silencio.                   

 Y cuándo ya me he puesto en pie para levantarme llega Humberto Santos, director de un grupo de damas modernas, y como si hubiera adivinado todo lo que pasaba le pregunta al maestro:

-      ¿Por qué ha detenido usted su obra, maestro, si habemos muchos jóvenes que deseamos ver más?

–Porque a mí, como a mi pueblo –dice con amargura Rodríguez Lozano –las clases dizque privilegiadas no nos han hecho más que puras bajezas.

Y aquí dejamos al maestro que con Gilberto sale a despedirnos a la escalera, a esa escalera raída, con cavernas de país subdesarrollado, que hay que subir para llegar a su casa y, cuyo barandal de madera, como del piso huye la mano por miedo a que se astille. Al subir no nos percatamos muy bien de esto, pero al bajar, bajamos pensando muchas cosas, al mismo tiempo que observando aquella entrada horrenda que lleva al cubil donde habita uno de los más grandes artistas de México.

*    

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, VI época, núm. 13, 27 de Abril de 1969, pág.5

*

Imagen: http://champy-decomalaamacondo.blogspot.mx/2009/08/manuel-rodriguez-lozano.html


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