¿Cuánto tiempo?

Por Leonel Puente - 18 de Junio, 2012, 15:01, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

                                                   

Sólamente recuerdo que estaba leyendo algo acerca del polvo...

No recuerdo precisamente si era un artículo titulado Ecología del polvo de un par de autores homónimos llamados Guillermo Murray (padre e hijo, el uno maestro en ciencias biológicas, el otro maestro en psicología) o las Profecías del polvo de Juan Cervera Sanchís, a quien últimamente le ha dado la manía de firmar sus obras agregando, después de su nombre completo, los apellidos maternos de sus progenitores: Jiménez y Rueda. Si yo lo imitase, entonces tendría que firmar mis textos de la siguiente manera: Jesús Leonel Puente Colín de Anda y Álvarez. Un nombre que se me antoja muy largo, además de que el tal Jesús nunca lo he utilizado más que por convención civil: así estoy registrado y bautizado, así me llamo también; pero en mis relaciones cotidianas es casi inoperante ese apelativo...

Quizás no esté tan equivocado Don Juanito, ¿por qué no invocar a nuestros ancestros de sangre más próximos para sentirnos acompañados en ésta extraña y a veces desgastante jornada sobre la tierra? Posiblemente sea un recurso certero, una especie de sortilegio existencial. Constelaciones familiares las llaman ciertos psicólogos de corte metafísico, si no me equivoco...

Algo sobre el polvo estaba leyendo, ó, más bien, releyendo, porque Las profecías del polvo ya tienen varios años de haber sido escritas y llevo varias semanas aplazando la redacción de una reseña acerca de ese metafórico y alucinante texto. Sólo releo o transcribo algunas frases contundentes; en ciertas ocasiones realizo algunas anotaciones marginales o aventuro algún comentario; pero nada más. Debo ser más concreto, crítico y creativo. Nadie puede volver de sus abismos. La vuelta no es posible. El tiempo ido es ido irremediablemente...

Algo sobre el polvo estaba releyendo, quizá era ese artículo de reciente publicación en una de las revistas de divulgación científica de la UNAM. ¿Será verdad que la poesía más sublime y la tecnología de punta se tocan en sus extremos para completar la espiral evolutiva del conocimiento humano? No creo que sea necesario retornar a la brujería para comprobarlo pues, si el científico descalifica al poeta, o el poeta olvida como multiplicar 2X2, ocurre lo contrario: la involución. Sea como sea, desde la primera lectura de aquel artículo me quedó muy grabado el hecho de que, a veces, hasta el 90% del polvo doméstico está conformado por células muertas de nuestra propia piel...

Estaba, pues, releyendo algo acerca del polvo, me fui a recostar un rato, y me quedé dormido con la luz prendida. Al despertar sentí escalofríos porque recordé un pasaje de la novela 1984 de George Orwell. – ¿Acaso estoy atrapado en El lugar donde no hay oscuridad?— pensé de pronto tiritando por el frío de la madrugada. Salté cuál felino que ha olido peligro cercano y recorrí todas las habitaciones de la casa apagando y encendiendo las luces; miré bien, revisé cada rincón para cerciorarme de que todo estaba en su sitio y bajo control. Me fumé luego varios cigarros, uno tras otro (aclaro que eran de tabaco, no se vaya a pensar que me drogo ilegalmente). Legalmente me apliqué una sobredosis de nicotina, que aceleró el torbellino de mis pensamientos, y me tomé medio vaso de tequila de un jalón...

Eran las 4:30 A.M. y la casa estaba fría y silenciosa; anormalmente silenciosa porque en general siempre hay algún ruidillo por aquí o por allá, sólo es cuestión de concentrarse y de escuchar; pero ésta vez no, nada, silencio total en el exterior...

Recapitulando... Estaba releyendo algo acerca del polvo antes de quedarme profundamente dormido. De aquel letargo, un silencio total y absoluto me despertó. No diré que se me apareció el fantasma de mi padre muerto o el espectro del maese Marroquín, sería mentira: nunca he visto seres sobrenaturales, ni quiero verlos; sin embargo, después de un rato de confusión, fui a buscar mi libreta de apuntes y busqué la última página escrita: ¿Cuánto tiempo puede uno perder antes de perderse para siempre? Como simple frase interrogativa, hasta califica para slogan de una compañía de seguros o para la tarjeta de presentación de un pastor evangelista; pero como serio cuestionamiento acerca del desempeño propio, a lo largo de la vida, se vuelve una sentencia acuciante, reveladora, demandante...

¿Cuánto tiempo puede uno perder antes de perderse para siempre? No lo sé, sinceramente no lo sé. De lo que si estoy completamente seguro es de que, si por el tiempo malgastado pierdo la partida contra el destino y la muerte, nadie más que yo será el responsable de esa amarga derrota.

¿Cuánto tiempo puede darse uno el lujo de perder antes de perderse eterna e irremediablemente? ¿Cuánto tiempo?

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