17 de Junio, 2012

Jaime Torres Bodet. El gran poeta.

           

           Torres Bodet ha escrito substanciosos y profundos ensayos sobre los más variados temas; discursos que, como los de Demóstenes o Cicerón, y no se crea que nos excedemos en el elogio, son modelos en su género. Es además un estupendo novelista y, sin la menor duda, el crítico literario más importante que ha dado México en los últimos tiempos. Pero sobre todo, es un gran poeta, aunque algunos, según hemos podido observar por ahí, quieren negarle el don de la poesía.

         Y, sí, señores, como poeta, y antes y después que nada como poeta, es como a nosotros nos ha emocionado Torres Bodet. ¡Y qué poeta es el autor de El corazón delirante, La casa, Destierro, Fronteras y Sin tregua, entre otros libros de los que su estro nos ha regalado¡

         Sí, queremos remachar bien esta idea: Torres Bodet es genuina y substancialmente, poeta, aunque como todo gran hombre tenga sus detractores que, entre las sombras, quieran negarle su don más preciado. Comprendemos, por otro lado, la insidia disimulada de ciertas gentes, por lo común frustradas, contra Torres Bodet, en lo que respecta a negarle el don mágico de la poesía. Este griego de América y mexicano universal, ha ocupado importantes cargos públicos y, desde que el mundo es mundo y, mientras lo siga siendo, los hombres que destacan con luz propia despiertan la envidia; de ahí que los envidiosos, molestos secretamente, corran la falsa leyenda de que Torres Bodet es sólo un gran ensayista, un prosista excelente, un crítico extraordinario, pero un poeta de segunda, cuando la verdad es que Torres Bodet es mejor poeta que todo lo demás.

         Los que duden, que vayan a las fuentes y beban allí, verso a verso, la poesía de Torres Bodet que, con la de J. Gorostiza, C. Pellicer, S. Novo, E. Huerta, Octavio Paz, Ali Chumacero y muy pocos más (no hablo aquí de los jóvenes) es parte esencial del cimiento que sostiene la alta torre de la poesía mexicana contemporánea y una de las más importantes, sin duda, en conjunto, que se ha escrito en los últimos años, y se está escribiendo en la lengua inmortal de Jorge Manrique.

         Con este gran poeta mexicano que es Torres Bodet hemos querido dialogar, en la plaza pública, que es siempre la entrevista, para nuestros dilectos lectores, Aquí está, pues, el diálogo. Atención a lo que nos dice Torres Bodet, amigos:

         – ¿Cuándo comenzó a escribir Jaime Torres Bodet?

–A los doce años. Lo he contado ya en un libro autobiográfico: Tiempo de arena. Estudiaba entonces en la Escuela Nacional Preparatoria, de la ciudad de México. Mi profesor de Literatura Española -el poeta Enrique Fernández Granados -solía ilustrar sus lecciones con lecturas de textos inolvidables. Gracias a esas lecturas, conocí a Garcilaso de la Vega, a Fray Luis de León, a San Juan de la Cruz, a Lope de Vega… Y, con mayor ingenuidad que efectiva audacia, comencé a trazar mis primeros versos. Trabajé cuatro años. Me asomé a la obra de los modernos: Rubén Darío, Amado Nervo, Leopoldo Lugones, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Guillermo Valencia, Enrique González Martínez. Y, también, a la poesía francesa: desde Ronsard hasta Rimbaud y los simbolistas que estaban en boga. La influencia del autor de la "muerte del cisne" es perceptible, sin duda, en aquellos ensayos.

– ¿A qué edad publicó su primer libro y en qué fecha?

–Mi primer libro, Fervor, apareció en México durante el otoño de 1918. Tenía yo dieciséis años.

– ¿Cómo ve el panorama literario y, en especial, el poético de México?

–Con satisfacción, como mexicano. Con renovado aliento, como escritor. Advierto, en ese panorama, diversas rutas: la que busca lo nacional a través de lo universal y la que encuentra lo universal a través de lo nacional. Ambas me parecen muy respetables. Alfonso Reyes dejó un ejemplo para los que siguen la primera, y Ramón López Velarde otro para los que optan por la segunda… En México, ha descollado frecuentemente la poesía. Y no sólo la poesía en verso; pues no olvido la poesía en prosa, tal como la encontramos en ciertas páginas de Julio Torri, de Gilberto Owen o de Ermilo Abreu Gómez, el de Canek.

– ¿Hacia dónde cree que va la joven poesía mexicana?              

         –Hacía una expresión más original -y quizá más ardua -de lo que los jóvenes quieren ver en el mundo de hoy. Reconozcamos que se trata de un mundo oscuro, complejo, rebelde y acongojado. La inconformidad, si es genuina anuncia honradez de espíritu. En una época de rápida evolución, como la que nos ha tocado vivir, han llegado incluso a pensar muchos intelectuales que las pasadas generaciones pertenecen más bien a la prehistoria… Pero ¿dónde concluye, en verdad, un ciclo cultural? Solo el tiempo dirá si lo que las promociones de ahora suponen muerto, murió del todo, o si mucho de lo que niegan revivirá, transformado tal vez por su propia acción.

– ¿Qué poetas jóvenes mexicanos destacaría Torres Bodet?

–Aquí también su pregunta plantea un problema previo. ¿Cuándo acaba la juventud de un poeta? ¿A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años... Optemos por un límite arbitrario como cualquier otro. Hablemos de los que tienen menos de cuarenta; esto es, de los que vienen después de Octavio Paz, Efraín Huerta, Neftalí Beltrán, Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos y Jaime Sabines. De ellos aludiré a José Carlos Becerra, a Marco Antonio Montes de Oca y a José Emilio Pacheco.

– ¿Qué poeta mexicano de todos los tiempos considera usted el más importante?      

         – ¿Uno? ¿Uno solamente…? permítame, al menos, citar a dos. Y, para no hablar de los vivos, déjeme mencionar a Sor Juana Inés de la Cruz y a Manuel José Othón, el del "Idilio salvaje".

–Como crítico literario, ¿cuál libro de poesía, escrito en México en los últimos veinte años, cree que ha sido el mejor?

–Tres importantes colecciones de poesía han aparecido en México en los últimos veinte años, la de Salvador Novo, en 1961, la de Carlos Pellicer: Material poético en 1962, y la de José Gorostiza, en 1964. Pero todas ellas reproducen -reducen o amplían -volúmenes publicados en anteriores decenios. Señalaré, por consiguiente, un libro dado a la imprenta en 1956: Práctica de vuelo, de Pellicer.

– ¿Cómo ve la poesía mexicana y qué títulos destaca?

–Como la poesía, la novela mexicana atraviesa una crisis que, para algunos, es de definición y, para otros, de nuevos descubrimientos. En el siglo XX, desde Fernández de Lizardi hasta Ángel del Campo "Micrós", tuvimos excelentes narradores, como Luis G. Inclán, Manuel Payno, Ignacio Altamirano y Rafael Delgado. En el XX, tanto como a Mariano Azuela y a Agustín Yáñez, desearía recordar aquí a escritores que hicieron del relato más o menos autobiográfico, verdaderamente grandes novelas -de pasión y también de acción. Pienso en el Ulises Criollo, de José Vasconcelos, y en El Águila y la Serpiente de Martín Luis Guzmán. De Mariano Azuela señalaré Los de Abajo y La Malhora. De Agustín Yánez, Al Filo del Agua. La Novela de la Revolución Mexicana cuenta con obras valiosas, como algunas de Rafael F. Muñoz, José Mancisidor, Mauricio Magdaleno y Francisco L. Urquizo. La antinovela principió entre nosotros con el Pero Gann, de Genaro Estrada, ingeniosa parodia del género "colonial". Rubén Salazar Mallén constituye un caso característico, de veracidad amarga y atormentada. Desde hace más o menos  veinte años, nuestros novelistas buscan otros caminos. Algunos los han hallado, con éxito incuestionable. Los nombres más conocidos son los de Juan Rulfo, José Revueltas, Juan José Arreola, Luis Spota, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Rafael Solana, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Sergio Fernández.

–¿Cómo ve el teatro mexicano y qué autores destacan en los últimos años?

–Cada día -y con razón -el público y la crítica dedica mayor interés a nuestro teatro. Muertos Xavier Villaurrutia y Celestino Gorostiza, los autores que han destacado son, a mi ver, Rodolfo Usigli, Salvador Novo, Sergio Magaña, Emilio Carballido, Rafael Solana, Luis G. Basurto, Luisa Josefina Hernández y, entre los más jóvenes, Vicente Leñero.

– ¿Qué libros de todos los que hasta ahora escribió Torres Bodet, piensa el que ha sido el mejor?

–El menos malo, lo escogerán los lectores, sí se toman el trabajo de hacerlo. Y es muy posible que no resulte el mismo, en el caso de cada lector. Los que encuentro más expresivos de lo que intenté realizar son dos: Tiempo de arena, por lo que concierne a los escritos en prosa y Sin tregua, de mi obra en verso.

– ¿Cuáles son sus autores preferidos, de ayer y de hoy?

–Tendría que hacer una larga lista. Aún así, correría siempre el riesgo de dejarla incompleta. Desde luego incluiría en ella a los autores de cuyas obras he escrito algunos ensayos de interpretación personal: Henri-Marie Beyle conocido por su famoso renombre de Stendhal, Fiódor M. Dostoievski, Benito Pérez Galdós, Honoré de Balzac, León Tolstoi y Marcel Proust… Eso por lo que atañe a los novelistas. Pero admiro con especial fervor a Shakespeare, Cervantes, Lope de Vega, Pascal, Moliére, Quevedo, Goethe. Y releo, cada vez con mayor provecho, La Biblia, La Odisea, Los Diálogos de Platón y la Divina Comedia, de Dante. Entre los modernos, le indicaré varias preferencias: Paul Valery, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Thomas Mann, Antonio Machado, Albert Camus y Hernest Hemingway, el de El viejo y el mar. Todos esos han muerto, pero su obra perdura. De los mexicanos de nuestro siglo, me he referido ya a los que me parecen haberse distinguido mayormente en la poesía, la novela, el teatro y el relato autobiográfico. Entre los hispanoamericanos actuales, sin olvidar a Rómulo Gallegos, citaré a Jorge Luis Borges, a Pablo Neruda, a Miguel Ángel Asturias, a Gabriel García Márquez, a Julio Cortazar. De los españoles contemporáneos, leo siempre con interés a Jorge Guillén, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Pedro Lain Entralgo. Conocí de cerca a Pedro Salinas, Federico García Lorca y León Felipe. Estimo mucho sus obras.

– ¿Qué libros de la literatura universal le hubiera gustado escribir?

La Odisea.

– ¿Qué libro está escribiendo actualmente?

Mis memorias. Sintetizar lo hecho implica una forma de reflexión, no exenta –en ocasiones -de cierta melancolía, impone al autor un diálogo intenso consigo mismo. ¿Por qué acertó, si acertó?

– ¿Y cuáles fueron los motivos reales de sus errores?

- Revisar el pasado propio señala una obligación de modestia, que no debe disminuir la sinceridad del hombre, pero que ha de afirmar en él un sentimiento que aprecio profundamente: el de las responsabilidades morales e intelectuales del escritor.

–De no haber sido poeta, ¿qué otra cosa le hubiera gustado ser?

–Arquitecto.

– ¿Cómo definiría el amor?

–El amor no es tanto anhelo de posesión, como lo suponen los egoístas, cuanto capacidad esencial de entrega. Solo poseemos durablemente lo que supimos dar con desinterés. Una mujer, una obra, una verdad o una patria son nuestras, al fin y al cabo, en proporción con lo que hicimos por entenderlas y por servirlas, por defenderlas y por lograr la plenitud de su desarrollo.

         – ¿Cómo definiría la muerte?

–Morimos mientras vivimos. La muerte define y resume nuestra existencia. Por eso, en un poema de Sin tregua, escribí estos renglones: "Vivimos sólo de creer que fuimos. / Seremos siempre póstumos". 

– ¿Qué es la vida para Torres Bodet?

–Durante la infancia, un paraíso; en la adolescencia, un augurio; en la madurez, una lucha; en la senectud, un examen de conciencia. Pero siempre, y en todas las circunstancias, una oportunidad de servicio humano y una posibilidad de superación.

– ¿Qué flor prefiere?

–La rosa, que es la flor que más frecuentemente aparece en mis poemas.

– ¿Qué ave?

–La alondra.

– ¿Qué color?

–El azul.

– ¿Cuáles son sus tres palabras preferidas?

–Intrepidez, humanidad y fervor.

– ¿Qué piensa Torres Bodet de Torres Bodet?

–Si algo resultara difícil, es conocerse bien a sí mismo. En la juventud, la esperanza no nos da ocasión de medir nuestras deficiencias. En la madurez, la acción nos obliga a vivir en los otros, para los otros. Y ese contacto con la verdad ajena va definiendo nuestra propia verdad con mayor vigor que el que pudieron proporcionarnos los libros y los maestros. A la edad en que ya me encuentro, lo advierto muy claramente: todos somos la secuencia de la vida que –año tras año –tuvimos que conquistar. Las certidumbres que no he perdido (mi confianza en el destino del hombre, mi fe en la capacidad creadora de la existencia) tienen hoy, para mí, el valor de no ser el producto de un sistema prefabricado en lo abstracto, sino el fruto de una asociación personal con mis semejantes, dentro y fuera de mi país.

No me enorgullezco -y no me arrepiento- de lo que he hecho. Traté de ser, en la medida de mis alcances, fiel a mi mismo y leal para los demás. Podrá o no persistir algo de mi obra; pero, aún suponiendo –como suelo pensarlo –que nadie la recordará, quedaría en mí la satisfacción de haberle entregado lo menos perecedero que el hombre tiene: su afán de llegar a ser, mediante el esfuerzo de cada día, lo que sintió la necesidad de ser.

– ¿Cuál ha sido el peor poeta que ha dado México en los últimos veinte años, a juicio de Torres Bodet?

–Si alguien es verdad poeta, podrá ser más o menos bueno. Sin embargo, a mi juicio, las palabras "poeta" y "peor" son incompatibles. Conozco autores que, sin ser poetas, escriben versos. Pero "poetas peores", no los conozco.

–Si estuviera en manos de Torres Bodet la concesión del Premio Nobel de Literatura, ¿a qué autor mexicano se lo daría?

–A Martín Luis Guzmán.

– ¿Qué piensa Torres Bodet de la unificación cultural de los pueblos latinoamericanos? ¿Cree que deberían estrecharse más los lazos entre esos pueblos?

–A mi entender, la universalidad es la aspiración de toda cultura. El regionalismo, sin ventanas abiertas al mundo entero, acabaría por convertirse en un temible error. Ello no quiere decir que no sea partidario entusiasta de que se estrechen, cada vez más, los lazos que nos unen con los pueblos hermanos del Continente. Pero pueblos hermanos, en el fondo, lo somos todos. En los viajes que tuve ocasión de hacer como director general de la UNESCO, sentí hasta que punto los problemas radicales del hombre interesan y afectan a todo el género humano.

– ¿Qué aconsejaría Torres Bodet a un muchacho con vocación literaria?

–Esforzarse por ser él mismo. Vivir honradamente cada momento. No aceptar ni el capricho, incapaz de fijarse sus propias reglas, ni -por esclavitud a la retórica de las modas -la obediencia a reglas que limiten y reformen su pensamiento. No creer que la mera sorpresa sea presagio de positiva originalidad. Leer, sin prejuicios; alternando, en lo posible, a los autores de hoy con los de ayer -y los de anteayer-–. Si le gusta James Joyce, por ejemplo, que lea enseguida a Dickens. Si le interesa Franz Kafka, que no olvide por ello a Balzac. Si le encanta Mallarme, que lo confronte con Góngora. Si le cautiva Kierkegaard, que se apresure a considerar a Pascal. Y no digo lo que precede porque proponga a nadie un fácil eclecticismo. Los antiguos temían al hombre de un solo libro. Los jóvenes dotados de verdadero talento han de rehusarse a ingresar, con la ilusión de obtener éxitos transitorios, en una capilla estrecha, por hábiles que sus prosélitos les parezcan. Elegir su camino es el supremo derecho de todo artista. Para elegirlo a tiempo -y con autenticidad -le convendrá conocer, sin dogmatismos precoces, los amplios horizontes de la cultura.

– ¿Qué recomendaría Torres Bodet al extranjero que llega a México con el deseo de conocerlo lo mejor posible?

–Ante todo, no detenerse exclusivamente en la capital. Que el extranjero del que usted habla vaya primero a otras ciudades de la República. Que conozca Guadalajara, Morelia, Oaxaca, Guanajuato, Monterrey, Mérida, Zacatecas… Que procure hablar con sus habitantes. Que visite lugares como Palenque, Teotihuacan, Monte Albán, Uxmal y Chichén Itzá. Y que se asome a la realidad del campo. Que trate de cerca a los indios. Ya tendrá, después, ocasión de recorrer los museos, las avenidas y las calles de la ciudad de México. Y, entonces, nos comprenderá mejor.

– ¿Qué figura histórica de todos los tiempos piensa Torres Bodet que es la que mayores bienes ha aportado a toda la humanidad?

–Sin llegar hasta las figuras que han divinizado las religiones, podrían citarse a grandes maestros de la verdad, de la belleza y del pensamiento, como Sócrates, Leonardo, Newton, Pasteur… No, por cierto, a los guerreros, que pretendieron sólo vencer, sino a los creadores, que se esforzaron por persuadir. Después de todo -y dentro de los límites de lo que no constituye motivo de fe para los creyentes el héroe al que más debe el hombre es el hombre mismo. Él, sin nombre y sin biografía, ha sido el protagonista de toda la historia.

– ¿Qué cosas que no ha hecho Torres Bodet le gustaría hacer antes de morir?

–Una, sobre todo: acabar de ponerme de acuerdo conmigo mismo, a fin de morir en paz.

– ¿Qué epitafio pondría Torres Bodet sobre su tumba?

–No lo he pensado. Esa labor corresponde a otros. Juzgarse a sí propio en vida implicaría falsa modestia o ridícula vanidad.

– ¿Qué haría con la envidia Torres Bodet?

–Vencerla, cuando pudiese existir en mí. Y, en el caso de los demás, compadecer a los que la sufren. El que envidia quisiera ofender a quienes envidia, pero se ofende en realidad él mismo, pues su envidia encubre a menudo una admiración oculta. Y la admiración que se esconde envenena al que la padece.

– ¿Cuáles son, a juicio de Torres Bodet, las tres plagas más nefastas para la humanidad?

–La miseria intelectual y física, la injusticia, social, económica y cultural, y el odio, entre los hombres y entre los pueblos.

– ¿Qué es México para Torres Bodet?

–Un ámbito irremplazable, un ejemplo de persistencia, una lección de esperanza y una obra colectiva que proseguir y mejorar.

Por su historia, y por las características de su población, México asocia dos tradiciones muy diferentes y muy profundas: la americana precolombina y la occidental, venida en primer lugar de España. Y, por su posición geográfica, representa una posibilidad de confrontación entre las culturas latina y sajona del Nuevo Mundo. País muy joven –y muy antiguo –, lo anima una comunidad de recuerdos y aspiraciones, gracias a cuyo impulso ha podido afirmar, a través de no pocas dificultades, una vocación nacional de justicia en la independencia y una voluntad internacional de colaboración pacífica en el progreso.              

   

Suplemento Dominical, El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, V1 época, núm. 2, 9, feb. 1969, p. 4

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* Foto tomada de:

 http://portal.unesco.org/es/ev.php-URL_ID=3380&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html

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