Mayo del 2012

Recordando a un clásico.

Por Puente Colin Jesús Leonel - 16 de Mayo, 2012, 8:45, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Hace veintiún años—la mitad de mi vida—junté un día todos los textos que había escrito hasta ese momento. Había alguno que otro intento de cuento en mis libretas de primaria, desgraciadamente muy disneylandescos casi todos; había también varios pseudopoemas amorosos en mis cuadernos de Español de la secundaria, pero la mayoría eran paráfrasis de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer. Ya en el bachillerato, me dio por escribir acerca de los dilemas filosóficos, las crisis existenciales y la necesidad de una revolución real, no espiritual ni ideológica ni abstracta; aunque, ya en la distancia, siendo sincero conmigo mismo (y con aquellos camaradas de juventud), me encantaban más Giovanni Papini y Hermann Hesse que Karl Marx y Sigmund Freud.

Así pues, ya reunidos todos aquellos textos, decidí destruirlos. De hecho, ya lo había pensado varias veces antes, pero siempre había algo que me detenía: alguna que otra frase bien lograda; algunos versos no tan románticos, no rimados tan gratuitamente ni calca de los de Bécquer; algún cuento o relato con el germen de alguna idea interesante; algún protoensayo casi argumentativo o casi crítico... o algo por el estilo. Pero aquel día quemé todo en una fogata que armé en la azotea de mi casa. No quedó más que un montón de cenizas. Sólo eso y la decisión de volverme positivista, realista y profesionista, ¿para qué distraerme con el ejercicio artístico si ya existen las obras monumentales de Sófocles, Cervantes, Shakespeare, Baudelaire, Maupassant, Poe... [etcétera]? 

Desde niño había dicho que sería doctor, o más específicamente, médico; porque se puede ser doctor en muchas áreas, incluida la medicina, pero yo quería llegar a ser doctor en medicina y específicamente en la especialidad de neurología. Sin embargo, me descarrié en el camino y terminé matriculándome en la Facultad de Psicología de la H. UNAM; y no me arrepiento, pero esa veta literaria que siempre he querido acallar, reprimir, olvidar o encubrir, nunca me ha dejado en paz. Quizá, o [yo] así me lo explico, la psicología sea un punto intermedio entre la medicina y la carrera de las letras. Y el ejemplo más evidente de este razonamiento o creencia es precisamente el señor Freud, que tuvo que estudiar medicina por la presión de su padre y por las circunstancias económicas de su familia –venida a menos –que no podía arriesgarse a financiarle una carrera literaria que no garantizaría su sobrevivencia física ni su status social. ¿De dónde le salieron a aquel brillante psiquiatra varias de sus teorías más famosas si no de la literatura clásica? De alguna manera, su vocación más profunda nunca pudo ser sometida porque las grandes y verdaderas pasiones no mueren tan fácilmente ni se dejan asesinar impunemente.

Ahora bien... ¿cuántos de los que escribimos lo hacemos nada más por hobby y cuántos por una verdadera necesidad de expresión y amor a las palabras? Y aún si es sincera esa necesidad y ese amor, ¿cuántos nos esforzamos por perfeccionar tanto la forma como el fondo de lo que redactamos? ¿Cuántos ya sólo nos dormimos en nuestros laureles por haber conseguido algún premio, algún diploma o el aplauso del público (muchas veces caprichoso y falaz o sumamente sectorial)?

En fin... ¿Quién mejor que un clásico para ilustrarnos con su sabiduría? Por eso ya me callo [yo] y les comparto éste texto del Maestro Stevenson. Y como dice el dicho: "Quien tenga oídos que oiga". Esta carta me la dedico a mí mismo –más que a nadie en el mundo—y me aplico sus sentencias en el presente, ahora como entonces...

    

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CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE SEGUIR LA CARRERA ARTÍSTICA*

Con la agradable franqueza de la juventud, usted se dirige a mí, sobre un asunto de cierta importancia práctica para usted, y (es también concebible) de cierta gravedad para el mundo: ¿debe o no debe usted ser artista? Es algo que enteramente debe usted decidir por sí mismo; cuanto yo pueda hacer sólo es llevar a su conocimiento algunos de los materiales de esa decisión; y empezaré, como también acabaré probablemente, asegurándole que todo depende de la vocación.

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· Y además, tenemos vocaciones imperfectas; hay hombres cuyo espíritu se dedica afanosamente no tanto a un arte como al general ars artium y base común de toda obra creadora; que ahora estará inclinado a la pintura, luego estará aprendiendo contrapunto, y después ha de estar escribiendo un soneto: todo con igual interés, y a menudo con verdadera sapiencia. De este temperamento, cuando existe aisladamente, me es difícil hablar; pero a uno así yo le aconsejaría seguir las letras, porque en literatura (que arrastra una red tan amplia) toda su información se considera útil algún día, y si continúa como empezó, y entra al fin en la crítica, habrá aprendido a usar los instrumentos necesarios. Últimamente llegamos, de un golpe, a esas vocaciones que son decisivas y precisas; algunos hombres han nacido con el amor por los colores, la pasión por el dibujo, el don de la música, o el impulso de crear con palabras, exactamente como otros, y quizá los mismos hombres, han nacido con el gusto de la caza, o del mar, o de los caballos, o del torno. Éstos son predestinados; si un hombre gusta del ejercicio, de una ocupación cualquiera, sin embargo de toda finalidad de éxito o fama, lo han llamado los dioses. Podrá tener también la vocación general; podrá tener también afición a todas las artes, y creo que a menudo la tiene; pero la prueba de su vocación es esa laboriosa parcialidad para con una, ese deleite inextinguible en sus éxitos técnicos, y, quizás sobre todo, cierto candor de ánimo para tomar esa frívola empresa con una gravedad que llenaría el cuidado de un imperio, y para creer que es digno de lograrse el más pequeño progreso, a cualquier costo de tiempo o de trabajo. El libro, la escultura, la sonata, han de ir adelante con la irrazonadora buena fe y el persistente espíritu del niño en sus juegos. ¿Merece la pena? Cuando le ocurra a un artista esta pregunta, lleva implícita la respuesta negativa. Pues no le ocurre a un niño cuando juega a ser pirata en el sofá del comedor, ni al cazador cuando persigue a su presa; y la ingenuidad del uno y el ardimiento del otro deben juntarse en el pecho del artista.

· Si usted reconoce en sí mismo un gusto tan decisivo, no hay lugar a la duda: siga su inclinación. Y observe (a menos de que lo desanime demasiado) que la disposición no resplandece al principio de un modo tan brillante, o, por lo menos, no tan constantemente. El hábito y la práctica habilitan los dones, la necesidad de la faena se hace menos desagradable, llega hasta a ser bienvenida, con los años; un gusto leve, siempre que sea genuino, con la indulgencia se convierte en una pasión exclusiva. Baste, por ahora, que al recordar un intervalo suficiente, vea usted que el arte escogido ha logrado preponderar entre los insistentes intereses de la juventud. El resto lo hará el tiempo, si lo ayuda la devoción; y pronto cada pensamiento suyo irá a ingresar en la labor atractiva.

· Pero aun con devoción, usted me advertirá, aun con asiduidad firme y placentera, muchos miles de artistas gastan sus vidas enteramente en vano, si se está al resultado: miles de artistas, y nunca una obra de arte. Pero la vasta muchedumbre humana es incapaz de hacer nada razonablemente bueno, en arte como en todo. El artista sin mérito tal vez hubiera sido un panadero muy competente. Y el artista, aun cuando no divierta al público, se divierte a sí mismo; de modo que en todo caso sus vigilias harán a alguno más feliz. Éste es el lado práctico del arte: que es una fortaleza inexpugnable para el que lo profesa con verdad. Las recompensas directas—las ganancias de la carrera—son pequeñas; pero las indirectas—las ganancias de la vida—son incalculablemente grandes. No hay otra ocupación que permita ganar el pan de cada día con tanto gozo. El soldado y el explorador tienen momentos de excitación más digna; pero se adquieren a través de crueles azares e inenarrables periodos de tedio. En la vida del artista no tiene que haber hora sin placer. Hablo del escritor, porque con su carrera estoy mejor relacionado; y es verdad que trabaja un material rebelde, y que el mero acto de escribir es entumecedor y fatigoso para la vida y el ánimo; pero obsérvele usted en su trabajo, cuando el asunto se desborda encima de él, y abundan las palabras, en qué continua serie de pequeñas victorias transcurre el tiempo; con qué sentido de la fuerza, como quien mueve montañas, él dispone sus personajes ínfimos; con qué placer, de los ojos y del oído, ve crecer en la página toda su aérea estructura, y cómo desempeña una labor a la que toda su vida contribuye, y que da entrada a todos su gustos, sus aficiones, sus convicciones y sus odios, de modo que lo que escribe es solamente lo que ha anhelado pronunciar. Él habrá disfrutado muchas cosas en este grande y trágico escenario del mundo, pero ¿qué habrá podido disfrutar de un modo más completo que una mañana de trabajo fecundo?

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* Texto extraído de la Antología de textos sobre lengua y literatura. Lecturas universitarias # 5. Colegio de Ciencias y Humanidades. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición, 1971. Ciudad Universitaria, México, D.F.

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