Manifiesto por la filosofía

Por José Ricardo Bernal Lugo - 13 de Febrero, 2012, 20:28, Categoría: DIVULGACION. Trabajos y aportaciones

Un fantasma recorre el mundo entero, es el fantasma del consumismo. Tal vez su paso apresurado y el poder omnímodo que ha alcanzado en los últimos años pueden darnos la clave para comprender el repentino descrédito en que ha caído una disciplina con más de 2000 años de historia. Hasta hace al menos un siglo la filosofía ocupaba un lugar preponderante en el proceso de formación académica. Desde la creación de las primeras universidades en los siglos XI y XII  hasta los años en que pensadores de la talla de Kant o Hegel impartieron clases en Alemania, el papel de las facultades de filosofía en la evolución del saber fue privilegiado. Sus representantes lograron gran respetabilidad y sus contenidos alcanzaron una difusión importante. Su influencia, sin embargo, no se limitaba al espacio cerrado de las aulas; contrariamente a la percepción prejuiciada de gran número de personas, la filosofía siempre ha tenido una cara eminentemente práctica. Basta con recordar que reflexiones filosóficas de personajes como Rousseau, Voltaire, Locke, Montesquieu o Smith, guiaron y fundamentaron dos de los acontecimientos políticos que más han influido en la constitución de nuestro presente: la revolución francesa y la independencia norteamericana. En México, por ejemplo, el movimiento independentista se forjó al amparo de la reflexión filosófica ilustrada y el movimiento revolucionario supuso una serie de ideas fraguadas largamente por intelectuales de alto prestigio. De hecho, nuestra concepción de persona y la reciente lucha en favor de los derechos humanos dependen, en buena medida, de reflexiones llevadas a cabo por filósofos y pensadores humanistas. Ya sea que el origen de los derechos humanos sea localizado en el S.XVI con las ideas de los representantes de la Escuela de Salamanca, ya sea que se remita al derecho natural, al contra-actualismo liberal de Locke, a la concepción de persona de Kant y Hegel o a la Declaración de independencia norteamericana escrita por Thomas Jefferson, en todos los casos nos reenvía a un trabajo intelectual de corte filosófico.     


Algo extraño, sin embargo, ha sucedido en los últimos años. Repentinamente la filosofía no sólo se ha vuelto objeto de desprecio para gente desinformada respecto a su sentido y su función social, sino que, también ha sido desdeñada por altos funcionarios educativos, por responsables de ciertas instituciones de educación media superior y superior y por algunos "intelectuales" que aparecen recurrentemente en los medios de comunicación. No exageramos, en México este creciente rechazo ha rebasado todo límite, hasta llegar al punto de borrar las materias filosóficas de los programas educativos del bachillerato. Además, de forma cada vez más acelerada, quienes diariamente intentamos mostrar en las aulas que la filosofía posee un papel privilegiado para favorecer el desarrollo de un ambiente social capaz de impulsar la existencia de un sistema verdaderamente democrático, hemos constatado la proliferación de una actitud de desprecio, incomprensión y desinterés hacia ella. Tristemente su voz, otrora fundamental, se ha vuelto irrelevante. De la nada una pléyade de funcionarios educativos y una serie de "diseñadores de programas" han intentado sustituir la filosofía con materias que, si bien cumplen con objetivos de innegable interés para lo sociedad, no favorecen el espíritu crítico enraizado en una rigurosa argumentación racional que la filosofía ha posibilitado e impulsado desde hace más de dos milenios. Es así que, con base en una serie de prejuicios y amparados en una deficiente comprensión del papel de la educación en el proceso de formación social, las materias filosóficas se han intentado sustituir por asignaturas que, supuestamente, cumplen su mismo papel. Subrepticiamente materias como "Formación de emprendedores", "Desarrollo humano", "Autorrealización", "Taller de vida", "Taller de ambiente y desarrollo", "Aprender a aprender" etc., han desbancado la función de la "Lógica", la "Ética" y la "Historia de la filosofía". Esta sustitución, aparentemente inocua, se sostiene en un razonamiento que sin duda resulta falaz; a saber: "en un mundo híper-tecnológico y globalizado, dominado por la lógica del mercado, se requiere fomentar actividades productivas y una actitud emprendedora, por lo que no se necesitan disciplinas abstractas incapaces de generar frutos tangibles y remunerables". En general, quienes defienden esta postura parten de una concepción errónea de la filosofía, ésta se les presenta, esencialmente, de dos maneras: o como un compendio de consejos edificantes para la vida o como un conjunto de reflexiones abstractas sin relación con la realidad. Siguiendo estos razonamientos los filósofos estaríamos fatalmente destinados a cumplir dos papeles en la sociedad: ya sea el de una especie de consejeros espirituales –fácilmente sustituibles por los escritores de libros de superación personal- o el de unos seres inútiles preocupados por cosas irreales y dedicados a la lectura de libros que no se traducen en nada productivo. Ambas visiones, notablemente deformadas,  justifican las dos posiciones dominantes respecto al papel de la filosofía en la academia: 1) si se ve a la filosofía como un conjunto de consejos edificantes se opta por "hacerle un favor" al  sustituirla  por otras materias ( "Desarrollo humano", "Autorrealización", "Taller de vida", etc.), las cuales, según esta visión, cumplen su misma función de una manera más "práctica" y sin ser tan "abstractas"; 2) si se le considera como un conjunto de reflexiones inútiles, se opta por su eliminación. Así, desde esta perspectiva, al quitar el lastre que ellas representan se tiene mayor espacio en la currícula para insertar materias mucho más "productivas", asignaturas que permiten generar "fuerza de trabajo mejor calificada" apta para competir en el "mercado laboral". Gracias a este "magistral" golpe de timón se deja de sostener una disciplina ociosa y quejumbrosa y se apoya la formación de jóvenes "emprendedores" e "innovadores" con una "actitud positiva" frente a la realidad. Esto último es importante, el corolario de este razonamiento es el siguiente: el problema de México es, ante todo, un problema de "actitud", luego, si formamos futuros trabajadores con una "actitud positiva", estaremos dando un gran paso para sacar a México del atolladero. En el peor de los casos esta retahíla de razones mal hilvanadas termina en una estigmatización de los filósofos, se les considera un grupo de seres quejumbrosos y ociosos, una secta marginal de sujetos que todo lo critican sin aportar ninguna solución. Al unísono se oyen las voces condenatorias de los amantes de la "productividad", "el mercado", "la competitividad", etc. diciéndonos:  ¡Ustedes, filósofos, dejen de quejarse y hagan algo!     


Ante esta ideología que, sin lugar a dudas, avanza con celeridad en México, los filósofos debemos responder tajantemente lo siguiente: ¡La filosofía no sólo resulta sustancial para nuestra época, sino que es una disciplina imprescindible para la formación de ciudadanos capaces de consolidar un orden social justo y democrático! Expliquemos porqué. A diferencia de todas las configuraciones sociales precedentes, el sistema democrático es el único que, formalmente, toma en cuenta la capacidad  participativa de quienes lo componen; esta participación, sin embargo, requiere varios elementos para volverse significativa y "válida". Un orden democrático justo parte de un supuesto "contra-fáctico" [1] esencial: "la ciudadanía es ciudadanía porque posee una capacidad de elección racionalmente fundada". Decir que la ciudadanía posee una capacidad de elección racionalmente fundada equivale a decir que es competente para comprender situaciones, evaluar contextos, valorar, comparar y ponderar argumentos con el fin de emitir juicios calificados y tomar decisiones justificables. Además de la distribución de poderes y la posibilidad de generar mecanismos de representación una democracia verdadera requiere crear una serie de instrumentos destinados a la formación de una ciudadanía bien informada capaz de esgrimir argumentos racionalmente aceptables y justificables frente a los otros. Este último punto resulta esencial, contrariamente a lo que ocurría en regímenes absolutistas la veracidad de un argumento o la viabilidad de una decisión no puede legitimarse apelando al "supuesto" vínculo con la divinidad de personas privilegiadas; por el contrario, en un sistema democrático los criterios que permiten evaluar la viabilidad y la veracidad de las elecciones deben estar a la mano de una ciudadanía capaz de hacerlos suyos. Por ello, para que un sistema democrático se legitime como tal, debe garantizar los instrumentos que facilitan que los ciudadanos conviertan sus opiniones en razones justificables ante los otros. .  


La enseñanza de la filosofía en el proceso escolar puede ser una herramienta indispensable si queremos dirigir nuestros esfuerzos en esta dirección. Basta con apegarnos a la definición clásica de la misma como: "la ciencia de las últimas causas y los primeros principios a la luz de la razón" para justificar esta afirmación. En efecto, su especificidad sobre las  demás disciplinas consiste en la vinculación de su  instrumento de análisis (la razón) con su objeto de estudio (las últimas causas y los primeros principios). La filosofía no sólo tiene  un importante potencial racional [2], su verdadera especificidad consiste en que, con base en argumentos estrictamente lógicos, intenta superar toda comprensión parcial del mundo con la intención de penetrar en la totalidad de relaciones de significado que explican la realidad humana. En una civilización que tiende hacia la híper-especialización resulta necesaria una visión de conjunto capaz de incluir todas la perspectivas racionalmente justificables si es que deseamos comprender adecuadamente la complejidad de los problemas que nos aquejan, máxime en naciones, como la nuestra, repletas de desigualdad, anegadas por olas de injusticia social, sofocadas por inmensos resabios culturales y cada vez más indiferente ante el sufrimiento de los menos favorecidos. La filosofía no es una panacea frente a estos problemas, pero puede sembrar las bases para llevar a cabo una valoración profunda y reflexiva, multidisciplinaria y, sobre todo, crítica. Cabe hacer una aclaración, por pensamiento crítico no entendemos un pensamiento  "quejumbroso" y negativo, sino la capacidad racional de valorar los límites y los alcances de propuestas, argumentos y decisiones para poder denunciar y rechazar posiciones lógicamente débiles, falaces o plenamente injustificables.


Toda sociedad que aspire a consolidarse como una democracia verdadera –esto es, una democracia fundada sobre la única base que la haría legítima; a saber, la de una ciudadanía habilitada para una participación racionalmente justificable- requiere, en mayor o menor medida, promover una corriente de pensamiento crítico y reflexivo. En los niveles de formación educativa la filosofía puede servir como una herramienta privilegiada para este objetivo, pero, para ello, debe saber reinventarse y adaptarse a las necesidades de su tiempo,  debe dejar atrás discusiones que, en nuestros días, resultan  irrelevantes y volverse, como  lo quería Michel Foucault, una "analítica del presente".  Hoy,  la filosofía debe ser  el contrapeso -que  no la negación- del enfoque productivo-empresarial que amenaza con colonizar la educación. Con ello no queremos decir que este enfoque  resulte inútil, condenable o negativo, acentuar la necesidad de generar una juventud calificada, productiva y competitiva es imprescindible en una sociedad como la nuestra; sin embargo, erigir esta necesidad como la única existente no sólo evidencia una ignorancia capital respecto a la  compleja trama de relaciones que han delineado la imagen de nuestra realidad, sino que redunda en la promoción de una juventud a-crítica, masificada, monotemática, en el mejor de los casos preocupada por los problemas que aquejan a nuestra sociedad pero incapaz de llevar a cabo un diagnóstico racionalmente válido sobre sus causas y, en el peor, profundamente insensible ante esos problemas. Esto es así porque, en buena medida, este enfoque se limita a incentivar lo que algunos filósofos han llamado "razón instrumental"; es decir, promueve un conocimiento de los medios intelectuales y técnicos para lograr un fin con éxito, pero deja de lado aspectos esenciales del proceso de socialización humana. Algunas de las limitaciones de un enfoque educativo exclusivamente fundado en procedimientos de razón instrumental son las siguientes: esta perspectiva no  valora la repercusión del éxito de las acciones  en contextos más amplios; carece de los medios para promover una estimación significativa de los productos culturales más elevados como la literatura, la poesía, la pintura o la música; además, olvida la compleja trama de determinaciones que median las relaciones humanas y diferencian las culturas, por lo que  tiende a igualar al hombre conceptuándolo  como "capital", "recurso", "instrumento", "cliente", etc.; por otro lado, amparándose en la mal llamada "ética empresarial", evade toda valoración racionalmente seria de problemas verdaderamente éticos y, generalmente, tiende a promover visiones sociopolíticas altamente parcializadas, pues ilegítimamente se sostiene que es posible trasladar el modelo- empresa,  irremediablemente destinado a la ganancia y el beneficio comercial, a todos los ámbitos de la sociedad. 


Los medios que nos otorga el enfoque productivo empresarial  no son suficientes para comprender las causas de los problemas que aquejan a nuestra sociedad y para ubicar las piedras que obstaculizan su trayecto hacia una democratización plena [3]. Sin duda su promoción es altamente relevante pero, a la par, se requiere incentivar un pensamiento  no parcializado, seriamente informado, no sólo interesado en las dimensiones más redituables económicamente, sino en todos los factores de los procesos de socialización, un pensamiento acostumbrado a la participación en procesos de argumentación racional, capaz de valorar los fundamentos de nuestra situación presente. Por ello toda institución educativa que autoproclama su compromiso social debe promover seriamente este tipo de pensamiento, seriamente, porque el humanismo light del optimismo, la superación personal y la actitud emprendedora, no es equivalente al humanismo crítico de la filosofía (aunque desgraciadamente tienda a reemplazarlo); se requiere, también, que las instituciones comprometidas con la educación no sólo hablen de  ser multidisciplinarias, sino que sean en la práctica valorando seriamente lo que la filosofía y las humanidades tienen que decir. Hasta ahora no se ha reparado seriamente en las consecuencias que tiene la decisión de eliminar la filosofía, sin exagerar debemos levantar la voz señalando claramente que es tragedia nacional. Ya que no sólo se coartan las ya de por sí limitadas posibilidades que tiene nuestra juventud para informarse y forjarse criterios propios, sino que se la deja al amparo de la desinformación mediática. Una sociedad incapaz de pensar por sí misma con argumentos sólidos, es presa fácil de la manipulación, la desigualdad, la inequidad, el consumismo deshumanizante, la indiferencia  y el egoísmo, todos ellos males que actualmente vivimos y que, lamentablemente, no parecemos querer erradicar.  
 


P.D. Firma en la siguiente página para defender la enseñanza de la filosofía en México:
http://ofmx.com.mx/firmas.html




[1] Es decir, un ideal raciona que no necesariamente se cumple en los hechos ( de facto) pero que requeriría cumplirse si se aspira a que las cosas ocurran lo mejor posible.


[2] El hecho de que la filosofía sea, desde sus inicios,  una disciplina eminentemente racional la distingue tanto del arte, como de la religión y, por último, de la demagogia, ya que éstas son formas culturales que, para generar la aceptación de quienes se enfrentan a ellas, apelan a factores que no son estrictamente racionales. Ya sea por medio del llamado a las emociones, ya sea vinculándonos a una creencia por la vía de la fe, ya sea remitiéndonos a la impresión sensible o el arrobamiento estético, todas ellas apuntan a factores que, en lo esencial, no     son guiados "únicamente" por criterios racionales. La filosofía también se distingue de la demagogia porque ésta última tiene por finalidad convencer a las personas a cualquier costo para dirigirlas hacia el objetivo que se desee, para ello se valen  de inflexiones de voz, afecciones corporales, pantomimas y , en la mayoría de los casos, la apelación a nuestra sensibilidad antes que a argumentos coherentemente elaborados. Esto explica porque la filosofía no debe ser identificada ni confundida con los discursos de motivación personal, con el ya famoso "coaching", con la oratoria, la retórica o con otras variantes discursivas que apelan más al sentimiento o al impacto emocional, que a su razonabilidad.


[3]Es decir,  para comprender racionalmente las causas últimas  que hacen que nuestra realidad sea lo que es (esa y no otra es la definición de la filosofía). 



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