La filosofía en medio de la violencia

Por Adán Ramirez Merlos - 1 de Febrero, 2012, 23:44, Categoría: DIVULGACION. Trabajos y aportaciones

    Una revisión del contexto actual en perspectiva de la fraternidad en la Revolución Francesa

   Todos vivimos preocupados por la tormentosa realidad social en la que vivimos los mexicanos. La violencia de la que somos víctimas parece ser irracional, aparentan ser únicamente ajustes de cuentas por costo político que como consecuencia tienen un efecto general que arriesga grandemente el bienestar de toda la población. Las noticias al respecto aterran a todo el que escuche lo que está pasando.  La clase política culpa a los que cometen actividades ilícitas, y la población culpa a las autoridades por permitirlo.  Ha habido intentos de organización colectiva por parte de la sociedad civil para detener esta turbulenta ola de violencia y exigir seguridad a las autoridades. Hay llanto, dolor, desesperanza y resentimiento por el sufrimiento de sentir, ver y ser víctimas de la impunidad y la ilegalidad casi absoluta respecto a la justicia. Sin embargo, ante el optimismo o pesimismo de las personas en relación a esta complicada situación sería muy conveniente conocer, entender y aplicar el legado de la filosofía para poder entablar diálogos y proceder a la justificación de propuestas, de soluciones y movilizaciones que racionalmente den una perspectiva para salir de esta etapa difícil de la historia de la sociedad mexicana.

  Desde la perspectiva de la historia de la filosofía como disciplina que ejerce un papel fundamental en la transformación ideológica y social del mundo, tomaremos como objeto de estudio el valor de la fraternidad, promovido ampliamente en el ámbito filosófico desde los tiempos de la Ilustración en el S. XVIII. Junto con la libertad y la igualdad, la fraternidad es el lema que mueve a la promoción de la Revolución Francesa, cuya chispa se enciende en 1789 en la nación gala y por aquéllas latitudes no solamente se inicia una lucha armada, sino toda una transformación que políticamente representa el punto de partida de la modernidad en Occidente (1).  Esto se da por consecuencia del ocaso de los regímenes absolutistas, cuyas administraciones ejercían acciones sumamente opresivas con las grandes mayorías. La Revolución Francesa alcanza su máxima expresión cuando lo que propone llega a impactar los movimientos sociales e históricos de todo el mundo. Es este proceso de cambio ideológico el que da las pautas para la expansión de la democracia como sistema de gobierno en Europa y, por consiguiente, en América.

  Si bien la igualdad y la libertad, como garantías y derechos individuales, eran muy necesarios y anhelados en esa época por quienes vivían bajo la monarquía absoluta, la fraternidad fue el vehículo de movilización que apoyó que la Ilustración y su exaltación a la dignidad del ser humano trascendiera de los libros: hasta los Parlamentos y Congresos es la tradición política que domina en Occidente hoy día. La fraternidad social, como acción de unirse con el objeto de cambiar y propiciar una mejora en nuestras vidas a nivel colectivo fue muy bien recibida y puesta en práctica en la Europa dieciochesca y en las colonias iberoamericanas (2).  La razón de esta magna relevancia y amplia aceptación de la fraternidad en nuestras naciones hispanas se debe, según Antoni Domenech, al urgente deseo de emancipación por parte de los que allí vivían. El orden político feudalista y paternalista de la Europa medieval fue implantado por los conquistadores aquí, lo que provocó, como sabemos, profundas injusticias sociales y durante aquellos tres siglos de dominación se crearon grandes inconformidades de aquellos que por su origen eran incapaces de ascender en la escala de la sociedad.

  La idea de fraternidad, a nivel filosófico y político no sólo implica ser cercanos unos con otros con una causa en común, sino implica que a un nivel colectivo todos seamos iguales ante la ley para tener potestad de actuar como ciudadanos en una jurisdicción. Por la alta jerarquización social que se da en el sistema paternalista, en donde los rangos y privilegios de la clase dominante contrastan con la de la mayoría, el concepto de un verdadero estatus de igualdad ante la ley es desconocida en estos regímenes. De ahí la popularidad que gozó este concepto de fraternidad a partir del S.XVIII.

 Aunque generalmente destacamos las consecuencias ideológicas de la Revolución Francesa, el periodo de lucha armada también está preñado de un tremendo significado histórico y filosófico. Maximilien Robespierre puntualiza la diferencia entre las guerras entre naciones y las luchas revolucionarias. Mientras que las primeras se deben a intereses político-económicos, las otras, sostiene Robespierre, son necesarias para cumplir los propósitos de cambio social.  Según el jacobino, no es posible tener un acontecimiento verdaderamente transformador para todos sin que haya violencia a favor de esa causa (3). Como la Revolución Francesa triunfó estableciéndose en los sistemas gubernamentales de Europa occidental, una consecuencia de este proceso fue la adopción generalizada del liberalismo político, que tomando las ideas de los Ilustrados y del legado de la lucha de la fraternidad para salir del esquema absolutista-paternalista, buscaba crear condiciones más justas y una verdadera participación ciudadana.  

 Con el periodo conocido como la Revolución Industrial, fue evidente que si bien el liberalismo había cambiado quién hacía las leyes y quiénes eran los que gobernaban, las condiciones económicas y de trabajo seguían siendo muy precarias para las mayorías. Fue en este tiempo, en el que "la máquina sustituyó al hombre", cuando el sistema económico capitalista se instaló y los campesinos emigraban de sus tierras hacia las grandes urbes en Europa para aspirar a convertirse en obreros de aquellas fábricas que eran propiedad de los nuevos "señores feudales". Después de la opresión feudal-paternalista de muchos siglos, el capitalismo que la fisiocracia defendió ardientemente pareció una excelente solución racional en términos económicos para las naciones. Sin embargo, la inconformidad por los salarios reales insuficientes de las masas populares generó amplios descontentos. Como una crítica a las consecuencias del capitalismo como sistema económico surge el socialismo. Su fundador, Karl Marx, provee una visión integral de la historia de la humanidad en términos de la perenne desigualdad de los rangos sociales y cómo estos se han necesitado uno al otro a lo largo de la historia: la lucha de clases y el materialismo dialéctico. En 1848 publica el "Manifiesto Comunista", en cuyo párrafo final dota de una clara alusión a la fraternidad: "trabajadores del mundo, uníos".

  El marxismo ganó muchos seguidores, tanto entre la élite intelectual como entre los menos favorecidos. El hecho del discurso socialista de igualdad y la propuesta de unirse para expandir la idea de un sistema en donde los trabajadores fueran los dueños de los medios de producción, dio un vuelco en la manera en que se llevaba la relación entre los patrones y los asalariados. Había mucha unión por parte de los estratos laborales de menor rango para exigir y lograr mejores condiciones de trabajo. Lo hacían por medio de unas instituciones que por mucho tiempo fueron vetadas en Europa: los sindicatos. Estos gremios fueron ampliamente popularizados por las asociaciones con pensamiento socialista, cuyo concepto de fraternidad es parte medular de su credo político. La fraternidad fue y ha sido el vehículo que potencializó los grandes movimientos sociales en la historia. Las principales revoluciones, las protestas sindicales, las diversas huelgas, el activismo para lograr el sufragio femenino, el pueblo buscando cambios de régimen y la cohesión social armónica han sido todas producidas por la fraternidad en un grupo de personas sinceramente comprometidas y unificadas en un solo objetivo: el bien común.

   Aunque en la cuestión histórica la resistencia colectiva social, basada enteramente en la fraternidad hacia el bien común ha modificado grandemente el curso de los hechos, ha habido casos de "falsa fraternidad", como es la práctica del corporativismo, tan común en muchos regímenes del siglo XX como la Alemania Nazi, la Unión Soviética y hasta nuestro país. Esta asociación forzada de personas en diversos gremios a lo único que conlleva es al beneficio de ciertas personas en las cúpulas de poder, cuyos objetivos son completamente ajenos al bien común y a la transformación social. Más bien perpetúan un statu quo que deriva en el letargo y la impotencia de las mayorías porque éstas se sienten alienadas de poder ser protagonistas de cualquier cosa dentro de su entorno. Esto suele anular por completo cualquier esperanza de una verdadera fraternidad.

 En el caso de México, aunque haya un desánimo y un escepticismo generalizado de que las cosas puedan cambiar, son las injusticias inminentes y la poca disposición que las autoridades demuestran por representarnos y velar por nuestros intereses las que inician la inquietud de defender lo propio, de pelear la causa de la dignidad, de obtener condiciones óptimas para incrementar el nivel de vida, de soñar con un futuro donde seamos capaces de recuperar las virtudes del "deber ser", de retornar a nuestra herencia y la esencia de nuestra civilización occidental basada en lo que la Revolución Francesa postulaba, peleaba y dejó como legado.

  En nuestro país, aunque las amistades y la unión entre los núcleos familiares son bastante efusivas e íntimas, se estima que más del 80% de los mexicanos nunca ha colaborado en proyectos para resolver problemas en la comunidad y, con excepción del voto, no ha habido mucha participación cívica en nuestra sociedad.  (4)

   Los plantones, las marchas, las huelgas, los diálogos entre los servidores públicos y la ciudadanía y hasta las guerrillas han formado parte de nuestra historia reciente. Eso nos dice dos cosas: la primera es que la manifestación de protesta colectiva y masiva es indicador de una demanda generalizada que brota de la injusticia brutal y de la realidad social cuyos factores son, para muchos, verdaderamente opresivos y asfixiantes. La segunda cosa es decepcionante y visible: si la fraternidad con un proyecto sistematizado, con planes de seguimiento e intereses definidos no se mantienen en un movimiento social, las causas no prosperan, no despegan y al poco tiempo, todo se olvida ante más retos, más abusos y más injusticia.

  Ante el panorama de tristeza, frustración y temor que nos causa la violencia actual, necesitamos replantearnos como país. Salir y darnos valor para que la fraternidad cobre nuevamente sentido en nuestras vidas, para que en vez de asociarnos por interés personal, dejemos que otros nos ayuden y podamos ayudarlos nosotros. Hagamos un plan de movilización para que racionalmente propongamos soluciones que nos restauren a todos con igualdad, que resarzan el daño que nos hemos hecho con la indiferencia, con el silencio y con el miedo a cambiar. Soluciones que no se queden en los blogs de Internet ni en conversaciones casuales. Propuestas que verdaderamente nos dirijan a buscar otro rumbo y una transformación real, no a ser partícipes de una demagogia del cambio que busque cotos de poder para beneficiarnos. Como Hegel dejó claro en la Filosofía del derecho el orden político no se agota en el mero corporativismo, en tanto que somos seres sociales. Seres que buscamos regenerar el tejido social sangrado y nocivo que nos hemos permitido aguantar, no personas que con nuestra hipocresía empeoremos la situación.     

  Realmente, como nación, como pueblo, como mundo nos beneficiaría darnos cuenta del enorme potencial que nuestra efusividad representa, de la enorme e inspiradora historia de lucha social de movimientos que sí han trascendido y sí han impactado en nuestro México, de que a la luz de la verdadera fraternidad podemos aprender, ayudarnos todos y nuevamente soñar... Tener el sueño de los héroes que con su vida en las revoluciones, protagonistas de los cambios reales y cuyos actos hicieron la historia que hoy gozamos, tener el sueño de aquellos que se unen y se salvan, aquellos que como seres sociales que son buscan fraternidad para unir su capacidad y vivir en plenitud la vida que los humanos por naturaleza buscamos: la comunidad.

Bibliografía

(1)  Ávila, Mariano, "Entre Dios y el César: Líderes Evangélicos y política en México 1992-2002". Editorial Libros Desafío, Grand Rapids, EE.UU.; 2008.

(2)  Domenech, Antoni, "El eclipse de la fraternidad": Una versión republicana de la tradición socialista. Editorial Crítica, Barcelona, España; 2004.

(3)  Zizek, Slavoj, "Robespierre: virtud y terror". Editorial Verso, Madrid, España; 2007.

(4)   Bohórquez, Eduardo: "En qué creen los mexicanos", Revista Contenido, México, D.F. Julio 2011.

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