16 de Febrero, 2011

Artesanías regionales guerrerenses

Por Luis Alfonso Villalobos Guerrero - 16 de Febrero, 2011, 19:59, Categoría: ARTESANIAS MEXICANAS

Artesanías regionales guerrerenses

Fotografía: Luis Alfonso Villalobos Guerrero

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Alebrije

Por Luis Alfonso Villalobos Guerrero - 16 de Febrero, 2011, 19:45, Categoría: VERSOS LIBRES

Cual conjuro inesperado me hechizaste
con la magia maliciosa del pecado;
candente como hoguera que a mi vientre
desangrara en clamor desesperado.

De colores el futuro habías pintado
y mil flores a mi paso me ofreciste;
disfraces de ilusión que habías armado
y ese juego de amor que me envolviste.

De tu embrujo aún seduce la aventura
a este herido corazón embelesado
que derrama veleidades de dulzura.

Alebrije, sueño del amor no consumado
y encanto que en el alma aún perdura
del que aún, aún me siento enamorado.

Luis Alfonso Villalobos Guerrero.
Enero 19 de 2011.

 

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Sueño extraviado

Por Alonso Marroquín Ibarra - 16 de Febrero, 2011, 1:02, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Por Alonso Marroquín Ibarra

Me desperté de golpe con una aguda inquietud pegada al cuerpo. Supe que lo que soñaba me había levantado pero las imágenes escaparon demasiado rápido para retenerlas, huyeron como bandidos entrenados para el escape. Al mismo tiempo mi cerebro, con energía autoritaria, hizo que me tapara las piernas; la noche era fría y mis extremidades habían estado mucho rato fuera de las cobijas. Eso alejó más la causa de mi desasosiego.

Nunca he padecido insomnio. Más preciso: nunca lo había padecido, Hoy se ha instalado la excepción. Eran las tres de la madrugada y tenía sueño, mucho. Quise continuar mi descanso pero fue imposible, mi mente trataba de ligar y traer a mi conciencia ese algo, lo que hubiera sido, que logró sobresaltarme de manera tan inusual.

No sé cuánto tiempo estuve en posición fetal, respirando entre las cobijas para calentarme más pronto, ni cuántas imágenes se me presentaron en mi intento por descubrir el origen de mi alteración. Como si fuera hipocondríaco, mi mente empezó a realizar un trabajo desagradable y aunque era consciente de ello no lo pude evitar. Empecé a sudar, convenciéndome, casi, de tener fiebre; la nariz se me constipó y, en asociación automática, pensé en que la gripe me había asaltado. ¿Escalofríos? No. ¿Dolor de cabeza? No. ¿Desguanzo? No. Algo debía ser, aquello no era normal. Mis pies seguían fríos, dormidos, en la antesala de los calambres. ¡Carajo! Me destapé, molesto, sólo para descubrir que apenas habían transcurrido veinte minutos. Faltaban muchas horas para iniciar la rutina diaria.

Contra uno de mis hábitos más arraigados, el café, decidí tomar una taza de té de yerbabuena, quizás me ayudaría a equilibrarme. No sirvió de nada. Además de las incomodidades físicas, se multiplicaron las elucubraciones. Dentro de mi cabeza todo era un auténtico torbellino: imágenes antiguas de lugares y personas, deseos reprimidos, recuerdos de encuentros amorosos, actividades pendientes, la cercanía de los eternos y tormentosos pagos y la escasez de los ingresos, el deseo recurrente de la tranquilidad, los paisajes boscosos de Contadero, los atardeceres de Vallarta, una cruz de Caravaca y hasta la hermosura del Yoyo, el increíble gato medio persa, a quien quisimos tanto y de quien lamentamos profundamente su partida. Imágenes vertiginosas, imágenes imposibles también, imágenes rearmadas y rediseñadas por mi subconsciente, imágenes absurdas y cómicas… Un verdadero universo, con todos los tonos y colores, con sabores y sinsabores, con triunfos y frustraciones, con la gente ida y presente, con el pasado inconmovible, el presente a veces tortuoso y el futuro que quedara, mucho o poco, por construir…

Sentado a ratos en una silla del comedor, luego en la butaca de la sala, con las luces apagadas, de vuelta a la recámara y con un costal excesivamente grande de pensamientos, el tiempo se estiró, se hizo muy, muy largo, hasta que, finalmente, la alarma programada en el teléfono celular me asentó bruscamente en la realidad. Era la hora para empezar un día más. ¡Caramba! Ya estaba pensando que se fuera pronto para regresar y dormir, dormir, dormir…

 - - -

Media mañana: arrastro los estragos de las mal dormidas noches anteriores. Intento sobreponerme y encarrilarme como si no pasara nada, pero mis músculos protestan, desafían abiertamente mi voluntad y, solidarizándose con todo mi organismo, ganan terreno. Parecieran gritar: ¡Acuéstate y duerme! Mi percepción se altera, mis reflejos disminuyen y mis pensamientos son pesados, lentos, equívocos.

Mediodía: los ojos se me cierran, mis párpados se vuelven de plomo, el cansancio hace su imperio y me sojuzga. Lucho, pero mi victoria en pírrica. El enemigo regresa con más frecuencia y con más fuerza, despiadado.

Media tarde: bostezo inevitablemente; sin éxito, sobrepongo una sonrisa a mi gesto. Me siento grotesco. Es imposible ocultar mi inestabilidad, aunque muchos desconozcan su origen. El maldito Morfeo me brinda sus favores a deshoras. Me siento cansado, muy cansado. Si por la noche, agobiado física y mentalmente, alcanzo mi recámara, sólo es para enfrentarme en cadena eterna al implacable insomnio.

Al paso de los días se vuelve una necesidad regresar a mi casa en horas diurnas para no derrumbarme en el pequeño negocio que tengo. La cama me llama como si fuera una amante curvilínea y complaciente y, finalmente, cedo, me dejo caer en sus brazos y apenas me acurruco, duermo, duermo y duermo. Dos horas, tres, seis, nueve… Duermo de un hilo. Todo se ha trastocado, el día me reclama y la noche me abandona.

- - -

¡Ya hay luz! Me levanto angustiado. Es demasiado tarde. Debo bañarme y vestirme a la velocidad del pensamiento. ¡Puta madre, no escuché la alarma!

Me detengo, respiro, veo mi cara alterada en el espejo, debo tranquilizarme. Pienso, recuerdo, ordeno, analizo, concluyo… ¡Todo ha sido una falta de previsión!

Primero: No amanece, está anocheciendo. Me quedé dormido desde el mediodía; fueron demasiadas horas, casi un ciclo de sueño normal. Mi memoria orgánica sabe que amanece después de un período de descanso semejante y, con el dato visual de la luz, mis resortes automáticos rutina se activaron, creándome la sensación de un nuevo día.

Segundo: Ya fincado en la realidad, deslizándose finamente me llegan las imágenes del sueño extraviado que me sobresaltó hace algunos días, cuando se inició esta vorágine. Son claras y precisas. Las dimensiono, y entonces comprendo a cabalidad el porqué de mi tremendo desbarajuste.

He visto la proximidad de la muerte. Varios de mis amigos, contemporáneos míos, han sido embarcados en el viaje final. Pasaron ya esa singular frontera donde no hay discriminación, ni canonjías especiales, ni exclusividad alguna. Hasta hoy no había sido plenamente conciente que ya soy candidato para ese destino inevitable. Quizás ya tenga el boleto en la mano y he seguido, candorosamente, creyendo que no hay finitud. ¡Pensamiento adolescente, equívoco, para un hombre de mi edad!

En el sueño se me han presentado un conjunto de posibilidades que, en cualquier caso, significarían en el momento crucial un sinfín de inconvenientes para los que tuvieran que hacerse cargo del bulto en el que habré de convertirme, la razón: no tengo ningún tipo de cobertura que considere gastos funerarios ni soy propietario del tradicional inmueble de dos metros cuadrados ni de una urna para depositar las cenizas en caso de ser cremado; tampoco tengo cantidad alguna destinada para el caso y como remate, casi ornamental, no tengo testamento donde se especifique al heredero de los bienes que poseo

Caer muerto en estas circunstancias no es del todo deseable, aunque siendo objetivo, el asunto se resolvería de cualquier manera. Pero, ¿qué necesidad hay de palmar y alterarles la vida a los demás? ¿Para qué ser la causa de la rebatinga de los familiares por tal o cual propiedad u objeto: libros, vasijas, cuadros, afiches, malas películas y cuanta baratija haya poseído? Esa historia de rapiña, repetida en todos los tiempos y en todas las familias, debe evitarse. Que se reclamen entre ellos lo que sea, que me achaquen los defectos y malos modos y me disminuyan las escasas virtudes, si las tuve, nada más.

El sueño extraviado, a final de cuentas, aunque está bien definido e mi subconsciente, se me escapaba para no enfrentarme a mi falta de previsión.

La gran pregunta que sigue en el aire, todavía sin respuesta, es: ¿cuánto me falta por hacer?

El poeta desertor - Febrero de 2011


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