La Posmodernidad: un monstruo voluble

Por Leonel Puente - 14 de Febrero, 2011, 21:45, Categoría: DIVULGACION. Trabajos y aportaciones

Por Leonel Puente Colín

I. Romanticismo y modernismo.

En la segunda mitad del siglo XIX, Gustavo Adolfo Bécquer escribía


 "Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!" (1)

Setenta años después, aproximadamente, ya bien entrado el siglo XX, John B. Watson afirmaba:

"Dadme una docena de niños sanos y bien formados y mi mundo específico para criarlos, y yo me comprometo a tomar a cualquiera de ellos al azar y entrenarlo para que llegue a ser cualquier tipo de especialista que quiera escoger: médico, abogado, artista, mercader y, sí, incluso mendigo y ladrón, sin tener en cuenta para nada sus talentos, capacidades, tendencias, habilidades, vocación o raza de sus antepasados" (2)

Estos puntos de vista, ilustran dos periodos culturales del mundo occidental; el primero al romanticismo, el segundo al modernismo. Tanto el romanticismo como el modernismo constituyeron modelos que pretendieron explicar el mundo de una manera lineal y totalizadora. Ambas posturas, irreconciliables entre sí, tenían coherencia cada una a su manera, pero afirmaban ciertos aspectos del ser humano negando u ocultando los otros. Para un romántico, los avances científicos iban en contra de la evolución del alma humana; sus conceptos fundamentales eran la fantasía, la religión, el sentimiento, el espíritu, el misterio, el genio individual, el temple moral y la introspección. Para un individuo modernista, toda fantasía o introspección resultaba negativa porque obstaculizaba el avance de la sociedad; sus conceptos fundamentales eran la realidad tangible, la ciencia, la razón, la objetividad, el pensamiento, la materia, la máquina, el desarrollo industrial, el progreso y la productividad.

A finales del siglo XIX, el romanticismo dejó de tener vigencia general debido a la creciente industrialización y a la disminución del sometimiento fundamentalista de las creencias religiosas. Gradualmente, el modernismo se instaló en todos los ámbitos de la cultura occidental y la ciencia aplicada tuvo un auge que no se había visto nunca a tan gran escala; sin embargo, tras la inicial "ilusión del progreso" y dos devastadoras guerras mundiales, también el modernismo entró en una grave crisis y resultó insuficiente para la estabilidad de los tejidos sociales.

II. Posmodernismo.

En los años 60´s y 70´s (s.XX), aunque el modernismo seguía siendo el modelo imperante, comenzó a fraguarse un nuevo movimiento cultural: el posmodernismo (aunque en aquellos tiempos aún no se llamaba así, era denominado posmaterialismo o superindustrialización hasta que, en 1979, Jean Francois Lyotard publicó su obra La cuestión posmoderna). Las sociedades occidentales, aparentemente homogéneas y hegemónicas, estaban ya conformadas en su interior por una gran cantidad de grupos con necesidades e intereses muy diversos; aunado a eso, el acelerado desarrollo de la tecnología sentó las bases para una ruptura radical con el pasado: las formas de convivencia comenzaron a cambiar con una velocidad impresionante y también las maneras de concebir el mundo y al ser humano.

Ya desde los comienzos del modernismo, las ciencias físicas no sólo rebasaron a las ciencias sociales, también las convirtieron en tributarias: si algo podía hacerse, debía hacerse; de esta manera, los cambios que antes tardaban siglos en ocurrir, ocurrían en décadas o en años. Con la llegada del posmodernismo, en meses o en días se trasformaban las cosas, las ideas, las creencias, las ciudades e, incluso, las personas. La economía de producción se convirtió en una economía de consumo; se desacralizó la política y todo lo que tuviera que ver con figuras de autoridad; se desmitificó a los líderes y en su lugar aparecieron los ídolos pasajeros y desechables; la historia cultural de las minorías y de los subalternos, teóricamente heredada por los historiógrafos franceses de los años 50, encontró vías de aplicación; los paradigmas se convirtieron en perspectivas; de la represión de los sistemas totalitarios, se pasó al caos globalizante, quedando el terreno preparado para que el culto al individualismo y el imperio de lo efímero se hicieran más que patentes; la filosofía abarató sus precios y la psicología dejó de interesarse en el alma para convertirse en ciencia de la conducta.

Abolidos los sueños ecuménicos, disgregada la realidad en muchas parcelas, tenemos ahora una hibridación cultural y una hiperrealidad en donde todo puede ser todo y también nada a la vez. Para un posmoderno, los conceptos fundamentales son el desarrollo tecnológico, el oportunismo, el pluralismo, el perspectivismo, la emoción, las cosas, la deconstrucción, las redes sociales y la globalización. Para estar al día, es necesario conocer un sinfín de datos y entablar un sinnúmero de relaciones de diversa índole. Apenas algo va tomando forma, ya existe una opción nueva o nuevos detalles se deben tomar en cuenta. El resultado de todo esto es una situación pasmante. No por nada se ha calificado al posmodernismo como la "era del desencanto".

III. El yo saturado. (3)

En su libro, El yo saturado, Kenneth Gergen hace un análisis minucioso sobre los dilemas de identidad en el mundo contemporáneo; a través de sus páginas nos va develando la forma en que la conceptualización del "yo", de primordial importancia para el mundo occidental, se está convirtiendo en un barco a la deriva.

Los seres humanos de otras épocas, en mayor o menor medida, tenían un concepto permanente de sí mismos; según el sitio en el que vivieran, la religión que profesaran o la raza a la que pertenecieran, poseían un núcleo esencial, una personalidad constante que difícil o lentamente se modificaba. Sin embargo, en la actualidad, todas las creencias y costumbres, incluyendo leyes y teorías, se han puesto en tela de juicio y nada escapa al cuestionamiento y al cambio.

Existen varios factores que han contribuido a tal situación, pero hay uno fundamental: la tecnología. "Los logros tecnológicos a lo largo del siglo han producido una alteración radical en nuestra forma de revelarnos ante los demás. Como consecuencia de los avances realizados en el campo de la radio, el teléfono, el transporte, la televisión, la transmisión vía satélite, las computadoras, etcétera, estamos hoy sometidos a una tremenda andanada de estímulos sociales. Las comunidades pequeñas y estables, que tenían un molde conformado de otros valores, van siendo sustituidos por un conjunto amplio –y creciente—de relaciones humanas". (Gergen, pág. 13)

En la actualidad, la realidad cambia de un día para otro, de hecho la hiperrealidad es la que domina: en unos cuantos minutos o segundos, las personas—especialmente las que viven en las zonas urbanas o semiurbanas—están expuestas a un torbellino de estímulos indiscriminados. Basta con sintonizar por un rato cualquier noticiario televisivo para recibir, sin pausa ni concierto, una cantidad enorme de información acerca de todo el mundo. Una tras otra, las noticias, presentadas casi todas de una forma impactante, absorben la atención: "El calentamiento global... Asesinos seriales (que, por cierto, ahora son tan admirados como los héroes de la antigüedad)... Una madre indígena pare trillizos por segunda ocasión (los primeros ya están en el Kinder)... Autorización de bodas heteroflexibles (es decir: entre homo, bi y transexuales)... Divorcios express... Matrimonios virtuales... Ovnis sobrevolando la Casa Blanca... Monsanto (el principal monopolizador de transgénicos) se vuelve a pasar las leyes por el Arco del Triunfo... Mariposas drones explosivas (modificadas genéticamente con implantes mecánicos y equipadas con nano-bombas teledirigidas) con la potencia destructiva de varios kilogramos de TNT... El Chupacabras es hembra y está enamorada de Osama Bin Laden... y bla, bla, bla, bla, bla...". La hiperrealidad, es decir: la realidad sobrecargada, superando como nunca a la ficción. Siglos y más siglos de desarrollo artístico y científico, avocados primordialmente al entretenimiento y adoctrinamiento de las masas.

El "yo auténtico" de cada persona es asediado sin cesar a través de los acelerados cambios y, para sobrevivir a esta vorágine, se convierte en una especie de "manipulador estratégico": elige de la moda lo que le acomoda, como dice el dicho. Pero la caprichosa moda posmoderna arrasa con todo, no sólo influye indefectiblemente en la forma de vestir sino en la de pensar y la de sentir: "Las tecnologías que han surgido nos han saturado de los ecos de la humanidad, tanto de voces que armonizan con la nuestra como de otras que nos son ajenas. A medida que asimilamos sus variadas modulaciones y razones, se han vuelto parte de nosotros, y nosotros de ellas. La saturación social nos proporciona una multiplicidad de lenguajes del yo incoherentes y desvinculados entre sí. Para cada cosa que "sabemos con certeza" sobre nosotros mismos, se levantan resonancias que dudan y hasta se burlan. Esa fragmentación de las concepciones del yo es consecuencia de la multiplicidad de relaciones también incoherentes y desconectadas que nos impulsan en mil direcciones distintas, incitándonos a desempeñar una variedad tal de roles que el concepto de ¨yo autentico¨, dotado de características reconocibles, se esfuma. El yo plenamente saturado deja de ser un yo" (Gergen, pag. 26).

En este proceso de saturación social, Gergen hace una distinción entre dos tipos de tecnologías: las de bajo nivel y las de alto nivel. Varias de ellas se desarrollaron simultáneamente y se difundieron de manera inverosímil.

Dentro de la categoría de las tecnologías de bajo nivel están el ferrocarril, el servicio postal, el automóvil, el teléfono, la radiofonía, el cinematógrafo y la edición comercial de libros, periódicos y revistas. Todas ellas contribuyeron a difundir información o a facilitar la movilidad; cada una, en su momento, desempeñó un papel decisivo como factor de cambio e influencia social. Tomemos como ejemplos el automóvil, la radiodifusión y los libros impresos:

  • El automóvil, a principios del siglo XX, era casi desconocido y su producción en todo el mundo no llegaba a cien. En los años 20 se perfeccionó la línea de montaje y, en 1930, había alcanzado el récord de cuatro millones de unidades (más de las tres cuartas partes fabricados en Estados Unidos). En los 80´s saltó a 40 millones diseminados por todo el globo terráqueo (aproximadamente la quinta parte fabricada en Estados Unidos). (4)
  • La radiodifusión apareció en Estados Unidos y Gran Bretaña en 1919, penetrando y alterando la forma de vida en comedores y cuartos de estar, dormitorios, automóviles, playas, talleres, salas de espera y hasta en las calles de la ciudad. En 1925 había 600 emisoras de radio en todo el mundo [la XEW mexicana data de 1930]; esta cifra se duplicó en diez años, y en 1960 las radioemisoras ya eran más de diez mil. (5)
  • El libro impreso ha difundido ideas, valores y modalidades de vida desde hace más de cuatrocientos años; sin embargo, su producción todavía era, hasta cierto punto, artesanal y limitada. Con el desarrollo de las rotativas, las ediciones comerciales pasaron a ser una fuerza poderosa, particularmente en la década de los años 50, cuando la aparición de las ediciones en rústica puso los libros al alcance de vastos sectores de la población. La cantidad de nuevos títulos que ahora se publican, en un solo año, supera con mucho a la producida (antes del siglo XX) por todas las civilizaciones desde que apareció la escritura allá por el año 10,000 antes de Cristo. Se necesitarían muchas vidas para leerlos todos.

Las bases para el proceso de saturación social, y, como consecuencia, la dislocación del concepto del yo individual, estaban en plena marcha con estás tecnologías de bajo nivel. Dichas tecnologías han sido desplazadas, pero no han desaparecido: se han sofisticado y continúan incidiendo en nuestra vida cotidiana; y aún faltaba la llegada de las tecnologías de alto nivel para asestar otro fuerte golpe al equilibrio psíquico.

La siguiente fase traería consigo los avances en el transporte aéreo, la televisión, los viajes al espacio exterior y la comunicación electrónica...

  • Con los aviones a reacción ya no se necesitaban ochenta días para darle la vuelta al mundo, como en la novela de JulioVerne. Además, viajar en avión dejó de ser, para muchos, una aventura o un lujo para convertirse en una necesidad.
  • Con la llegada del hombre a la Luna, varios poetas se volvieron burócratas. Y si se tiene el dinero suficiente, se puede viajar al espacio exterior sin que se requiera ser astronauta de carrera.
  • En 1946 comenzó la televisión comercial y su popularidad resultó descomunal: millones, decenas de millones, cientos de millones, miles de millones de aparatos se han producido y comprado desde entonces. Rara es la casa en donde no exista al menos una, incluso en los países con pobreza extrema. Las salas de cine sufrieron una baja sensible de asistencia, algunas mantuvieron una buena taquilla pero varias tuvieron que cerrar. Al llegar las cintas de video y las cámaras portátiles, muchísimas de las sobrevivientes quebraron.
  • De los 80´s a la fecha, fueron apareciendo las computadoras caseras, los teléfonos celulares, la televisión por cable, los faxes, las laptops, las palms, los ipods... Gracias a estos exquisitos artefactos, la cantidad, variedad y velocidad de intercambio de información se volvió entonces verdaderamente frenética y enloquecedora. La radio y el correo comenzaron a pagar su cuota de popularidad; especialmente la correspondencia postal (en el sentido de comunicación interpersonal): si uno revisa el buzón de su casa, aunque esté repleto de papeles, casi todos son de propaganda o de recibos de pago. ¿Quién se toma hoy la molestia de escribir una carta "con su puño y letra" si se pueden mandar e-mails masivos, chatear o enviar música y mensajes instantáneos por celular?

Todo esto ha traído consigo una movilidad social extraordinaria y una revolución en la forma en la que nos comunicamos unos con otros.  Las hibridas sociedades posmodernas provocan una fragmentación cultural y una precarización del autoconcepto difíciles de asimilar y de comprender. Bajo estas circunstancias, incluso las relaciones cara a cara se vuelven prescindibles: se pueden entablar relaciones virtuales de todo tipo a través de la desaforada Internet, pueden conseguirse cientos o miles de "amigos", hacerse compras y ventas, jugar ajedrez o póker en línea, trabajar sin salir de casa, llevar la oficina a cualquier parte del mundo o estudiar una carrera universitaria sin que medie contacto físico alguno. Una vez conectado a la red, poco importa si alguien se suicida a tu lado. Las redes electrónicas son exponencialmente enajenantes y, en ellas, el concepto de espacio pierde sus dimensiones tradicionales y el tiempo se torna inasible. En palabras de Barry Schwartz: "Hasta cierto punto, más es más; después de ese punto, más es menos...Crear relaciones estrechas requiere de tiempo. ¿Quién tiene la flexibilidad y el tiempo necesarios para darse un respiro durante las actividades regularmente planificadas y poder estar disponible, cuando se le necesita, sin tener que pagar por ello un precio muy alto de estrés y complicaciones?...El tiempo es el último bien escaso y, por alguna razón, aunque constantemente nos lleguen artilugio tecnológicos para "ahorrar tiempo", parece que la servidumbre del tiempo no hace sino aumentar..." (6)

El yo es "colonizado", literalmente, por muchas otras voces y perspectivas que exigen atención; la identidad personal se dispersa en muchos "yoes", lo que da lugar a lo que Gergen (pag. 106) denomina multifrenia, término con el que designa la escisión del individuo en una multiplicidad de investiduras de su yo. Hasta los ataráxicos burócratas, contra su voluntad, han tenido que mover uno que otro de sus anquilosados dedos y poner a funcionar una de las dos neuronas que se alojan en sus enmohecidos cerebros.

Si antes las personas se relacionaban permanente y sólidamente con un puñado de gente—conformada por su familia, sus vecinos, amigos, colegas o compañeros de trabajo--, ahora se relacionan parcial y temporalmente con una cantidad tan grande de individuos, de toda calaña, que difícilmente es posible recordar el nombre de cada uno. Los roles y las redes sociales crecen a un ritmo insostenible y por eso—y para eso—el  yo crea sus estrategias de manipulación: para unos se pone una máscara negra, para otros una blanca; si es necesario se pone una de colores. El problema es cuando se quita todas las máscaras y, al mirarse al espejo, no se reconoce a sí mismo.

Sin necesidad de hacer una introspección profunda y minuciosa—pues no tiene tiempo para tal aberración—, un posmoderno ciudadano de la capital mexicana, al realizar un rápido y superficial recuento de los componentes de su personalidad, bien podría encontrar los siguientes resultados mediante un test mental al estilo de las revistas de psicología barata: 23% es existencialista guadalupano*, 21 ecologista, 19% deportista, 18% acomplejado, 10% modernista, 5% romántico, 3.33% tutti fruti, y, las centésimas que restan, revolucionario.

Una gran cantidad de individuos posmodernos, además de multifrénicos, son nómadas: su dirección es una dirección electrónica, su teléfono es un teléfono móvil que puede cambiar en cualquier momento. Ya sea por necesidades laborales o, simplemente, por "cambiar de aires", muchos se mudan de casa varias veces o emigran a otros estados u otro país. Y aquí, en este punto, habría que hacer un par de especificaciones relativas a  los países en guerra y las comunidades subdesarrolladas, pues, en tales casos, las causas del desplazamiento son motivadas principalmente por el hambre o por la devastación, no por un ascenso laboral, un mejor nivel de vida o la búsqueda de novedad.

Todas estas variaciones de residencia geográfica o virtual, provocan un severo desarraigo y una disminución de compromiso comunitario. El famoso "amor a la tierra"—aunque tal cosa fuese una choza desvencijada—era un valor muy básico y difundido; con el paso del tiempo tiene cada vez menos contenido afectivo. Las ciudades, las colonias, y hasta los pueblos rurales,  se tornan fantasmales porque nadie conoce a nadie y menos se interesan por sus destinos mutuos. Existe gente que platica o interactúa más con los integrantes de las comunidades electrónicas a las que pertenece que con las personas que viven a unos cuantos pasos de su puerta.

También otro famoso amor, el "amor a la camiseta", se disuelve. Hace unos años, recuerdo que Adomaitis, ex-integrante del Cruz Azul, se dirigía al entrenamiento y no lo dejaron pasar a las instalaciones de La Noria: lo que sucedía es que había sido vendido a otro club y él no estaba enterado todavía. Y su caso es uno de tantos: jugadores de equipos con una rivalidad añeja, en el transcurso de su vida deportiva pueden alinear en uno y otro equipo. Luego entonces, la tal rivalidad añeja, se vuelve abstracta: se conserva relativamente la estructura del equipo, pero sus componentes son intercambiables. La lealtad se vuelve una más de las tantas mercancías que se expenden en el mercado de las personalidades.

IV. El shock del futuro. (7)

Después de leer El yo saturado del psicólogo Kenneth Gergen, en una librería de viejo encontré una obra del periodista Alvin Toffler titulada El shock del futuro. Gergen no hace ninguna referencia de esta obra, pero ya la había yo escuchado mencionar por algunas personas y en otras lecturas me había encontrado citas acerca de ella. El titulo me sonaba demasiado sensacionalista y no pensaba comprarlo en realidad, pero, después de revisarlo por unos minutos, me dí cuenta que su contenido era muy parecido al de aquél.

El yo saturado fue publicado, por primera vez, en 1991; El shock del futuro, en 1970. Es innegable que en veintiún años el mundo había cambiado mucho, también que la terminología y el enfoque de un psicólogo pueden ser muy distintos a los de un periodista; pero estas dos obras son sorprendentemente afines. Varios de los datos que maneja Toffler están actualizados en el de Gergen: los miles se convierten en millones, los millones en miles de millones y comienzan a aparecer los billones y alguno que otro trillón; mas eso no es lo más importante, sino que manejan varios conceptos análogos a pesar de que los nombran con otras palabras.

Toffler también pone énfasis en el hecho de que la tecnología es la causa principal de los cambios radicales en la sociedad: "En los tres decenios escasos que median entre ahora y el siglo XXI, millones de personas corrientes, psicológicamente normales, sufrirán una brusca colisión con el futuro. Muchas de ellas, ciudadanos de las naciones más ricas y tecnológicamente avanzadas del mundo, encontrarán creciente dificultad en mantenerse al nivel de las incesantes exigencias de cambio que caracterizan nuestro tiempo. Para ellas, el futuro llegará demasiado pronto" (Toffler, pag. 23).

Este periodista hablaba ya de la transitoriedad de todos los valores culturales; de la muerte de la permanencia; de la febril búsqueda de novedad y de placer inmediato; de la diversidad exacerbada y del desdibujamiento de los parámetros mediante los cuáles el individuo rige su conducta. Denomina "shock cultural" al efecto psicológico producido por los avances tecnológicos. Y ese "shock cultural", aunque impacta primero en las sociedades superindustrializadas, con mayor tono en los ejecutivos o especialistas, no tarda mucho en irse difundiendo en todas las capas de la sociedad. De hecho, muchas de las tecnologías que alguna vez fueron de punta y luego se volvieron obsoletas o anacrónicas, experimentaron un "segundo aire" al descender por los estratos sociales, y, luego, hasta un "tercer aire" al exportarse a comunidades más atrasadas.

El individuo multifrénico de Gergen—fragmentado en varios "yoes", con una personalidad pastiche en cuyo interior conviven por igual el santo y el asesino, el explotador y el altruista, el inocente y el culpable—es denominado por Toffler como el "hombre modular": "Hemos creado la persona disponible: el hombre modular. Más que relacionarnos con todo el hombre, lo hacemos con un módulo de su personalidad. Cada personalidad puede ser imaginada como una configuración única de miles de tales módulos. Ninguna persona total es intercambiable con otra. Pero ciertos módulos sí lo son. Como buscamos únicamente un par de zapatos, y no la amistad el aprecio o el odio del que los vende, no necesitamos entremeternos ni interesarnos por todos los otros módulos que forman su personalidad. Nuestra relación es convenientemente limitada. Existe una responsabilidad limitada en ambas partes. La relación entraña ciertas formas aceptadas de comportamiento y de comunicación. Ambas partes comprenden, consciente o inconscientemente, las limitaciones y las leyes. Sólo surgen dificultades cuando una de las partes vulnera los límites tácitamente aceptados, cuando intenta hacer conexión con algún módulo que nada tiene que ver con la función de que se trata" (Toffler, pág. 113)

V. Cavernícolas computarizados.

¿En qué estamos ahora, en los albores del siglo XXI? Gergen y Toffler son optimistas a pesar de todo; de hecho, sus libros son presentados como una especie de útiles manuales para que la colisión psicológica contra el monstruo tecnológico sea más llevadera.  Existen otros, entre los que me incluyo, para quienes el futuro no es nada esperanzador.

En una reciente nota periodística**, Mateo Cueva*** hace referencia a la prodigiosa (pero también sumamente peligrosa) "convergencia de disciplinas que permiten la creación y manipulación de la materia a escala atómica mediante las nanotecnologías. Sus aplicaciones son ilimitadas: química, biología, física, informática, robótica, etcétera... [Constituyendo] una revolución científica e industrial, en la que algunos ven la panacea de todos los males de la humanidad, incluyendo milagrosos tratamientos contra el cáncer. Otros evocan invenciones mortíferas como bombas miniaturas o mariposas transformadas en drones vivos. Advierten el peligro de una mayor concentración económica y de una transformación radical del homo sapiens, en la que poshumanos**** dominarían a los seres humanos de segunda clase" (8).

Bits... Átomos... Neuronas... Genes... Componentes que hasta hoy han estado relativamente compartimentados en sus áreas, pero que mezclados no tardan mucho en hacer: ¡BANG!

Es difícil ser optimista en un mundo tan voluble, hasta la palabra arte pierde su belleza; y no hablo del abigarrado arte pop, que por más que me lo expliquen no alcanzo a entenderlo (si todo discurso, rime o no rime, es poesía; si todo es calificado como arte, el género se aniquila), me refiero a aquel arte que desde niño siempre he considerado casi divino: las pinturas rupestres. El antropólogo Houghton Brodrick, en una interesante hipótesis apunta: "Nos inclinamos a pensar que el impulso que movió a los hombres de Europa a pintar hace trescientos siglos o más puede encontrarse en el estímulo que en sus sentidos se produjo por un choque de ideas y costumbres, por el contacto de culturas donde los hombres "modernos" se enfrentaron con los hombres de Neanderthal, físicamente diferentes de los que encontramos en Europa. Parece improbable que una cosa tan original, tan extraña, tan mágica, exponente de un progreso espiritual e intelectual como el arte, se originase en cualquier otra esfera que no fuese la de una revolución moral". (9)

Lindo razonamiento, pero dicho enfrentamiento cultural, por muy moral y revolucionario que haya sido, culminó en el exterminio de los neandertalhes.  Los homo sapiens depredamos todo y a todos, máximamente a quienes más se nos asemejan porque ponen en riesgo nuestra supremacía. Ojalá fuera mentira que existe la posibilidad de crear homo sapiens 2.0, pero,  mientras ocurre el siguiente exterminio o la destrucción total del planeta, oigamos a Joaquín Sabina cantando que tenemos "más de cien mentiras para no cortarnos de un tajo las venas", quizá nos consuele un poco su ácida ironía; prendamos el televisor, evitando obviamente todos los canales educativos para embobarnos en sus emocionantes programas; leamos bests sellers, del estilo El monje que vendió su Ferrari, para entretenernos con su filosofía light; vayamos al Gym más cercano, tomemos agüita embotellada, asistamos a una marcha en pro o en contra de cualquier cosa, naveguemos o volemos por la internet, vayamos a misa aunque ya se nos haya olvidado cómo o para qué se reza. En resumen: matemos el tiempo. Total qué: si la tesis del rumano Virgil Gheorghiu es acertada, como especie ya estamos viviendo tiempos extras en la Historia; la hora fatal, la hora veinticinco de la humanidad—tal como la entendíamos—sonó hace años.

 

Bibliografía.

(1) Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas, leyendas y narraciones. Edit. Porrúa, México, D.F., Colección Sepan Cuantos...1980.

(2)  John B. Watson, El Conductismo. Edit. Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1961.

(3) Kenneth J. Gergen, El yo saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Edit. Paidós, Barcelona, España, 1992.

(4) Datos citados por Gergen de John B. Rae, The american automobile industry, Boston: Twayne, 1984.

(5) Datos citados por Gergen de Ivan Stoddard Coggeshall y otros, Telecommunications Systems, Encyclopaedia Britannica, 1988.

(6) Barry Schwartz, Porque más es menos. Edit. Taurus, México, D.F., 2005.

(7) Alvin Toffler, El shock del futuro. Edit. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1972.

(8) Mateo Cueva, Las nanotecnologías hacen ¡BANG! Prodigiosa convergencia de bits, átomos, neuronas y genes. Le Monde Diplomatique, edición México, EU. y Centroamérica, número 14, Octubre 2009.

(9) A. H. Brodrick, La pintura prehistórica. Edit. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1950.

Notas

* "Existencialista Guadalupano" es un término que me gusta piratearle a José Agustín. Puede encontrarse el contexto en su novela De perfil.

** Escribí este ensayo entre finales de 2009 y principios del 2010). El excelente mensuario –palabra derivada de mensual, no de la palabra menso—Le Monde Diplomatique, edición México, Estados Unidos y Centroamérica (traducido al español), ya no existe. Conservo sólo diez ejemplares, de Abril de 2009 a Enero del 2010, y me hubiese encantado conseguir los primeros siete. El ejemplar 14, del cual extraje la información, corresponde al mes de octubre de 2009 y, de hecho, es el que más estimo porque lo tengo firmado por Serge Halimi (director de Le Monde Diplomatique de Paris) y por Jean Francois Boyer (quién dirigía la edición ahora extinta y que sólo tiró 17 ejemplares). Ambos periodistas me lo autografiaron amablemente después de la conferencia: "Estados Unidos: ¿un nuevo rumbo?", el día 27 de octubre de 2009, en la Sala Covarrubias del Complejo Cultural Universitario. Todo parecía ir viento en popa con la edición y la aceptación de los que leíamos tal mensuario al oeste del Atlántico, pero en Febrero de 2010, de buenas a primeras dejó de aparecer. ¿Será qué en México, Estados Unidos y Centroamérica, faltan siglos para que exista un periódico o mensuario que sólo dependa un 4.1% de los anunciantes, 37.1% de sus suscriptores y que su base sean sus ávidos lectores, quienes constituyen el 58.8% de su ventas y que lo compran en los puestos o tiendas por los contenidos de fondo? ¿Será qué peco de ingenuo al creer que existe una comunidad profesional de periodistas accionarios que realizan una publicación, casi sin censura, allá en París o en cualquier otra parte del mundo?    

*** Mateo Cueva es el pseudónimo de un alto funcionario internacional.

**** Según ETC Group, 2006, www.etcgroup.org/es/ un transhumano es una especie de homo sapiens 2.0, dotado de desempeños físicos e intelectuales "aumentados", coexistiendo con humanos de segunda, marginados en su humanidad misma (cita de Mateo Cueva).

Santa Fé, México, D.F.

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