Los libros del pasado

Por Luis Alfonso Villalobos Guerrero - 7 de Noviembre, 2010, 1:35, Categoría: LIBROS

Por Luis Alfonso Villalobos Guerrero
Octubre 18 de 2010.

No hace más de ocho años, cuando colaboraba para una prestigiada firma intermediaria de seguros,  tuve oportunidad de conocer la imprenta, la enorme imprenta en donde se producían los libros de texto gratuitos auspiciados por la secretaría de educación pública. La fábrica encargada entonces de su impresión se ubicaba por allá de la salida a la carretera a Pachuca, y era propiedad de un alto empresario de bajo perfil que manejaba relaciones personales con políticos, hijos de políticos, y especialmente hijos de algún ex presidente.

La visité varias veces durante nuestros intentos para hacernos de la cuenta en el campo de sus seguros, por lo que estuve muy cerca de sus procesos de impresión, encuadernado y empaquetado, lo que traería sin duda muchos recuerdos de mi niñez alrededor de los libros.

Según me he podido cultivar, el libro de texto gratuito fue una obra del presidente Adolfo López Mateos (sexenio 1958-1964), hombre memorable no solo por su sencillez, sino por haber sido el artífice del ISSSTE, por la nacionalización de la industria eléctrica, por conquistas laborales como son el reparto de utilidades y el aguinaldo, por obras tan importantes como el museo nacional de antropología en Chapultepec, el del Virreinato en Tepotzotlán, el conjunto urbano Nonoalco Tlaltelolco y la unidad Independencia. Pero también, y en mayor medida, por haber nombrado a los mejores secretarios de estado en cuatro de las más importantes carteras: Antonio Ortiz Mena en Hacienda, Javier Barros Sierra en Obras públicas, Jaime Torres Bodet en Educación, y el mejor de todos, Ernesto P. Uruchurtu en el departamento del Distrito Federal.

En 1959, cuando se distribuyó el primer libro de texto gratuito, yo cursaba apenas el segundo año de primaria en el colegio América que entonces estaba en Gelati 29 del pueblo de Tacubaya, donde hoy se encuentra el hospital Mocell, y lamento haber estado tan chamaco cuando la segunda esposa de mi padre vendiera al kilo cada libro garabateado durante el ciclo escolar anterior, porque estoy cierto que hoy formarían parte de aquellos viejos tesoros que guardo bajo vitrina.

En ella conservo por ejemplo y en todavía buen estado, el primer libro con el que aprendí a escribir y a leer.

Ese viejo libro está impreso por la editorial Progreso el 25 de Mayo de 1955, cuando apenas era el momento, a los cuatro años, de comenzar mi preprimaria para garabatear con lápices de colores. Apenas suelo sacarlo de vez en cuando, como a los demás que conservo, por el enorme temor de que se me deshagan entre las manos.

Mención aparte es aquel momento en que aún niños nos regocijábamos con los cuentos que nos platicaban nuestros mayores. Quién de nosotros no leyó en sus épocas de niñez algún cuento de Perrault, de los hermanos Grimm, de Rabindranath Tagore, de Julio Verne o de aquel célebre Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain.

Tiraba entonces una moneda de veinte centavos  al aire por ganarme un par de aquellos merengues color de rosa, recién horneados, con la esperanza de endulzar mi boca para, después de la consabida tarea, dedicarme a soñar con la lectura. El libro del cuento de la Cenicienta que conservo está editado por Sopena, Argentina en Junio de 1951.

Debió ser por allá de 1958 o 1959 cuando circuló para los niños una colección de doce librillos que la editorial Novaro México intitulo "Biblioteca de los pequeños libros de oro", y de los cuales aún conservo tres ejemplares cuyas portadas reproduzco. Estoy cierto que fueron el agasajo de mi niñez.
          
Con 98 títulos entre los que se encontraban la isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, Los viajes de Marco Polo de Lewis Walace, Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, Bernardette de Jean Meunier, Moby Dick de Herman Melville, David Copperfield de Carlos Dickens, y tantos otros, la colección de historias de la editorial Bruguera en Barcelona se distribuyó en México a partir de 1959. Hoy, desgraciadamente, sólo conservo un ejemplar, y espero que el resto mi hermano mayor, Jesús, no los haya vendido al mejor postor.

En los años de juventud las lecturas debían ser ya no tanto en beneficio de la fantasía, sino de la cultura, y las editoriales se preocupaban por ello. También conservo el segundo de tres tomos de la entonces célebre colección "El libro de nuestros hijos", que publicada por UTEHA en 1956, incluía lo mismo las grandes lecturas de las culturas Griega y Romana, Biografías de las grandes personalidades de la humanidad, y hasta los conceptos y reglas básicas de todos los deportes.

Ahí tuve mis primeros acercamientos con la mitología Griega que resumiera aquel llamado Pseudo Apolodoro entre los años 180 a 120 antes de Cristo. Redactados a manera de cuentos infantiles y desde luego ampliamente resumidos, leí La Ilíada y la Odisea de Homero; la Teogonía, Prometeo y Pandora, de Hesíodo; las historias trágicas de Agamenón y sus hijos Edipo, Jasón y Medea, de Sófocles, y desde luego de la mitología Romana a Hércules o a sus principales Dioses como Ceres, y la tríada que formaban Júpiter, Marte y Quirino. Sería muchos años después, cursando el segundo año de preparatoria, cuando leería sus versiones originales.

Durante los últimos años de la secundaria y quizá por allá del primer año de preparatoria, ya circulaban una serie de cuadernillos que la editorial Interamericana publicara sobre las caricaturas que Charles Monroe Schulz (1922-2000) sobre ese particular personaje que siempre ha sido Charlie Brown para quienes lo gozamos. Charlie, eres lo máximo, Charlie, no te preocupes, Puedes hacerlo, No tienes suerte, y Calma, Charlie Brown, son algunos de los ejemplares de esa colección que guardo tras cristales.

Algún día llegaría el amor a mi juventud, y entonces también  llegaron muchos libros de entre los que no puedo hacer a un lado aquellos que dejaron una sensible huella en mi humanidad  y en mi personalidad.

Quién no leyó por ejemplo aquel tratado filosófico El arte de amar, que Erich Fromm publicara en 1959 y en el que postulara el cuidado, la responsabilidad, el respeto, y el conocimiento, como los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro.

Y quien no se dejó llevar por la especial filosofía con que Antoine de Saint Exupery imaginara a El principito cuando lo escribió en 1943 estando hospedado en un hotel de Nueva York. Toda una metáfora  sobre el profundo sentido de la vida, la amistad y el amor.

Y desde luego que guardo un especial recuerdo por aquella verdadera homilía sobre el camino personal de superación que escribiera Richard Bach con el título original de Jonathan Livingston Seagull, y que aquí se conociera como Juan Salvador Gaviota. ¿Qué es la existencia?, ¿Qué soy yo?, y ¿Hasta donde puedo llegar si me empeño?, serían las inferencias que su lectura aportaría al conocimiento recogido en los libros del pasado. Se publicó por vez primera en 1970, y el ejemplar que conservo, ya ilustrado con las fotografías de Russell Munson, fue publicado en 1972 por la editorial Pomaire.

La generación de la que formé parte siempre estuvo tentada por el cuestionamiento a lo establecido en la estructura de nuestra sociedad,  de nuestro gobierno y de nuestra economía. Nadie puede minimizar la herencia política de verdaderos luchadores sociales como fueron Arnoldo Martínez Verdugo (1925- ), Heberto Castillo Martínez (1928-1997), Demetrio Vallejo Martínez (1910-1985), Valentín Campa Salazar (1904-1999), y tantos otros que con su trabajo nunca intentaron lucrar en su beneficio.

Y no puedo soslayar que como muchos que entonces participaron en los movimientos estudiantiles de 1968 y 1970, también cuestioné la fortaleza de aquellos principios y costumbres heredados de mis antecesores. Estuve cerca de la entonces embajada de la URSS, estudié a Vládimir Ilich Lennin y sus obras, e inclusive participé en una selección de jóvenes que irían a cursar estudios en Moscú. Con el tiempo y la necesidad de trabajar para solventar ciertos lujos a los que mi abuelo me había acostumbrado, abandoné toda posición de índole socialista.

Pero hay un libro entre los acumulados en la biblioteca que ya viejo me precio de tener, cuya lectura vino a equilibrar mi postura ante la vida, ante las posiciones sociales, ante el dinero. Ese libro recuerdo haberlo comprado en la casa de retiro Carmel Maranathá que los religiosos Carmelitas tienen en las afueras de Valle de Bravo, Estado de México. Yo nunca he sido un apasionado de mi religión, pero suelo visitar ese centro espiritual cuando tomo días de descanso en Valle, por la belleza de su construcción, por la magnificencia de sus templos, porque es un verdadero ejemplo de lo que el hombre puede dedicar al origen de sus creencias. Algo así como volverte a preguntar cuál es el prodigio que te ha traído a la vida, y para qué, porqué, y hasta dónde puedes llegar si a tu camino le imprimes el mejor de los empeños.

Anthony de Mello (1931-1987) fue sacerdote Jesuita nacido en Bombay, India, y graduado en Psicología en los Estados Unidos. Seguidor de los ejercicios de San Ignacio de Loyola inició una corriente de retiros espirituales multireligiosos en los que se mezclaban conceptos católicos, budistas, y de otras tantas religiones que él había estudiado, corriente llamada entonces Renovación Carismática. Después de su muerte, el 24 de Junio de 1998, la congregación para la doctrina de la fe, entonces dirigida por el cardenal Joseph Alois Ratzinger, desde abril de 2005 Papa de la iglesia católica con el nombre de Benedicto XVI, condenó su obra como "incompatible con la fe católica". De Mello jamás pretendió crear manuales sobre la fe católica, pero intentó llevar la espiritualidad a los no católicos, a los agnósticos, a los ateos.

Se puede amar al dinero, pero nunca de forma tan exagerada que te impida ver el tamaño de las mismas monedas; se puede vestir elegante, pero nunca de forma que impida ver a los demás lo que traes en el cuerpo; se puede disfrutar la vida, siempre que no pierdas la proporción de las cosas que están en tu entorno; se puede ser grande, siempre que no olvides que algún día fuiste pequeño; se puede ser exigente, si nunca olvidas que algún día a ti te exigieron; se puede aceptar la rebeldía, si no olvidas cómo te encauzaron cuando tú fuiste el rebelde; se puede amar intensamente si no olvidas que amar es arrollidarte ante la vida para  ofrendar un poco de lo mucho que a ti te gustaría recibir.

Estoy cierto que he dejado de lado muchos, muchos libros que en el ayer dejaron una huella imborrable en la conformación de mi personalidad, de mi forma de actuar, de mis sentimientos, de mis pensamientos. A los que guardo en los libreros de mi estudio y que no bajé para recordarlos les pido una disculpa. No podría haberlos abarcado a todos. La vida me ofrecerá más tiempo para hablar de ellos.

Si finalmente esto sirve para invitar a la lectura, habré cumplido mi intención. Soy, a mi edad y en una buena proporción, producto de lo que he podido leer de esos libros del pasado.


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