11 de Septiembre, 2010

Mi encuentro con Juan Cervera Sanchís. Una luz en la soledad

Por Luis Alfonso Villalobos Guerrero - 11 de Septiembre, 2010, 9:40, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Por Luis Alfonso Villalobos Guerrero

Luis Alfonso Villalobos y Juan Cervera Sanchís

Con el correr de la tinta tantos años por mis manos, aislado en los pequeños espacios en los que la inspiración, la alegría, y hasta el profundo dolor por lo que se escribe agota las veladas solitarias, al fin concluí que era ya el tiempo de pensar en el compartir, en el someterme al juicio de la hisori, y porqué no, en vida ser calificado, vanagloriado o hasta depauperado.

Escribir sería un fracaso si lo escrito sólo se limita a la lectura de los descendientes o al testamento intelectual de cientos de páginas y borradores que alguien, como yo mismo lo he hecho con alguno de mis antepasados, algún día rescataría. Aquel italiano Juan Pablos que fuera el primer impresor en América Latina, y hasta los hermanos Ricardo y Flores Magón, que en los tiempos de Porfirio Díaz publicaran el hijo del Ahuizote, con seguridad se irritarían de ver lo acumulado en el cajón de los escritos sin a la fecha ser leídos por nadie.

Quizá el camino de la escritura lo equivoqué desde el principio, porque a lo mejor debí abandonar los ánimos de desarrollo profesional y empresarial, para dedicarme de lleno a las reflexiones que Platón haría sobre éste particular género literario. Si no en balde sentía los impulsos de la sangre y de vez en vez garabateaba sobre cualquier papel al alcance de mi mano; si dediqué buenas horas de estudio a dominarlo y educar mi pluma, y si durante más de cuarenta años de vida escribí y guarde, escribí y guarde, quizá ahora alguien escribiría mi nombre en un buscador de Internet para recibir todo un bosquejo de mi historia. Pero Mariano Azuela escribió su primera novela, María Luisa, a los 34 años, por lo que siendo uno de mis predilectos, nunca me persiguió la prisa. La prisa siempre termina en tropiezo, y la calma siempre tendrá la paciencia para aguardarte en el camino; siempre me dije: cuando te canse el rayo del sol, siempre encontrarás una sombra bajo la cual cobijarte.

Y esa sombra de confort la acabo de recibir, inesperadamente, cuando aún no es tarde.

El hombre de los muertos, llamado así por quienes le conocen bien, porque sus padres se perdieron durante la dictadura Franquista, Juan Cervera Sanchís habría sido para mis expectativas la sola posibilidad de que alguien que con autoridad revisara mis escritos y los calificara. Un hombre que fuera extraordinario, un ser humano, una autoridad, un ejemplo de experiencia. A esos seres humanos iluminados con el prodigio de la escritura no se les encuentra por las esquinas de nuestros barrios esperando quien se les acerque para someter a su consideración lo acumulado, por lo que debo a la vida la suerte de haber compartido su mesa sin haberlo buscado intencionalmente.

Español como aún lo refleja en toda su figura, su piel bronceada por el mismo sol que quemara aquella del Gonzalo Guerrero de la punta de Champotón y amante, como aquél, de nuestro México; con el bigote y la barba cerrados, ya canosos y sin cortar al borde de piel; de amplias arrugas que la edad le ha marcado en la frente, y de pequeños pero profundos ojos oscuros que alargan su mirada hacia su entorno inmediato, Juan Cervera Sanchís me recibiría en la cafetería del museo Franz Mayer, en pleno centro de nuestra ciudad de México.

Ahí me llevaría nuestro mutuo amigo, Alonso Marroquín Ibarra, director del Proyecto Cultural Chobojos, y a quien la fortuna me permitió conocer en la acera que compartimos con nuestros mutuos negocios.

Café expresso corto, la porción más breve pero más concentrada del café como su única bebida durante las casi tres horas de convivencia. Y como los buenos adultos de la generación que me antecede, bien vestido con un saco cuadrícula en tonos café marrón y líneas azules, y un cuello de tortuga claro. de seda. y de mangas largas. Cruzados sus brazos y su mano izquierda, quizá la más prodigiosa, guardada bajo el ala derecha de su saco.

Museo Franz Mayer. Ciudad de México

Nadie es profeta en su tierra, y menos cuando el índice de lectura por habitante es de menos de cuatro libros al año como en la nuestra. El camino de editar y publicar en México es de suyo un empedrado lleno de desilusiones y desánimos, así que es comprensible que la sola oportunidad de estar en la misma mesa con Juan Cervera fuera una luz en mi soledad.

A sus bien conservados 77 años y venido a nuestro país desde 1968, Juan sí fue profeta en su tierra, pero desde la lejanía que el franquismo le impusiera. De hecho se le reconoce más en su patria que en nuestro pobre cultural México. Allá le han publicado cualquier cantidad de editoriales entre las que he podido encontrar no sólo la última, Bohodón ediciones de José Luis Muñoz Sáez, sino muchas otras prestigiadas instituciones como Agem, Arrecife, Cal viva, Carabela, Rialp, y otras tantas más. lo mismo en España que en Perú, en Uruguay, y hasta en el mismo Japón. En nuestro país lo han convocado entre otras, el gobierno del estado de México, la Universidad Veracruzana, el gobierno del estado de Nuevo León, la Universidad Autónoma del estado de México, la Universidad Autónoma Metropolitana, y el Instituto Politécnico Nacional.

Un hombre sencillo, de una humildad transparente y clara, y de una enorme sensibilidad que conquista con el mismo ritmo de sus ademanes, de sus gestos y sus opiniones.

 "La forma debe ser el artificio con el que el poeta debe plasmar la belleza de sus escritos, independientemente de que estos se refieran al hermano cerdo, al aguacate o al perejil."

Y con esas sencillas palabras libraría de mi pasado aquellas ufanas críticas por el haberme atrevido algún día, a escribirle un poema a mi oficina, la habitación en la que pasaba la mayor parte de mi vida, y la que me daba a mí y a mi familia, el sustento cotidiano. "Uno aprende a jugar con los años / a no dejarse engañar / y a jugar con los engaños / por el gusto de jugar." (Juan Cervera Sanchís).

Una sombra de confort al fin y al cabo, Juan llevaba bajo la diestra las mismas canas de aquella mi juventud que he guardado en sobres tamaño carta color Manila. En su paquete de escritos y libros que al ritmo de la conversación fueron apareciendo, lo mismo hicieron nuestras indudables coincidencias.

Ahí tuve el agasajo de que me autografiara el tercer volumen de su obra poética que previamente me enviara; ahí mismo me dedicó su libro "Sonetos del amor, de la vida y la muerte", ahí mismo se grabó en video su poema "Ese Dios" que está plasmado en la página de Chobojos, y ahí mismo me firmó su original.

La vida no pasa en balde y en su largo transitar va regando a diestra y siniestra, para cada quien, lo que merecemos. Puedes esperar todas las cosas con las que has soñado y que quizá nunca se cumplan, pero debes siempre estar atento de las oportunidades que a tu espalda la vida te prodiga. No figuré en el cuadro de honor del recientemente fallado premio internacional de poesía bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz que patrocinara el gobierno del estado de México, pero como el mismo Juan Cervera me lo anticipara: "Publicar en México es de las cosas más difíciles que hay, y siempre hay una España o una Argentina que te esperan".

Lora del río y su Guadalquivir hace muchos años que lo deben extrañar, como lo hacen hoy los amigos de Andalucía y el mismo Ayuntamiento de Tres Cantos. Pero como Juan bien lo diría en uno de sus poemas: "Que esta extraña enfermedad / de vivir me gusta tanto / que no me quiero curar"

He de seguir escribiendo cotidianamente, he de ensayar una y otra vez el soneto y las redondillas en todas sus modalidades, porque "Basta una gota / de agua para llenar / de Dios mi boca.

Con agradecimiento a Juan Cervera Sanchís.
Luis Alfonso Villalobos Guerrero.
Agosto 30 de 2010.
R.D.A. en trámite.

 

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Monólogo del encarcelado

Por Alejo Morales Parra - 11 de Septiembre, 2010, 9:30, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Por Alejo Morales Parra

No sé, bien a bien, por qué estoy aquí. Los agentes llegaron aquella noche a mi domicilio y entre golpes y empujones arrearon conmigo. Otros dos, vecinos míos, también fueron metidos en la camioneta, entre una cadena interminable de mentadas de madre y amenazas. Me dio miedo, sí. Nunca lo había sentido de esa manera. No es igual ver un perro, por bravo que sea, venir hacia nosotros con toda su furia, donde parece que no se tiene escapatoria. No, no es igual. No. Es un miedo... de a de veras. Será tal vez porque sabe uno que no se puede correr a parte alguna, que no hay salida viable, que se está a merced del capricho de cuantos están en el poder judicial; lo mismo del maldito que nos pasa por enfrente y sonríe burlón, que del carcelero cuerpo de ropero de mirada inmensamente indiferente. Es como si los que estuviéramos aquí no tuviéramos valor alguno, ni como estorbos. Es parecido a dejar de existir; parecido, nada más, porque nuestra presencia los irrita y en cualquier momento puede generarles una reacción inesperada que se convierte en  un puñetazo en el estómago, un grito de ¡ya te cargó la chingada!, o una especie de consejo, que deja entrever que apenas se está en el principio de un camino largo, siniestro, que no se sabe dónde llegará.

« ¿Para qué escribes sobre todo esto? », preguntó Ernesto, en uno de tantos días donde la angustia y la desesperación rompieron mi templanza. « No tiene sentido. No van a desaparecer las cárceles, ni las detenciones arbitrarias. Ahora mismo deben estar llegando otros como nosotros. Cuando reciben sus órdenes, ellos van por los chivitos. Luego nada más los meten aquí y las estadísticas crecen. ¡Vayas creyendo que vas a cambiar algo! »

No entiende. Ernesto no entiende que el solo hecho de garrapatear el papel es terapéutico para mí. Me ayuda a reafirmar en mi conciencia que soy inocente o que, al menos, lo era al llegar aquí.

Me golpearon, sí; me intimidaron también. Durante los interrogatorios, la manera aplastante en que me señalaron, como delincuente, como asesino, llegó a extremos tales, que en mi mente cansada y abatida, se recreaba el purgatorio. ¡Todos eran diablos desgajando mi integridad! En coro infernal, afirmaron mi saña, describieron un cadáver, trazaron un escenario desordenado y sangriento, donde yo, protagonista maldito, tomé la vida de aquel hombre. ¡Puros infundios! ¡Perversos! ¡Rompieron mi vida!

Lloro, sí; ¿cómo no hacerlo? Son lágrimas de impotencia las mías, como las de tantos más. Rabia pura contenida. La indefensión es la peor de las infamias y ellos dejan a cualquiera disminuido al extremo, como animal de sacrificio. Luego, afilan sus largos cuchillos y en un festín de sadismo, desangran y destazan, hasta que no queda nada del individuo… sólo jirones. Lloro porque ya no puedo ver nada más que un tiempo muerto para mí. Sólo existe la esperanza -¿esperanza?- de caminar de nuevo por las calles en la vejez. A veces se hace chiquita, cuando mi salud se quebranta; en ese momento creo que moriré aquí. ¡Falta tanto tiempo para que salga!

« ¡Usté fue! No diga que no. No lo niegue. No mienta. No se retracte. No se desdiga. No discuta. No retobe. No amenace. No injurie. No blasfeme. ¡Usté lo mató! No contradiga. No grite. No balbucee. No gima. No chille. No llore. No se retuerza. No se quite. No se proteja. No junte los brazos. No se duela. No sienta. No deje de sentir. No se caiga. No se desmaye. ¡Lo asesinó sin piedad! No se levante. No haga buches. No se ahogue. No vomite. No se convulsione. No se caliente. No se enfebrezca. No se agobie. No se debilite. No se tambalee. No pierda el sentido otra vez. ¡Su saña no tuvo límites! No se eche pa" atrás. No se queme. No se marque. No se estrelle contra la pared. No se entuma. No se muera. ¡Lo descuartizó como a un puerco! No se haga como hilacho. No se bambolee. No se raje. No se quiebre. No se desmadre. ¡Usté se lo chingó con premeditación, alevosía y ventaja! ¡Llévense a este asesino! Ya confesará. »

Todo es para mí una pesadilla recurrente. Los recuerdos y el miedo me alejaron del sueño, no puedo dormir. Al tiempo, me bautizaron como el Zombi. Soy el hombre de las pupilas idas; el Quietecito, el Filoso.

Trabajo en la carpintería haciendo lámparas, cuadros con la Virgen de Guadalupe, repisas, charolas y, a veces, juegos de ajedrez… pero los pagan muy baratos, demasiado, y aquí se necesita mucho el dinero. No es lo mismo estar en este pabellón que en el de La Jauría, y estar aquí cuesta, como cuestan los cigarros, la sombra del patio, las cocacolas y el que dejen pasar las mercancías que traen los familiares. No pagas, no te llegan, alguien las requisa en el camino. ¿Quieres tener radio?, cuesta. ¿Quieres tener una televisión chiquita?, cuesta. ¿Quieres que en las inspecciones no se lleven las pocas porquerías que tienes?, cuesta. Todo cuesta. Hay cosas que no se pueden evitar, pero de eso no quiero hablar… Se pierde hasta el último gramo de dignidad, y el hombre más hombre queda con un rencor clavado para toda la vida, a no ser que equilibre las cosas, arrancándole la vida a su agresor.

Aquí, aunque se llegue inocente, va uno acumulando delitos y condenas. Los años por cumplir se multiplican y, como autojustificación, uno empieza a creer  que todas las barbaridades cometidas contra otros, finalmente valieron la pena.

Soy un hombre triste, de recuerdos demasiado lejanos que se han ido borrando; hombre que se ha vuelto cruel e insensible a punta de tanta iniquidad. Soy un sobreviviente dentro de los sobrevivientes. Ojalá que Dios me demuestre que sí existe y, aunque tenga 68 años al salir, mis piernas puedan recorrer todavía, muchas, muchas calles.

 

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