Karoshi. Muerte por agotamiento

Por Agustín Garfias - 27 de Julio, 2010, 21:34, Categoría: DIVULGACION. Trabajos y aportaciones

Por Agustín Garfias

 

En 1969, un empleado de 29 años, que pertenecía al departamento de facturación de la compañía periodística más importante de Japón, llevaba 40 días trabajando sin apenas descansar y murió a causa de un derrame cerebral. Aquel fallecimiento fue catalogado como "muerte súbita ocupacional" y, tiempo después, se consideró como el primer caso de karoshi.

En japonés, "karo" significa exceso de cansancio, y "shi", muerte. Karoshi: muerte por exceso de cansancio. Este término fue acuñado en 1982, año en que se autorizó la publicación de libros que hablaban sobre el tema pues, antes de esa fecha, el gobierno nipón trató de evitar toda información al respecto. En la actualidad, este fenómeno ya está tipificado, pero es escasa la difusión que se le ha dado; las estadísticas y las estimaciones epidemiológicas son dudosas, y su legislación aún está en proceso.

El hecho de que el término para definir este fenómeno haya surgido de ese país oriental, no es casual, obedece a razones históricas y socioeconómicas. Después de la Segunda Guerra Mundial, debido a la devastación que habían sufrido dentro de su territorio, los japoneses optaron por desarrollar e implantar el sistema de control de calidad total en todos sus ámbitos de producción y de servicios al cliente; este sistema exige un profundo compromiso, difícil de entender y de ser aplicado en el mundo occidental, pero que para ellos, debido a su crítica situación y a su radical idiosincrasia, se adecuó perfectamente. En menos de tres décadas, se convirtieron en una potencia económica, sus productos y servicios adquirieron gran fama, y se ganaron el respeto y la admiración de la opinión pública mundial.

El asunto parecía marchar de maravilla, pero todo tiene su precio y el "error cero" de su filosofía empresarial no podía ser la excepción. Los turnos de trabajo excesivos y las constantes horas extras en las décadas de los 50´s, 60´s y 70´s, no eran considerados por ellos como un sacrificio, sino como un honor. Trabajar indiscriminadamente era motivo de orgullo, porque de esa forma sentían que colaboraban directamente en el levantamiento de su patria. Sin embargo. se les escapó un detalle: el cuerpo tiene un límite. Más allá de todo valor moral, cívico, patriótico o religioso, el ser humano de cualquier latitud, de manera general no puede vivir inmerso en una disciplina permanente y asfixiante. Muchos trabajadores murieron en el desempeño de sus labores o se suicidaron al sentirse frustrados por no haberlas cumplido satisfactoriamente.

Son admirables los logros obtenidos por los japoneses, pero han llegado a un punto en el cual ya no pueden seguir ocultando los altos costos que han tenido que pagar. A pesar del hermetismo de su cultura, ya existe un Consejo Nacional para la Defensa de las Víctimas de Karoshi, formado principalmente por abogados de Tokio; sin embargo, los requisitos para entablar un juicio de este tipo son exagerados: para que la familia de un empleado muerto por esta causa pueda cobrar una indemnización, se debe demostrar que el finado trabajó más de 25 horas consecutivas o que laboró más de 16 horas sin descanso durante los siete días anteriores al deceso.


La muerte por exceso de trabajo, o karoshi, afecta principalmente a los empleados  que laboran en empresas dedicadas a las telecomunicaciones o a los transportes; regularmente se manifiesta mediante infartos o derrames cerebrales, y las edades más críticas oscilan entre los 35 y los 50 años. El fenómeno no es exclusivo de Japón, ocurre en todo el mundo y en todos los niveles de producción y servicios.

En cierta forma, este fenómeno no es nada nuevo; tiene un nuevo nombre y una forma distinta, porque en todas las épocas de la historia del mundo "civilizado" se han dado incontables casos de muerte por agotamiento: en las canteras, en las minas, en los talleres, en el campo, en las fábricas y en los laboratorios. Faltaban los oficinistas, los conductores y una nueva especie de esclavos elite: los deportistas de alto rendimiento, que ahora también se han sumado al mercado.

Tiene poco tiempo que la OMS reconoció que la salud (en general) no es solamente la ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar físico y psicológico del individuo; pero este concepto está más ligado al papel que a los hechos. Ahora bien, hablando específicamente de la salud en el trabajo, nos topamos con un tema descuidado por todos los gobiernos del mundo y las autoridades que se encargan de los derechos humanos también se han hecho de la vista gorda. La verdad es que los empleados son considerados, por los grandes empresarios,  como "factor humano", como "fuerza de trabajo" o, literalmente, como parte de los costos de producción; desde su punto de vista, los trabajadores, aún los que se desempeñan en puestos privilegiados, no se cansan ni se enferman sino que se deterioran o se descomponen y hay que darles mantenimiento o reemplazarlos, economizando al máximo los gastos que generen. Es evidente, entonces, que la salud en el trabajo es ilusoria. La productividad se sobrepone al bienestar en todo momento.

En México, la Ley Federal del Trabajo, Título Noveno (Riesgos de Trabajo), contiene una Tabla de Enfermedades de Trabajo (Artículo 513); en dicha tabla hay una sección que se refiere a las Enfermedades Endógenas (Afecciones derivadas de la fatiga industrial, números 156 al 161 de este listado), pero el trabajador debe de encontrarse en condiciones físicas lamentables para que se le tome en cuenta. En relación al aspecto psicológico, en toda la Ley sólo se menciona la neurosis (número 161 del listado) como consecuencia de la actividad laboral, pero nada más ampara a los "pilotos aviadores, telefonistas y otras actividades similares".  Si alguien que no sea piloto, telefonista o realice una actividad similar se vuelve neurótico, la Ley no responde.

El objetivo de este artículo no es promover el ocio, la negligencia, el bajo rendimiento ni la disidencia laboral, pero sí la reflexión acerca de la calidad de vida. El trabajo es un aspecto muy importante en la existencia de todos los seres humanos desde cualquier enfoque: psicológicamente, se puede considerar como un medio para la autorrealización; filosóficamente, como una vía de trascendencia; incluso, antropológicamente, como un motor evolutivo; pero en la realidad sólo es un medio de supervivencia para la gran mayoría de las personas.

Existen varios niveles de estrés laboral y la resistencia de las personas es muy variable; sin embargo, tanto los más fuertes, como los más hábiles (quienes desarrollan eficaces  estrategias de afrontamiento) o, llanamente, los más tercos, tarde o temprano comienzan a minar sus facultades si no se detienen en un punto y aceptan que la situación en que se encuentran es grave e, incluso, enajenante.

En el grado que sea posible, según las necesidades particulares de cada individuo, hay que trabajar para vivir en vez de vivir para trabajar.

Existen algunos indicadores para darse cuenta de que el exceso de trabajo comienza a afectar considerablemente la existencia de una persona; algunos son muy evidentes y están directamente relacionados con la clase de labor que se realiza, otros parecieran ser muy generales y estar causados por otros motivos, incluso hay algunos que, por su simpleza, no se les da la mayor importancia, pero es trascendental tenerlos en cuenta para plantearse la posibilidad de una solución o de un cambio positivo.

  • Aumento gradual en el consumo de café, tabaco, aspirinas, vitaminas, bebidas energetizantes, alcohol o algún otro tipo de medicina o droga con la finalidad de mantenerse activo durante la jornada laboral.
  • Alteraciones de la memoria a corto, mediano y largo plazo.
  • Afasias (Transtornos del lenguaje).
  • Agnosias (Transtornos en la capacidad para reconocer estímulos previamente aprendidos o para aprender nuevos)
  • Apraxias (Transtornos en la ejecución de alguna actividad motora).
  • Alteraciones crónicas del sueño (demasiado o muy poco).
  • Trastornos alimenticios constantes por deficiencias nutrimentales o por horarios de comida desordenados.
  • Agudización de los problemas familiares  por constantes ausencias en el hogar (debido a los horarios de trabajo).
  • Dolores crónicos de cabeza, cuello, espalda u otro miembro u órgano del cuerpo (provocados por la actividad laboral).
  • Irritabilidad o desesperanza extremas.
  • Dejar prendidas las luces o abiertas las llaves del agua con frecuencia.
  • Dificultad para realizar actividades conocidas y sencillas.
  • Cansancio permanente.

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