Los vicios del esclavo - Los derechos de autor

Por Leonel Puente - 6 de Junio, 2010, 22:42, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Por Leonel Puente

 

Capítulo XIII

 

El individuo Z llegó, como siempre, quince minutos antes de la cita. El habitual y aséptico restaurante Nip´s estaba casi vacío debido al periodo vacacional; muchos habían huido temporalmente de la capital y la mayoría todavía no volvían.

El señor X llegó puntual, eran la 10 A.M. de aquel frío y lluvioso domingo, el último de aquel año. Se saludaron oficinescamente y luego platicaron un rato sobre cualquier cosa sin mayor importancia que el clima.

La mesera, que ya los conocía de vista—pues cada mes ocupaban el mismo sitio a la misma hora—, les entregó las cartas y de forma maquinal depositó un par de tazas sobre la mesa; sirvió al señor X un caliente pero nada extraordinario café y, cuando se disponía a servir al individuo Z, éste efectuó un ademán y le dijo:

- Tráigame por favor un té verde.

El señor X ordenó su desayuno; el individuo Z manifestó no tener hambre y devolvió la carta esbozando una sonrisa. Una familia de obesos pasó a un lado y desvió la atención de X y Z. Los kilogramos que a aquellos les sobraban a estos les faltaban, pues ambos eran muy enjutos.

- ¿Sabía usted que el organismo humano soporta más el hambre que la saturación alimenticia?- apuntó el señor X. -Está probado científicamente que los excesos provocan más daños que las carencias-.

- Mejor sería no llegar a los extremos, ¿no le parece?

Ambos hicieron un gesto irónico y se miraron con complicidad.

- ¿Y bien, que me trae ahora?- cuestionó X con un mínimo dejo de ansiedad.

- Algo que le va a resultar muy interesante- respondió Z. Pero antes de mostrárselo, quiero decirle algo.

- Diga usted...

El individuo Z miró fijamente a su interlocutor en el punto donde nace la nariz, respiro profundo y comenzó a hablar lento y firme:

- Usted me conoce poco, aunque de mis escritos puede inferir varios datos esenciales. Mi infancia fue un continuo choque con el ambiente que me rodeaba, mi lucha por lograr estabilidad derivó en un autismo sentimental muy peculiar: podía convivir con la gente, sabía que dos más dos dan cuatro, pero mi mundo interno era lo único que me importaba, dentro de mi burbuja de tiempo me sentía seguro. Al llegar a la adolescencia, traté de salir de mí mismo e interesarme sinceramente por el destino del mundo; traté de adaptarme a pesar de mis múltiples inconformidades y, hasta cierto punto, lo logré. En los primeros años de mi juventud, me esforcé por transformar mi mente y mi corazón buscando varios medios para lograr una alquimia existencial que me permitiera insertarme en eso que todos llaman realidad. También algo logré y, sin embargo, ahora que estoy a punto de cumplir los cuarenta, quiero llegar más allá de los ensayos. Ya no me basta sólo un poco de estabilidad, una mediana adaptación o un sentido aceptable de realidad; ahora necesito armonía. Armonía o nada, eso quiero; estoy en una etapa de mi vida en la que tengo que dar un giro radical para encontrarla.

El individuo Z puso entonces un cuaderno forrado con piel en medio de la mesa.

- Este es el último manuscrito que le entrego; tómelo como un regalo, pues, a pesar de todo, gracias al dinero que me ha dado he sobrevivido durante varios años.

El señor X no cabía en su asombro y dejó notar un poco de enojo.

- ¿Y qué va usted a hacer si nadie lo conoce ni tiene contactos?

- No lo sé, pero es la última vez que nos vemos bajo estos términos.

Llegó entonces el té verde y el primer tiempo del señor X. En silencio transcurrieron cerca de cinco minutos, lo suficiente para que la infusión se diluyera el agua contenida en la tetera metálica. El individuo Z se sirvió con parsimonia aquel líquido aromático en su taza y agregó dos cucharadas rasas de azúcar.

- Te vas a morir de hambre, espero que lo sepas (era la primera vez que X no usaba el usted).

- Cabe esa posibilidad, pero también puede ser que no.

- ¡Ja!, ¡te morirás de hambre y yo no haré nada para impedirlo! (era la primera ocasión en que X perdía la compostura).

Z alzó con ambas manos su taza y bebió la mitad de su té; luego miró de nuevo a su interlocutor en la base de la nariz.

- Lo que viene adentro- señaló el cuaderno- es una verdadera obra de arte. Ni usted ni yo importamos, importa que se difunda al mundo.

- ¡Pobre tonto!, ¡lo que importa es la Gloria!

- Tal vez; mentiría si lo negara, pero por el momento quiero pensar que las obras superan a los individuos y que las ideas no tienen derechos de autor.

Z tomó lo que restaba de su bebida mientras la mesera cambiaba los platos de X.

- Debo irme ahora. Me gustaría saber que al menos no quedamos como enemigos (Z entonces extendió la mano, pero X continuó comiendo sin hacerle caso).

Se levantó Z de la mesa y caminó hacia la caja; cubrió el importe de ambos consumos y, antes de retirarse, depositó en el mandil de la mesera las monedas que le restaban.

La lluvia había amainado y comenzaba a brillar el sol; el camino de vuelta era largo, pero Z conservaba una buena condición física. En casa ya no lo esperaban ni esposa ni hija, ni siquiera un perro, una radio o un libro; todo se lo había llevado la mudanza. Sólo se tenía a sí mismo y muchas paredes desnudas que, cual hojas blancas, tendría que comenzar a llenar. La Fortuna, la Fama y la Gloria, tantos años desdeñosas con él, no tardarían mucho en perseguirlo con rabia (precisamente por el sincero desdén que él había aprendido a sentir por ellas); sin embargo, mientras tanto, debía concentrarse en caminar digno y erguido, pues es de lo más fácil tropezar cuando se trae el estómago casi vacío. De rodillas o a rastras son mucho más penosos los recorridos.

 

Martes 9 de Febrero de 2010

Glorieta de Insurgentes, México, D.F.

Rodeado de algunos de los más diversos y extravagantes

especímenes de la raza humana.

 

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