6 de Junio, 2010

El mariachi

Por Alonso Marroquín Ibarra - 6 de Junio, 2010, 23:08, Categoría: ARTESANIAS MEXICANAS



El mariachi
Alcancía de barro - Artesanías mexicanas
Fotógrafo: Alonso Marroquín Ibarra

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Los vicios del esclavo - Los derechos de autor

Por Leonel Puente - 6 de Junio, 2010, 22:42, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Por Leonel Puente

 

Capítulo XIII

 

El individuo Z llegó, como siempre, quince minutos antes de la cita. El habitual y aséptico restaurante Nip´s estaba casi vacío debido al periodo vacacional; muchos habían huido temporalmente de la capital y la mayoría todavía no volvían.

El señor X llegó puntual, eran la 10 A.M. de aquel frío y lluvioso domingo, el último de aquel año. Se saludaron oficinescamente y luego platicaron un rato sobre cualquier cosa sin mayor importancia que el clima.

La mesera, que ya los conocía de vista—pues cada mes ocupaban el mismo sitio a la misma hora—, les entregó las cartas y de forma maquinal depositó un par de tazas sobre la mesa; sirvió al señor X un caliente pero nada extraordinario café y, cuando se disponía a servir al individuo Z, éste efectuó un ademán y le dijo:

- Tráigame por favor un té verde.

El señor X ordenó su desayuno; el individuo Z manifestó no tener hambre y devolvió la carta esbozando una sonrisa. Una familia de obesos pasó a un lado y desvió la atención de X y Z. Los kilogramos que a aquellos les sobraban a estos les faltaban, pues ambos eran muy enjutos.

- ¿Sabía usted que el organismo humano soporta más el hambre que la saturación alimenticia?- apuntó el señor X. -Está probado científicamente que los excesos provocan más daños que las carencias-.

- Mejor sería no llegar a los extremos, ¿no le parece?

Ambos hicieron un gesto irónico y se miraron con complicidad.

- ¿Y bien, que me trae ahora?- cuestionó X con un mínimo dejo de ansiedad.

- Algo que le va a resultar muy interesante- respondió Z. Pero antes de mostrárselo, quiero decirle algo.

- Diga usted...

El individuo Z miró fijamente a su interlocutor en el punto donde nace la nariz, respiro profundo y comenzó a hablar lento y firme:

- Usted me conoce poco, aunque de mis escritos puede inferir varios datos esenciales. Mi infancia fue un continuo choque con el ambiente que me rodeaba, mi lucha por lograr estabilidad derivó en un autismo sentimental muy peculiar: podía convivir con la gente, sabía que dos más dos dan cuatro, pero mi mundo interno era lo único que me importaba, dentro de mi burbuja de tiempo me sentía seguro. Al llegar a la adolescencia, traté de salir de mí mismo e interesarme sinceramente por el destino del mundo; traté de adaptarme a pesar de mis múltiples inconformidades y, hasta cierto punto, lo logré. En los primeros años de mi juventud, me esforcé por transformar mi mente y mi corazón buscando varios medios para lograr una alquimia existencial que me permitiera insertarme en eso que todos llaman realidad. También algo logré y, sin embargo, ahora que estoy a punto de cumplir los cuarenta, quiero llegar más allá de los ensayos. Ya no me basta sólo un poco de estabilidad, una mediana adaptación o un sentido aceptable de realidad; ahora necesito armonía. Armonía o nada, eso quiero; estoy en una etapa de mi vida en la que tengo que dar un giro radical para encontrarla.

El individuo Z puso entonces un cuaderno forrado con piel en medio de la mesa.

- Este es el último manuscrito que le entrego; tómelo como un regalo, pues, a pesar de todo, gracias al dinero que me ha dado he sobrevivido durante varios años.

El señor X no cabía en su asombro y dejó notar un poco de enojo.

- ¿Y qué va usted a hacer si nadie lo conoce ni tiene contactos?

- No lo sé, pero es la última vez que nos vemos bajo estos términos.

Llegó entonces el té verde y el primer tiempo del señor X. En silencio transcurrieron cerca de cinco minutos, lo suficiente para que la infusión se diluyera el agua contenida en la tetera metálica. El individuo Z se sirvió con parsimonia aquel líquido aromático en su taza y agregó dos cucharadas rasas de azúcar.

- Te vas a morir de hambre, espero que lo sepas (era la primera vez que X no usaba el usted).

- Cabe esa posibilidad, pero también puede ser que no.

- ¡Ja!, ¡te morirás de hambre y yo no haré nada para impedirlo! (era la primera ocasión en que X perdía la compostura).

Z alzó con ambas manos su taza y bebió la mitad de su té; luego miró de nuevo a su interlocutor en la base de la nariz.

- Lo que viene adentro- señaló el cuaderno- es una verdadera obra de arte. Ni usted ni yo importamos, importa que se difunda al mundo.

- ¡Pobre tonto!, ¡lo que importa es la Gloria!

- Tal vez; mentiría si lo negara, pero por el momento quiero pensar que las obras superan a los individuos y que las ideas no tienen derechos de autor.

Z tomó lo que restaba de su bebida mientras la mesera cambiaba los platos de X.

- Debo irme ahora. Me gustaría saber que al menos no quedamos como enemigos (Z entonces extendió la mano, pero X continuó comiendo sin hacerle caso).

Se levantó Z de la mesa y caminó hacia la caja; cubrió el importe de ambos consumos y, antes de retirarse, depositó en el mandil de la mesera las monedas que le restaban.

La lluvia había amainado y comenzaba a brillar el sol; el camino de vuelta era largo, pero Z conservaba una buena condición física. En casa ya no lo esperaban ni esposa ni hija, ni siquiera un perro, una radio o un libro; todo se lo había llevado la mudanza. Sólo se tenía a sí mismo y muchas paredes desnudas que, cual hojas blancas, tendría que comenzar a llenar. La Fortuna, la Fama y la Gloria, tantos años desdeñosas con él, no tardarían mucho en perseguirlo con rabia (precisamente por el sincero desdén que él había aprendido a sentir por ellas); sin embargo, mientras tanto, debía concentrarse en caminar digno y erguido, pues es de lo más fácil tropezar cuando se trae el estómago casi vacío. De rodillas o a rastras son mucho más penosos los recorridos.

 

Martes 9 de Febrero de 2010

Glorieta de Insurgentes, México, D.F.

Rodeado de algunos de los más diversos y extravagantes

especímenes de la raza humana.

 

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Coplas de Michoacán - Trío Tariácuri

Por Alonso Marroquín Ibarra - 6 de Junio, 2010, 13:10, Categoría: MUSICA TRADICIONAL MEXICANA

Por mi raza hablará el espíritu

(Lema de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM)

José Vasconcelos

 

La música tradicional mexicana, nuestra música, prácticamente ha desaparecido de los medios de comunicación. La televisión y la radio han sustituido nuestras tradiciones, en el mejor de los casos, por estereotipos muy nice, ad hoc para sus fines mercantiles y de enajenación.  Es muy raro que en la actualidad se transmitan nuestras canciones y éstas se van perdiendo de la memoria colectiva. ¿Dónde han quedado los huapangos, los sones, los jarabes, los romances y corridos, los zapateados, la música abajeña, la ranchera, la de las huastecas y las costas, los boleros mismos?

Sin lugar a equivocaciones, el que sistemáticamente se haya omitido la difusión de lo nuestro, ha dado lugar a que una cantidad impresionante de la población, personas adultas, desconozcan nuestra música, y que los jóvenes, casi en definitiva, ni siquiera sepan que existe.

Las canciones de suyo tradicionales se llegan a escuchar en las reuniones familiares, si es que están presentes aquellos que las aprendieron y es usual que las generaciones actuales pongan cara de sorpresa o -¡mal de males!- de rechazo, manifestando su preferencia por la estridencia de la música electrónica o las letras sosas de las baladas de los cantantes de moda.

Vaya este primer video como un modestísimo intento de rescate de lo propio.


   

Coplas de Michoacán

 

De tierra caliente vengo,

de tierra caliente vengo,

entonando esta canción.

Me dicen que aquí hay valientes

que lo son de corazón,

soy amigo de los hombres

y rival del fanfarrón.

 

No vengo buscando pleito,

no vengo buscando pleito,

ni tampoco soy matón,

me gusta ser hombrecito

en cualesquiera región

pa" defender los ojitos

del bien de mi corazón.

 

Soy de costas michoacanas,

soy de costas michoacanas,

y a mucho orgullo lo tengo;

yo no vengo a ver si puedo,

sino porque puedo vengo

y el que a mi me busque pleito

pues yo miedo no le tengo.

 

Ya con esta me despido,

Ya con esta me despido,

me voy para Michoacán,

la tierra donde he nacido,

de lo que orgulloso estoy.

Si quieren venir conmigo

¡prontito! porque me voy.

 


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Frases célebres - 54

Por Alonso Marroquín Ibarra - 6 de Junio, 2010, 12:53, Categoría: FRASES CÉLEBRES

Los mejores hombres son los de pocas palabras.

WILLIAM SHAKESPEARE

La muerte es dulce, pero su antesala cruel.

CAMILO JOSÉ CELA

La muerte tiene una sola cosa agradable: las viudas.

ENRIQUE JARDIEL PONCELA

Aprendemos temprano a usar mascaras, que cambiamos con tanta frecuencia, que ya no somos capaces de identificar nuestro rostro en el espejo.

ISABEL ALLENDE

Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no a llevarla.

PITÁGORAS

Cuando el dinero habla, la verdad calla.

PROVERBIO CHINO

La avaricia y el lujo han sido la ruina de todo gran estado.

TITO LIVIO

La calidad nunca es un accidente; siempre es el resultado de un esfuerzo de la inteligencia.

JOHN RUSKIN

El militar es una planta que hay que cuidar con esmero para que no dé sus frutos.

JACQUES TATI

El secreto de poner en ridículo a las personas reside en conceder talento a aquellos que no lo tienen.

CRISTINA DE SUECIA

 

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Elena en el estudio - Jiménez

Por Chobojo Master - 6 de Junio, 2010, 11:58, Categoría: BUENAS Y MALAS ARTES



Elena en el estudio - Jiménez

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Marco Antonio Alcalá; La Bandida murió en sus brazos

Por Juan Cervera Sanchís - 6 de Junio, 2010, 11:21, Categoría: NUESTRO MEXICO

Por Juan Cervera Sanchís

 

El 23 de junio de 1995 murió en la ciudad de México Marco Antonio Alcalá Ruiz, quien había nacido el 29 de septiembre de 1924 en la Hacienda de Tamaliagua, Municipio de Enxmajá, Jalisco.

A la edad de cinco años quedó huérfano de padre y Madre. Creció al amparo de su abuela Camila que tenía unas tierritas.

A los trece años de edad inició su peregrinar a solas con su sombra por los caminos del mundo.

En Chapala se hizo panadero bajo la tutela del maestro Marxi, que lo aceptó como aprendiz, según nos contó en el café San José de las calles de Ayuntamiento en la ciudad de México, donde Alcalá perteneció a la tertulia de “Las Víboras”, junto con Alberto Cervantes, el autor del bolero “Cien años” y José Antonio Michel, el creador de la canción “Luna de Octubre”, inspirada en Eva, hermana del escritor Juan Rulfo, quien fuera, ella, el amor platónico de toda su vida, según nos confesara José Antonio.

Marco Antonio Alcalá aburrido de amasar harina decidió hacerse pescador y, aburrido de la pesca, viajó hasta Guadalajara donde se convirtió en albañil como matacuás. Después se convirtió en lavaplatos en el restaurante El Ring. En mitad de los vaivenes por los que lo llevaba la vida se la pasaba cantando en todas partes y cantaba muy bien. Fue así que un afortunado día entró en la cocina el dueño de El Ring, Toto Cuevas, quien lo escuchó cantar y tras escucharlo lo invitó a que fuera parte de la variedad de su restaurante. Comenzó así la carrera artística de Marco Antonio Alcalá.

De El Ring pasó a actuar en las noches bohemias de “El Mil Cumbres”, prestigioso restaurante de la capital del Estado de Jalisco.

Marco Antonio, joven y soñador, aspiraba a lograr triunfos mayores por lo que el año de 1943 viajó con sus pocos ahorros a la capital de la República, donde no conocía a nadie. Al llegar se alojó en una vecindad de Laguna de Tamiagua, colonia Santa Julia. A los pocos días de llegar sus ahorros desaparecieron. Al encontrar cerradas todas las puertas en el medio artístico, al fin que no era más que un Don Nadie y un absoluto desconocido, se las ingenió para entrar a trabajar en una carnicería de la colonia y poco después en la cervecería “La Coronita”.

Escuchando la radio supo de “La Hora del Aficionado”, Programa que tenía como locutor a Joaquín Grajales y como maestro de ceremonias el entonces célebre Don Lencho.

Alcalá no lo pensó dos veces, caminó desde Santa Julia hasta llegar a las calles de Ayuntamiento decidido a inscribirse en el concurso.

Había una larguísima cola de aficionados. Él no se desanimó y, con el estómago vacío, le echó paciencia al asunto y tras tres horas de espera logró su inscripción.

Días después pudo participar interpretando “Ratos de locura”, de Federico Baena. Quedó entre los doce finalistas del año y estuvo en la Gran Final que tuvo como marco el Cine Alameda, ahí interpretó “No niegues que me quisiste”, de Jorge del Moral. Maravilloso. Marco Antonio Alcalá se alzó como el máximo ganador. La locura para él, una dichosa locura, pues el premio consistía en 7,500 pesos del año 1943. Marco Antonio no podía creerlo y por momentos se decía a sí mismo:

-¿No estaré soñando?

No, no estaba soñando. Aquellos 7,500 pesos eran contantes y sonantes, pero la verdad sea dicha él no sabía qué hacer con tanto dinero. Alguien le aconsejó que si pensaba ser artista invirtiera parte de lo obtenido con el premio en un buen vestuario. Así lo hizo.

En el café San José, ya en silla de ruedas, pues había Perdido sus dos piernas a causa de la diabetes, nos relataba en una de nuestras conversaciones en la mesa de “Las Víboras”:

-Me fui a las calles de Madero con, el entonces mejor sastre de México, Chávez, y me mandé hacer siete trajes, y lo más importante, todavía: Yo nunca había tomado clases de canto y con aquel dinero puede tomarlas con maestros tan excelentes como José Eduardo Pierson y Roberto Harling Ortega, entre otros.

Luego viajé a San Francisco y canté en el Hotel Felman. Volví a México y canté en centros nocturnos como el Wakiki, el Tabaris y otros. Grabé mi primer sencillo. Nunca he grabado un LP. Aquel disco me llevó a la casa de niñas, o para decirlo por derecho, a la casa de putas más célebre y celebrada que ha habido en México, de doña Graciela Olmos González, más conocida como “La Bandida”. Esta extraordinaria mujer me tomó aprecio, y como a mí la noche y la bohemia siempre me han cautivado me quedé en su casa. Allí canté durante un buen tiempo. Era una dama de enorme corazón.

Recuerdo su generosidad infinita para con la gente necesitada. Una noche en que llegábamos Víctor Cordero, el autor del corrido “Juan charrasqueado” y canciones como “Mi casita de paja” y “Nada gano con quererte”, como tú muy bien sabes, y yo a su casa, estaba agonizando. Murió en mis brazos. Ya no la dejé sino hasta que la llevamos a enterrar en la séptima sección del Panteón de San Joaquín. Ahí está. Antes de perder mis piernas le llevaba de vez en cuando flores. A ella le gustaban mucho las flores.

Debo decirte que doña Graciela era poetiza y escribía y componía canciones. Ella es la autora del “Corrido de Durango” y “El Siete Leguas”, que permanecen en la memoria de México.

 Poco antes de morir aquel 23 de junio de 1995, Marco Antonio nos diría en el café San José:

“Yo no soy un triunfador, tampoco un fracasado, yo soy un artista que siempre ha vivido como tal y así moriré. Ya no puedo trabajar, aunque aquí en el café digo Poemas y canto pedazos de canciones mientras recuerdo con los amigos fragmentos de mi vida. Soy un bohemio reducido a una silla de ruedas y no me muero de hambre porque en mi vieja tengo mi mayor tesoro. Ella tiene un puesto de comidas en el mercado de San Juan y con eso vamos tirando. Me queda el consuelo de haber vivido cantando y haber alternado con los mejores artistas de México.”

Se cumplen quince años de su muerte y, en este mundo sin memoria, ajeno a los sentimientos que nos hacen humanos y nos legitiman como tales, y donde caben todos los olvidos, y la indiferencia es el triste pan nuestro de cada día, yo quiero rendir un emotivo recuerdo a Marco Antonio Alcalá Ruiz, aquel hombre, aquel artista que, por cierto, se sabía de memoria “El romancero gitano” de Federico García Lorca.

 

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