1 de Abril, 2010

Los organilleros, memoria e historia

Por Juan Cervera Sanchís - 1 de Abril, 2010, 15:07, Categoría: NUESTRO MEXICO

Por Juan Cervera Sanchís

 

A lo largo del día, y buena parte de la noche, todavía, si usted, como yo, pertenece a la innumerable fauna de las mujeres y los hombres de a pie de nuestra contrastante y enorme ciudad de México, se podrá dar el gusto de escuchar, en su caminata por las calles del Centro Histórico, la Alameda Central, la Avenida Juárez, Bucareli o San Cosme, entre otros rumbos, notas de piezas musicales como "Las Golondrinas", "Las Mañanitas", "Amorcito norteño", "Amor perdido", "Rosita Alvírez", "Celosa",  "Ilusión de mi delirio", "Morir soñando" o "El cielo por un beso"... surgidas, con nostálgico acento, de algún  sorprendido organillo callejero.

Contra todos los pronósticos, el organillo, o cilindro, se niega a desaparecer de nuestras, hoy, tumultuosas y, en apariencia, anti-románticas calles. Su presencia romántica persiste contra todos los augurios que desde hace años hemos escuchado en su contra.  En 1935, y ya ha llovido, la señora Julia Loredo, una de las primeras propietarias de organillos en México, declaraba a la prensa:

"Pienso abandonar el negocio. Lo he sostenido con todo el sacrificio que merece por los buenos tiempos que me dio. Ahora ya estoy vieja y cansada."  Ya entonces, doña Julia, creía que el negocio de los organillos callejeros carecía de futuro y que muy pronto acabarían desapareciendo por completo. Setenta y cinco años después, todavía, y pese a todo, el organillo se niega a desaparecer de nuestras calles.

El gran auge de los organillos en la ciudad de México data de la última década del siglo XIX. Llegaron de Alemania importados por un italiano. La tradición de Los organillos tuvo su origen en el Barrio de Tepito; rápidamente animaron la Alameda Central y en un  santiamén se adueñaron de todas las calles de la ciudad.  La gente se congregaba en torno al organillero y le pedía su melodía favorita.

El organillero se hacía acompañar de un chimpancé que subía y bajaba con un pocillo recaudando las monedas.

En aquellos tiempos los organillos solían tocar polkas, mazurcas y chotis, que era la música que estaba de  moda.

Hay que recordar que entonces no había radio ni TV y lo que se dice Internet era algo inimaginable. Los organillos fueron parte muy importante de la diversión popular, que está en la calle principalmente. Entre los primeros propietarios de organillos estuvo la citada señora Julia Loredo, quien en 1896 contaba con dieciséis y en 1914 llegó a tener veinticuatro. En esta última fecha ya no era necesario hacer los pedidos a Berlín, ya que la casa Wagner los tenía a la venta aquí en México.

Los organilleros hoy. Ya no se hacen acompañar por un chimpancé, ahora trabajan en pareja y, mientras uno mueve la manivela del cilindro, el otro pasa la gorra recogiendo las monedas que voluntariamente le entrega la gente.

Fotografía de Alonso Marroquín Ibarra

Se caracterizan por su uniforme color beige y una gorra Militar. Lucen, además, una credencial del sindicato. En 1980 había en la ciudad de México treinta cilindros en servicio y se decía que antes de finalizar el siglo XX no habría ninguno. Esos eran los pronósticos. Ya entramos en la primera década del siglo XXI y todavía quedan, aunque para las dimensiones actuales de la ciudad ellos sean menos que nada, veinte organillos  que se resisten a desaparecer.

Doña Julia Loredo, quien en 1935, abandonó el negocio, en crisis, considerando que en muy poco tiempo ya nunca más nadie volvería a verlos y escucharlos en nuestras calles, murió sin sospechar que más allá del siglo XX donde, a sus ojos, daban ya sus últimos y tristes suspiros de inevitable agonía, aún continuarían dulcificando los contaminados aires de la ciudad.

Los organilleros y sus organillos, como una entrañable e invaluable reliquia de nuestro romántico pasado, de repente nos sorprenden, muy particularmente, en las calles del Centro Histórico, donde la modernidad y la globalización no han hecho borrón y cuenta nueva con tan bella y sentida tradición.

Doña Julia Loredo traspasó su musical negocio a los señores Pomponio Lázaro y Crescencio Rodríguez, quienes a su vez se lo heredaron a sus hijos Gilberto  Lázaro Gaona y Pedro Rodríguez.

Al fallecer Gilberto, el negocio, si así se puede decir, lo heredó su hijo Gilberto Lázaro Hernández. Lo real es que si bien ya no es lo que se dice un negocio el poseer un par de organillos, que hay que reparar echándole todo el ingenio del mundo, sí, todavía, a Dios gracias, como se decía antes, aunque modestamente, sobreviven unas cuantas familias, al tiempo que, por su magia evocadora, los corazones y las almas sensibles, al escuchar sus viejas y bellas melodías, cargadas de añoranzas, logran por un momento, contrarrestar la irritabilidad y el estrés que, hoy, con tanta frecuencia, se adueña sin misericordia de todos nosotros en nuestras  agresivas e irracionales calles.

Ojalá que esos veinte organillos, dadas las proporciones de nuestra ciudad, se multiplicaran y su presencia, con melodías como "Morir soñando" o "Las Golondrinas" resultaran más frecuentes a nuestros oídos y también fuera más generosa nuestra cooperación sentimental  y económica para con los organilleros.

 

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Julio Ruelas, su muerte en París

Por Juan Cervera Sanchís - 1 de Abril, 2010, 14:14, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Por Juan Cervera Sanchís

 

La obra pictórica del zacatecano Julio Ruelas, con el paso del tiempo, ha ganando más y más admiradores. Cada vez se reafirma con mayor fuerza su indiscutible genio.

Hoy se cotizan en una fortuna los libros que ilustró, que fueron tres: "El éxodo", "Las flores del camino" y "Jardines interiores", del poeta Amado Nervo. No se diga sus óleos, pasteles y grabados.

Ruelas fue también ilustrador de la "Revista Moderna". Nació en Zacatecas el año de 1870. Estudió en el Colegio Militar. A causa de la publicación de un pasquín escrito por José Juan Tablada e ilustrado por él fue, junto con el poeta, expulsado a la vida civil.

Este incidente lo llevó a la Academia de San Carlos. Ahí fue alumno de Rafael Flores. Más tarde, de 1891 a 1895, estudió en la Escuela de Arte de la Universidad de Karlsrühe, Alemania. En Francia estudiaría grabado con Cazin. Hoy podemos admirar una buena parte de la obra de Ruelas en la Galería Nacional de Pintura y en la Secretaría de la Defensa Nacional. Son famosos sus cuadros "Ahuehuetes de Chapultepec". "El sátiro ahogado", "La escalera del dragón", "Fuegos fatuos", "La medusa" y su autorretrato, entre otros.

El águila

Julio Ruelas vive en su obra. Los grandes artistas mueren, si es que mueren, cuando sus obras desaparecen. Lo que se dice morir físicamente, Julio Ruelas, murió de una manera harto peculiar una madrugada del año 1907 en París, Francia.

Dio pues su último estertor en lecho ajeno. Cuentan que una noche de dispendios, y copas y más copas, en extremo, se fue con una chica de las que mariposean por ciertas calles de la Ciudad Luz y la Parca lo sorprendió entre sus brazos mientras consumían unas botellas de rubio vino. Tan hasta la coronilla se pusieron la "griseta" parisina y el artista zacatecano que la muchacha no advirtió la muerte de su acompañante y se durmió tan tranquila junto a él hasta el siguiente día en que descubrió el horror de su cuerpo gélido.

Debió ser espantoso para ella y, para él, como ni cuenta se dio, una feliz manera de traspasar la frontera metafísica del ser al no ser, o lo que sea eso de dejar de vivir. El pequeño cuerpo de Julio Ruelas, pues era lo que se dice breve de estatura, según los que lo conocieron, se reía de tieso e indiferente ante las tribulaciones de la pobre mariposilla.

La desdichada chica comenzó a gritar presa del pavor y como sucede en estos casos rápidamente intervinieron las autoridades forenses. Se hicieron pues las correspondientes averiguaciones y demás trámites que en tales casos se hacen. Conocida la identidad del occiso se notificó su deceso a la Embajada de México y se le dio cristiana sepultura.

Días después llegaría la noticia de su muerte a México y el cómo y el dónde de la misma, lo que desató todo un cúmulo de comentarios. La historia y la leyenda crecerían en torno al genial artista.

No todos tienen una muerte como la suya. Julio Ruelas al morir contaba con 37 años de edad. El destino no quiso que traspasara la barrera de los cuarenta. Tal vez, como decían los griegos, "fue un elegido de los dioses", dado que lo alcanzó el silencio de la eternidad siendo un hombre relativamente joven.

Los periódicos de la época en la ciudad de México derrocharon la tinta y el papel escribiendo notas y más notas sobre la inesperada y heroica muerte de Julio Ruelas, pues para más de uno las circunstancias de su muerte, en especial para los bohemios, que entonces abundaban, tenía algo de heroica, y no se diga de poética. Entre lo mucho que se escribió destacaron frases como éstas:

 "Una muerte igual a un dibujo hecho por su mano. Un asunto como buscado por él para redondear un aguafuerte".

Y también se escribiría:

"La muerte de Julio Ruelas, si es verdad como la cuentan, resultó una muerte digna de un dios: una muerte dionisíaca y faunesca a un tiempo, además de una muerte artística."

Y añadían los cronistas:

 "Sólo individuos como Anacreonte, Petronio y Alcibíades, hubieran gustado morir así."

No cabe duda que los periodistas de aquel tiempo en México eran muy cultos y eruditos e ilustraban a los lectores con lujo de datos históricos y enciclopédicos:

 "En París ha estado de moda ese modo de morir desde que un Presidente de la República Francesa falleció de esa manera en el lecho de una hermosa mujer".

Se hacían y hacían elogios a dicha forma de morir, subrayando:

"Realmente es el más alto tributo a la belleza."

El siglo XX era joven todavía. Apenas contaba con siete años de edad. Era como un niñito y, el mundo, nuestro mundo, era muy otro al de hoy en día. La posible realidad de las cosas, que tampoco hoy nadie puede decir que estén muy claras, se apreciaban desde otra óptica y la muerte de Julio Ruelas se vio y se comentó como si hubiera sido la de un gran torero a la hora, como se dice, de la suerte suprema, por lo que se podría afirmar que, el genial artista zacatecano, murió entrando a matar.

 

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