Nuevos enfoques, nuevos conflictos

Por Leonel Puente - 1 de Marzo, 2010, 0:30, Categoría: DIVULGACION. Trabajos y aportaciones

La Psicología de las minorías activas de Sergei Moscovici.

Por Leonel Puente

 

Una de las principales características de la psicología social es su capacidad para abordar la problemática humana desde un enfoque distinto y particular. Dentro de este marco de referencia, la obra de Sergei Moscovici nos muestra un claro ejemplo de lo que se puede lograr modificando la perspectiva interpretativa.

Desde un punto de vista tradicional, marcadamente funcionalista, basado en instituciones cuyo objetivo principal es lograr el control social, siempre se ha considerado al individuo independiente o a los grupos minoritarios como fuentes potenciales de peligro, de desadaptación y disidencia. Esto ocurre porque, el hecho de que en el universo puedan existir tantos centros como seres vivientes (1), pone en tela de juicio toda doctrina tendiente a la uniformidad y a una visión única de la realidad.

Las sociedades, bien que mal, "funcionan", sin embargo, la convivencia humana es mucho más compleja de lo que las instituciones hacen parecer. Los conglomerados humanos, especialmente los de épocas actuales, no son homogéneos porque existe un enorme número de componentes e intereses diversos  en su interior que provoca muchas situaciones ambiguas y conflictivas; "si los individuos se conforman, no es porque no puedan soportar la ambigüedad, sino en gran parte porque juzgan que la diversidad es inconcebible y que debe haber una sola respuesta para la realidad objetiva (2)". 

Desde tiempos inmemoriales, la capacidad de ejercer influencia y la posibilidad de efectuar algún tipo de cambio social siempre fueron consideradas como cualidades propias de las clases dominantes. Las líneas a seguir, las conductas o las formas correctas de pensar (e incluso de sentir), solamente podían concebirse viniendo desde las cúpulas del poder. Si un individuo o un grupo no compartían la misma visión de la realidad, era estigmatizado, recluido, expulsado, o, de plano, eliminado para que el conjunto de la sociedad pudiese continuar funcionando (y sigue sucediendo lo mismo en los días corrientes, pero por métodos más sofisticados).

¿Cuál es entonces el camino más común que toman los individuos y los grupos? El de la conformidad. Y mediante la conformidad se adaptan a una serie de reglas y circunstancias dadas. Pero hay ocasiones en las que esto ya no es posible, sea porque se llegue al límite soportable o porque una razón o convicción especial motive al cambio. ¿Qué sucede en estos casos, cuando las posibilidades de conformidad quedan excluidas? Deviene inevitablemente una confrontación seria con los valores establecidos, lo cual, de hecho, es el motor de progreso de las sociedades: evolucionan cuando cruzan por un periodo de crisis insuperable por las vías tradicionales.

A lo largo de todo el vertiginoso siglo XX se fueron dando varios cambios importantes en todas las áreas del conocimiento humano, uno muy especial fue la reinterpretación del pasado promovida mediante los métodos multidisciplinarios de la historiografía francesa entre los años de 1950 a 1980. La historia dejó de ser una trayectoria lineal para convertirse en un devenir desigual, continuamente interrumpido por las diferentes fuerzas que intervenían en la formación de la fábrica social. En contraste con la historia que privilegiaba el análisis de las instituciones políticas, la nueva se interesó por todos los ámbitos del pasado. Si el antiguo relato histórico tenía por cometido la narración de los acontecimientos, el más reciente se ejercita en el análisis de las estructuras que organizan el conjunto social y prefiere la explicación. Mientras la antigua historia se concentraba en las hazañas de los grandes hombres y los acontecimientos espectaculares, la nueva se interesa por los rincones olvidados de la vida cotidiana y por la reconstrucción de la historia de los marginados, los grupos populares y de los "pueblos sin historia" (Florescano, La Jornada, 1984-2004) (3).

En este contexto, los trabajos de Sergei Moscovici, y de otros investigadores, acerca de los mecanismos que operan detrás de los fenómenos de influencia y cambio social, pudieron fructificar. En siglos anteriores, sin un enfoque multidisciplinario y una apertura ideológica más vasta, habrían quedado en el vacío debido a que, las sociedades, incluidas las científicas, no cambian su visión del mundo de un momento para otro sino que, paulatinamente, van modificando sus criterios; sin embargo, cuando una teoría tiene solidez interna y es defendida con éxito, la luz que de ella emana tarde o temprano ilumina las demás áreas del conocimiento para proyectarse después en toda la opinión pública.

En su obra, Psicología de las minorías activas, Sergei Moscovici defiende una tesis muy interesante: una minoría puede influir en una mayoría y provocar un cambio en las condiciones sociales. Incluso puede darse el caso extremo de que las acciones de un solo individuo repercutan en toda una comunidad. Esto es inconcebible desde una visión funcionalista, pero, desde la perspectiva genética, que él propone, es posible que exista una interacción entre los diversos actores que conforman una sociedad.

Tradicionalmente se ha considerado a las mayorías, o a los grupos poderosos, como los únicos capaces de ejercer influencia y cambio social, ellos constituyen las fuentes donde se genera y emite toda regla. Los grupos minoritarios o el individuo aislado son simples blancos en donde operan las normas emitidas por tales fuentes. Desde esta perspectiva, no existe una verdadera interacción social: un sector de la sociedad propone y dispone, el otro debe conformarse o adaptarse de la manera que mejor pueda hacerlo. Toda conducta o pensamiento que no cumpla con las normas establecidas es signo de un mal funcionamiento del individuo o del grupo particular, no se considera como un mal general de la sociedad. Cualquier tipo de influencia, de iniciativa o propuesta de cambio, tiene un carácter unilateral y obedece a los intereses de la clase dominante puesto que de ahí proviene. Las relaciones entre los grupos que integran una sociedad funcionalista son asimétricas y las funciones principales de todas las instituciones basadas en esta modelo se concentran en legitimar el poder.

En contraste con esta postura tradicional, funcionalista, en su teoría genética Moscovici afirma que todo miembro de una sociedad, independientemente de su rango, puede ser tanto fuente como blanco de influencia. (Sin duda, en la Edad Media, apenas hubiese dicho tal cosa, lo hubiesen mandado a la hoguera por hereje). Para lograr esto, para que un individuo o una minoría puedan ejercer influencia y provoquen un cambio social, es necesario que ocurran ciertas condiciones especiales. Una primera y básica condición es existir como tales, es decir: ser visibles a nivel social, no basta con ser un individuo o grupo distinto, además de tener alguna característica, razón o convicción particular, se deben generar y proponer un conjunto de reglas específicas con estructuras sólidas y consistentes, que cumplan con criterios válidos de objetividad y sean innovadoras. Así como no es igual ayunar que tener hambre, ser simplemente distinto no es lo mismo que ser original.

Ahora bien, una vez definidos los objetivos que se desean lograr, se debe actuar consecuentemente. El estilo de comportamiento es lo que le da vida y forma a un individuo o a un grupo que desea ser tomado en cuenta. Si se demuestra una conducta consistente, es posible, y no sólo probable, que una mayoría pueda ser influenciada y orillada al cambio. No importa si tal mayoría es de miles o millones y la minoría es un puñado de personas o un solo individuo: la persistencia genera, con el paso del tiempo, una transformación del tejido social, esa es la causa por la que los necios y los locos llegan a convertirse en sabios o en héroes. Pero el asunto es todavía más complejo: no es lo mismo "lo que se dice que lo que se hace", muchas veces, aquello que en privado es asimilado, en público no es aceptado abiertamente. Entonces ocurre lo contrario: los sabios y los héroes se convierten en necios y en locos. Sea como fuere, el caso es que si no se desea o no se puede uno conformar, "hay que existir y ser activo" (4) para nacer o renacer socialmente.

Otra de las condiciones esenciales para ejercer influencia y provocar cambio social es el conflicto. Si en determinado punto se elude el conflicto, el individuo o el grupo disidente pierden su fuerza. Esto es de lo más común y corriente: apenas con unas migajas, muchos pseudo revolucionarios se conforman. Y si la sociedad en su conjunto, ya simpatizaba con ellos, aunque más no fuese de "dientes para adentro", ahí termina el movimiento emergente. En lugar de revolución, solo se arma una revuelta, puros fuegos artificiales. En palabras del dramaturgo Ludwing Margules: "El no querer considerar el conflicto como un elemento que estimula y que empuja a la preparación de una obra, de una puesta, en el transcurso de los ensayos hacia delante, es ubicaros dentro de un folklore costumbrista de autocomplacencia. No hay avance sin conflicto y el conflicto debe darse del interior del director y en el interior del actor. Sólo entonces podrán ambos crear imágenes. Ahora, claro está, existe una metodología del trabajo, existe algo como relaciones civilizadas o aspiración a ellas y la necesidad de que un hecho folklórico costumbrista en la relación director-actor no vuelva hermética su relación. Pero para que haya comunicación es necesario el conflicto; si no, no son humanos. Hay que comprender este hecho: el conflicto es un estímulo para la creación" (5).

Existir socialmente, ser activo y no eludir sino incluso provocar un conflicto, son condiciones necesarias para transformar los núcleos sociales; sin embargo, y paradójicamente, también es necesario cruzar por una etapa de normalización antes de poder ser innovador, es decir: lograr la aceptación y el reconocimiento públicos. Si no se logra establecer una nivelación entre las diversas posiciones, si no se establecen compromisos entre las distintas fuerzas de los actores sociales, no se da este proceso de normalización ni cambio substancial alguno. La innovación más eficaz y duradera se encuentra en un punto intermedio entre la conformidad y la normalidad. Las radicales palabras anteriormente citadas de Margules, aunque muy sabias, dichas por algún nuevo y desconocido director de teatro, no tendrían las mismas repercusiones que dichas por él, cuya trayectoria avala su discurso y un tipo especial de interacción con sus actores y con el auditorio que asiste a sus espectáculos.

Dentro de una sociedad, existen instituciones como la familia, el estado, la iglesia, la escuela, la industria, el ejército o los partidos políticos, que buscarán siempre la conformidad mediante métodos de control. Pero también existen grupos cuya finalidad es el arte, la ciencia, la moda, la tecnología, los derechos universales o el juego. Unos y otros conviven, pero en raras ocasiones interaccionan profundamente. Una y otra vez se crean nuevos pactos de convivencia y se rompen los lazos con el transcurrir del tiempo. Ambas posturas tienen sus normas y características propias, desgraciadamente, las instituciones son las que generalmente se auto-limitan y limitan a los demás mediante ideologías ortodoxas. La dinámica social, más que una interacción simétrica es un choque, una lucha de grupos y de intereses contradictorios y ambiguos.

El individuo o los grupos disidentes siempre van a estar en seria desventaja en relación con la mayoría. Tienen que recorrer un largo camino a contracorriente y, en el momento en que detengan su esfuerzos, van a ser tratados como conformistas, iguales o peores que cualquiera. Por otro lado, si continúan hasta las últimas consecuencias, existe la posibilidad de granjearse un severo castigo o, incluso, la muerte. Los grupos en el poder tratarán siempre de ejercer un control, lo más absoluto posible, sobre las personas que gobiernan mediante sus instituciones familiares, religiosas, políticas o militares. Tales instituciones estarán siempre estructuradas de manera que representen una fuente de certidumbre para la sociedad. El bloque mayoritario se sentirá seguro y conforme, se adaptará y no cuestionará substancialmente la validez de las normas, en suma, funcionará como se le haya indicado; pero el individuo o el grupo inconforme, buscará ser tomado en cuenta según sus propios parámetros. En determinado punto, si existe la posibilidad de un diálogo incluyente, se logrará un consenso en donde ambas partes renueven sus relaciones mediante un pacto bilateral que fortalezca el contrato social que habrá de regular la convivencia cotidiana. Muy bien, ¿pero si no ocurre esto? Otra vez la inconformidad y la intransigencia. Un círculo vicioso sin fin que, de facto, es la manera en que funciona la mayor parte del mundo. Las sociedades humanas nunca fueron ni son simples, verdad de Perogrullo que se nos olvida constantemente. Los sistemas sociales siempre han sido complejos y hay que aceptar que así seguirán siendo, toda visión funcionalista es profundamente unilateral y limitada porque "no existe lo simple, sino lo simplificado", como diría Edgar Morin en su Introducción al pensamiento complejo (6). Las relaciones humanas son heterogéneas y tienen procesos simultáneos de distinta naturaleza, una misma causa puede provocar efectos distintos y un mismo parámetro puede estar afectado por distintas causas, ¿cuál es la razón para que una visión funcionalista haya tenido tanto éxito y una perspectiva genética tardará tanto en aparecer y ser aceptada? ¿Será que el género humano sigue, moral y espiritualmente, casi en la época de las cavernas a pesar de que ya domina técnicamente a la naturaleza?

La historia de la humanidad ha cruzado por infinidad de crisis, pero ha evolucionado muy poco en general. A la fecha, la gran mayoría de las personas prefirieren la comodidad y la conformidad. Muchas razones se aducen a favor de tales "beneficios", principalmente se acude a argumentos religiosos o familiares, pero lo cierto es que cada día que pasa son más insostenibles las posturas ideológicas que evaden o niegan la pluralidad y complejidad de los mecanismos que operan tanto en los sistemas físicos como en los sociales.

Vivimos en un universo complejo, pero no por ser complejo no puede llegar a ser comprendido; lo más curioso es que la mayoría de los seres humanos nos conformemos con ideas funcionalistas y nuestras acciones sean tan intrascendentes. La ignorancia, la mediocridad y la desidia pululan por las calles y, con ellas, lo complejo se vuelve además complicado.

Hay que cuestionarse, más que nunca, si vale la pena continuar sobreviviendo en un plano tan limitado, casi meramente biológico: nacer, crecer, reproducirse y morir. Para trascender se necesita realizar una serie de acciones singulares para las que no todos estamos preparados o no nos sentimos dispuestos a llevar a cabo afrontando todas las consecuencias.

No existen respuestas absolutas. Existen nuevos enfoques y nuevos conflictos. Conformarse o no conformarse: he ahí la compleja cuestión.

 

Bibliografía.

(1) Archipiélago GULAG, Alexandr Solschenizyn, Edit. Círculo de Lectores, 1974, Pág. 15.

(2) Psicología de las minorías activas, Sergei Moscovici, Edit. Morata, Reimpresión 1996, Pág. 56.

(3) Las transformaciones de Clío en el siglo XX, Enrique Florescano, La Jornada, 20 aniversario: los rostros de un país, 1984-2004, Págs. 56-58.

(4) Psicología de las minorías activas, Sergei Moscovici, Edit. Morata, 1996, Pág. 121.

(5) Técnicas y teorías de la dirección escénica, Sergio Jiménez/Edgar Ceballos, Edit. UNAM-GEGSA, 1985, Capítulo Cuatro, Volumen II, El conflicto como estímulo para la creación. La vida de las  marionetas. Ludwing Margules, Págs. 263-296.

(6) Introducción al pensamiento complejo, Edgar Morin, Edit. Gedisa.

Aclaraciones bibliográficas:

Al capítulo IV del segundo volumen de Teorías y técnicas de dirección escénica, le faltan las trece páginas finales. Tiene duplicadas las trece páginas iniciales, quizá para recalcar lo del conflicto creativo.

El libro Introducción al pensamiento complejo, haciendo honor al dicho que sentencia que "los libros tienen orgullo propio y por eso no regresan si se les presta", sabrá Dios en dónde y en que manos andará. Habrá que esperar un milagro para saber en que página se encuentra la cita utilizada. Pero de que ahí está, ahí está.

 

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