Las manzanas de Arv

Por Juan Cervera Sanchís - 31 de Enero, 2010, 12:01, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Por Juan Cervera Sanchís

De su libro "Entre la realidad y el sueño"

 

Al posarse nuestra nave en Arv, el planeta por tantos años soñado, mi sangre se aceleró sobrecogida de emoción.

Por primera vez en la historia de nuestra civilización lográbamos, según parecía, llegar a un planeta con atmósfera similar al nuestro.

Resultaría, por tanto, posible vivir en él una vida normal sin la ayuda de la tecnología superior.

Existían aún puntos oscuros y por confirmar. Lo confirmado, empero, era óptimo.

Sentí una honda sensación de felicidad. Hasta aquel preciso instante ignoraba las grandes sorpresas por venir. No olvidaré, pese a lo que sucedería más tarde, aquella sensación de felicidad y, como es sabido, la sensación en sí de la felicidad vale tanto como la felicidad misma.

Arv, como podíamos ver, todavía desde interior de la nave, era un mundo verde y húmedo.

Nos dispusimos a grabar nuestras huellas en su suave piel cósmica. Nos habíamos posado en un pequeño montículo del Valle de la Alegría, así bautizado por nuestros astrónomos.

Éramos cuatro los astronautas. Bajaríamos, de momento, únicamente dos a realizar la exploración.

En unos pocos minutos todo estuvo en orden para dar el histórico paso. Sería yo el primero en descender. Todo estaba previsto y perfectamente calculado. Se suponía un acto ajeno a toda exaltación emocional. No era así, sin embargo. Al menos para mí.

Sinceramente yo me sentía vivamente impresionado. En miles de años de viajar por el espacio jamás habíamos tenido una oportunidad similar.

Habíamos llegado a numerosos planetas, pero en todos nos veíamos obligados a usar trajes especiales para nuestra protección.

En Arv iba a ser todo distinto. Podríamos desenvolvernos en él como si estuviéramos en nuestro planeta de origen, que desde hacía varios siglos atrás tuvimos que abandonar debido a cambios drásticos en su atmósfera que lo hizo imposible para ser habitado por nuestra especie. Millones se tuvieron que quedar y todos perecieron.

La causa de aquella catástrofe fue el resultado de una larga cadena de errores políticos, sociales y tecnológicos, que no deseo aquí y ahora recordarlos. Están, para lección de las nuevas generaciones, recogidos, punto por punto, en nuestros cartuchos memotécnicos con el fin de evitar incidencias futuras.

Desde entonces, debemos reconocerlo, hemos aprendido mucho al respecto. Las grandes desgracias unen profundamente a la especie.

Todo en Arv me recordaba a mi infancia y parte de mi adolescencia. Mis ojos se humedecieron. Mi imaginación se pobló de rostros y gestos perdidos para siempre.

Pensaba y pensaba en aquellos que ya nunca jamás podría volver a ver y a la vez sentía un gran gozo. Sí, nuestra humanidad dispersa en las diferentes bases espaciales podría, gracias a Arv, disponer de un hogar común.

Mis pies se hundieron en la amorosa ternura de la hierba. Fue algo único. Después de tantos y tantos siglos de vivir fuera de nuestro medio natural había, prácticamente, olvidado caminar sobre la materia cósmica natural y la tierra alfombrada del precioso vegetal.

Respiré el aire puro de Arv profundamente. Era como recobrar mi remota niñez, es decir: la vida misma. El sabor del aire acarició mis pulmones. La tarde declinaba.

Todos los atardeceres de mi infancia retornaron a mis retinas. Mi pequeño pueblo con su río de aguas cristalinas. Sus montes azules. Sus campos de esmeralda.  

Mi compañero descendió también. Lo sentí tan emocionado como yo. Nos comunicamos con los otros dos compañeros que se habían quedado en la nave:

–Exacto. Exacto. Todo aquí está perfecto. Es como volver a nuestro origen. Arv es un bello planeta habitable. Parece estar hecho a nuestra medida.

No obstante, tras aquella primera y feliz impresión, nos percatamos de la ausencia de vida animal. No habíamos visto una sola ave, un insecto tan siquiera. Se nos hizo extraño.

¿Era acaso Arv un fenómeno insólito en la creación? ¿Rompía las leyes lógicas del universo? ¿Por qué? Todos los estudios hechos con antelación no nos explicaban aquella ausencia de vida animal que estábamos observando. Tendríamos nosotros que investigarlo. La investigación pues estaba en marcha.

Caminamos alrededor de la nave. Tomamos un puñado de grama y la olimos mojándonos las manos de jugosa clorofila. Nada raro percibimos en ello. El sol confirmaba su desplome en una embriaguez de tornasoles, bordando de varios y múltiples escarlatas las nubecillas que bogaban por el cielo. Me hubiera agradado mucho ver volar un vencejo o un murciélago y descubrir una aldea olorosa de animales: caballos, cabras, vacas, perros y, por supuesto, seres humanos.

A lo lejos divisamos un bosquecillo. Caminamos hacia él tras informar a la nave.

Calculamos la distancia. Llegaríamos en unos quince minutos. Mi compañero gritó un nombre de mujer. Estaba enamorado. Y comenzó a silbar una vieja canción. Sentí que estábamos descubriendo el mundo al igual que los primeros pobladores de nuestro planeta cuna. Nos sentíamos henchidos de vitalidad.

–¿Te sientes bien? –me preguntó mi compañero.

–Hacía siglos que no me sentía tan bien. Este planeta es edénico –le respondí. El sonrió.

Llegamos al bosquecillo. Comprobamos la existencia de árboles frutales. Había numerosos manzanos cargados de rojos frutos. Pensé:

–Tan hermosos frutos sólo para pudrirse?

Esto me condujo a pensar que en Arv. Sí había vida animal, pero ¿dónde estaban sus habitantes? Después tuve la vaga sospecha de que quizá los reyes del planeta eran los vegetales. ¿Sería ello posible? En verdad estaba confundido.

Nos comunicamos de nuevo con los compañeros de la nave. Les describimos lo hallado en el bosque, que más que bosque era un espléndido huerto. Mi compañero especificó:

–Se trata de huerto, pero sin hortelanos.

Nada más misterioso, pensé para mis adentros. ¿Manzanas silvestres? Se nos dio orden de retornar a la nave:

–Vuelvan ya. Traigan consigo unas manzanas. Obedecimos.

La inminencia de la noche se dejó sentir. El rojo de las nubes se tornó liliáceo. La corona del sol estaba a punto de desaparecer por la mágica del horizonte. Las estrellas titilaban en el firmamento. Una luna creciente, color azufre, nos llamó la atención con su aro roto. El silencio era impresionante. Mi compañero rompió el silencio gritando el nombre de la mujer que adoraba en el altar de su mente. Yo volví a silbar las notas de la vieja canción. En cada una de mis manos una manzana grande rebrillaba en loor de apetitosas y jugosas fragancias. Igualmente mi compañero portaba otras dos manzanas. Nos sentíamos niños restallantes de felicidad.

Por fin entramos en la nave. Celebramos con nuestros camaradas las delicias de aquel planeta por tantos años soñado. Desde la nave establecimos comunicación con nuestra más cercana. Reportamos los hechos. Dejamos todo pendiente el siguiente día. Nos sentíamos un poco agotados. La noche de Arv me trajo a la memoria una infinidad de recuerdos.

Llegó la hora de alimentarnos. Tomamos nuestras acostumbradas píldoras nutritivas. A uno de nosotros se le ocurrió la idea de compartir una manzana:

–Qué les parece si compartimos una manzana de Arv?

–Sí son tan deliciosas como hermosas deben ser algo único para el paladar –expresó otro.

Desde siglos atrás nosotros habíamos perdido la costumbre de alimentarnos como lo habían hecho nuestros antepasados. Tomábamos píldoras y líquidos, principalmente. Nos era más que suficiente mantener nuestra salud en estado óptimo y pensar y trabajar de manera espléndida. La idea, no obstante, de compartir una manzana nos embriagó.

Fue entonces... Aún no puedo explicarlo. El planeta Arv, tan silencioso, se transformó en un clamor trepidante. Nuestro compañero envejeció a una velocidad inimaginable. En un par de minutos desapareció pulverizado. La huella de sus dientes en la manzana se transformó en una especie de ojo fulminante. Acusador. Todos nos atemorizamos. No sabíamos cómo reaccionar. El interior de la manzana distaba mucho de ser pulpa dulce y blanca. Era de un color nunca antes visto por nosotros. Daba la impresión de ser consciente. Sentí la destrucción a mi alrededor. La nave estuvo a punto de explotar. Al menos eso creí por un instante. En la hendidura abierta en la manzana por los dientes de nuestro compañero desaparecido vimos abrirse un enorme abismo. Lo microscópico y lo macroscópico daban la sensación de ser una misma realidad. Así lo alto. Así lo bajo. Así lo bello. Así lo horrible.

–Creímos oír una voz. Desde una inteligencia no visible se nos daba la orden de abandonar –para siempre– el planeta Arv.

“La armonía ha sido rota por las criaturas equivocas”.

Esa fue la frase traducida por nuestras mentes. Se nos obligó a sacar las manzanas de la nave. La mordida, como bola de fuego, emanaba terribles e ininteligibles sonidos.

La noche de Arv se oscureció totalmente.

“Fuera. Fuera. Fuera”, se nos ordenó imperiosamente.

Sin poder entender nada abandonamos Arv y, con Arv, una vez más nuestra esperanza de romper con la errabunda esclavitud cósmica a la que parecíamos condenados.

¿Estábamos pues destinados a no entender la realidad jamás y caer una vez y otra en el crimen inconsciente, siempre que la posibilidad de lo edénico se nos presentaba? ¿cómo saberlo?

Mis ojos y los de mis compañeros se convirtieron en ríos de lágrimas. Lloramos como nuestros antepasados remotos tras siglos y siglos de no llorar. Arv estaba perdido para siempre. ¡Habíamos puesto tantas ilusiones en aquella empresa!

 

 

A la distancia recuerdo apenas, y todo está ya muy confuso en mí, unas palabras de nuestros superiores al llegar a la base:

–Nada fue real. Todo fue un sueño. “Olvídenlo”. Pero... ¿cómo olvidarlo?

Es por eso que una y otra vez me pregunto a mí mismo, quizá inútilmente.

–¿Por qué esta obsesión de la especie humana por querer tapar el absurdo con un dedo?

No obtengo respuesta.

 

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