28 de Enero, 2010

La carreta bogotana

Por Alonso Marroquín Ibarra - 28 de Enero, 2010, 2:09, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Por Alonso Marroquín Ibarra

 

Crujir de maderos y huesos que se desintegran al jalar. Juventud predestinada con visiones hostiles y deprimentes, al empujar. En medio del viejo y el joven hijo, entre la sucia armazón de la carreta, están unos costales raídos, con huellas de manos desgarradas, enseñando sus vientres putrefactos, repartiendo su olor. Los maderos, sordos, quejumbrosos y grasosos, soportan la carga, una más en tantos años. A carreta, padre e hijo los observan cristales por millón, empañados de hollín y polvo; los siguen en su desplazamiento, proyectando sus deseos de aplastar, machacar con odio, todo aquello que se ve y huele a pobre. Las mismas calles los delínean con su negrura, que no es sólo de asfalto.

El joven hijo empuja, muscularmente. Es resignado, con ojos húmedos y tristes que piden que lo empujen. Es fijo en sus imágenes: una casa llena de cochambre, sin luz; unas alpargatas que pelean con las calles hace mucho tiempo, alpargatas gastadas, desgastadas; un pantalón de caqui que le envuelve las piernas, sucio de pobreza, de ser el único.

El anciano es una síntesis de estatismo, desesperanza y cansancio.

Los ojos de los hombres que los miran pasar, son ojos de todos los días: acostumbrados, en blanco, preocupados. Son ojos de abogados, de banqueros, de comerciantes que andan por esa calle; de señorones ausentes, olvidados, obsesionados por perseguir al dinero, satisfechos de saborear lo gris de la miseria o el color verde de las esmeraldas–dólar. También son ojos de pordioseros cubiertos con ropas añosas, de ancianas voceadoras que ganan los cinco o seis pesos diarios, de niños suplicantes, hambrientos de sustento y de mañana, de cabezas cercenadas por tanto tiempo de vivir en este lugar: una negra mezcla de razas con bocas ansiosas de comer, ansiosas de satisfacer el hambre elemental.

El anciano jala y el joven hijo empuja, cansados ambos como los cansados maderos; sucios, como los sucios costales. Un semáforo les marca el tiempo de parar. Padre, carreta e hijo se detienen. Cruzan frente a ellos infinidad de automóviles presurosos: ruedas y metal de sangre. El sombrero del anciano se despega para respirar, y él, con gesto fijo, se embarra la frente de sudor y mugre.

Se secará el sudor cansado, todo pasa. Se embarrará el sudor cansado, todo empieza. El círculo permanece. Cuánta mugre se acumula hoy. La mugre de ayer, la de hoy... Mañana vendrá más.

–El presupuesto nacional se lo roban– gritan veinte millones de colombianos... y no los oyen.

–¿Quién?– pregunta uno entre veinte millones y los demás saben y callan.

El semáforo cambia.  Luz verde, verde esmeralda–dólar, tiempo de pasar.

–Sigan– azuza el agente del crucero.

Lento, muy lento empiezan a avanzar. El hule de las enormes ruedas de la carreta parece fundirse a la madera y en la vuelta se embarra y se pinta de lodo. Renacen los chirridos, y junto con las quejas silenciosas de los que están "pobres porque quieren", vuelan los ladridos de dos perros heridos, salta un ruido de cacerolas en el mercado, aumentan los gritos de los vendedores de avena fría, se siente que revienta el vendedor suplicante de pedazos de lotería, y que el gritón de medias, con toda la gente, explota. Hasta los respondos del niño hastiado de cargar la vianda, cobran fuerza. Hasta en las manzanas y uvas traídas del Ecuador, hay una fuerza extraña.

A lo lejos se siguen oyendo las lacerantes carcajadas de los pudientes, los silbatazos imperativos del agente. Allá sigue existiendo la fuente de la burla y el desdén.

–Crucen rápido, que pronto vendrá la luz roja hemofílica nuevamente– sienten padre e hijo que les dicen en silencio aquellos que son iguales a ellos.

–La luz roja vendrá. El alto llegará. Definitivamente llegará, pero para las clases opresoras y pudientes– les indica la mirada de un trabajador que rompe el concreto.

Mientras, allá van, el anciano jalando tísicamente y el joven hijo empujando ahora con una esperanza, porque no están solos: hay muchos como ellos. En medio de los dos está su ancestral carreta bogotana.

Un hombre con traje impecable de buen casimir, zapatos de lustre azabache y bastón de fina empuñadura, tropieza con ellos.

–Esta gente. Carajo– grita con profundo desprecio.

Eso fue suficiente. Fue el detonador. La gente explotó

 

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