Punkijote de la Raza - Quiero garantías para llegar al infierno 1/2

Por Alonso Marroquín Ibarra - 27 de Diciembre, 2009, 19:35, Categoría: PUNKIJOTE DE LA RAZA

Por Alonso Marroquín Ibarra

El título se debe, mis rubicundos, imberbes o barbados y cachetones lectores, a una inmensa preocupación que ronda desde hace tiempo a este galopante amigo de todos ustedes y enemigo de muchos. El coco me baila una y otra vez debido eño que tuve en días recientes. Desato mi lengua y les platico.

Me encuentro en un lugar insultantemente blanco, muy claro, mejor dicho. No importa para donde mire, todo es resplandor. Por unos momentos me tapo los ojos para alivianar aunque sea tantito la molesta sensación que me produce tanta luz. Al cabo de un ratón, me acostumbro y volteo para todos lados con la desesperación subiendo por mis espaldas. No veo a nadie, no hay ni maíz, nada más la canija lluvia de luz. Pues, ¿"on toy?, me pregunto. Camino ligerito, como si flotara, durante horas –esa fue mi sensación en el sueño- y nada. Ni un cerro, una calle, algún cuate… un can, pues. No. Nada. No hay nada. Pierdo la noción del tiempo y sigo camine y camine, hasta que finalmente, si mis oclayos no me traicionan, veo a lo lejos la figura de alguien. Va en chinga, caminando de espaldas a mí. No sé si es una vieja o un güey, pero es una persona. Corro, como si en ello me fuera la vida, hasta que la alcanzo. Se voltea, veo que es una ñora, vestida con atuendos monjiles, sonriéndome con una amabilidad que siento extraña. Luego me suelta un chorito, que me deja con el hocicote abierto.

-Bienvenido, Telésforo. Has llegado a la región más transparente de la Gloria.

¡Chale! ¿Y ésta? ¿Como sabe el pinche nombrecito que me pusieron mis jefes? Respingo:

-¿Telésforo? Estás como licuada del cerebro. Soy Punkijote, Punkijote de la Raza, eterno aprendiz, hacedor de voluntades, ilustrador para los ignorantes, valedor que se la rifa todos los días y que persigue su pan realizando las faenas necesarias que haya menester para ese fin. ¿Tú quién redemonios eres? ¿Qué mamada es esa de la región más transparente de la Gloria?

-Estás en la Gloria, Telés… Punkijote. Aquí podrás conversar, por toda la eternidad, con los grandes guías espirituales de todos los tiempos, con santas y santos, con gente pía de almas bondadosas, gente plena de amor y misericordia.

-¿Puedo platicar con el mero efectivo, con los ángeles y arcángeles?

-Ellos pertenecen a la grey celestial, hay que hacer cita y si procede…

-¡Chale! ¿Cita? ¿Si procede? Mucha burocracia, ¿no? ¿Podría platicar con el Mahatma, al menos?- pregunté entusiasmado.

-¿Te refieres a Mohandas Karamchand Gandhi?- Asiento, de asentir, no me refiero al lugar que se usa para sentarse. –No, Gandhi, aunque fue un pacifista de los más altos vuelos, cometió algunos pecadillos que…

Chale! Cometió algunos pecadillos… ¿Pos qué onda…? Si Gandhi no está en este dizque paraíso, entonces ¿quién está? ¿Está Juanita? Me refiero a Sor Juana Inés de la Cruz,  a Juanita Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, para ser muy claro…

-No te sulfures, Punki. Está Ignacio de Loyola, Carol, Juan de la Cruz, Juan Diego, El Niño de Atocha… Aquí, cuando es el caso, ya no les endilgamos el santo o santa; nada más los llamamos por su nombre.

-¿Ignacio de Loyola? Ese bato fue un soldadote que mató a buti de raza…

-Se arrepintió, Punki, se arrepintió.

En esta parte del sueño vi venir a una viejita sonriente. La identifiqué de volón era La Madre Teresa. Era la segunda persona que veía en aquel espacio que más me daba la impresión de estar lleno de soledad que de alegrías y paz. Eso sí, la luz seguía hiriendo mis pupilas, me refiero a las de mis ojos, no a mis admiradoras. Teresa –no sabía si decirle madre porque en rigor no tuvo hijos- me soltó un decálogo… más bien dicho una especie de icosálogo de consejos, porque fueron como veinte los que, más rápido que pronto, me quiso imponer para que tuviera una estancia perfecta en aquella inmensidad.

Apareciendo poquito a poco me fueron rodeando cuates y cuatas que en sus vidas terrenales habían sido monjas, sacerdotes, beatas, portadores de la palabra, prelados eclesiásticos, santurrones de pueblo, proselitistas, rezadores y todos, sin excepción, a coro y en crechendo, me decían en tono gandallamente imperativo:

-Sigue los preceptos de Teresa.

-Haz lo que te manda Teresa.

-No pienses más que en lo que dice Teresa.

-Actúa como te pide y te ordena Teresa.

-Sé como Teresa…

¡Me desperté! Me desperté angustiado, sudando, con las cobijas –jodidísimas, por cierto- enrolladas en mi pescuezo. Mis brazos, como aspas, estaban tirando madrazos a diestra y siniestra, mientras mis piernas se flexionaban a lo loco… ¡En la madre! ¡Qué cosa más ojeta!

-¿Qué te pasa, Punki?

-¡Ay, güey!-. Me espanté más. Luego me percaté que la que me había preguntado no era Teresa, la madre esa del sueño, sino mi chava en turno, que se había despertado acelerada y que con voz pastosa me inquiría, preocupada, cuidando al mismo tiempo mi mohicana para que no se quebrara.

-Disculpa, morrita, es que tuve un sueño de lo más cañón-. Le resumí, me refiero a que le hice un resumen de mi visión onírica, no a que le haya re-sumido nada, eso fue después, para el aliviane. –Pienso que para cuando me pele de este mundo necesito garantías.

-¿Garantías de qué, mi gallito fino?

Lo de gallito fino me cayó al pelo porque ya había cumplido con mi agradable papel de machín y había cumplido bien. Lo supe al ver la sonrisa de satisfacción de mi chava.

-Sí, morrita. Necesito garantías para llegar al infierno. Allá arriba está de a tiro muy gacho. Nunca lo había pensado, pero este sueño hizo que mi conciencia se iluminara.

 -Ah, cabrón, ni que fueras lámpara.

-Frena tu carromato. Escucha, lissenea, para oreja, óyeme, cosita linda.

-Está bien, Punki. Dime. Te escucho con atención total, al cien. Cuando la fuerza mengua, te queda la lengua.

-Siempre había pensado, porque así nos han enseñado generación tas generación, que al petatearse el premio –después de esta vida-, era irse al cielo, pero… la neta, ¡está cabrón! Te repito: ¡Quiero garantías para llegar al infierno! El sueño que tuve, me dio cosa. Al fin de los tiempos ¿quiénes van a estar allá?; y más que quiénes, ¿cuántos? Allá arriba está vacío, me cae que sí. "Ora si que allá arriba está muerto.


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