16 de Febrero, 2009

Trini Corona, reacordando a León Felipe. Testimonio

Por Juan Cervera Sanchís - 16 de Febrero, 2009, 12:15, Categoría: LETRAS Y GARABATOS


Por Juan Cervera Sanchís

En la casa de León Felipe, en su departamento de la calle de Miguel Shultz, 73-3°, México D. F., sin León, recién fallecido, 18 septiembre 1968, flota un misterio y un denso halo.

Sí, León ha muerto... Sin embargo uno percibe que él va a levantar su voz requiriendo algún servicio de Trinidad Corona Zurita su, digamos, ama de llaves, exclamando:

-¡Trini!

 Desde la sala entrevemos un ángulo de su verde sillón mientras platicamos con Trini y, es verdad, lo que ella nos confiesa con visible emoción:

-A veces oigo todavía su voz y me sobresalto.

Nosotros, que estábamos ya aquerenciados con León y su casa, sentimos que se nos rompe el alma pasar por su puerta sin subir en tres saltos los dieciocho escalones de su escalera.

Ayer tarde al pasar vislumbramos a Trini en la ventana. Su semblante triste nos atrajo y quisimos darle un poco de compañía al mismo tiempo que recibir compañía de ella.

Trini, nada más nos ve, nos abraza llorando y un nudo, como de soga de esparto, nos apretó la garganta.

Pesarosos nos sentamos y hablamos:

-¿Cómo era, Trini, realmente León?

-Usted lo sabe muy bien. Para mí y para todos era muy buena gente. Muy generoso. ¡Y muy guapo por cierto! Subraya con vivo énfasis.

Trini habla de su Señor con el corazón en los labios. Nos gusta como grita eso de: “!Y muy guapo por cierto!” Tiene gracia Trini al decir sus cosas, y eso que está triste en extremo. Hace una breve pausa y continúa:

-Yo no pensé nunca durar los años que duré con el Señor. Cuando yo llegué, que me trajo su hermana doña Salud, me tomó la mano y yo dije: ¡Chihuahua! Está muy anciano ya. Pero mire usted no se murió entonces. Dios quiso que viviera diez años más pues yo llegué cuando ya se había muerto doña Berta Gamboa, su esposa. Creo que llegué al año de morir ella. Una amiga de mi hermana Carmen conocía a doña Salud y por medio de ella vine.

-¿Cómo se portaba el Señor con usted?

-Muy bien, muy bien. Cuando poco después de mi llegada yo me puse enferma él me llevó al sanatorio de nutrición para que me curaran. Él se preocupaba mucho por mí. Me compraba las medicinas y en todo era muy bueno. Eso usted lo sabe. Trini calla y suspira.

-Oiga, Trini, ¿quién era el mejor amigo del Señor?

-Don Pablo Fernández Márquez. Fue el primero de sus amigos que yo conocí. Era español como él, de Madrid. Yo quiero mucho a don Pablo. Él también ha visto mucho por mí y es también muy guapo, como lo era el Señor. Se tenían mucho cariño entre ellos, creo que más que hermanos.

Debo aclarar que cuando Trini llama a una persona guapa, quiere dar a entender que es muy buena, muy noble. Así lo entiendo yo cuando la escucho y advierto cómo lo dice y por qué lo dice. En verdad me conmueve la forma y el fondo de sus expresiones.

Me cuenta una anécdota relacionada con Fernández Márquez y León:

-Mire, un día le habló el Señor a don Pablo para que viniera a comer. Él venía muchas veces, pero aquel día no pudo venir y el Señor no quería comer solo. Yo ya había preparado comida para dos y apenas acabando de hablar por teléfono con don Pablo me gritó con su fuerte voz. Yo corrí para ver qué era lo que quería y, al estar ante él, me dijo:

-Trini, no prepare usted comida más que para mí, pues ese pelmazo no va a venir. Estaba muy enfadado con don Pablo porque éste no iba a venir. A mi me molestó mucho que llamara a don Pablo pelmazo, aunque yo no sabía lo que quería decir eso. Pensé que sería algo feo, por lo que le pregunté:

-Señor, ¿qué quiere decir eso de pelmazo?

Él entonces se puso a reír y yo le reclamé diciéndole:

-No vuelva usted a llamar a don Pablo eso de pelmazo, porque don Pablo es muy bueno.

El Señor se reía y se reía y yo, enfadada, me fui a la cocina.

Luego, algo más tarde, llegó don Pablo, y cuando el Señor lo vio delante de él, me gritó:

-Trini, ya está aquí el pelmazo.

Debió contarle a don Pablo todo aquello pues los dos se rieron de mí y el Señor nunca me dijo qué quería decir pelmazo. ¿Qué quiere decir pelmazo don Juanito?

-Nada malo, Trini. Pero lleva usted razón: Don Pablo no era un pelmazo, aunque el Señor debió molestarse porque su entrañable amigo no pudiese venir a comer, aunque al fin llegó. Dijo eso pero sin ninguna mala intención.

-Claro, don Juanito, que no lo diría con mala intención, pues el Señor quería mucho a don Pablo.

-Oiga, Trini, ¿qué platillos prefería el Señor?

-Tenía muy buen diente. Le gustaba todo. No era goloso ni remilgoso para comer. Creo que lo que más le gustaba era el gazpacho andaluz.

-¿Usted sabe cómo se hace el gazpacho andaluz?

-Sí, me enseñó a hacerlo María del Carmen, cuando estaba casada con el sobrino del Señor, cuando éste todavía vivía, y que fue el torero Carlos Arruza. Creo que ahora está casada con otro torero, un tal Capetillo.

-¿A que hora solía levantarse León?

-Como ya estaba muy grande se paraba tarde y se acostaba temprano, pero antes cuando estaba bien se acostaba muy tarde, aunque se levantaba también muy tarde. Entonces yo le esperaba mirando por la ventana. Llegaba de madrugada. Eso era cuando estaba bueno. Últimamente ya no llegaba tarde como antes cuando iba al café. Un café que se llamaba, según le oí, decir “El Sorrento”.

-¿A qué hora escribía?

-Para escribir siempre se levantaba temprano, pues cuando yo entraba a verlo ya estaba escribiendo. Sobre todo al principio cuando yo llegué. En un tiempo como que rejuveneció y se iba en el camión. El Señor nunca tuvo coche. Por lo general lo traían y llevaban los amigos. Cuando don Pablo tuvo coche el Señor ya tuvo coche y chofer. Éste se llamaba Raúl. Antes de esto el Señor iba y venía en camión. Un día se cayó al bajar. Gracias a Dios no se hizo mucho daño, pero pudo habérselo hecho, ¿verdad?

-Pues sí, Trini. ¿Hablaba usted mucho con él?

-Sí, en la noche, cuando me hablaba para acostarse y yo le daba su merienda. Me decía:

-Trini, no se vaya. Platíqueme usted.

Un día le platiqué de mis antiguos señores, con la familia que estuve veinte años. Eran franceses y muy buenos. Yo los quise mucho también. Luego me enteré de que el Señor había hablado de todo eso que le conté en una revista. También cuando me pedía que le platicara antes de dormirse. Yo le hablaba de mi padre y de las vacas que tenía mi padre. Él me oía muy atento. Le conté como murió mi padre a consecuencia de un golpe que le dio una vaca.

-Trini, yo le he oído a usted varias veces hablar delante del Señor, de su escobita de San Martín de Porres, ¿qué opinaba él de ello?

-El me decía: “Trini, bárrase con ella, porque es de San Martín”.

El Señor era muy bueno. Cuando a mi me la regalaron a él le regalaron otra que luego me la dio a mi y entonces yo le di la mía a su sobrina. Esta que tengo es la que fue del Señor.

-¿Usted no tiene hijos, Trini?

-¡Oh, qué horror! No, no, yo no tengo hijos: ¡Dios me libre!

-¿Nunca se casó?

-¡Ah, Chihuahua! ¿Casarme yo? Dios me libre y la Santísima Virgen. No, nunca tuve novio. Yo he platicado con los hombres, como platicaba con el Señor o como estoy platicando con usted. Con los hombres yo no sé platicar de otra manera. ¡Dios me libre!

-Trini, ¿por cuáles santos siente usted más devoción?

-Ahora por San Martín, pero siempre he tenido mucha devoción por el Sagrado Corazón y por la Santísima Virgen de Guadalupe.

-¿Qué ha significado para usted la muerte del Señor?

-Muy triste...yo estoy muy triste ahorita. No lloro porque estoy platicando con usted, pero cuando estoy sola...

Y Trini suspira profundamente y su suspiro se convierte en sollozo y acaba llorando a mares.

-Cálmese, Trini, le digo.

-¡Ay, señor Juanito!, para mi, de día y de noche, esto es muy triste. Es una vida muy triste la mía sin él. Muy triste. Yo lo quería mucho y me quería también. Venga a ver, venga a ver. El señor me regaló su retrato que yo tengo en la cabecera de mi cama.

Y acompañé a Trini hasta su recámara y vi el retrato de León Felipe. Ella me dijo:

-Lea usted, don Juanito, lo que dice. Yo no sé leer. Y leí en voz alta la dedicatoria:

 

ESTE RETRATO ES DE TRINI CORONA, MI GRAN AMIGA.

UN ABRAZO DE ESTE VIEJO QUE LA QUIERE:

LEÓN FELIPE.

 

Trini, al escuchar la lectura, llora y llora. Yo la consuelo como puedo.

Ella susurra:

-Es que esta casa está muy sola sin él. ¡Qué horror de vida! Esto, todo esto, se me hace muy largo.

Tras un doliente silencio. Le pregunto, por preguntarle, algo que la distraiga de su congoja:

-¿Venían muchas gentes por aquí a visitarlo?

-Usted lo sabe muy bien. Esto parecía una fonda. Muchas, pero que muchas gentes venían a diario por aquí.

-¿A quiénes recuerda de todas esas gentes que por aquí venían?

-Recuerdo a los de casa. A don Pablo, a don Pancho Lona y a su nieto. A Trapote, a los señores Rioboo, Samperio, a la señora Padeya, que apreciaba mucho los papeles del Señor y recuerdo con mucho cariño a Doña María Esther Zuno de Echeverría. Ella es muy buena y le daba mucho ánimo al Señor. Lo llevaba a su casa con su esposo, que es un ministro. Un día don Pablo trajo aquí a ese ministro y a varios ministros más que venían acompañando al entonces Presidente de México, licenciado Gustavo Díaz Ordaz. Fue como un día de fiesta.

¡Ah!, me acuerdo también del doctor Báez Camargo.

Él le regaló una Biblia al Señor, que éste leía muchas veces cuando estaba solo. El Señor estimaba mucho al doctor Gonzalo, que así se llamaba Báez Camargo, del que decía que era un hombre muy sabio. Recuerdo que un día don Gonzalo trajo de EEUU a la señora Virginia, no sé cómo era su apellido. Ese día se la pasaron leyendo versos muy bonitos.

Recuerdo a todos esos buenos amigos y amigas del Señor y se me vienen a la memoria los nombres del señor Juan Rejano y de la señora Gloria Rodríguez. ¡Ah! Y también el de don Alejandro, don Alejandro Finisterre al que el Señor me pedía que yo lo llamase por teléfono para que viniera a comer y a charlar con él.

Mire usted, don Juanito, se me estaban olvidando los médicos que venían a verlo y eran muy sus amigos: Cesarman, Parés y Nieto.

Ellos nunca le cobraban por verlo y recetarle.

Se me nubla la memoria con tantas caras que recuerdo y se me agolpan los nombres y muchos se me borran. Además venían estudiantes a todas horas. El Señor los recibía y se ponía alegre con ellos. Siempre sentado en su sillón. Les firmaba sus libros a los jóvenes y a las jovencitas que lo rodeaban y ponían mucha atención a lo que él les decía. Todos se iban muy contentos.

Ahora ya nadie vendrá. Antes era un continuo peregrinar, amigos, estudiantes... Venían como se va a ver a un santo. Pero el santo ya voló al cielo. Allí está el Señor ahora y desde ahí nos ve a todos los que tanto le quisimos. De eso estoy segura.

-Trini, ¿recuerda usted que el Señor se reía mucho cuando los tres platicábamos del pulque?

-¡Ah!, sí! Él le decía a todo el mundo que a mi me gustaba el pulque y no me lo prohibía. Con la familia que estuve antes yo lo bebía a escondidas, pero con el Señor no. Él me dejaba en libertad para que yo tomara mi pulque, pues debo decirle que nunca me he mareado, ni por beberlo le he faltado nunca a nadie. De niña me lo daba mi madre. Es puro alimento.

Mire usted, yo tomo dos litros al día, pero también es que yo como muy poco y el pulque pues es mi alimento principal.

El Señor me trajo a sus médicos y les platicó de mi pulque cuando me puse enferma la segunda vez, pero yo engañé al médico. ¿Verdad que no fue nada malo que yo le dijera al doctor que sólo me bebía medio libro al día? No puedo dejarlo pues si lo dejara me moriría. El Señor lo sabía y era por eso que nada más se reía y nunca me lo prohibió. Él me quería mucho y no lo veía mal. El Señor tampoco me prohibía que yo fuera a la iglesia. Las malas gentes decían que él no era creyente, pero eso no era verdad. Él hacía mucha obra de caridad y daba mucha felicidad a las gentes. Y eso vale más que ir a misa. Yo si iba a misa, voy a misa, pero ya le digo: El Señor nunca vio mal que yo fuera a misa, al contrario, él me decía:

-Trini, déme mi desayuno y váyase a misa. A la de ocho o a la de nueve. A la que usted quiera.

Él nunca me dijo que no fuera a misa. Yo sé que él era creyente. Las gentes que dicen que no era creyente no saben lo que dicen.

-¿Qué tal cuándo se enfadaba con usted?

-Pues sí, algunas veces se enojaba, como todo el mundo, pero se arrepentía al rato. ¡Era tan bueno! Entonces me llamaba para pedirme perdón. Yo reconozco que el Señor hizo más obras buenas para conmigo y para con todo el mundo que malas. Usted lo sabe.

-Y ahora, Trini, ¿cuál es su situación?

-Bueno, el sobrino del Señor y su madre doña Salud, me dejaron la paga que tenía.

-¿A cuánto asciende su salario?

-Mi sueldo era de trescientos pesos al mes, pero el Señor me daba mis alimentos y además las medicinas que yo tomo y que me recetaban los médicos que venían a verlo a él. Aparte me compraba zapatos, la ropa y las gafas que yo iba necesitando y que cuestan muy caras, pero ahora... Bueno, a mí me decía el Señor que no me preocupara si él se moría, pero yo le decía:

Ahora porque está usted vivo, luego... Ojalá sea como él quería. Yo siempre le decía que quería morirme antes que él pues de haber sido así el Señor me hubiera sepultado, pero ahora no sé quién me sepultará ni dónde. ¿Usted cree que ahora me van a dar sepultura como él lo hubiera hecho? Así que me muera me enterrarán en un cajón de cartón. ¡Virgen Santísima!

Guardamos silencio y lo único que se me ocurre, tonto de mí, es preguntarle:

-¿Le echa mucho de menos?

-¿Usted qué cree, don Juanito? Poder de Dios que sí. Mire usted, anoche soñé con él. Lo vi como cuando volvía del café, cansado, con su chamarra, su bastón y su sombrero. Se sentó a descansar en su sillón. Nomás que no era esta casa, sino otra, mucho más grande y bonita. Y eso creo yo que quiere decir que ya se acabó su purgatorio y ya ahorita está en el cielo, digo yo. Espero en Dios y María Santísima que así sea.

A mi rara vez se me olvida lo que sueño y fue muy clarito, clarito, este sueño y todavía lo estoy viendo.

 


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Graffiti mexicano 17

Por Alonso Marroquín Ibarra - 16 de Febrero, 2009, 12:15, Categoría: GRAFFITI MEXICANO



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Se termina

Por Chobojo Master - 16 de Febrero, 2009, 12:00, Categoría: JUAN CERVERA: VIDA SIN FIN

Juan Cervera Sanchís

Se termina mi tiempo,
para mí ya no hay tiempo,
estoy al fin del tiempo,
                   de mi tiempo,
que no tengo otro tiempo que mi tiempo.
Sí, sólo tengo ese tiempo
y, ese tiempo, agoniza,
se me muere de prisa,
se suicida a diario entre mis manos.
Es inútil tejer planes para el futuro,
yo no tengo futuro,
yo tengo, si es que tengo,
tan solo este presente amargo y desolado.
Se termina mi tiempo, se termina,
y mis ojos, vencidos, lloran y lloran;
lloran lágrimas invisibles
sin sombra de consuelo.
Mi tiempo se termina
y es hora de decir adiós
                   y echar la llave
a la que fuera un día
                        puerta de la esperanza.
Adiós. Adiós.
                   Adiós. Adiós.
                                    ¡Adiós!
Mi tiempo de termina
y, con mi tiempo, el canto.
Se hará al fin el silencio
y, poco a poco, el polvo del olvido
borrará para siempre mi memoria
                         del libro de la vida,
donde quise escribir un sentido poema
con tu nombre y el mío, amada mía,
                            fundidos en un beso,
para ser recordados
por cuantos rinden culto a la flor del amor,
que aroma y enaltece nuestras vidas,
contra el paso del tiempo
                          que todo lo aniquila,
ajeno por completo a la misericordia
que nos acerca al sueño
                               de la luz salvadora
y al aliento sagrado de la Madre Poesía.


 México, D. F. 19 de junio de 2008

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Te busco

Por Elena Ramos Moreno (Eleram) - 16 de Febrero, 2009, 11:45, Categoría: VERSOS LIBRES

Elena Ramos Moreno (Eleram)

Como muchas veces, a solas, te busco,
como en las noches frías, te busco,
como en tantos días lejanos, te busco,
como una caricia, te busco...

Te busco en una sonrisa,
te busco en una palabra,
te busco en una nube,
te busco en una flor...

En el detalle del día, te busco,
en el camino recorrido, te busco,
en cada resplandor del sol, te busco,
en todos mis recuerdos, te busco,

Ya no sé, dónde más buscarte,
ya no sé, dónde encontrarte,
y entregar mi alma que te extraña,
que te busca, te toca, y aún así... no te encuentra.


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