Interiores - Piedras cantarinas

Por Constantino Pol - 12 de Enero, 2009, 6:00, Categoría: PICOS Y QUIMERAS

Por Constantino Pol Letier


Cada grado de mi fantasía

me invita con insistencia

a recorrer y estar en tu cuerpo.

 

Aquellos días fueron de sorpresas encadenadas, una tras otra, desde el placer compartido de aquellos atardeceres irrepetibles hasta la frescura de la habitación, laboriosamente decorada con pétalos de flores. Lucías feliz, mezclando cierta timidez, tan propia en los adolescentes que avanzan hacia el primer atrevimiento. Cuando sonreías y el sol clarificaba tus ojos, estos se volvían serios competidores del color del mar, y la luz se multiplicaba. Quién hubiera pensado que aquellos días de calor y playa, con los sentimientos desinhibidos saliendo a borbotones, pincelarían el paisaje de nuestros años venideros. Tampoco hubiera sido concebible, a golpe de conciencia, que las imágenes de aquella convivencia intensa se fueran a quedar como fotografías indelebles en la memoria.

Nunca me concebí como hombre aclimatado de tierra caliente, sentía como hermanos más cercanos los climas frío y templado, y, sin embargo, ahí estaba, como si fuera nativo, recibiendo el sol en la espalda, en el pecho, en las pantorrillas, entre los dedos, metiéndose, lo invitara o no, por toda mi piel, como el agua, la arena y el viento. Ya después me preocuparía, cuando la memoria orgánica me lo recordara, de los ardores, de la hipersensibilidad dolorosa, de las agujas en que se convertirían las gotas de la regadera al caer sobre mis hombros.

Contigo aprendí el placer del sol, del calor y la brisa vestida de sal, de los olores marinos también, y revaloré las huellas que dejan los pies en la arena: marcas profundas y efímeras, porque se convierten en unidad con el agua, porque desaparecen y dejan de ser para ser, justo en ese momento, parte de un nuevo paisaje.

En aquellos días, nos llenamos del inmenso horizonte, y de sonidos inagotables vertidos en la música infinita de las olas y caminamos por la frontera de la arena y el agua, sin destino, sin más propósito que ir adelante, tal como debieran ir siempre las parejas de buenos enamorados; y caminamos, a ratos tomados de la mano, absorbiendo la humedad en cada centímetro de nuestros cuerpos. Por ahí, también, se colaron las ansías mutuas de volvernos uno. La noche, con toda la evocación de un romanticismo antiguo, nos acercaría más, hasta quedarnos dormidos, no sin antes restar, con lamentación, un día a la cuenta de nuestra estadía en aquel paraíso.

Comimos y bebimos sin la premura que imponen los horarios citadinos. Las horas eran nuestras y podíamos gastarlas como quisiéramos. Así lo hicimos, sin considerar itinerario alguno: el plan no incluía planes. Y caminamos otra vez, observamos los caminos de espuma de las lanchas, la vegetación exuberante de los costados de la bahía, ese verde eterno de la costa grande, y mientras el sol nos quemaba la piel con su desinteresada brutalidad, el cielo nos regalaba su torrente de claridad haciéndose cómplice con el viento para engañarnos y decirnos sin palabras: « Caminen, ya son nuestros. Vayan más allá, que aquella también es la tierra de Dios y allí encontrarán la música que no podrá borrar ninguno ».

Nos hemos convertido en receptores de toda la energía de la costa y damos a cambio nuestro sudor, el aire de nuestros pulmones contaminados y un inmenso racimo de gozos interiores. De pronto, tras una pequeña calzada que hace un bordo través de la playa, se ve una extensión de piedras que contrasta con la arena, son cantos rodados y se escucha entre el sonido manso de las olas un cracaqueo singular. Al subir, el agua del mar las hace danzar y el choque de sus cuerpos, cientos, miles, producen una sinfonía extraordinaria de percusiones: acordes sonoros de piedras sonoras; ritmos insospechados todas las velocidades, largos y prestísimos; choques musicales en pianos y fortes; fugas y persecuciones en extrañas escalas, como bandas en pugna; ecos de amoríos lejanos y romances primitivos; sonidos verdaderamente esenciales.

El agua las acompaña y ellas, las piedras, cantan. ¡Son piedras cantarinas! Entonan la música de lo imposible que nos maravilla con sus notas. Sin ser más grandes que una mano abierta, nos embelezan, y nos capturan; quedamos embrujados, poseídos o bendecidos, no sé bien a bien, pero es en ese momento que sabemos que nos acompañarán por siempre. Esta vivencia es una semilla que germinará siendo un recuerdo en el futuro.

No lo hice, pero en aquel momento, ¡cómo me hubiera gustado darte un beso!

 

Primeros días de Enero

 

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