Seducción

Por Alonso Marroquín Ibarra - 14 de Noviembre, 2008, 3:30, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Por Alonso Marroquín Ibarra

Fue la forma en que me miraste la que me sedujo. Eso, primero. Había aguas tranquilas en el fondo de tus ojos y una chispa extraña, malicia latente, que prometía una lucha extrema en el campo de Eros, tal vez. ¿Era coquetería acaso aquel revoloteo de mariposas en que se convertía tu parpadeo o un atrevimiento de tu subconsciente invitándome a la aventura? Todavía, después de tantos años, no lo sé.

Sumado al imán de tus ojos, me embriagó tu movimiento, el que hicieras: la ondulación de los dedos con una promesa de romance hawaiano escondida en ellos; la cascada de tu pelo de torrentes vivos, que cobraba vida para someter con su influencia  electrizante a cualquier espíritu por fuerte que fuera... luego tus senos, cuyo peso los hacia moverse en un suave vaivén que conjugaba a la perfección mientras sonreías. Con tu risa, tu cintura se quebraba en ángulos fantásticos y tus caderas ampliaban mis fantasías.

Había algo más que erotismo en ti, un misterio no develado bajo tu piel, quizá la promesa de un viaje alucinante por ese terreno extraño del que todos hablan jactanciosos,  como si lo conocieran a fondo, siendo que las más de las veces sólo repiten hasta el hartazgo las frases que ha inventado la publicidad, los miles de necesitados de afecto, esa extensión de los deseos humanos más íntimos, donde todo, todo -ojalá-, se puede curar: el amor.

¡Vaya pieza complementaria que vi en ti, para la otra que soy yo! Hasta me revivió la galanura, tantas veces inservible. Bueno, al menos me fue útil como apoyo, como la carnada en el anzuelo cuando se lanza con la caña a la incertidumbre de las aguas.

La pesca fue excelente, pero ¿quién pescó a quién? o acaso... ¿nos pescamos los dos?

Finalmente creo que fue lo último, porque el pescado finalmente muere, y, al paso del tiempo, después del encanto aquel de una tarde de viernes, donde conversamos por primera vez, las cosas se han ido apagando, como las veladoras que ponen los creyentes esperando un milagro que nunca llega, hasta que el fuego y la parafina se evaporar.

Me dije mil veces que no caería en tu juego de mujer total. Es probable que tú pensaras algo equivalente. Ese viernes, después del delicioso flirteo y de una noche plena, me dijiste:

-Me gustas...

-Me encantas-, correspondí. Era cierto.

Final número 1

Al paso del tiempo todo se fue al diablo.

Final número 2

Al paso del tiempo llegaron al horror de una vida color de rosa.

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