6 de Octubre, 2008

Extraños reflejos

Por Rúber León Rodríguez - 6 de Octubre, 2008, 23:30, Categoría: BUENAS Y MALAS ARTES

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Tres sombreros

Por Alonso Marroquín Ibarra - 6 de Octubre, 2008, 6:45, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Por Alonso Marroquín Ibarra

 


Fue parte de su última voluntad, que cada uno de ustedes quedara en posesión de uno de sus sombreros –les dije, a los tres individuos citados, con la formalidad que se requería-. El testamento describe estos tres: el de caza, el de verano y el de gala. Mi señor platicaba en vida, con esa sonrisa encantadora que nunca lo abandonó, que llegada la hora, su más grande secreto no se iría con él. «Lo legaré a uno de los más cercanos a mí», decía.

Muchos de nosotros, los que bien le servimos, pensamos que el señor Montiel, sería el beneficiado, ya que ambos vivieron a la par. Como ustedes saben, se conocieron en su remota juventud, compartieron el pan y la sal, pasando por situaciones que parecían insalvables y jamás, ¡jamás!, tuvieron la más pequeña desavenencia. Su amistad era la representación viva de la lealtad y el cariño. «En las buenas y en las malas, Montiel» «En las buenas y en todas, Damián». ¡Ah, Don Damián, mi tan querido señor!

Perdonen ustedes, es que su partida fue tan abrupta, tan inesperada, que traigo la consternación pegada en el alma.

-¿Podría ir al punto? No dispongo de todo el día- me lanzó con un dejo despectivo, en exigencia grosera, el señor Joaquín Torralba. Los otros dos lo vieron con desprecio.

-Sí señor, por supuesto. Debo, sin embargo, así está dispuesto, indicarles el orden en que deberán ser escogidos los accesorios-. Tomé la copia testamentaria y busqué la cláusula para avalar la última voluntad de mi señor.

-Continúe, ¿quiere?-. Me apremió, otra vez, el señor Torralba, totalmente insufrible.

Era un verdadero enigma concebir cómo ese hombre pudiera relacionarse con los demás. Don Leonardo Alfaro, viviendo dentro de su eterna gordura, haciendo a un lado sus costumbres de cortesía de buen cristiano devoto, resopló dando una señal de incomodidad, mientras los ojos de Isaías Katz, el tercero convocado, subían al techo acompañados de una mueca de rechazo.

-En su testamento, Don Damián, mi señor, puntualizó una sola regla para que ustedes escogieran el sombrero de su preferencia. Es una cuestión de orden-. Como un buitre, el señor Torralba centró su mirada en mí; sentí su pesadez, me atrevería a decir que con un mensaje siniestro. –Una vez hecha la elección cada uno deberá leer en voz alta el pequeño mensaje que va en el sobre adjunto, haciéndolo en orden inverso, esto es: primero lee el tercero, luego el segundo y finalmente el primero.

Si se hubiera pensado con lógica elemental, Don Isaías, el judío simpático, sería el más interesado en poseer el sombrero de gala. Él había sido el principal promotor, durante años, de Don Damián y puso buena parte de su fortuna en ello; además era la prenda que significaba sus máximos triunfos. Sonaba razonable que fuera él su poseedor. Sin embargo, la codicia por la cinta de pedrería de azabaches y diamantes perfectos que lo distinguía de los demás, hacía sudar a Torralba, al pensar en la posibilidad de que no quedara en sus manos. Para el gordo Alfaro, hombre austero y sencillo, el asunto tenía más un lado romántico que monetario; estaría conforme con cualquiera de los sombreros: no le interesaba ni el valor económico ni el secreto; no hubiera sabido qué hacer con él.

Continué. -La condición que se indica en el testamento, es que usted Don Joaquín, sea el primero en escoger y en segundo lugar Don Isaías. Se concluye que usted, Don Leonardo, queda en posesión del tercer sombrero, sin opción de elegir.

Joaquín Torralba casi se sale de sí mismo al saberse poseedor del sombrero más valioso. No sabía con certeza en cuánto podría valuarse tan fabulosa pedrería, pero qué importaba: era una verdadera fortuna. ¿El secreto? Le importaba nada, esa era la verdad. El interesado en eso debía ser su patrocinador y amigo, él no.

Con un movimiento de avariciosa rapidez, Don Joaquín tomó el sombrero negro, impecable, y contempló de cerca los cortes perfectos de cada una de las piedras preciosas. Isaías Katz, un tanto desangelado miró los dos sombreros restantes y eligió el sombrero de caza, de gamuza exquisita, cintado con fino tejido brocado de oro. Don Leonardo tomó el suyo con cariño, el sombrero de verano, liviano e inmaculado, y se lo ajustó. Le quedó perfecto.

-Señores, procedamos a la lectura de los mensajes que Don Damián les dirigió a cada uno de ustedes para dar por finalizada esta reunión. Si es tan amable, Don Leonardo…

"Leonardo, sé que esté será el sombrero que quede en tus manos. Joaquín es codicioso y ni siquiera lo habrá considerado; mi querido amigo Isaías, más interesado en mi secreto que en otra cosa, no pensará que se encuentre aquí. La cuarta parte de mi fortuna acompaña este sombrero y te corresponde. No eres el más adecuado para poseer mi secreto. Sigue siendo un hombre sencillo."

-¡La cuarta parte de su fortuna! ¿A éste?-, grito, reventando, Don Joaquín. El rojo intenso pintó la ira de su rostro.

-Señores, continuemos. Don Isaías, tenga la bondad de leer su mensaje,

Don Isaías, sacó sus lentes de oro para leer la pequeña letra del escrito dirigido a él.

"Isaías, este sombrero de caza es el que te corresponde. Parece ser que en tu apellido, está implícita la capacidad para perseguir todo hasta alcanzarlo, como si de una presa se tratara; eres como un gato cazador, aunque para suerte de los que tuvimos tu amistad, no posees el instinto de segregación de esos animales. Sé que si poseyeras mi secreto no te detendrías, lo explotarías para sacarle más jugo que el que yo pude obtener. No eres el heredero adecuado; morirías de manera prematura; la ansiedad acabaría contigo. Te lego la cuarta parte de mi fortuna y la colección de camafeos, que era tu admiración. Sigue siendo un hombre justo."

-Bueno, este hombre…- alzó la voz, embadurnada de envidia, Torralba, y lo interrumpí.

-Don Joaquín, es su turno. Tuvo usted el privilegio de ser el primero en escoger. Es hora de que lea el mensaje que mi señor dejó para usted y demos por terminado este asunto.

Los ojos mastines de Torralba bailaban en sus cuencas, mirando con mezcla de odio y triunfo a los demás. «Tengo el único sombrero que realmente vale algo y, por supuesto, también el secreto… La mitad restante de la fortuna, las propiedades deben venir en consecuencia…». Con mayor altivez que nunca, levantó la barbilla mirándome desde muy arriba. Tomó con lentitud exasperante el papel de lino y leyó.

"Joaquín, has sido el ganador del sombrero de más valor. Conozco tu ambición, siempre te ha rebasado; ella está por encima de tu propia sangre y, no podría ser de otra manera, de cualquier amistad. Esa es la razón para designarte el primero en elegir, sabía qué sombrero escogerías. En él está también mi secreto y tú, ninguno otro, eres el que lo merece. Lego la mitad restante de mi fortuna a Sebastián Lazcano, mi leal servidor y mejor amigo, a quien pedí organizara este reparto, y que bien sabrá hacer uso de ella. Ponte el sombrero en este momento y después continúa leyendo la parte de atrás."

Don Joaquín Torralba, entre las paredes de la codicia y la envidia, se colocó con dificultad el sombrero; la medida era escasa para él. Movió el cuello, los hombros, tironeaba las alas para embonárselo a como diera lugar. Finalmente, luciendo ridículo, con el ensortijado del cabello rebelándose por los lados, dio vuelta al papel y continuó.

"Sé que ya te has encajado el sombrero. Te queda chico. Eso es suficiente para que entres en posesión automática de mi secreto, para que lo ejerzas, para que lo uses. Buen viaje, Joaquín Torralba. Si existe la reencarnación, la próxima vez sé más humano, piensa en tus semejantes, porque de este mundo nos vamos como llegamos: ¡con nada!"

Torralba quiso quitarse el sombrero de inmediato. Sus ojos de perro brillaron de manera impresionante en sus órbitas. Hizo una serie de movimientos vigorosos para sacarse la prenda, entre gritos y bufidos. Los esfuerzos de sus manos fueron inútiles, algo sentía, algo lo tenía aterrorizado y no podía librase.

-¡Nooooooooooooooo…!

No alcanzó a decir más. Se quedó con el sombrero más valioso de los tres, y fue el único que alcanzó el secreto del Gran Damián, el mejor mago de todos los tiempos: Joaquín Torralba desapareció.

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Frases célebres - 32

Por Alonso Marroquín Ibarra - 6 de Octubre, 2008, 6:10, Categoría: FRASES CÉLEBRES

Para ti soy un ateo, pero para Dios soy un miembro de la oposición.

WOODY ALLEN

Soy ateo, gracias a Dios

ANÓNIMO

Para creer en Dios no es necesaria la parafernalia de la Iglesia.

DOMINGO MARROQUÍN PRADO

Y de los que no asistan a la Iglesia, malditos serán ellos, malditos sus hijos y malditos los hijos de sus hijos. ¡Bendito sea Dios!

DIRIGENTE DE LOS "COSTALEROS" (IGLESIA PENTECOSTAL)

Jodidos, no lo distraigan con pequeñeces, que el milagro que necesito yo es muy grande,

CACIQUE QUERETANO (MÉXICO)

Dios no nos ha olvidado, se durmió un ratito.

CONSTANTINO POL LETIER

Padre nuestro que estás en los cielos... Date una vueltecita por la tierra.

CÓMICO TRASHUMANTE

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