Canto a Rodrigo Arenas Betancourt

Por Juan Cervera Sanchís - 15 de Agosto, 2008, 13:00, Categoría: JUAN CERVERA: VIDA SIN FIN

Maestro Rodrigo Arenas Betancourt. Fotografía de Juan Carlos Hoyos G
Imagen tomada de http://picasaweb.google.com

Por Juan Cervera Sanchís

Desesperado amante de la vida
este hombre se muere mientras deja su huella
en el polvo del tiempo y juega con el barro y con el bronce
y se vuelca en la tinta y los colores
descorchando emociones embriagantes
con las arterias rotas de humanidad en vilo.

Este hombre que al arte y al sexo de la luz
lo ha consagrado todo con creadora pasión,
trae el dolor del mundo en la mirada
y, en sus manos de antiguo campesino,
mil doradas mazorcas y una sed insaciable
que lo mantiene en pie y enamoradamente caminando
por el filo infinito de sus propios abismos
coronado de semen y matrices genésicas.

Abismal, y a la vez luminosa criatura,
este hombre esculpe sueños con ojos prometéicos,
heridas guacamayas, cristos de cera triste
y sombras de lanceros que, un Bolívar desnudo,
imponente y brioso, transmuta en dimensiones de nerviosos luceros.

¡Oh, este hombre rotundo que revibra en sus cárceles
y en las anatomías múltiples de sus fueros internos
arrojando cartílagos y venas al futuro,
al tiempo que se expande en contenidas llamas
cual la flor imperiosa de un caballo salvaje
trotando y a galope como un río de hermosura
desatado en tormentas por las tetas nutricias
de una joven mujer preñada hasta los ojos de mil voces corales!

Hombre de fantasías como lechos nupciales
y realidades ásperas como un banco de espermas.
Hombre en verdad mirífico y, en su cuerpo, finito
como el pan sudoroso y amargo de los pobres.
Inexplicable hombre este Rodrigo Arenas Betancourt,
que se explica en sus piedras amantísimas:
en la pizarra negra del sol cruel que nos hizo
y en el basalto verde que a ratos nos consuela y nos alienta
al darnos por entero al orgasmo del ónix opalino.
Locura de este hombre,  de este artista traslúcido
del acero y del bronce, que es todo viento y fábula.

¿De dónde, oh, Dios, decidme, de dónde extrae este hombre,
único y asombroso, las vastedades cósmicas
que hacen de su vida y de su arte tal cúmulo de pasmos?

Si alguien se lo encontrara en el camino,
sin sospechar sus signos ni conocer sus partos
y las sumas creaciones de su genio, probablemente, lo confundiría
con un fútil y oscuro peregrino y, acaso, compadecido de él
le ofrecería una dádiva como a cualquier mendigo.
Y es que Rodrigo Arenas Betancourt, visto únicamente
con los limitadísimos ojos de nuestra cara,
pasaría sin más por un Don Nadie, por un indio paupérrimo
con unas cuantas gotas –quizás- de sangre blanca corriendo por sus venas
y transformada en barba jaspeada de ensueños
y dolientes carencias jamás nunca saciadas.
No es fácil sospechar, a ojos vistas, al hombre,
mucho menos al genio.
¡Oh, Arenas Betancourt! ¡Oh, Rodrigo!: Mío Cid siempre ganando
batallas a la vida con la pasión de arte entre las manos.
¡Oh, artista y hombre ingente con húmedas raíces vegetales
y alma de surco ubérrimo florecida de múltiples cosechas!

Artista. Espejo. Mundo. Hombre. Pluma. Universo.
Trinitario volcán. Himno testicular. Místico en vuelo.

¡Oh, gran Rodrigo Arenas Betancourt!, padre infín de las formas.
Síntesis del poder misterioso del mar que, tierra adentro,
se levanta en montañas y se extiende en llanuras
y se aquieta de súbito en la fuente de un beso, como un niño.
Línea honda en la mano abierta a la esperanza,
entre charcos de sangre de su amada Colombia.
Fuerza inconmensurable y en estado de gracia
y en continua creación y acción incontenibles.

¡Oh, Arenas Betancourt! ¡Oh, Rodrigo terrestre y solar!
Siempre humano Rodrigo, humanísimo siempre
y siempre amigo y hombre y cabal hasta el cielo,
y apasionado siempre por la vida y el arte y las ideas más nobles.
Rodrigo, que los dioses te sigan dando fuerza para domar la piedra,
el acero y el bronce, la caoba y el mármol,
el yeso y el concreto, el cemento, la tinta, el poliéster,
la pizarra y el ónix, en donde vivirás ya para siempre
contra la inevitable muerte que habrá de dispersar
tus carnes y tus huesos en la paz de la tierra,
nuestra madre, como si fueran santas,
y anónimas semillas de maíz y frijol.

¡Oh, Rodrigo Arenas Betancourt!,
sumo escultor de América y viejo y admirable amigo mío.

México D. F. Agosto de 2008

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