Por Juan Cervera Sanchís
La sal dormida
despierta en nuestra lengua
loca de dicha.
La fina sal
seduce sutilmente
mi paladar.
La sal salada
revuela por mi lengua
embelesada.
La sal amante
enamoradamente
y enamorante.
La sal riente
juega por mis encías,
blanquea mis dientes.
La sal que llora
en mis ancianos ojos
niñas auroras.
La sal que canta
en los alegres ríos
de mi garganta.
La sal molida
transpira en los saleros
de nuestras vidas.
La sal del sexo
nos revela la esencia
del Universo.
La blanca sal
encierra en cada grano
un mini mar.
México, D. F. 13 marzo 2008