La Sra. Donovan caminaba por la calle O"connell de Dublín, cuando se cruzó con el padre Rafferty. El padre, muy amable, le dijo: -Muy buenos días, ¿no es usted la Sra. Donovan a quien casé hace dos años? -Efectivamente padre, soy yo. -¿No han tenido niños aún? -No padre, todavía no, pero nos encomendamos a Dios. -Bueno, la semana próxima viajo a Roma, así que, si quiere, encenderé una vela por usted y su esposo, para interceder ante el señor. Con ello, estoy seguro, podrán recibir su gracia, y así verán iluminado su hogar con esos angelitos tan lindos que son los niños. -Oh padre, muchas gracias, le estaremos muy agradecidos- contestó agradecida la señora Donovan. Después siguieron su camino. Años más tarde se encontraron nuevamente. El sacerdote, siempre amable, preguntó: -Bueno, Sra. Donovan, ¿como se encuentra usted ahora? -Muy bien, padre -Por favor, dígame, ¿cuántos niños tienen ya? -¡Oh, padre! Tenemos 3 pares de mellizos y 4 criaturas más. En total 10. -¡Bendito sea el Señor! ¡Qué maravilla! ¿Y dónde está su amante esposo? La señora Donovan, muy seria, contestó: -Camino a Roma, a ver si puede apagar la dichosa vela que usted prendió.
Un día se dio cuenta que se había equivocado en todo desde de su nacimiento, cuando siendo un espermatozoide le ganó la carrera, haciendo trampas, a todos los demás. Era un tramposo congénito. Al nacer ya traía consigo todas las artimañas habidas y por haber, por lo que desde niño engañó a su madre, antes que a nadie y, de paso, a su padre y a sus hermanos, y no se diga, en la escuela, a sus ingenuos profesores. Su madre, en secreto, sospechaba que era el producto de un amante furtivo, por su manera huidiza de comportarse. Al igual que en los días de su niñez, durante su juventud continuó engañando a todo el mundo. Al llegar a la edad adulta se convirtió en un personaje influyente y engañó a su país en nombre de la justicia y la libertad. Para colmo terminó en estatua y quedó en los anales de la historia como un benefactor de sus semejantes.
5 - Maldita maldición ¿Cuánto tiempo se puede vivir sin emociones intensas?. Llevo tantos meses, con sus días y sus noches, que cada vez se me hace más extraño mi cuerpo. Recordar es vivir de nuevo, pero recordar siempre, es una maldita maldición que envenena, envilece y provoca una transformación de la luz en oscuridad. Una cosa es la memoria; otra muy distinta es el perpetuo recuerdo que no te permite conocer algo nuevo. Continuará... Las entregas de Eya se publican en esta sección los días domingosy miércoles
La fila era de más de dos mil personas y llevaban horas de necesaria espera, incluyendo a los tempraneros, y, todos, muy por encima de su aburrimiento, estaban molestos, muy molestos. Los que habían llevado a sus hijos eran los más desesperados, casi se daban de topes contra la pared. Los chamacos, a pleno rayo del sol, se habían agotado hacía rato y algunos, con penetrantes chillidos, presionaban sin dar tregua para irse a su casa. Nadie, por nada del mundo, hubiera pensado siquiera en abandonar su lugar. ¡No, señor! El asunto exigía más que nunca del aguante, casi ilimitado, que es propio de los mexicanos. –Y eso que nosotros somos los beneficiados, si no... ¡imagínese! – Le dijo un hombrón, Jacinto El Huapanguero, a su compadre, que estaba detrás de él. –Somos los beneficiados–. Repitió como un eco el aludido, hombre flaco en extremo, antítesis corporal del otro, mientras se rascaba la sien derecha. El solazo veracruzano había ido menguando las fuerzas de la formación y también, no podía ser de otra manera, exacerbando su paciencia. Algunos, forzados por la resequedad en la garganta, habían enviado a sus hijos por agua, matando así dos pájaros de un tiro: saciar la sed y entretener a los menores. Hacía unos días mil familias habían sido notificadas de ser las beneficiarias de un programa del gobierno federal. Después, mil viviendas habían sido entregadas en aquel poblado. El júbilo se vio reflejado en las miradas y en el ánimo de los habitantes. Muchos vaciaron varias botellas de aguardiente, una vez más, en compañía de primos, tíos, compadres y vecinos. Si en días normales no se necesitaba gran cosa para beber, esta ocasión, por especial, merecía festejarse como nunca y así lo hicieron. Algunos anduvieron en la borrachera varios días. –No sé si por la Revolución, pero al fin se nos hizo justicia, cabrones–. Gritó con un ayayay al final, Jacinto El Huapanguero. Era un romántico. La Revolución había quedado reducida a unas cuantas líneas en los libros de texto de las escuelas primarias. Ningún político la mencionaba más, para ellos era una bandera olvidada, las modas ahora eran otras. 37 grados, 38, 39... La temperatura no dejaba de subir y, aunque acostumbrados al rigor del calor, los paisanos se pasaban una y otra vez la mano por la frente quitándose los goterones de sudor. Una cosa era el calor y otra muy diferente estar en la fila al vivo rayo del sol. El Huapanguero tenía agotado su buen humor. Aunque muchos, para hacer menos tediosa la espera, le pedían algunas coplas humorísticas. Él de a tiro había perdido la vena. No estaba para eso. Nadie estaba para eso. –¡Qué coplas ni qué la progenitora! No sólo han pasado tantos meses desde que el huracán nos partió en dos, sino que ahora nos salen con esta vacilada. ¡Qué coplas ni que la rechintola! –¿A qué horas empezarán el reparto? –le preguntó su compadre–, porque a este paso el día no va a alcanzar. –Uhhhh, compa. Va pa" largo, así que déjese de quejas y, con todo respeto, no me hable, que estoy que trueno. Las horas se hicieron largas, como si se hubieran puesto de acuerdo con el sol para castigarlos a todos. La escena bien podría haberse comparado con las caravanas de esclavos de la antigüedad. Todos estaban exangües y la visión, a la media tarde, se convirtió en patibularia. La comida que habían llevado las mujeres para ellos fue como un pequeño tentempié. Las tripas pedían más, pero, ¡bendito sea Dios!, ya comerían por la noche. Ahora lo importante era aguantar un poco más, sólo un poco más; media hora tal vez, quizás menos. Finalmente Jacinto y su compadre llegaron frente al repartidor, hombre gordo, que sudaba a mares, malencarado y también harto de haber pasado el día bajo un alero que era más del infierno que de este mundo. –¿Corona?–. Dijo el gordo, esperando una respuesta. –No, señor, soy Valverde... Jacinto. –¿No digas pendejadas... ¿Que tamaño de corona? Chica, mediana, grande... Jacinto volteó con toda su humanidad a ver a su compadre, suplicándole con la mirada, su apoyo. El compadre, hombre de buena fe, opinó. –Yo diría que mediana, ¿no, compadre? –Mediana, señor. –Tu vale–. Ordenó el gordo. Estiro la mano, revisó el papel y preguntó: –¿Cuántos son en tu casa? –Cinco, señor–. Como el tipo no reaccionó, repitió: –Cinco, somos... El repartidor, agresivo, lo cortó. –Ya oí, no estoy sordo. Sin prisa le quitó los flejes a una de las tantas cajas que estaban detrás de él y desembaló los artículos. –Valverde, Valverde...–. Cotejando contra el vale, recorrió las listas. –Aquí estás. Firma. Te estoy entregando cinco bacinicas de "porcelana". Cuídalas porque son las únicas que se te van a dar.
Sudando como maldito, el repartidor cortó un tramo de mecate, pasándolo hábilmente por las orejas de aquellos imprescindibles artículos, hizo el nudo de remate y se los entregó. Apenas salio de la fila, Jacinto escuchó otra vez la pregunta: –¿Corona? El Huapanguero sonrió por primera vez en el día. Nunca se volvería a ver tanta gente en las calles cargando bacinicas. Se hizo consciente de estar viviendo algo único. Cuando su compadre lo alcanzó, le dijo preocupado: –Ya la jodí compadre, no conté a mi suegra. El compadre soltó una risita; luego, conteniéndose un poco, resolvió: –Que haga en una de las cinco que le dieron, ¿no? –Tiene razón. Aunque ella... El compadre no dijo más, pero sin poderlo evitar volvió a reír, por lo bajo, y terminó contagiando a Jacinto. No se contaron los treinta días del mes cuando en aquel poblado resucitó la expresión, propia de los tiempos de la Colonia, ¡Aguas!, que simplemente era el aviso de los que tiraban los contenidos de las bacinicas a la calle, para evitar que algún distraído se viera bañado por aquellos indeseables perfumes. Los olores fétidos vistieron al pueblo y por más que sus pobladores trataron de acostumbrarse, aquello se volvió imposible. Las mujeres, todas, volvieron a usar rebozo. No tenía que ver con la preservación de ninguna costumbre, pero la prenda, además de su utilidad tradicional, les servía como filtro para aminorar la intensidad de los olores. Muchos de los varones, con pinta de aguantadores, dejaron de fumar, porque al darle el jalón al tabaco, la sensación de fumar ya no era igual, era: "un poquito diferente", decían. El cuadro que ahora presentaba el lugar, siempre se pudo prever, con un mínimo de imaginación. El nuevo paisaje de olores era el resultado de las evacuaciones de un pueblo con sus males y costumbres, consumidor de comida saturada de condimentos, aceite y chile, con padecimientos frecuentes de enfermedades gastrointestinales, en una geografía de calores sofocantes. El día de la entrega de las viviendas fue jubiloso. El día de la entrega de las bacinicas fue de alivio. Usarlas, ese fue otro cantar, se convirtió en un verdadero purgatorio. Todo sucedió porque el gobierno federal entregó mil viviendas sin baños. Una idea, probablemente, innovadora y genial del arquitecto que diseñó el conjunto. Una idea de primer mundo, quizás, para reducir costos... ¡Vaya usted a saber! En el caso de Jacinto, para colmar sus males, Refugio, su suegra, mujer de abundantes y fofas carnes, a los pocos días de usar el artefacto, se quedó atorada haciendo su necesidad y no hubo forma de librarla sin romper la bacinica. Cuando hubiera un poco de dinero, ya irían al pueblo a comprar otra, pero en esta ocasión sería de corona extragrande y de peltre.
Convento de Culhuacán año 2008 y corriendo
Nota curiosa. El día 19 de mayo de 2008 en Río Blanco, Veracruz, el ejecutivo del gobierno federal mexicano entregó simbólicamente a los pobladores damnificados por el huracán Dean, mil viviendas sin baño.
Nota de Alonso Marroquín Ibarra Pablo Picasso se quedó con el primero de sus nombres -sus padres le colgaron demasiados- y el apellido materno, omitiendo todo lo demás. Su nombre completo era: PabloDiego José Francisco de Paula Nepomuceno Crispín Crispiano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso. El siguiente video nos muestra, en su evolución, los rostros masculinos y femeninos plasmados en su obra pictórica.
Por
Leonel Puente 4 - Los senderos de la memoria Recordar y recordar. ¿Hasta
cuando acabará esta infame tarea?
Había ocasiones en que me esforzaba por recorrer todos los senderos de la
memoria y parecía que estaba a un punto de concluir; pero siempre surgía algo
que no me permitía llegar al fondo. Entonces tenia que comenzar de nuevo
porque, en un solo esfuerzo, por muy grande que este fuera, no era posible
hilvanar una totalidad y, al siguiente empeño, algo se volvía a escapar o a
darle un enfoque distinto al conjunto de causas y efectos, de pensamientos y
sensaciones, de vivencias y de ilusiones.
Cuando está casi terminada una imagen global, se matizan las querencias con
tonos extraños, las culpas se hacen más o menos terribles, el remordimiento a
veces desaparece y en otras no se puede mirar el propio ser sin sentir una
honda repugnancia. Entonces hay que iniciar otra y otra y otra vez con los
recuerdos, sin poder entrelazarlos completamente y sin encontrar una solución
eficaz, ni dar una sentencia definitiva.
Continuará... Las
entregas de Eya se publican en esta sección los días domingos y miércoles
Por Leonel Puente 3 - Pecado simple ¿Una sombra he dicho? ¡Ojalá fuera eso! En realidad soy únicamente la sombra de una sombra. Y todo por un simple pecado...
Continuará... Las entregas de Eya se publican en esta sección los días domingos y miércoles
Más allá de los géneros musicales preferidos por cada quien, es innegable que estos
tres interpretes con estilos personales diferentes, conocedores profundos de la
guitarra, verdaderas fieras de las cuerdas, hacen gala de virtuosismo en este
video. Muchos son los factores que deben dominarse para lograr esta
impresionante sincronía: conocimiento perfecto del diapasón del instrumento, de
la armonía, de las escalas, de los tonos, del tiempo. Miles de notas vuelan y
revuelan de las cajas de esos instrumentos-mujeres, las guitarras, gracias al
prodigio de las manos de este trío. Pareciera que esas notas, nacieran de los
dedos y las cuerdas y se reprodujeran solas, multiplicándose en progresión geométrica:
notas nacidas del apoyo, de la plumilla, del juego infernal de los rasgueos y
los bajos, de la muñeca, del corazón, de las tripas. Vean y, principalmente, escuchen.
cambiaron tanto.las cosas... no es que fuera sólo cosa mía, sino que ella se mudó en otra persona.
Cuando me desperté, aquella madrugada, tuve un presentimiento de los que resquebrajan el espíritu. Estaba helado, las cobijas eran un borujo en el extremo de la cama. Por mi mente seguían pasando imágenes confusas, como residuos del mal sueño. La sensación fue como un ferrocarril que se me viniera encima, y yo estuviera inmóvil, inerme siquiera para moverme, sin escapatoria posible a lo que, sin lugar a dudas, era mi desaparición inminente. El montón de hierro seguiría sin haberse dado cuenta de mi muerte. ¿Esperará ella que le dé el portazo a nuestra relación? La pregunta se me apreció de la nada, sorprendiéndome yo mismo, y la siguieron otras tantas: ¿por qué pensé eso? ¿qué estaba soñando?, ¿qué me despertó? ¿en verdad, me quiere? Como sucede en estos casos, todas las interrogantes se quedaron sin respuesta, pero una espina, por más que hubiera querido que no fuese así, se me quedó encajada. Con la luna como único foco de luz, iluminando mi cuarto a través de la gasa de la ventana, recorrí cada rincón para hacerme dos preguntas más, que me exigían una respuesta, como si de dos espadas en mi cuello se tratara y que, en caso de callar, harían, perforándome, que se me fuera la vida. El ferrocarril, las espadas... dos potenciales desastres y dos preguntas que, como si fuera un eterno niño, empezaban también con por qué: ¿por qué, de ella, la evidente y palpable lejanía? y ¿por qué tan fría? El asunto tal vez fuera el mismo, pero una cosa era cierta, dentro de mí bullía y bulle, sin extinguirse, una pasión; crecía y crece, conforme transcurre el tiempo sin verla; la desazón; me angustiaba y me angustio cuando las circunstancias se conjugan de manera caprichosa evitando nuestro encuentro... Ella permanece inalterable, como si se tratara de ir a comprar un artículo a la tienda que, de no hacerse hoy, puede comprarse otro día. Siempre fue sería, sí; siempre muy formal, propia y medida en sus emociones, pero me dejaba ver sus sentimientos, reaccionaba a mis caricias, a mis modos rústicos. Me buscaba. Me hacía sentir querido y no sólo como una presencia material. Podrías darme, al menos, una señal. Tal vez tengo puestas mis esperanzas en un sueño que, demasiado intenso en mí, ya se esfumó en ti. ¡Ah, ojalá pudiera comprender otros mundos!
Exglorieta del Riviera solo, contemplando desde el Café Dadá a todo lo que pasa por la acera La vida corrida es un viaje a la nada tiempo partido roto en la memoria Recuerdos el Tony 1976 El Bibis 2003 adiós El Negro vive en el2008 Juego, el que hace la mano hace la tras Sigo jugando solo Acapelo* a capela a tres voces rondando la estatua con singular alegría Adolescentes aparentemente sin sentido en el ser de seres Tríada verborreica delimitados garrobos ** buscando a las iguanas Exglorieta del Riviera contemplada en la memoria luz recuerdo de vida Instituto Centro Unión la escuela generadora de encuentros vivos hasta hoy
CALIFICACIONES EN EL ARTE DEL VIVIR
Tony
Bibis
Negro
Actividades adrenalínicas
10
10
10
Fútbol americano
10
9
7
Quemados
10
10
10
Escuela
7
7
8
Lecturas
0
0
10
Música
6
10
8
Fiestas
10
10
10
Baile Salón Riviera (colados)
9
8
10
Manos calientes
6
8
10
Morir
10
10
0
Exglorieta del Riviera El Salón Riviera, Los Viveros y Olé, las Arboledas Soledades fantásticas ayer y hoy escribiendo La poesía es el alma de la especie humana Los poetas siguen el juego el que hace la mano hace la tras Y entre juegos de vida y muerte como el ajedrez la vida se va recordando a los ausentes Hasta nunca Salón Riviera
Aquel niño se divertía subiéndose a la silla del abuelo, desenchufando el interruptor de la casa e interrumpiendo las transmisiones de fútbol que su padre y sus hermanos veían por T. V., aunque esto le costaba invariablemente alguna que otra patada en el trasero y dos que tres moquetes en sus mejillas. Pese a ello, él, no parecía, y menos quería, escarmentar; por lo que cada vez que podía hacía de las suyas desenchufando, en el momento más apasionante del partido que veían su padre y sus hermanos, el interruptor. Éstos optaron por mantenerlo amarrado junto a ellos frente al televisor y ver y oír los, para él, insufribles partidos. Fue así que se intensificó su odio al fútbol, lo que lo llevó, al crecer, a convertirse en el árbitro más arbitrario de que se tenga memoria.