Los viejos fotógrafos de San Juan de Letrán

Por Alonso Marroquín Ibarra - 24 de Abril, 2008, 1:40, Categoría: NUESTRO MEXICO

Por Alonso Marroquin Ibarra

El Eje Central Lázaro Cárdenas, en la Ciudad de México, tuvo por nombre el de San Juan de Letrán. Corría de norte a sur, partiendo de la Alameda Central, donde se encuentra el Palacio de Bellas Artes, a unas cuadras del Teatro Blanquita y  la Plaza de Garibaldi, la plaza tradicional de los mariachis. La prolongación de la avenida en sentido opuesto tenía por nombre Aquiles Serdán. En la actualidad el Eje Central incluye ambas.

En las décadas de los años cincuentas y sesentas, San Juan de Letrán era una de las avenidas más concurridas. Caminaban por ella un número de personas que parecía infinito, procediendo de los rincones más apartados de esta inmensa metrópoli. Eran épocas donde se iba al centro a comprar lo que sólo ahí se podía encontrar y, por supuesto, a precios inmejorables.

Las tiendas departamentales no tenían la presencia e influencia actuales; las calles, hoy cerradas al transito vehicular, veían pasar un flujo interminable de automóviles y autobuses de pasajeros, sin que existieran las prohibiciones para estacionarse en las calles interiores. Visitar el centro era de rigor y San Juan, como se le decía sintéticamente a la avenida, contaba con establecimientos que ofrecían a los visitantes una amplísima variedad de artículos.

Caminar por San Juan de Letrán era integrarse a un río de compradores y curiosos que se pegaban a los aparadores; permitía pasar revista a todos los estratos sociales de los habitantes de este México colorido, lo mismo estaban ahí albañiles y obreros comprando ropa en las desaparecidas Tiendas Milano, que el intelectual entrando a la Librería Zaplana en busca de ese libro que no podía encontrar en otro lado. Otros más se detenían, por la tarde, en El Moro a disfrutar de un excelente chocolate y churros calientitos, recién hechos. El gran premio para los niños, después de convencer a sus padres, era entrar al desaparecido Cine Avenida y pasar un rato de maravilla viendo películas de dibujos animados, los episodios de El Gordo y el Flaco (Laurel y Hardy) y los de Los tres Chiflados. Por décadas fue el único cine en esta inmensa capital con programación exclusiva para los niños.

Desplazarse entre tanta gente activaba todos los sentidos y había que ponerlos en juego. Las madres, jalaban a sus chamacos, bien agarrados de las manos, haciendo malabares, ya que no era inusual que fueran cargadas de bolsas y bultos; el paisano que iba o regresaba de trabajar, sorteaba a éste y aquél y a tantos que venían en línea recta, como rinocerontes, ciegos, en un “ábranla que lleva bala” y “no me quito, si me pegan me desquito”.

En medio de aquel bullir de gente, cuando menos se esperaba, se oía un click y de inmediato un chamaco le entregaba al caminante una pequeña tarjeta, al tiempo que decía: «Mañana, después de las doce, puede pasar por sus fotos». No era posible pedir que se hiciera una segunda toma. Los que venían detrás impedían que nadie se detuviera. Así que eran verdaderas instantáneas las que realizaban aquellos fotógrafos callejeros. Los había muy buenos, excelentes. De no haber sido así, el negocio nunca hubiera prosperado.

Niño en el Zócalo (1958)
Propiedad de Alonso Marroquín Ibarra

Al día siguiente o muchas semanas después, no faltaba quien acudiera a la dirección de los fotógrafos de San Juan para solicitar una o varias impresiones de la foto que les habían tomado. Los que recibían a los clientes eran unos fisonomistas increíbles y verdaderos magos para localizar el negativo exacto donde había quedado capturada la imagen del viandante. Sacaban cajas y cajas mientras miraban repetidamente el rostro del interesado.

“¿Hace cuanto se la tomaron?” “¿Venía solo o acompañado?” Eran algunas de las escasas preguntas que hacían para tener más pistas y agilizar la localización. Se contestaran o no con precisión, el buscador, con insólita rapidez, después de cotejar el negativo a trasluz, preguntaba: ¿Cuántas copias va a querer? Lo había localizado entre cajas y cajas atiborradas de pedazos de película fotográfica.

San Juan de Letrán no era el único lugar donde estos cazadores de imágenes trabajaban. También se los podía ver en la Alameda Central, en el Zócalo, en la Plaza de Garibaldi, en el Bosque de Chapultepec y en muchos emplazamientos más. Sin embargo, los viejos fotógrafos de San Juan, disparaban sus cámaras miles de veces al día y allí estuvieron por muchos años. Sin duda, a través de los años, deben haber impreso millones de fotografías.

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