12 de Abril, 2008

Maneje con dulzura - Cuento de Alonso Marroquìn Ibarra

Por Alonso Marroquín Ibarra - 12 de Abril, 2008, 11:50, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Por Alonso Marroquín Ibarra

Cualquier tema -de hecho sólo se necesita darse cuenta-, puede ser el inicio de un escrito. El resultado: una divagación, una disertación profunda, un sarcasmo juguetón, un libelo, venenoso en serio, un cuento singular... Ray Bradbury hizo en la televisión una larga temporada con su programa "El Teatro de Ray Bradbury". Consistía en elegir una de las piezas, que se encontraban por decenas, en el escenario donde se iniciaba la presentación, y crear una historia relacionada con ella.

Era el caso, que todas las historias tenían algo de fantástico, una dosis de  imposible, característica de toda la producción de Bradbury.

Los protagonistas lo mismo podían ser de este mundo o seres ultraterrenos. No hay que olvidar que Bradbury es el autor de Crónicas marcianas, Las doradas manzanas del sol, El vino del estío, Fahrenheit 451 y una lista que parece interminable de cuentos.

Con un letrero como el siguiente, podríamos imaginar uno o diez relatos. El asunto podría empezarse contestando una o varias preguntas.

¿Por qué se escribió el letrero? ¿Cómo es el personaje (femenino o masculino) que lo hizo? ¿Fue victima acaso de un conductor loco o, al revés, recibió las bondades de una anciana angelical que le pidió poner su granito de arena en la promoción de buenas acciones?

Al contestar las preguntas, se empieza a perfilar una historia. ¿Qué fue exactamente lo que sucedió? ¿Cuáles eran las circunstancias que rodeaban la vida del protagonista? ¿Era viejo, con achaques, inválido o un joven con un dinamismo extraordinario? ¿Quiénes más participan en el suceso y cómo son, qué hacen?

Maneje con dulzura - Cuento


Lisandro, nombre que siempre odió, abandonó el automovilismo profesional por problemas cardiacos. Su corazón, al contrario de un motor, no tenía reparación, a no ser que se animara a enfrentar un trasplante. ¡Nunca iba a correr ese riesgo! El solo pensar en la probabilidad de morir, era suficiente para aceptar, por supuesto que con mucha con amargura, su retiro prematuro de las pistas. No era lo mismo enfrentar a la muerte en cada competencia donde confiaba en sus habilidades para vencerla, que dejar todo en manos de los médicos o ¿de Dios? En un quirófano no podría esquivar nada de lo que se le presentara, y el corazón era un motor insustituible.

Su esplendorosa novia, sinónimo puro de glamour, lo abandonó de inmediato. A ella la atraían las premiaciones, el momento del triunfo. No hacía ronda ni con los segundos lugares. Ella era una hembra de calidad, perfecta para estar en el primer sitio del podium, entre los aplausos, mientras la champaña bañaba los cuerpos y su minifalda la convertía en una escultura soberbia. Luego, a disfrutar la celebración, viajar a otros países, pegarse y mezclarse con el Jet Set, comprar la moda de todo lo que apareciera ante sus ojos y lo que le dictaran sus caprichos, gastando, como su novio del primerísimo lugar: sin frenos, con el acelerador a fondo.

-Lo siento, darling-. Fue todo lo que le dijo al despedirse, juntando su mejilla a la de él, con un beso simultáneo que fue a perderse en el aire. Se alejó lentamente, con la cadencia de una pantera, volteando por última vez para pronunciar mecánicamente un –Ciao, darling-. Eso fue todo

Lisandro Podveresky, el Gran Lis, el piloto sobreviviente de la Carrera Panamericana, de los rallys africanos y de las carreras amistosas de alto riesgo, pronto se enfrentó -era inevitable-, a la insolvencia económica. No se apesadumbró. De manera realista decidió vender sus propiedades para saldar sus abultadas deudas. Como si hubiera recuperado alguno de sus sueños perdidos en la adolescencia, tomó una decisión. Le daría la vuelta completa a su vida, escogiendo, para empezar, un lugar del Caribe mexicano para  establecer allí su nueva residencia. Convertidas todas sus posesiones en monedas fuertes inició su segunda gran aventura.

Una vez establecido, Lisandro no pudo desechar su molde de vida europea y se quedó perplejo con el desparpajo de los lugareños, que lo mismo lanzaban la basura en cualquier parte, que montaban un todo terreno en plena ciudad, haciendo alarde de ser "muy machos", transgrediendo todas las reglas y señales de transito, lo mismo que las normas mínimas de cortesía para con los peatones. En la pista, recordaba, a cada instante su vida estaba en juego. Cierto. Sin embargo en esas justas vertiginosas, donde los reflejos y los milagros se conjugaban, nunca se expuso a los espectadores ni a los ciudadanos. Pero aquí… ¡Caramba! ¡Les importaba… nada!

Quiso integrarse, y lo hizo, a grupos ciudadanos filantrópicos y altruistas, pero pasados varios años, el fruto de tanto esfuerzo invertido en campañas cívicas, para mejorar la conducta de cuantos manejaban, fue ridículo. Las cosas no sólo no habían cambiado, sino que se habían vuelto críticas. La gente estacionaba sus vehículos con más frecuencia que nunca en lugares prohibidos, daba la vuelta en U sin mostrar una mínima señal, los aparatos estereofónicos estallaban con la música de moda por todas partes y ni qué decir de las noches de los viernes… !Demasiados accidentes!

Lisandro, o Podveresky, como le llamaban los lugareños, decidió finalmente integrarse a un Club de Ajedrez y recibir en la emoción del juego la dosis de adrenalina que siempre sentía que le faltaba. Siguió viviendo de sus rentas, olvidándose de todo lo relacionado con los automóviles, convencido de que en esta su nueva patria nada iba a cambiar, al menos en muchos, muchos años. Hizo una cosa más, la última, por no dejar: en el estacionamiento de un céntrico edificio de su propiedad, puso un visible anuncio que, junto a un auto despedazado, decía:

MANEJE CON DULZURA

Año 2008 y corriendo

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Faltas de ortografía

Por Juan Cervera Sanchís - 12 de Abril, 2008, 10:52, Categoría: JUAN CERVERA: VIDA SIN FIN

Por Juan Cervera Sanchís

Escribir Dioz con Z,
haire con H y, para colmo,
lus con S y bino con B alta.
Embriagarse de locas faltas de ortografía
y comer pan con queso al caer de la tarde.
Escribir y escribir al revés vida y mundo,
es decir, adiv y odnum y jugar al absurdo.
Escribir mar y faro,
pescador, barco, espuma.
Quemar el horizonte,
cerrar y abrir la puerta de los sueños
con fogatas azules.
Despertar en la Nada
y dormirse en el Todo
y escribir y escribir una vez y otra vez
Dioz con Z y volver a la A, dulce y gemela,
de la palabra Ala y volar y volar,
ya ladrón de albas vírgenes,
musitando tu nombre en los ojos del viento,
y callar para siempre en el acento mágico
de un ósculo de fuego
en la amapola hipnótica de tus jugosos labios
y escribir y escribir en los dientes del Zol,
del Zol con Z, un poema de amor
y con perfil de Dioz que, ortográficamente,
no quepa en la Academia
y expulsado del papel y la tinta
halle asilo en el haire con H y voz de oxígeno
junto con la preciosa y total libertad del ser no siendo.

México D. F., 21 Febrero 2008

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