Por Constantino Pol
Para la mujer eterna,
que sin cerraduras
me entregó su alma

Iban y venían las líneas,
con las palabras -y las letras mismas-
impregnadas de emoción creciente.
Ambos lados,
desde muy dentro,
platicaban sobre sus días
y trascendían la distancia.
-Estar junto a ti en la hora del sueño
es ansiar que la noche sea eterna;
dejar que Morfeo nos lleve a las planicies
espléndidas del amor y el deseo.
Amanecer contigo, cuando el cielo
cambia su ropaje oscuro por la luz galante,
me deja una sensación de eternidad,
de haber sido tuyo siempre.
-Detrás de mi rostro adusto,
de la severidad de mi ceño,
estoy observándote siempre
como observa un niño inquieto.
Pienso en el equilibrio,
luego voy y vengo
y entre mis pensamientos
me quedo y me entretengo.
-Un hilo con otro hace un cabo
y los cabos hermanos hacen la cuerda;
hora con hora, día con día,
tejo una inmensa madeja,
que es materia prima para nuestra tela.
Y mis dedos temblorosos,
a veces con pocas fuerzas,
siguen su labor silenciosa
sin que nada los detenga.