Por Juan Cervera Sanchís
La piedra, al margen de cuanto sucede a su alrededor, permanece impasible.
La piedra, sí, la piedra, y yo, con la piedra en la mano, cual pastor enloquecido y desposeído de su honda, me enfrenté a la estupidez del rebaño, a sabiendas de que perdería la batalla, ya que por más que pudiera descalabrar al macho cabrío, mi acción en solitario redundaría para mí, inevitablemente, no en una victoria, sí en un total descalabro.
Lo sabía. No obstante decidí arrojar aquella piedra, que en el hueco de mi mano era por completo ajena a la pasión que me impulsaba a usarla como arma, por demás inútil, contra el estúpido rebaño.
Aquella piedra que, para algunos, tenía aristas de piedra de escándalo y, para otros, ángulos de piedra filosofal, sin que faltaran los que, al entreverla en el hueco de mi mano, creyeran que era piedra de moler, así como no faltaron los que llegaron a sospechar que bien podría ser una piedra preciosa y a su vez una piedra infernal.
Lo cierto fue que, tras arrojarla, con toda la fuerza de mi brazo, al despreciable rebaño, sin saber tan siquiera si había alcanzado algún blanco, éste, furioso, me respondió con una lluvia de piedras meteóricas, que me obligaron a correr despavorido, pues si bien las piedras son del todo inocentes, como las espadas y las pistolas, quienes me las arrojaban, desde el enfurecido rebaño, eran verdaderos demonios.