Por Juan Cervera Sanchís
Aquella mañana
se dio cuenta de que le sobraba el tiempo y, con varias horas de más y sin
saber qué hacer con ellas, vagó y vagó al azar por su propio laberinto.
Fue entonces
que descubrió lo desesperante que es estar sobrado de tiempo, no saber qué hacer
con él y comenzar a girar en el desolador vacío.
La idea de Dios
se le vino a la cabeza y llegó a la conclusión que el gran drama de Dios no
debe ser otro que el de ser dueño absoluto del tiempo y no saber muy bien que hacer
con él, sí construir o destruir, una vez y otra vez, su propia obra y, así, poder
sobrellevar la locura que implica disponer a su antojo de la inmensidad del tiempo