17 de Febrero, 2008

Ataque inesperado - Cuento

Por Alonso Marroquín Ibarra - 17 de Febrero, 2008, 16:30, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Por Alonso Marroquín Ibarra

año 2008 y corriendo

Anoche me atacaron mis perros. Estuvieron un tiempo sin nombre y fue justo ayer que decidí llamarlos Philipe y Martha. Su furia fue inusual; me lanzaban verdaderas tarascadas; entre más los quería controlar, la intensidad de sus ladridos y sus intentos por liquidarme se volvían más incisivos.

-¡Philipe, no me muerdas! ¡Quítate! ¡Ay! -grité al sentir sus colmillos en la pantorrilla.

El trasformado can me recordó, en un flashazo, la película de Disney donde Golfo, defendiendo a Reina de una rata, muestra en la animación el extremo de su capacidad de furia y ataque. Tal cual se comportó Philipe conmigo. Estaba incontenible y tuve que refugiarme en la cocina, cerrando la puerta abatible en un movimiento relámpago. Me asomé por la mirilla y lo vi como un demonio. Ahí estaba, ladrando una y otra vez, como si tuviera una misión de exterminio donde yo era, sin dudarlo, el blanco.

-¡Pinche perro!

No puede evitar la exclamación al ver que la pierna derecha de mis pantalones estaba totalmente desgarrada. Un poco de piel levantada, nada más, y cuatro puntitos.

Fueron más de dos horas las que estuve refugiado en el laboratorio de los chimoles. No sabía cómo proceder, ni tenía modo de comunicarme con alguien que me ayudara a salir del apuro. Probé las órdenes a pleno grito para que se calmaran, pero se produjo  el efecto contrarío, Philipe y Martha apenas escuchaban sus nombre, más ladraban y se enfurecían; ¡me atacaban!

Les hable con marcada seriedad, como si fueran personas, cosa que nunca había hecho con animal alguno, y si bien se apaciguaron momentáneamente, apenas los volví a nombrar, la pesadilla arrancó de nuevo: los dos pastores me mostraron, babeantes, el poder de sus mandíbulas y la capacidad de sus afilados colmillos, destrozando en un dos por tres uno de los cojines del sofá de la sala.

-¡Martha! ¡Philipe! ¡Deténganse perros cabrones!- Grité desesperado. Mi economía era precaria y faltaban muchos meses en la tarjeta de crédito para saldar el pago de los muebles que había adquirido.

Todo fue inútil. destrozaron sistemáticamente todo el conjunto. Sacudiendo sus cuellos con energía inaudita, despanzurraron el resto de los cojines; desflecaron el tapete español, adquirido con sudor y lágrimas; volcaron las mesitas esquineras y rompieron las lamparitas francesas de delicadas bombillas, único recuerdo de la mujer que más quise y que, con el genio tan disparejo que tengo, me aguantó por tantos años; las cortinas recién estrenadas, esas sí pagadas de contado, quedaron convertidas en hilachas, no habría manera de volverlas a coser. No podía verse con mayor claridad la capacidad destructiva de aquellos animales, los mejores amigos del hombre.

Ver el escenario de mi departamento en aquellas condiciones, hizo que sin ser consciente, empezara a suplicarles, a implorarles que no siguieran con su vandalismo perruno. Para ganármelos, saqué del refrigerador un paquete de bisteces de ternera y se los ofrecí, entreabriendo apenas la puerta.

-Ya, perritos, esténse quietecitos… Ya, ya, tranquilos… Coman, coman…

Viéndome directo a los ojos, Martha cambió su expresión, y después de un pequeño gimoteo, volvió a mostrar la mirada amable que le conocía. Philipe se acercó con ella y también dejó su actitud guerrera.

Siempre detrás de mi puerta, no me sentía nada confiado, les fui dosificando la carne. El paquete no duró gran cosa, así que seguí con el jamón, las tortillas de harina, y hasta los guisados que me preparaban para toda la semana. Al fin, los dos quedaron saciados y permanecieron por un buen rato sentados frente a la puerta haciendo guardia.

Más calmado, pero siempre atento, yo también me senté, recargándome en la estufa,  con las piernas contra la puerta, reteniéndola. ¿Qué había sucedido? Intenté encontrar una respuesta analizando todo, desde que me los regalaron, hasta llegar al día de hoy y me metí en el mundo de los pensamientos. Cuando Philipe y Martha fueron al extremo de la sala y se echaron, descubrí lo que había hecho mal con ellos y, también, encontré la solución.

Con precaución, alcancé la puerta de la entrada, y salí, como un ratero que acaba de terminar su trabajo, rumbo a un hotel. No era seguro pasar la noche en compañía de Philipe y Martha. Al día siguiente todo estaría resuelto.

Me desperté tardísimo, mucho después de darme cuenta, semidormido, que el sol me pegaba de lleno en la cara; lo evité una hora o dos, no sé, arrebujándome en las cobijas; finalmente mi alarma biológica me impulsó e hizo que me sentará en la cama. Sentía, y tenía sin lugar a dudas, la cara hinchada; comprimí todos los músculos faciales y con los índices me froté los ojos para aclarar la mirada, quitándome de pasada las lagañas.

Cuando fui consciente de la hora, me vestí apresurado y al ver mis pantalones destrozados, a pesar de ser absurdo, les menté la madre a los canes, como si no existiera la distancia y ellos, además, pudieran recibir mis injurias y darse cuenta de mi molestia. Luego reconocí mi gran amor por ellos y los perdoné, convencido de que no tenían la culpa de lo que había sucedido. La razón de su conducta para mí había quedado clara desde el día anterior. Sólo me di una manita de gato con agua y un poco de jabón, y salí disparado rumbo a la casa de Armando, quien me había regalado aquellos esplendidos ejemplares.

Me subí a la camioneta y tomé la carretera rumbo a Toluca. Una hora después llegaba a la finca de mi amigo y respiraba el aire incomparable de la zona, que siempre tomaba con dificultad. Daba la impresión de ser un concentrado de pureza que cuando entraba en mis pulmones, se abría paso de manera despiadada y alteraba todos mis sistemas acostumbrados a la polución.

Armando estaba leyendo en el patio, sentado a un lado de la fuente estilo colonial que era su orgullo. Me recibió un tanto extrañado y, cerrando el libro, me condujo hasta el alero del fondo donde siempre departíamos. Nos sentamos en aquellas cómodas butacas de baqueta y le platiqué lo que había pasado la noche anterior. No paraba de reír, hasta el punto en que me contagió; luego los dos estábamos a las carcajadas.

-Es lógico lo que sucedió. Ja, ja, ja… -. No paraba de reír. -Para empezar… ¡qué nombres les pusiste!, como si fueran personas… Pero ése no es realmente el problema.

-Si, lo sé. Me di cuenta.

-El problema, ahí sí, como si fueran personas, es que no puedes separar a las parejas de enamorados o… ¿casados?, si se vale el término. No te llevaste el par adecuado. Alejaste a Martha de su macho. ¡Imagínate! Eso sí es dolor, no sólo para ella. Lo mismo le pasaría a una mujer. Y a…. Philipe… lo dejaste sin su amigo…

-Sí, tienes razón. El punto es: ¿me regalas también al mero mero o te regreso a Philipe y Martha?

Sabía que mi amigo le tenía un profundo cariño al otro pastor, un perro de crianza que había estado siempre con él. Pensé que a pesar de mi pasión por los perros tendría que regresarle los que ya consideraba muy míos. Armando se quedó pensando, me dijo salud con un ademán y le dio un gran trago a su cerveza. Después de mirar la lejanía por un buen rato, como buscando la respuesta adecuada, soltó una bocanada de aire y me dijo.

-Es tuyo. Llévatelo y cuídalo muy bien. Es un animal dócil, muy entendido; contigo se adaptará de inmediato; ya te conoce, y te quiere. Tal vez hasta le guste cómo hueles.-Soltó otra buena andanada de carcajadas.

Después de una generosa y suculenta comida, una larga sobremesa y tanto aire puro, la tarde me dijo a gritos que debía regresar a mi ciudad capital. Fuimos por el pastor, prodigándole Armando caricias casi infinitas para  entregármelo finalmente. Apenas lo subimos a la camioneta el precioso ejemplar manifestó todo su dolor por la despedida de su amo, que intuía definitiva.

Han pasado algunos meses y nunca he vuelto a tener problemas con mis perros. Los tres me aman; son extraordinarios guardianes y aunque no me obedecen en todo, puedo decir que somos una familia feliz. La verdad es que así los considero y los quiero mucho; no puedo vivir sin ellos. Hacen que me sienta muy seguro y son mi compañía. El departamento, es cierto, parece campo de guerra pero no me importa. Olvidaba decir que al tercer pastor, al marido de Martha, amigo de Philipe, le puse por nombre Vincent.

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Nuestras son las canciones y las poesías

Por Alonso Marroquín Ibarra - 17 de Febrero, 2008, 3:12, Categoría: VERSOS LIBRES

Por Alonso Marroquín Ibarra

Para decir las cosas como son;
para eso están los cantores y los poetas.

Las mascaradas y las felonías
son de los que llaman políticos,
pero su voz, no es la voz de nosotros
y están impedidos para escuchar nuestros cantos.

Nuestras son las canciones y las poesías
que recuerdan a nuestros muertos,
a los que dieron la vida
por lo poco o mucho que tenemos;
las que cantan a la tierra,
a sus frutos, a sus flores, a sus animales;
esas que conservan el sonido de los manantiales
o nos recuerdan la sequedad de los campos,

Nuestras son aquellas canciones
y aquellas poesías
que nos confortan con su melodía,
por las tardes,
cuando estamos tristes;
esas que se nos pegan al cuerpo
convertidas en la persona que amamos;

Nuestras son las canciones
que nos alegran en las bodas sencillas,
en el campo de labranza,
en la fábrica, en el destierro;
y nuestra es la poesía
que cala hondo en nuestras almas,
la que se recuerda
y se hereda de padres a hijos,
porque ha recogido la esencia
de nuestro mundo, grande y precioso.

Que se pierdan los adornos,
las adulaciones y las mentiras
convertidas en tonadas comerciales
o en páginas de libros con altas comisiones.

Que se olvide todo lo que se canta y escribe
siguiendo el signo del dinero.
Nada es auténtico por encargo.

Nada nos deja a nosotros
lo que salga de un corazón maquillado.
Nada engendra quien no tiene semilla.
No puede llenarse nadie
con las palabras y el sonido
de quien vive vacío.

Por eso, no queremos más palabras muertas
de cantantes comerciales,
de escritores mercantiles,
de bocas mentirosas que prometen
sin conocer nunca el cumplimiento.

No queremos eso
Tenemos canciones y poesía
y son nuestras desde la raíz hasta la muerte

Y tenemos también
nuestros cantores y nuestros poetas
que nos dicen las cosas como son,
con claridad, con sinceridad,
con dolor si es necesario.
Por eso habrán de vivir siempre, siempre,
en nuestras voces y en nuestros corazones.

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