Ella tiene cientos, quizá miles de fotografías mías; yo sólo tengo una suya. Ella, con su cámara, retrata el mundo todos los días y, a mí, por ser su capricho en turno, me toma fotos constantemente; incluso cuando me estoy bañando o cuando duermo. A veces me atrapa muy alegre y me veo bien cuando revela sus rollos; pero, en ciertas ocasiones, sucede que me siento un poco triste y me veo feo y hasta viejo.
Al principio me daba mucho gusto ser el centro de su interés, el blanco principal de su obturador; pero a últimas fechas se me está volviendo casi una tortura porque ya es una manía incontrolable, una obsesión irreverente que no respeta mi intimidad en lo más mínimo: me acompaña a comprar el periódico y mi tabaco para la pipa; va conmigo al billar (con el agravante de que no tarda en ganarme porque aprendió rápido las reglas y a manejar el taco); cuando juego béisbol los fines de semana, allí está capturando imágenes mías en diversas posiciones; si voy a la oficina en días no hábiles o me quedo algunas horas extras, insiste en acompañarme o se aparece de pronto quedándose conmigo hasta que termino mis labores. Y así, para acabar pronto, me sigue a todos lados y su cámara fotográfica no para de disparar. El colmo fue cuando, sin darme cuenta, también me retrató orinando en un sanitario público.
Estoy seguro de que ya no tarda mucho tiempo para comenzar a sacar fotos hasta cuando tenemos relaciones sexuales pues, de hecho, ya ha sacado varias tomas antes o después del asunto amoroso (del "combate muscular", diría el maestro Marroquín); además, he adivinado en sus ojos el deseo de captar algún instante especial in fraganti, pero me hago el desentendido; sin embargo, aunque he podido evitar que vaya por su activo aparato y he logrado que se quede conmigo entre las sábanas, cada vez lo deja más cerca de la cama.
Tengo pocos complejos y soy cooperativo, pero no puede uno estar todos los días y a toda hora posando. Es necesaria una dosis de privacidad, debe existir un límite, aunque sea mínimo, entre los átomos que configuran un cuerpo y los que conforman otro. Cada ser debe ser por sí mismo, no vivir en función de alguien o de algo; si no, ¿qué pasaría entonces si ese algo o ese alguien cambia, se aleja, desaparece o muere?
Ella es muy hermosa, no lo había mencionado. Yo no soy guapo, pero me defiendo y mi negocio marcha "viento en popa". Ya tengo la edad, y las ganas, de casarme y tener hijos: ella es un ejemplar magnífico para lo segundo, pero no para lo primero. Estoy seguro que parirá lindos bebés, pero no será buena madre ni buena esposa: a mí me absorberá el tiempo de forma desquiciante y a ellos les permitirá todos sus desplantes y caprichos hasta convertirlos en unos monstruos berrinchudos e inútiles.
Estoy muy contento y a la vez muy triste en ésta noche: por eso escribo (mientras ella duerme) aunque no acostumbro hacerlo ni habré de guardar éstas hojas, que me han servido para desahogarme, pero que habrán cumplido su función en el momento en que ponga el punto final.
Ya no puedo retractarme: iría contra mis principios y sería una grave ofensa para ella. Será mi ruina; también la suya y la de nuestros vástagos, porque un simple grupo de gente, ligado por lazos civiles o de sangre, no basta para forjar una familia.
Sólo me queda una endeble esperanza: que algún milagro pudiese ocurrir en el transcurso de todo este proceso; pero basta recordar un poco la historia de la humanidad para saber que no será así. La "felicidad excepcional", que se describe en una irónica carta atribuida a Cicerón, es muy ilustrativa: de cien matrimonios, solamente uno es feliz, pero todos creen que lo son porque la vanidad los ciega, la soledad los mal-aconseja, el deseo los arrincona o el interés les obliga a "cerrar el trato". En mi caso, el pretexto, igualmente inválido, es el que ya dije unas líneas atrás: ¡Es que es tan hermosa!
Leonel Puente