31 de Mayo, 2007

La Casa de la Estupidez

Por Alonso Marroquín Ibarra - 31 de Mayo, 2007, 15:00, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Sólo tuve dos horas para recorrer aquella inmensa y compleja casa; para verla, sería más exacto. Apenas entré por una de sus tantas puertas, quedé inmerso en un mundo concebido para atrapar a cuanto visitante posara sus ojos en él. Luces, colores brillantes, cuartos resplandecientes, risas, mujeres… ¡Qué mujeres! ¡Fantásticas! De todos los tonos de piel, de curvas exuberantes, de movimientos sexuales, no sensuales, que me activaron el impulso de aparearme de inmediato.

Recordé, con dificultad, una de las tesis de Desmon Morris, el autor del Mono Desnudo, escrita hace muchos años: el sexo opuesto tiene sus olores, sus formas, sus colores para provocar la continuidad de la especie. Nada más real. Pero, más allá de las tetas perfectas, de las caderas ampliándose contundentes, del torneado impecable de sus piernas, de sus movimientos y porte regio, había en todas ellas una mirada vacía, una sonrisa postiza, una manera de responder mecánica. Eras mujeres irreales, muy lejanas de la vida… Sin embargo me tenían encandilado, y a todos, me percaté en ese momento, los que habían entrado antes y después de mí.

-Esta su casa nunca cierra, permanece abierta siempre, para todos ustedes -nos dijo con amabilidad extraña, un guía que hablaba con una impostura circense–.  ¡Síganme! ¡Continuemos!

Sin pensarlo, me uní al grupo que se había formado y seguimos de manera automática al sujeto de apariencia virtual. Llamémosle Funny, para hacer justicia a cierta simpatía que emanaba. ¡Me lleva el diablo! ¿Por qué se me ocurrió un terminajo en inglés para bautizarlo? La verdad no lo sé, pero ese fue el que me vino a la mente. Funny nos llevó por aquí y por allá. Pasamos por habitaciones que parecían vacías, pero no era así, siempre había alguien, con un hacer o a punto de empezarlo. Lo mismo vimos payasos haciendo rutinas demasiado gastadas y dándose de golpes para provocar la risa a como diera lugar, que hombres trajeados repitiendo información de manera ininterrumpida, escenas familiares dolorosas, plenas de llantos, sufriendo las más ruines traiciones, infidelidades, acoso y toda clase de desventuras, accidentes donde los cuerpos mostraban en exceso las quebraduras, los tejidos rasgados, abiertos, los órganos saliéndose y sangre, mucha sangre, sangre por todas partes.

Mi mente se había quedado con los fabulosos cuerpos femeninos, otros que estaban junto a mí, seguían riéndose de las tonterías de los payasos, en un grupito de señoras comentaban el reflejo de la vida real en el cuadro presenciado y lloraban a moco tendido, producto de alguna extraña catarsis.

El recorrido continuó, vertiginoso, avasallador. Vi, -vimos, vieron, ven todos los visitantes, verán- personajes de todos los ámbitos, figurones del deporte; conductores de hablar ininterrumpido, con una capacidad de bombardeo verbal insospechada; más mujeres, maricones y lesbianas –gays y les, les dicen ahora-; políticos con su inevitable ego inflado al máximo; dibujantes y caricaturistas trabajando incesantes, casi con avidez; figuras públicas de escándalo, haciendo alarde de sus abyecciones; cínicos y bufones; madres de familia frustradas dando consejos de cómo llevar un hogar; yoghis, charlatanes visionarios; expertos en el mundo de ultratumba; cazadores de ovnis y extraterrestres…

-¿Cómo le está pareciendo nuestra casa?- me pregunto Funny.

-Este… bien, muy bien- contesté como un soberano imbécil. Por alguna razón no pude externar mi punto de vista. Esa sensación de impedimento me molestó, como tener un ladrillo en la cabeza que me hubiera aplastado el criterio.

-Nuestra casa es integral. Quiero decir, cubre todas las expectativas de lo que a ustedes les gusta y desean. ¡Síganme! ¡Vámonos!- Funny, como una locomotora, cabeza del desfile, nos jaló a todos, y fuimos con él, sin pensarlo.

Me sentí confundido, pero seguí. El grupo era inmenso –tampoco me había percatado- y los empujones, para satisfacer la ansiedad de ser los primeros, se multiplicaron. Lento, despacio, rápido, seguíamos a Funny, como las ratas hipnotizadas por la melodía del flautista de Hammelin. Concursos enfermizos hicieron la delicia de muchos; palabras dichas sin ton ni son, provocaron carcajadas de Santa Clós en otros tantos; la virulencia, el desparpajo y la grosería dichas por un "hombre respetable", ganaron las convicciones de muchos más; la actitud regañona de un líder político que desnudaba lo negro de su opositor, arrancó aplausos eufóricos y gritos compulsivos.

Me sentía aturdido, como si hubieran congelado mis sentidos. Por un lado, tenía la impresión de que no había pasado el tiempo, y por el otro, que ya había permanecido demasiado. Quería largarme de aquella casa y al mismo tiempo quería seguir viendo más. Izquierda, derecha, arriba, abajo… no sabía dónde estaba.

-¡Disfruten! ¡Vivan nuestra casa! ¡Nuestra pasión es servirlos!- Nos invitaba Funny, siempre Funny, con su sonrisa de ángel, con sus ademanes cordiales y su extraño magnetismo. ¡Hay mas, mucho más! ¡Déjense llevar! ¡Conmigo todos, allá vamos!

No había tregua. la casa parecía infinita, era un auténtico cuerno de la abundancia, fuente de recursos inagotables. Vimos peleas de todo tipo, más mujeres, más maricones, más lesbianas, más risas, cómicos, payasos y patiños, más comentarios, noticias y resúmenes, guerras, explosiones atómicas, "dictadores" latinoamericanos, a los buenos y a los malos, juegos de fútbol, béisbol, tenis, póquer, billar, más políticos poéticos de falsa sonrisa y bondad, más crímenes sangrientos, misterios y más chistes, más dramas, asesinatos y asaltos, despojos, violaciones, crueldad, misoginia, perversión, aberración… La multitud enajenada que seguía a Funny lindaba en el paroxismo y me arrastraba, me pisoteaba, me empujaba, me hacía mierda. Ya no podía pensar, me había convertido en parte de la turbamulta.

Algo dentro de mí, arrancó mi conciencia por un instante de aquel aquelarre de "diversión". Fue suficiente. No aguantaba más, no podía seguir, y haciendo de tripas corazón, hice un esfuerzo, un jalón, un empujón, otro esfuerzo, otro jalón, golpes, hasta que pude salir.

Me recargué en el respaldo del sillón mecedor, aflojando todos mis músculos. Me levanté como un rayo y apagué la televisión: auténtica casa de la estupidez.

Alonso Marroquín Ibarra
año 2007 y corriendo

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