Carta a mi hijo o la historia del Pizcuintillo

Por Chobojo Master - 19 de Mayo, 2007, 22:07, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

Alonso Marroquín ha compartido conmigo, para su publicación en este espacio, una carta singular que envío en 1994 a su hijo Héctor Alonso Marroquín Ayala, residente en Chicago, Illinois. El chavito tenía en ese entonces 14 años de edad y nuestro amigo encontró una forma singular de explicarle el levantamiento armado de Chiapas, ese donde surgió la figura del Subcomandante Marcos, el bato del pasamontañas y la eterna pipa. Tomo de la carta, larga por cierto, la historia del Pizcuintillo y otros fragmentos que considero de interés. Ustedes, ¿qué opinan?

Chobojo Master

…Te voy a contar la historia de un perrito.

Viviendo todavía tu abuelito Mingo -mi papá -apareció en la Calle donde vivíamos, la Cerrada de Monte Líbano, un perro pequeño de color blanco con grandes manchas en café castaño y con la colita en gancho y levantada. Tenia por desgracia el animalito estar cubierto de sarna, razón por la que la gente no quería que se acercara. Cuando el Pizcuintillo, que significa perro chico, -así le puso por nombre tu abuelito -tenia hambre, se acercaba donde creía que iban a darle algo, pero a cambio recibía gritos y ademanes furiosos que lo corrían de inmediato. Eso era cuando bien le iba, pues las más de las veces lo pateaban y le lanzaban piedras y palos. Era el Pizcuintillo un perrito en verdad desgraciado, aunque se notaba, fijándose bien, que de estar sano podría lucir un bonito pelo y, a pesar de todos los golpes recibidos, no había perdido el buen porte.

El Pizcuintillo vivía permanentemente atemorizado. Aún los movimientos que no iban dirigidos a él, lo espantaban, y, si estaba echado, brincaba como por arte de magia para emprender la huida. Todo para él significaba una amenaza. No había sitio donde pudiera dormir tranquilo, no existía una alma piadosa que le aventara aunque fuera un trozo de pan (a los perros no les gusta mucho el pan y de preferencia no lo comen), la piel le picaba y le ardía de tanto rascársela, le requemaba, le sangraba incluso, formándole unas costras que agudizaban su mal aspecto.

En un taller donde se hacia carpintería y plomería -lo conociste tú, era el del mentado Caperuso, el que estaba a la entrada del Restaurante-… en ese taller, te decía, lo trataron de forma especialmente cruel, llegando a vaciarle ollas de agua hirviendo, tomándolo de blanco para tirarle piedras, clavos, pedazos de madera. Cuando estaba al alcance de algunos de los que allí trabajaban, lo pateaban, hasta que un buen día...

Un buen día ese perrito tan pequeño, tan hambriento, tan indefenso, tan golpeado, tan ignorado, tan "sin valor" para muchos, tan amedrentado, con una vida sin un lugar siquiera para dormir, con una vida que sólo le ofrecía desgracias, rencores, malos tratos, escupitajos y desesperanzas, recibió una patada tan feroz que decidió, porque no tenía absolutamente nada que perder, lanzar la más poderosa mordida de que fuera capaz y se prendió a la pierna de su agresor. Lo hizo de tal manera que luego no lo podían desprender, tenia las quijadas trabadas en la carne del fulano de tal y gruñía con furia, con toda la furia que había acumulado durante todo el tiempo de su vida miserable. Los amigos del agresor lo golpeaban más para que se zafara, y él, más se prendía a la carne de la pierna que lo había hecho aullar infinidad de veces.

Para él valía la pena. Podía perder la vida por ese atrevimiento, pero ¿cuál vida? Valía la pena morir porque si eso pasaba lo dejarían de patear, y si no se iba de este mundo, también valía la pena porque entonces le iban a temer, o lo iban a considerar rabioso, y no se le acercarían por temor a sus mordidas. Buscar la comida entonces seria más fácil.

Hijo mío, Queño Queñito Bombiqueñito. Los chiapanecos, nuestros indígenas, ya se cansaron de llevar la vida del Pizcuintillo y para ellos es mejor morir peleando que seguir viviendo en las condiciones impuestas a lo largo de quinientos años.

En Chiapas, uno de los estados más ricos de nuestro país, siendo los indígenas los propietarios legales de la selva, de las tierras productivas, viven en una marginación y en una pobreza tan extrema que lo inconcebible es que no haya estallado esta guerra muchos años antes. Chiapas produce el 55% de la electricidad total del país, y allá de cada 10 casas 8 no tienen energía eléctrica. Chiapas es el primer productor nacional de maíz y también el primer lugar en desnutrición. Para muchos en Chiapas un "indio no vale nada", sólo es una curiosidad vestida de colores, de rasgos impasibles, callado y receloso, huevón, algo que estorba y que hay que quitar del camino. Los despojan de sus tierras, les queman sus casas, los matan junto con su familia/. violan a sus mujeres, los encarcelan y los torturan... A sus demandas infinitas y permanentes, no les hacen caso y si por casualidad pasa por allí un político o un candidato partidista, entonces les prometen y les prometen y luego les vuelven a prometer y a prometer.

En Chiapas el Pizcuintillo se decidió a morder. No importa perder la vida, porque para el indígena en Chiapas no hay vida. Ha revivido el espíritu de Emiliano Zapata, líder inmortal de los campesinos mexicanos que al grito de "TIERRA Y LIBERTAD" fue, y seguirá siendo, el símbolo honesto de la lucha digna para el bien del pueblo. Líder fundamental de la Revolución Mexicana de 1910, en 1994 le da su nombre al ejército del pueblo, que se ha levantado en armas contra la injusticia: EJERCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL (EZLN).

Si el Pizcuintillo se animó a morder solito, hay que respetar y considerar con cuidado lo que está pasando en nuestro país, porque la indiada está armada y organizada, no sólo desesperada por su condición de vida tan extremosa.

En Chiapas hay maderas preciosas: caoba, cedro rojo y blanco, primavera; hay petróleo, hay zonas arqueológicas únicas en el mundo, eternamente saqueadas por propios y extraños; hay tradiciones, etnias que debieran ser sagradas; hay agricultura abundante. aunque el café sólo haya enriquecido a unos cuantos malditos; hay personas de color cetrino, con corazones bondadosos y manos productivas y creadoras; hay deseo de justicia, deseo de autentica democracia y reconocimiento de los derechos del hombre; hay rebelión...

Esto esta pasando en nuestro país.

…Desde entonces y hasta hoy he estado convencido de que priva una gran injusticia con la gente pobre, que es la mayoría, y que esa inmensa diferencia entre lo mucho que tienen y reciben pocos y lo que le falta y necesitan muchos, es lo que en la historia de cualquier pueblo genera los levantamientos armados.

…En los tiempos en que se hizo la revolución mexicana, Porfirio Díaz, que era el dictador del país, promovió la cultura francesa de tal modo que el que no estuviera al tanto de "lo francés" o en la "onda francesa" estaba atrasado o fuera de lugar. Esto influyó en todos los campos: la música y las artes, la arquitectura, la moda, el modo de hablar, la literatura, las noticias etc. Ahora en muchos países del mundo lo francés ha sido sustituido por "lo gringo".

…Las de los indígenas y tantos pobres del mundo parecieran ser vidas inútiles por el abandono en que viven, pero ellos, siempre ha sido así, han hecho los grandes cambios del mundo, son ellos los que generan los alimentos y las grandes riquezas y a ellos les corresponde una vida mucho mejor.

Queño, hijo mío, hay que saber observar el mundo en todas sus facetas. Tiene cosas hermosas, muy hermosas, pero en su otra cara tiene oscuridad, miseria, desequilibrio. No debemos ignorar lo que sucede en él. No. Debemos estar enterados de lo que acontece, e intentar comprender, primero, esos fenómenos que lo envuelven, para participar, después, en los cambios necesarios que nos lleven a hacerlo mejor. La participación empieza por ser conscientes, y el solo hecho de divulgar, de platicar y explicar lo que para nosotros ya es claro, significa que ya estamos poniendo un grano de arena para ese cambio.

Hay guerra en Chiapas. Hay guerra en México. Puede haber muchos Chiapas en muchas partes de nuestra republica, porque la miseria no les es exclusiva a ellos. Esa miseria tan grave, el hambre, la muerte por insalubridad, la tortura, las vejaciones a la dignidad más elemental, se la han aplicado a muchos de nuestros paisanos. Puede haber muchos Chiapas en México.

Como en otras ocasiones, esta carta es larga. Trataré en las próximas, de ser más breve…

Recibe como siempre, Hectorín, mi más profundo amor en un abrazo fuerte, muy
fuerte. Te extraña eternamente:

Tu papá: Alonso

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