La junta - Cuento

Por Alonso Marroquín Ibarra - 16 de Abril, 2007, 15:27, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

A Camilo José Cela

Daniel Pérez Santos sintió que la cabeza le estallaría en cualquier momento. Era el resultado de una noche larga y espléndida en alcohol y conflictos. La junta, cada vez más densa, se hacía interminable. La media hora transcurrida era una repetición de exposiciones que tendía al infinito. ¿Acaso no eran todas las juntas lo mismo? Un ciclo eterno para tomar decisiones, con los mismos personajes, donde después de horas y horas de discusión y peleas, el final sólo era un acuerdo para la fecha de la próxima reunión donde, ahora sí, se decidiría. Todo era irritante hasta el tope. Se alarmó al sentir el estómago como un circo de tres pistas al tiempo que los bostezos que intentaba contener le ganaban la batalla, abriéndole la boca irremediablemente. Los disimuló alineándose el bigote con un ademán forzado.

El zumzum de los directivos le recordaba el sonido molesto de una nube de moscardones que volaban de un punto de la minuta al otro: los estados de pérdidas y ganancias, las estrategias de penetración en el mercado, los objetivos y las mejoras urgentes a la administración, los pendientes uno dos, tres y ene...… Todo retumbaba en su cabeza, multiplicándole la molestia en oleadas de dolores recurrentes. Junto con la desazón de la sed, creció en su mente un deseo inmenso: no estar ahí. El torrente imparable de los fatuos formalismos de la selecta asistencia, sus cuerpos deformados por tanto escritorio, los conceptos añejos y los problemas repetidos, los timbres de las voces impostadas con hipocresía profesional, las caras de esa caterva desagradable con sus sonrisas de muñeco de ventrílocuo, lo hacían sentirse parte de un carnaval grotesco que no puede tener buen final, o en un aquelarre, quizá.

«Gran Fat», pensó. «Esto es como la maldita bomba que deshizo Hiroshima. ¡Qué mañanita!»

Apenas había tenido tiempo para llegar a su casa, bañarse, cambiarse de ropa, y con la voluntad de su esposa en contra, darle unos besitos en la mejilla cargados de costumbre, para salir disparado rumbo a la oficina y llegar a la junta rayando la hora. Mucha loción, creyó, ocultaría los rastros etílicos de la parranda… y unas pastillas de menta para el aliento. «¡Eso me funciona!», concluyó triunfante. Cuántas veces había sido así. Ya encontraría razones para explicarle a su mujer las manchas de lápiz labial en la camisa y el intenso olor a perfume.

La posición de Daniel Pérez Santos en la empresa era privilegiada y eso era una daga encajada en el hígado para más de tres. Su prestigio estaba fincado con el reconocimiento general; más, si se consideraba que había escalado con la perseverancia instintiva de un castor, el puesto que ocupaba. Su viaje empresarial se había iniciado 12 años antes: de auxiliar de contabilidad a titular de Finanzas. Al sumarle la licenciatura universitaria alcanzada con desvelos obsesivos y demasiadas malpasadas, el resultado forjó a un hombre vestido de seguridad y orgullo legítimo. ¿Qué más podía pedir?

Cuando recontaba su pasado, sopesaba sus logros con claridad. En esos momentos sus ojos brillaban con intensidad solar y la sonrisa se le quedaba pegada todo el día. Muy atrás, casi olvidadas, estaba enterrada la estrechez económica con la que creció la familia, la ropa vieja de mezclilla, los juguetes que nunca llegaron, la comida racionada, la extrema austeridad en los paseos, el nivel tortuoso de sobrevivencia. Todo aquello se había transformado en abundancia, exclusividad e inclusión en círculos selectos. El trabajo afanoso y la frase que acuñó para motivarse «Soy un ferrocarril imparable», habían logrado esa extraordinaria cosecha.

Con nostalgia frecuente recordaba a los amigos del barrio, la vida intensa de libertad callejera, donde eran dueños de todo. Suyos eran el tiempo y las distancias, las acciones más imprudentes y las parrandas; habitaban con naturalidad los amores prohibidos, las huidas y las escaramuzas. El arrojo del hombre era baluarte reconocido y sello de pertenencia, la fuerza del gremio.

«¡Qué sueño, por Dios! ¡Y éstos repitiendo lo mismo de siempre! ¡Malditas juntas! Los monstruos sagrados reunidos una vez más para informar y decidir. Luego, las preguntas y la sarta de respuestas, tan lejanas de la solución: Si no está el Director, nadie decide. Resultado: otra junta. Se me cierran los ojos, ¡carajo!»

Sus pupilas se quedaron clavadas, primero en la pared, luego en cada una de las caras de póquer de los formales hombres de negocios, que asintieron como imbéciles cuando se presentaron las metas de ventas, infladas como siempre para nutrir el optimismo.

Daniel, con un desagradable sabor en la boca, eructó con la discreción que pudo hacia un lado. Ahí estaba la sensación de acidez que crecía incontenible. Acomodando los codos en la mesa, con los dos puños, formó un apoyo para la cabeza y cerró los ojos. Sintió un alivio momentáneo. Intentaba seguir el hilo de lo que se trataba, pero le resultaba imposible. Su resistencia ya no era la misma.
«…porque los nuevos paradigmas del mercado, imponen que la empresa… gua, gua, gua… » El regordete director de ventas de cara redonda y sudorosa, intentaba convencer con sus argumentos.

Daniel se inclinó, aparentando concentración en la lectura de los documentos relacionados. El estómago le bullía mientras su cabeza, contra su voluntad, bajaba una y otra vez, latiendo como un segundo corazón. Levantaba la mirada en lapsos cada vez más largos, haciendo el simulacro de leer, hasta que finalmente volvió a la posición donde sentía mayor alivio. Cerró los ojos. Sintió el dulce abrazo de Morfeo. Se iba.

Las imágenes que empezaron a llenar su mente, primero se entremezclaron más o menos a voluntad, después tomaron el control y se presentaban sin prejuicios ni orden: la parranda, escenas de sus circulares conflictos familiares, las formas de su secretaria moldeando con perfección la faldita blanca de alto riesgo, el recorrido por la carretera del Desierto de los Leones con ella abrazándolo, los números de las metas alcanzadas por la dirección de ventas apareciendo y mutando en otros más pequeños… ¡Qué belleza! El frescor de los árboles, la lluvia de claridad en el paisaje, el viento suave… La estrategia propuesta para alcanzar presencia total, la adquisición de nuevo equipo de cómputo para la red nacional… Su secretaria se acerca sensual en pantalones entallados, más bien, pintados… «¡Qué bien se ve!» Un suspiro muy largo. Daniel está ahora metido en un cuadro impresionista, tal vez de Monet, ve un mantel en el prado con viandas y botellas de vino. A un lado algunas sillas dispuestas simétricamente con sus mejores amigos sentados, aplaudiéndole con admiración mientras pasa tomando por la cintura a Julia. La secretaria ya tiene nombre. «¿Quién mejor que yo para pasear y lucirse con ella?» «¡Ah, Julia, qué mujer!»

El Director General abrió la puerta de la sala que conectaba con su oficina, saludó asimilando con rapidez el ambiente y los avances en la orden del día, sentándose a la cabecera de la mesa. Hombre tolerante, poseía una extraordinaria visión empresarial, inclinando sus preferencias a las decisiones precisas y su ejecución, convirtiéndolas en acciones inmediatas. Notó la extraña postura de Daniel desde el primer golpe de vista. Sin quitarle la vista se ajustó la corbata, un tic inevitable cuando la irritación se esposaba con él.

–Creo que está dormido, señor–. Con su molesta respiración agitada, el directivo de ventas informó con su tradicional lambisconería.

–Así parece–. Confirmó el Director, acomodándose el pelo en actitud reflexiva.

Como si tuvieran participación en un libreto, las opiniones de varios cayeron en cascada.

–¡Qué falta de respeto y profesionalismo!

–¡Qué cosa!

–Ha llegado al límite del cinismo–. Volcó venenoso el responsable de los recursos humanos, mirando al Director con sus ojillos de comadreja. Casi le exige una decisión.

El Director se alineó las solapas del saco, se ajustó nuevamente la corbata e irguiéndose con el poder que significa ser la máxima autoridad, en medio del silencio general, soltó con voz imperiosa y fuerte:

–Licenciado Pérez.

La potencia del sonido regresó de sopetón a Daniel, lo acomodó bruscamente en la realidad. Reaccionando de inmediato, dentro de su desbarajuste, se hizo conciente de la situación. Se enderezó alineando los papeles con rapidez, y haciendo un alarde inoportuno de su conocido ingenio, con una sonrisa entre postiza y estúpida intentó manejar su comprometida situación.  .

–Pérez soy, Pérez eres y Pérez serás… y todos pereceremos–. Se rehizo de inmediato frente a las miradas reprobatorias de los inquisidores agrupados en racimo. Sonrió de nuevo intentando llevarlos al lado humorístico de la situación, sin lograrlo. Nada más alejado de eso. Todos lo punzaban con la mirada. Sus enemigos en sólido bloque aprovecharon para pasarle la gran cuenta de envidia amargura y agravios, con la intención de que la saldara completa en ese momento. Que pagara todo lo que a su juicio les debía.

–No se haga el gracioso, Pérez. Esta junta es de vital importancia para la empresa y usted, licenciado– arrastró el título con ironía, –estaba dormido. ¡Es inadmisible!– El Director estalló sin dejar de ajustarse la corbata una y otra vez.

Buscando cómo salir del conflicto, Daniel enganchó, en un relámpago mental, la anécdota donde Don Camilo José Cela, miembro prominente de la Real Academia Española, fue despertado por el presidente, ya que en plena sesión se había quedado dormido, igual que él. Recordó las palabras exactas que utilizó Don Camilo para salir del apuro y haciéndolas suyas las lanzó.

–No señor, no estaba dormido. Estaba durmiendo–. Acompañó sus palabras con una sonrisa triunfal, esperando que la tensión disminuyera.

–¿Acaso no es lo mismo, licenciado?–. Gritó el director, jalándose literalmente la corbata.

–No señor Director, no es lo mismo.

–Ah, ¿no?

–No señor, como no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

El director no aguantó más y de un tirón se quitó la prenda.

Daniel Pérez Santos, con todo su historial y talentos, de inmediato se quedó sin empleo. En cambio, Don Camilo José Cela siguió siendo un miembro destacado de la Real Academia Española. «No es lo mismo que lo mesmo».

Alonso Marroquín Ibarra
año 2007 y corriendo

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