16 de Abril, 2007

Yo, gringo loco

Por Alonso Marroquín Ibarra - 16 de Abril, 2007, 21:26, Categoría: NO SON CUENTOS

¿Por qué les extraña que mate, que me drogue, que no considere valor alguno para la vida humana? No es que no tenga buenos sentimientos, quiero mucho a Furry, mi perro. El también es muy cariñoso conmigo.
¿Por qué tengo que soportar a esos imbéciles que tengo por maestros, qué rayos me importa o de qué me sirve conocer sobre las culturas antiguas, o sobre unos mugrosos que viven al sur de nuestro país? Es mejor la televisión, tenemos superhéroes, noticias detalladas de nuestras hazañas militares. No me importa confesar que me gusta cómo se ven las explosiones y cómo los terroristas mueren y vuelan en pedacitos… son malos, muy malos… Además hay programas muy divertidos, de concursos insólitos, muy graciosos, las vacaciones de los spring breakers, las series de policía, los mundos underground  y los fantásticos dibujos animados anti padres de familia y anti todo, donde me identifico plenamente, como si fuera yo un funny garbage boy… Creo que todos los americanos lo somos de una u otra forma. Eso es bueno, la televisión es algo muy bueno. Si, claro que sí.

¿Me hablan a mí de ética, de valores, de cumplir la ley, de las bondades del sistema, de las enmiendas? Son puras falacias, mentiras de a libra. Aquí no hay valores, a no ser que ir a ver un espectáculo de cherry nude sea un gran valor. No. Nuestros valores están bien fincados en la pornografía, que está en todas partes, en la marihuana que se consume en todos los niveles, en nuestros hombres de color que desde pequeños matan y venden drogas, en nuestros hombres blancos que hacen bien en no querer a los afroamericanos o a los greasers, en nuestras prostitutas que hacen en video y en vivo todo lo inimaginable, en nuestras compañeras adolescentes que también lo hacen, en los desviados, en los degenerados, en los consumidores de sexo especializado como las películas snuf, en la diversión de galones de alcohol y cocaína, morfina, éxtasis, crack y todo lo habido y por haber, sean pastillas azules moradas, hongos, yerbas.

Nuestros valores y nuestra fuerza son las pandillas, las armas, el rigor y el abuso. Si me dices cualquier cosa, ¡Fuck you!, si no me gusta, ¡Fuck!, si me hiciste algo ¡Fuck You!, si no te considero… ¡ass hole! o piece of shit. No lo digo yo, no lo invento, ve cualquiera de nuestros filmes para niños adolescentes o adultos y ese es nuestro modo de expresión. Ah, claro que si las palabras no sirven para arreglar las cosas, entonces… entonces… ja, ja, ja, ja… BANG.

Son mejores las discotecas, ahí bailas, bebes, te untas y te juntas con las mujeres, se trepan también mujeres con mujeres, hombres con hombres, se ayuntan todos uno a uno, uno a muchos o muchos a muchos… hasta el hartazgo. Todo eso es legal, está permitido en mi país. ¿Ética, valores, moral? Insisto: prefiero a mi perro.

¿Por qué no me dejan hacer mi vida, luchando contra los que se oponen a mi manera de pensar? ¿No somos acaso un país libre? Déjemne vivir como me han enseñado. Furry, ven, toma… eso perrito bonito…

Me hablan de ir al psicólogo… ¿Psicólogo? No lo necesito. Yo no estuve en Vietnam, eran otras épocas y los que fueron a esa guerra si lo necesitaban. El Psic no es para mí. Yo estoy preparado para vivir y enfrentar al mundo entero de ser necesario. Yo sí sé donde estoy y de qué estoy hecho. Nos han enseñado a ser heroicos al sacrificio y a la lucha, a ser vencedores, a aplastar a nuestros enemigos.

Los maestros me han hecho la vida imposible, igual que muchos alumnos hipócritas, con sus caras de entupidos sabelotodos, que se les unen en coro, como si fueran monaguillos siguiendo a un sacerdote impoluto. Ya les enseñaré quien soy yo.

Quisiera platicarles más, pero ya no tengo tiempo. Tengo algunas ideas rondándome la cabeza y por si fuera poco, el calor aquí está insoportable. Me siento como un helado derritiéndose al medio día en pleno desierto de Nevada.

Puedo adelantar que un día de estos iré con Will, el de la armería, compraré algunas cosillas. Entonces… ya sabrán de mí. Sabrán perfectamente quien soy. Y los que me han molestado… ¡Todos serán historia! A ver quien los estudia después. Los de CSI (Crime Scene Investigation), tal vez.

Alonso Marroquín Ibarra
año 2007 y corriendo

En ese país 200 millones de armas están en manos de particulares

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La junta - Cuento

Por Alonso Marroquín Ibarra - 16 de Abril, 2007, 15:27, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

A Camilo José Cela

Daniel Pérez Santos sintió que la cabeza le estallaría en cualquier momento. Era el resultado de una noche larga y espléndida en alcohol y conflictos. La junta, cada vez más densa, se hacía interminable. La media hora transcurrida era una repetición de exposiciones que tendía al infinito. ¿Acaso no eran todas las juntas lo mismo? Un ciclo eterno para tomar decisiones, con los mismos personajes, donde después de horas y horas de discusión y peleas, el final sólo era un acuerdo para la fecha de la próxima reunión donde, ahora sí, se decidiría. Todo era irritante hasta el tope. Se alarmó al sentir el estómago como un circo de tres pistas al tiempo que los bostezos que intentaba contener le ganaban la batalla, abriéndole la boca irremediablemente. Los disimuló alineándose el bigote con un ademán forzado.

El zumzum de los directivos le recordaba el sonido molesto de una nube de moscardones que volaban de un punto de la minuta al otro: los estados de pérdidas y ganancias, las estrategias de penetración en el mercado, los objetivos y las mejoras urgentes a la administración, los pendientes uno dos, tres y ene...… Todo retumbaba en su cabeza, multiplicándole la molestia en oleadas de dolores recurrentes. Junto con la desazón de la sed, creció en su mente un deseo inmenso: no estar ahí. El torrente imparable de los fatuos formalismos de la selecta asistencia, sus cuerpos deformados por tanto escritorio, los conceptos añejos y los problemas repetidos, los timbres de las voces impostadas con hipocresía profesional, las caras de esa caterva desagradable con sus sonrisas de muñeco de ventrílocuo, lo hacían sentirse parte de un carnaval grotesco que no puede tener buen final, o en un aquelarre, quizá.

«Gran Fat», pensó. «Esto es como la maldita bomba que deshizo Hiroshima. ¡Qué mañanita!»

Apenas había tenido tiempo para llegar a su casa, bañarse, cambiarse de ropa, y con la voluntad de su esposa en contra, darle unos besitos en la mejilla cargados de costumbre, para salir disparado rumbo a la oficina y llegar a la junta rayando la hora. Mucha loción, creyó, ocultaría los rastros etílicos de la parranda… y unas pastillas de menta para el aliento. «¡Eso me funciona!», concluyó triunfante. Cuántas veces había sido así. Ya encontraría razones para explicarle a su mujer las manchas de lápiz labial en la camisa y el intenso olor a perfume.
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