19 de Mayo, 2006

Días iguales - Constantino Pol Letier

Por Constantino Pol - 19 de Mayo, 2006, 16:43, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

¡Zas! Se acabó el día. ¿Uno más o uno menos?

Las dos cosas, pensó. Demasiados días iguales, días zas.

Pocos eran, incluidos los conmemorativos, los que se escapaban de esa apabullante igualdad. En su conjunto, eran como una llanura de hielo, como un desierto interminable, que a pesar de sus variaciones, sabían a lo mismo. Así, con ellos, se habían ido los últimos veintitrés años.

Justo en ese momento, en ningún otro, quiso hacer algo diferente. Pero, ¿qué?

Consumir las horas que quedaban de la tarde en un bar, y más noche echarse la correría en un table dance, o escuchando mariachis y cantar a gritos con ellos hasta enronquecer, no le pareció lo suficientemente atractivo. Lo mismo sucedió cuando consideró irse a casa. Podría entrar y no escuchar la letanía doméstica de su mujer, con un vengo cansado y fastidiado, para refugiarse en el estudio y leer a sus anchas. Tenía demasiados libros empezados. ¡Hacía tanto tiempo que no llegaba a final alguno!

No es lo que necesito, concluyó.

Irse a meter al estudio de su casa, era como estar prisionero. Si quisiera abandonar la lectura, era lo más seguro, sólo le quedaría la televisión o la puerta de regreso a la sala, con la familia.

¡Ah, tantas cosas ventajosas que se dicen en nombre de la familia!

Idea desechada. Punto.

Años cargados de toneladas de días iguales le llegaron como un mazazo. Todos saturados de trabajo y más trabajo, celos de la mujer, las parrandas de los viernes, actitudes inverosímiles e insoportables de sus jefes, los quebrantos de su economía, los caprichos y la incomprensión de los hijos, la monserga de los parientes cercanos y lejanos, los excesos y la soberbia de los vecinos, el tránsito citadino y 6223 cosas más.

¡Además, la edad!

Aunque las mujeres lo consideraran en sus miradas todavía, pensaba, ¿o sabía?, que el imán para ellas tal vez fuera su puesto. Podía ser eso: un síndrome del status. Ya estaba en los cuarenta y uno.

 ¡Estoy en el año difícil!

Al angustiarse con esas ideas, sintió que recibía otro impacto de gran magnitud, que lo hizo cimbrarse primero y luego lo aplastó. Fue simultáneo, el caos en su mente y las sensaciones del cuerpo. Sus músculos perdieron fuerza, como si fueran de goma y casi se cae.

Se rehizo poco a poco hasta erguirse y demostrar aplomo. Volteó la vista en varias direcciones y respiro profundo.

¡Que carajo!

Soltó su rabia en esa expresión y se sintió aliviado. Todos los que pasaban lo miraron como animal extraño y por primera vez no le importó.

Sacó las tarjetas de crédito y débito de su cartera y fue a comprobar sus disponibilidades en el cajero electrónico más cercano. Trazó números imaginarios, obtuvo resultados, y concluyendo, ejerció sus privilegios bancarios. Recibió los billetes y el comprobante; retiró el plástico de la ranura y sonrió. Podría repetir la operación algunos días más, hasta agotarlas. Ese fue su plan.

Dos mil setecientos kilómetros después, habiendo pasado la noche en una casa de huéspedes modesta pero confortable, Elías, que así se llamaba, despertó. Tomó un trago grande del café sobrante de la noche anterior y, con calma gustosa, comió una pieza de pan dulce.

De la ventana, las cortinas abiertas, llegaba un auténtico resplandor. Era el sol insolente y orgulloso, ese sol no menguado por el smog, era el sol de la costa, el sol guerrero del mar en contubernio con la brisa.

Se asomó al paisaje, estirando el cuerpo relajado, como un gato, incluyendo cada uno de los dedos de pies y manos. Una forma perfecta para disponerse a la acción. Aspiró el aire tibio que enviaba la playa. Se estiró más, tantas veces como quiso, disfrutando cada movimiento, como si esa sensación que lo llenaba la viviera por primera vez.

Se vistió con ropa sencilla, sin prisa.

Con una sonrisa de satisfacción plena, tomó el estuche de pinturas, la tela y el caballete plegable y salió silbando una tonadita pegajosa.

Es el primer día de muchos que vendrán, iguales, se dijo convencido. ¡Pero sé que todos valdrán la pena!


Constantino Pol Letier
mayo 18 de 2006

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