Los vicios del esclavo - Capítulo XXX

Por Chobojo Master - 25 de Abril, 2006, 17:32, Categoría: LETRAS Y GARABATOS

L. caminaba maquinalmente rumbo a la fábrica MANPOWER; por las calles aún obscuras caminaban varios transeúntes que también se dirigían a cumplir con algún horario de trabajo. Se detuvo en una esquina y sacó un pequeño paquete y una caja de cerillos del interior de la bolsa de su matusalénico abrigo para disponerse a fumar. 

"Treinta y tres años, joven de edad, pero fastidiado como un viejo amargado...", pensaba L. con tristeza cuando, de pronto, un agudo dolor de muelas le hizo gesticular involuntariamente y tuvo que cerrar los ojos por algunos instantes.

Encendió un cigarro y continuó su caminata; todavía tenía tiempo para llegar a buena hora a su destino. Nunca faltaba, nunca llegaba tarde, nunca cuestionaba ninguna orden, nunca causaba problemas a sus superiores ni a sus compañeros y, en suma, era el prototipo de empleado con el que todo patrón sueña para agregarlo a su colección.

"Tener treinta y tres años y haber ocupado el mismo puesto durante más de una década no es agradable por más que uno se quiera convencer de lo contrario", reflexionaba L.

Nunca es sano permanecer mucho tiempo en un mismo lugar haciendo lo mismo para sobrevivir. Necesariamente se debe buscar un cambio: más dinero o menos horas de desgaste –por ejemplo– porque si no, la consecuencia es que se deja de realizar con interés la monótona rutina alienante.    

  L. presentía que estaba próxima una promoción, por eso no renunciaba, pero el asunto importante no es que fuese o no inminente su ascenso, el punto esencial era que ya había esperado demasiado tiempo para que le arrojaran un huesito salarial siendo tan buen y obediente obrero. ¿Cuándo volvería a suceder un evento parecido? ¿Cuándo tuviese 50 años y ya el cuerpo no le respondiera de la misma forma que hasta hoy le había obedecido?

   Por dentro, L. no estaba tan conforme como aparentaba por fuera. Quizá nadie se daba cuenta, PERO ÉL SÍ LO SABÍA. Aunque trabajaba sin queja y recibía su mísera paga también sin reclamos, se sentía harto de su situación. Tenía siete hijos (dos varones, cinco niñas) y, aunque su abnegada esposa rara vez lo molestaba con problemas domésticos, estaba consciente de que ella tenía que hacer mil maravillas diarias para que se pudieran alimentar todos. ¿Y la ropa? ¿Cómo le hacía su mujer para vestirlos? ¿Acaso tendría dotes de hechicera para aparecer de la nada la tela para cubrirlos? El salario sólo alcanzaba para una u otra cosa: o para comer o para vestir. ¿Cómo le hacía para conseguir ambas?

    Alimentar y vestir a siete hijos con un ingreso ínfimo es una odisea a través del mundo cotidiano. La dinámica de una familia obrera es toda una aventura temeraria, se requiere algo más que temple para mantenerla viva, sana y unida, porque hasta el último centavo debe ser potenciado al máximo y del cielo no llueven monedas. No hay lugar para enfermedades graves: sería casi un crimen contraer algún virus porque las medicinas cuestan más que los alimentos y, con una condición tan precaria, sanar a un hijo implicaría hambrear a las demás y, entonces, el problema se agravaría por la inevitable consecuencia de debilitarlos a todos.

"Un sueldo ridículo que alcanza solamente para lo indispensable. ¿Dónde está la mentada civilización moderna que los periódicos anuncian a cada rato? ¿Dónde?", continuaba L. con sus disertaciones estériles a unos pasos de la famosa fábrica MANPOWER en donde todos los días laboraba 12 horas ininterrumpidas.

Cualquier niño con apellido rimbombante se gastaría más en dulces que lo que ellos pueden gastar en comida. ¿Será acaso que están pagando retroactivamente algún Karma? Otra explicación menos cruel no existe, o al menos yo no la concibo, pues si no existe otra vida después de la vida, qué rico ser rico y qué triste ser pobre. Mejor sería no nacer que sólo conocer la dulzura a través de los cuentos de hadas.

"Por lo menos tengo empleo, hay otros que ni eso tienen", se dice para sus adentros nuestro amigo L. para darse un parco consuelo, respira profundo y se introduce por la puerta de entrada.

Que Dios –si es que tal ente bondadoso existe en alguna parte– lo cuide mucho y lo guarde de todo mal o, ya de perdida, que interceda para que le hagan efectivo el día de descanso que prometieron darle los magnánimos dueños de la fundidora (a él y a todos sus compañeros) desde incontables meses atrás.


Leonel Puente Colín


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Los vicios del esclavo - Capitulo XX
Los vicios del esclavo - Capítulo XXI
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