Descanso merecido - Cuento corto

Por Alonso Marroquín Ibarra - 25 de Abril, 2006, 2:02, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Gritó con desesperación profunda, cuando las exigencias de la mujer lo abrumaron. Esa mujer esponja, demandadora de todo su tiempo y atenciones. Los plurales, que los incluía siempre a los dos y que en un principio lo fascinaron, terminaron siendo una verdadera monserga.

Quiero que hagamos, vamos, te acompaño, sabes que estoy contigo, nos hablamos, cuando vayamos, cuando lleguemos, cuando regresemos, que te parece si hacemos, compramos, jugamos, paseamos, estudiamos, nos reunimos con, invitamos a…

Gritó una vez más, con ánimo de transgresión, con verdaderas ganas de molestar, vaciando así la tensión acumulada en los últimos dos años.

La mujer, sentada en el sofá, mirándolo por encima de los lentes para vista cansada y que de alguna forma apoyaban su aire de arpía, le soltó con el tono dominante de siempre, la pregunta y la afirmación.

-¿Qué te pasa? Estás como loco.

-Ya que nunca me dejas ni a sol ni a sombra, ¿por qué no me acompañas a gritar también? Eso no te gusta, porque no fue una ocurrencia de dos, ¿verdad? Ven a gritar conmigo–, la retó.

–Estás mal. Entre más te procuro, más abusivo te vuelves. Eres un irrespetuoso. Déjame leer en paz y olvida tus groserías. Deberías hacer algo productivo, en lugar de peder el tiempo en estupideces. Si no te digo yo lo que tienes que hacer, no mueves un dedo.

Ese era el complemento que le recetaba la mujer: una retahíla interminable de órdenes. Todos los días lo mismo, en todo momento, al compás voluntarioso de cualquier capricho. Ve, trae, baja, sube, acomoda, lava, apresúrate, despierta, báñate rápido, recoge, trae esto, aquello y lo otro…

–¿Entonces no quieres gritar conmigo? Mujer tirana. Te tengo que obligar.

–¿Obligarme tú, bueno para nada?

–Pues claro que yo. Y vas a ver que me vas a obedecer, aunque sea por una vez.

Y efectivamente, la mujer gritó tanto como él quiso, antes de darle, invirtiendo los papeles, una segunda orden.

–Ahora, guarda silencio. Eso es, muy bien. Eso me gusta: a más fuerza en tu cuello, más calladita.

La dejó recostada en el sofá, le quitó los lentes y amorosamente le tapó las piernas con la cobijita de lana.

–Descansa, que yo también lo necesitaba, amor.


Alonso Marroquín Ibarra
año 2006 y corriendo

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